Tabú 32


Era jueves y para mí fue un día de mierda.

Las aburridas clases de historia de las últimas horas me hicieron dormitar y yo quería tener un buen ánimo para enfrentar a la tribu de micos que comenzaron a acosarme en el equipo intentando que deje de lado mis ganas por ubicarme en la posición que dejó Zhúkov.

Tenía toda la confianza de poder desempeñar un buen papel en esa posición, había visto las habilidades que empleaba él como atacante y le aprendí un par de trucos que podrían ayudarme a ser un buen central.  

Pero Zaveliev, Korov y Mijailov fueron claros en decirme que el puesto de Zhúkov jamás sería mío y que todos ellos se encargarían de demostrar al entrenador Popovich que yo no estaba a la altura del “Verdugo”.

—Voy a demostrar que eres pura basura Nikiforov. —Zaveliev me empujó hacia la pared en la entrada de la pista aprovechando que los únicos en ese lugar éramos los miembros del equipo.

—Solo concéntrate en acertar tus putos tiros y déjanos hacer el resto del partido a nosotros nenita. —Mijailov se unió al coro de llorones que no se tragaban la idea de tener frente a ellos a un buen lanzador y anotador.

—Ni te atrevas a pedir el puesto a Popovich porque voy a barrer el piso contigo marica. —Korov era el principal aspirante a ocupar el puesto de atacante derecho y si el entrenador se lo daba yo dependería de sus malditos pases para seguir anotando mis tiros, de ser así yo estaría perdido en los partidos.

Esperé que todos salieran de los vestidores y cuando llegué a la pista no podía creer lo que estaba viendo. No sabía si reír o estar molesto, pero creo que hice las dos cosas al mismo tiempo.

—Chicos quiero presentarle al nuevo integrante del equipo. —Popovich llamó al décimo octavo mono y éste se puso en pie ingresando la pista con la seguridad de un general—. Él es Otabek Altin desde el lunes asistirá a las clases regulares de la escuela. En el equipo del club Romansky jugó como atacante central.

Todos palidecieron y miraron con malos ojos al nuevo. Yo pensé que era peor que Zhúkov porque carecía de toda expresión en la cara. Al vernos parecía estar analizando nuestros movimientos y cuando sus ojos se posaron sobre mí pude sentir su mirada de extrañeza que parecía decirme “tú no puedes ser un jugador”.

El entrenador le pidió que se presentara ante el equipo y sin mucho ánimo en la voz nos saludó.

—Buenas tardes soy Otabek vengo de Kazajistán, es mi penúltimo año de escuela y espero integrarme bien al equipo. —Parecía despreciarnos con la mirada y por ese motivo la mayoría de jugadores solo respondieron su frío saludo levantando las manos o las cejas.

—Pavel bajas a la defensa, Dima subes al sector izquierdo, Altin entras por la derecha y Nikiforov siguen en tu posición. — Popovich aplaudió un par de veces y nos invitó a entrar a la pista.

Con modorra sacamos los protectores de las cuchillas y dimos un par de vueltas sobre la pista, la totalidad de los jugadores mirábamos a Altin. No era tan alto como Zhúkov, diría que era más bajo que el promedio de jugadores, pero contaba con una musculatura… perfecta y muy bien proporcionada. Muy guapo, de oscuros ojos orientales y perfil de hombre duro, parecía uno de esos leñadores que viajan por toda la nación.

Altin entró después que todos y se ubicó cerca de la posición de Zhúkov. Los demás tontos formaron el equipo alterno y cuando escuchamos el campanazo comenzamos a movernos en el hielo, fríos y tensos en un inicio, pero firmes en nuestros pases y jugadas.

Hicimos dos tiempos de solo diez minutos cada uno y nos movimos con muy poca coordinación debido a las nuevas posiciones que ocuparon la mayoría de jugadores del equipo principal. En el primer tiempo no pude anotar ni un solo tiro y eso me hacía sentir del carajo, porque ninguno de los pases llegó a mi stick, solo uno de los gigantes me dio un buen “enganche” que sacó de entre las piernas de Orlof y estuve a punto de conectar mi tiro, pero el meta lo detuvo con su palo.

En el segundo tiempo las cosas cambiaron por completo y de ser un equipo con dudas comenzamos a consolidar algunas jugadas. Todos tenían puestas las expectativas en el nuevo y a su manera lo estaban midiendo. De pronto Altin despuntó en una entrada y yo me deslicé con mayor velocidad que los defensas, me miró con el rabillo del ojo y me dio un extraordinario pase del puck que sin dudar mandé hasta el fondo de la malla.

Desde ese momento Altin vencía en fuerza a los otros jugadores y si no atacaba directamente, buscaba darme las jugadas ganadoras. El hombre era una bala; no, era un cañón que nadie lo podía parar y juntos fuimos imbatibles. Durante los últimos cinco minutos hizo tres desvíos tras del arco, robaba la pastilla y podía ver el momento exacto que la tiraba a la posición donde yo llegaría después de un segundo o dos y… un punto, otro punto, otro punto.

¡Carajo!

Popovich nos observaba comentando con sus ayudantes cada jugada hecha entre los dos. En el tiempo extra no fui el único en recibir los pases del kazajo, pero los envíos que me hizo fueron los mejores en el partido y pude capturarlos todos batiendo la portería.

La práctica terminó una hora después con el hielo convertido en pequeñas fibrillas sobre el piso y sobre nuestros trajes, muchos golpes en el cuerpo, el cansancio que hacía presa de nuestros adoloridos músculos y la mayor cantidad de puntos anotados por parte del equipo principal. Fue una tarde en la que Popovich aprovechó cada minuto para probar combinaciones y puestos cambiando de jugadores, pero Altin y yo permanecimos todo el tiempo en nuestros lugares.

Recuerdo que en un momento se le ocurrió enviarme a la zona izquierda del ataque, pero se arrepintió luego de verme volar contra la barrera. Dima se puso en mi camino y vino con todo su peso aplastándome el pecho y haciéndome caer. Al notar la mala intención del colorado, Popovich lo cambió y yo regresé a mi posición en el ala izquierda.

Fue una tarde muy intensa y el día se hizo más pesado gracias a ella y cuando todos salieron de los vestidores, Altin se despidió del entrenador y siguió su camino hasta subirse en una moto enorme con gigantescos mangos a los costados, una belleza digna de él. Lo observé alejarse hacia el este de la ciudad y como siempre ingresé a las duchas cuando todos los monos se habían ido. 

Estaba cansado y hambriento, solo quería pedir algo de comida porque no tenía ganas de preparar nada. Imaginé que Víctor estaría llamando a Anya como lo hizo los días anteriores y esperaba que no fuera desde la sala del departamento porque en verdad estaba harto de escucharlo suplicar que lo perdonara y dar excusas estúpidas sobre su comportamiento. Además, estaba harto de verlo lloroso.

Pero al volver a casa no imaginé que en la sala me esperaba un fiero lobo estepario con los ojos encendidos y las fauces llenas de espuma.

Un lobo que había dejado ir de la manada a la loba alfa y que me esperaba con una sola idea dentro de su cabezota a la que dio vueltas y vueltas durante toda la tarde. Ese lobo estaba furioso y dispuesto a clavar los colmillos en el causante de su rompimiento. Mas, un lobo nunca será rival para un tigre de la tundra.

Ingresé al edificio arrastrando los pies. Pavliv, el portero, me saludó con la misma amabilidad de todas las noches y al verme me preguntó cómo estuvo el entrenamiento, le respondí que fue un infierno y entré en el ascensor. Caminé con la más grande modorra que podía por el pasillo blanco y lleno de enormes ventanas, deseando comer cualquier cosa, tomar mucha agua de limón y entrar de inmediato en la cama.

Dormiría temprano y al día siguiente me despertaría en la madrugada para repasar las tarjetas de presentación de un trabajo que lo hice solo porque no quise ir a la casa de Virna Belova, una chica coqueta con la que me asignaron la tarea.

El olor de la casa era agradable; canela, un fruto exótico creo que era mango y sándalo, pero por encima de esos aromas distinguí el olor de un cigarrillo. Y si olía a tabaco significaba que Víctor estaba en casa y que tal vez la cena ya estaba lista, no importaba que fuera esas cenas pre cocidas que compraba en el super.

Caminé con calma hasta la sala y Víctor salió del pasillo, no se había puesto la ropa de casa y deduje que había llegado hacía poco al depa. Eso solo significaba que la cena aún no estaba lista y que yo sería el que la tendría que preparar.

—Hola, me tarde en los vestidores… —Estaba parado entre la celosía y la primera grada que separaba ambos ambientes, sus ojos mostraban los destellos intensos de su enojo y no me dejó terminar de saludar.

—¡Quiero que me digas si fuiste tú quien borraste los mensajes y las llamadas de Anya de mi celular! —Conforme las palabras salían de su boca, su voz se convirtió en el gruñido de un verdadero lobo y sus preguntas comenzaron a desdibujar mi estrategia, me sentí acorralado y sin saber qué decir—. ¡¿Fuiste tú quien apagó mi celular para que no reciba sus llamadas?!… ¡¿Fuiste tú quien cortó las líneas del teléfono fijo para que ella no se comunicara conmigo?!

Si le decía la verdad él reaccionaría como una fiera herida y tal vez hasta podría correrme de su casa y por un instante temblé de pies a cabeza. No quería que él me dejara como todos lo habían hecho.

Me encontraba entre el precipicio y las fauces del lobo sin saber qué hacer hasta que un chispazo dentro de mi cerebro me mostró la salida. Tenía varios puntos a mi favor y eran las palabras de un borracho que semanas atrás confesara sus ocultos deseos. Al recordarlas me sentí muy seguro de mi respuesta.

—¡Diloooo! —Gritó como nunca lo había hecho.

Es muy difícil ver colérico a mi hermano y esa era la primera vez que lo veía casi fuera de sí, sin el control milimetrado de sus movimientos y sin esa actitud de diplomático nórdico.

Enderecé mi postura y sin mostrar ningún temor frente a esa fiera rabiosa me acerqué desafiante para cantarle toda la verdad, la mía y la suya en su cara de niño enfurecido.

—¡Sí, yo fui! —Elevé la cabeza y completé—: ¡Y qué!

Sus cejas se juntaron y creí advertir que sus fauces se abrieron para morderme; pero estoy hablando de Víctor, él no puede hacer eso ni en la peor de sus peleas. Tal vez sea capaz de dar un buen par de puñetes; pero jamás podría ser más violento.

—¡Qué! ¡Cómo rayos…! —Era tal su furia e indignación que se quedó sin aliento y yo seguí mirándolo sin parpadear, observando divertido cada uno de sus gestos y riéndome por dentro porque sabía que cualquier cosa que dijera sería echada por tierra con solo unas cuantas frases mías—. ¡Maldición Yuri!¡Por qué hiciste eso!

Su pecho agitado y su rostro lleno de rubor, sus labios tensos y su voz potente no fueron suficientes para mí. Ni un ogro llegaría a causar ese efecto en mí, mucho menos un hombre que estaba a punto de tragarse sus palabras, su indignación y su enojo.

—¡Porque eres un maldito mentiroso! —Alcé más la voz para que me escuchara bien.

—¿Mentiroso… yo? —Me miraba tan indignado que jamás olvidaré sus ojos y su boca bien abiertas ante la incredulidad—. ¡Explícate mocoso!

—¡Eres un hipócrita y un desleal! —Tuve que elevar más el nivel de mi voz porque ese galgo ladraba demasiado alto.

—¡Si lo dices por Anya… ese era asunto nuestro! —Víctor retrocedió algo golpeado por mis palabras, pero aún guardaba las armas pesadas entre sus puños apretados.

—¡No solo lo digo por Anya y tu manera asquerosa de engañarla! —No iba a rendirme frente a su iracundo rostro.

—¡Si no qué más! —Víctor seguía estático mirándome con incredulidad y furia.

—¡Porque no la amas! —Me aseguré que mis piernas siguieran sosteniéndome con firmeza—. ¡Porque si la hubieras amado no habrías traído a tantas putas a tu cama y ella estaría aquí con nosotros esta noche!  —Fue la primera frase que dije para que él entendiera mi posición.

—¿Y desde cuándo te nombraste justiciero de mujeres engañadas? —Víctor comenzó a bajar la guardia, dejó de gritar y solo me miraba extrañado y molesto.

—Durante este tiempo has esperado su regreso, le has llamado todas casi todas las noches y sonabas ridículo cuando te despedías de ella. —También bajé el volumen de mi voz observando los ojos de mi hermano eran dos inmensos faros azules que no paraban de abrirse más con cada palabra mía—. Le decías que la extrañabas, que la necesitabas y cuando colgabas la llamada te deslizabas como serpiente por el pasillo para escuchar si yo me estaba jalando la pija.

—¿De… qué… estás hablando? —Los ojos de mi hermano se convirtieron en enormes estanques de agua cristalina y pude ver cómo sus hombros se convertían en piedra.

—De que no amas a Anya porque te mueres por follarme, pero no te atreves. —Lo vi palidecer y dejar caer su aire de hombre duro, sufriente e indignado.

—¿Estás loco? ¿Que estás diciendo?… ¡Yuri! —Cuando escuché el temblor en sus cuerdas vocales supe que ganaría esa batalla con gran facilidad.

—¿No recuerdas lo que me dijiste la otra noche cuando llegaste borracho con una maldita adicta? —Empezaba a tomar el control de la situación y me gustaba. Era tan agradable sentirme poderoso y ver el rostro de Víctor volverse de mármol.

En silencio lo vi negar y con el cuerpo casi vencido Víctor bajó los dos escalones largos que llevaban hacia los dormitorios, se acercaba a mí y no sabía que podía esperar de un engreído hombre de pasarela ni cómo reaccionaría el niño mimado al momento de escupirle en la cara el resto de su confesión.

—Me dijiste que era un chico muy bello, que te gustaba mi boca y mi nariz pequeña. —Comencé a sacar mis armas secretas y cada palabra se convirtió en un tiro que acertó en el blanco—. Dijiste que te gustaba mi cabello y mi cuello delgado y me preguntaste qué pensaría si lo apretabas con tus manos.

Mordí mi labio inferior al ver cómo apretó los puños a los costados de su cuerpo y es que parecía que había tocado una parte muy sensible de su alma, una fantasía que muchos hombres tienen, ahogar a su pareja mientras la follan sin parar. Víctor no podía hablar.

—Me dijiste que me amabas, pero no como un hermano porque me deseas. —Víctor estaba parado frente a mí perdiendo poco a poco su aire arisco y yo saboreaba cada palabra—. Me preguntaste si tú me gustabas y qué sentiría si me besaras en la boca.

Lo vi tambalearse y su hermoso rostro petrino se cubrió de rubor. No se atrevió a discutir mi posición, solo estaba allí mostrando su alma desnuda frente a mí, avergonzado como lo estuvo Adán frente a su dios después de haber saboreado el dulce jugo de la manzana.

—Luego dijiste que no podías, que no debías tocarme por más que quisieras y me pediste que durmiera junto a ti y me juraste que no me harías nada malo.

No mentí ni inventé nada. Solo hablé con la verdad, aquella que salió de la boca de Víctor semanas atrás y con la que confirmé que yo podía conquistarlo y hacerle dar ese pequeño paso que hacía falta para que cometiera el más horrendo y el mejor de los pecados.

—Yuri… un borracho puede decir cosas locas y torpes. —Cuando un criminal es puesto en evidencia suele recurrir a las excusas más estúpidas para justificar su crimen y Víctor lo estaba haciendo. Mi hermano intentaba acomodar aquellas frases que me dijo con una justificación ridícula.

Enfurecí.

—¡Deja de hablar mentiras estúpido! —Di una patada al sillón pequeño de la sala.

—Tal vez… tal vez… lo dije sin pensar. —Él retrocedió con el rostro tenso.

—¡¿No puedes acaso decirme qué sientes en verdad por mí?! —Comencé a acércame a él como un tigre se acerca a su acorralada presa—. ¡¿Por qué es tan difícil decir ahora que estás sano lo que me dijiste esa noche de borracho?!

—Yuri eres mi hermano menor. —Ver su cara de terror era divertido y a la vez excitante—. Tengo la obligación de cuidarte, ¿cómo te haría eso?

—¿Tienes miedo de ofender a tus dioses? —Seguí avanzando hacia él porque quería saber si era capaz de hacer eso que dijo.

—No es eso… ¡maldición, somos hermanos! —Víctor parecía buscar alguna otra explicación más, pero lo más probable era que su torpe mente estaba en blanco.

—¿Tienes miedo que los demás sepan lo depravado que eres? —Humedecí mis labios con la punta de mi lengua y podía sentir el sabor de la victoria.

—Yuri ya basta por favor. —Su voz sonó a súplica.

—¿Tienes miedo que tu hermanito se asuste de lo que sientes por él y corra a buscar protección en la oficina de la familia del puto gobierno? —La distancia entre Víctor y yo se reducía a unos dos o tres pasos.

—¡Yuri cállate ya! —En ese momento el lobo no sabía si empujarme y salir del departamento o correr como un niño asustado a su dormitorio. Podía sentir esa indecisión por la forma cómo miraba a todo lado y por la forma cómo seguía bajando la voz—. No sabes… no tienes ni la más mínima idea de lo que estoy sintiendo.

Comencé a reír como un loco y no podía parar. Me reía de Víctor, de mí y de esa situación extrema dentro de este mundo extremo, donde todo está completamente torcido y donde los que quieren imponerte la moral esconden porquería en sus almas.

No puedes mirar con deseo a tu hermano, a tu hermana o a tus primos porque todo el universo lo condenaría; pero sí puedes tomar mucho alcohol o pincharte las venas hasta que revienten llenas de heroína pues el Estado dirá que eres un pobre adicto y te dará atención y subsidios.

No puedes amar a un hombre siendo otro hombre porque eso es una enfermedad, una desviación o una sodomía; pero sí puedes matar un montón de niños y mujeres en una aldea lejana y decir que fueron daños colaterales.

—¿Te estás riendo de mí? —Sus cejas volvieron a juntarse.

—¿Es eso? —Y yo no paraba de mirarlo con una gran sonrisa en mi boca—. ¿Tienes miedo de saber qué pienso? ¿Si voy a aceptar lo que tú sientes o si voy a rechazarte asqueado?

Víctor calló no podía seguir adelante porque su hermanito acababa de abrir la herida y metía el dedo en lo profundo revolviendo la carne ensangrentada. Me miró como un condenado que espera la absolución, temeroso de mi veredicto.

—Si quieres alejarte de mí voy a entenderlo Yuri.  —Bajó la mirada e intentó salir de mi asedio—. No quiero que pienses que soy tan perverso…

—Y si te digo que sí eres un pervertido que haría lo que fuera por tocar a su hermano y a la vez es capaz de cortarse las manos para no tocarlo. —Ese momento sentí que tenía un completo dominio de la situación. Víctor estaba en mis manos.

—Yuri… —Víctor mostró un gesto de gran tristeza y bajó la cabeza en completa derrota.

—Y si te dijera que tienes la mente retorcida y llena de todas esas cosas sucias que quieres hacerme. —Yo seguí hurgando porque me gusta llegar más allá de los límites en todo.

—No tengo por qué oírte más Yuri, si tan asqueroso te parezco entonces le diré a Lilia… —Víctor no iba a confesar su delito, no estaba dispuesto a decirme que me deseaba y que me quería llevar a la cama.

Entonces decidí sacar por fin mis garras y abrir mis hambrientas fauces. En los siguientes minutos vería cómo el tigre vencía al lobo.

—Y si te digo que mi mente es más podrida que la tuya y me encantaría que en este momento pusieras tus manos en mi cuello y lo apretaras hasta cortarme el aire mientras me metes tu gran polla una y otra y otra y otra y otra vez…  —Ronroneé las últimas palabras y lo vi observarme con incredulidad—. ¿Qué pensarías?

Ja, tal vez pensaba que estaba bromeando, que en cualquier momento reaccionaría mal y por eso no se movió de su lugar, se quedó quieto entre los dos peldaños y el sillón, con los ojos bien abiertos y yo podía ver en los movimientos de su solapa cómo su corazón estaba al borde de explotarle dentro del pecho.

—Yo también te deseo Víctor y me gustas… y me gusta que te guste y quiero que me beses en la boca y que me saques este uniforme abriendo la cremallera de mi buzo con los dientes. —Di un paso más.

—Yuri… no podemos. Somos hermanos, los hermanos no se tocan, no tienen sexo. —Sabía bien que esas palabras era una reacción de su parte lógica y adoctrinada por esta sociedad de mierda.

—¡¿Quién dice eso?! —Víctor no era muy creyente, pero sí tenía sus principios morales arraigados en la mente—. ¿Algunos viejos obtusos que escribieron libros sagrados hace miles de años atrás solo para apoderarse de la mente y los miedos de los demás y así gobernar su destino?

—¡No es correcto! —Víctor estiró el brazo y la mano tratando de detenerme.

—Víctor no mientas, no te mientas. Eso es horrible, ¿qué va a pasar si follamos?, ¿vamos a tener una marca en nuestras frentes? ¿acaso iremos al infierno? —Mordí mi lengua y levanté mis cejas mientras seguía riendo.

—Seremos condenados por los hombres —dijo sin dudar.

—Víctor tómame ahora, sabes que no podrás ocultar todo el tiempo tus ganas. —Me quité la polera del buzo y la remera de entrenamiento. Mi cuerpo sudado brillaba con las luces de la sala y noté cómo sus ojos se extasiaban al verme, avancé hacia él los pocos centímetros que faltaban y empecé a desatar el cordón del pantalón que apretaba mis caderas.

—¡No Yuri! —Lo vi luchar con todas sus fuerzas para que sus manos no se posaran sobre mi piel desnuda—. ¡No puedo!

—¡Víctor fóllame ahora! —Bajé mi pantalón de buzo y decidí ser muy honesto con él señalando la gran erección que se elevaba debajo de mis interiores. Mi polla estaba tiesa debido a su mirada de lobo y su perfume de madera, ellos provocaron a mi mente y mi sexo respondió.

Víctor avanzó dando la espalda a la gran vidriera del balcón hasta que llegó al final de la sala, seguía mirándome espantado y buscando la salida con el rabillo del ojo y cuando yo insinué bajarme la trusa salió del departamento chocando contra los muebles. Huyó de mí como un niño pequeño huye del monstruo del ropero.

Era espantoso que dos hermanos se amaran y desearan compartir el placer que guardaban en sus cuerpos. A cualquiera aterra pensar que dos hombres se amen, pero pensar que dos hermanos son a la vez amantes es asqueroso e imperdonable.

Los dioses se ofenderían allí en ese lugar inalcanzable desde donde nos miran y nos juzgan y se ríen de nosotros. En su cielo o su Olimpo donde ignoran las maneras cómo sufrimos y sin embargo cuando alguno de ellos se atreve a desobedecer sus reglas, vuelven la mirada llena de ira y dispuestos a castigar con furia tal osadía.

Yo me atreví a mirar a mi hermano como hombre, quise amarlo besando sus labios y su piel. Lo deseaba con ardor, mi cuerpo joven clamaba por su calor y mi garganta quería llenarse con sus jugos.

¿Qué harían los dioses ante ese enorme pecado?

Terminé de sacarme los pantalones y vestido solo con mi pequeña trusa me dirigí hacia la ducha, necesitaba despejar mi mente con un buen baño y pensar cuál sería el siguiente paso que debía dar para que Víctor no volviera a huir de mí como un conejo.

Notas de autor:

Yuri jugó todas sus cartas. No se anda con rodeos y no desea mentir ni que le mientan. ¿Será suficientes con esa actitud para animar a Víctor a dar un paso definitivo en su relación? ¿Primará el deseo o la razón?

Gracias por vuestros comentarios y por seguir leyendo Tabú.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 32

  1. Wao simplemente Wao ,me quedé con la boca abierta y tarde un poco en procesar todo lo que estaba pasando .Todo lo que se tenía que decir se dijo y ya no hay vuelta atrás pero esto me hizo pensar mucho ,a decir verdad muchas de tus frases fueron tan acertadas ,por ejemplo:Tienes miedo que los demás sepan lo depravado que eres? ,Sublime,y esa pregunta se puede aplicar a todos nosotros ya que en algún punto escondemos algo tan morboso y podrido que jamás quisiéramos contar a nadie ,es por eso que existen los principios Morales ,estos evitan que caigamos en un lugar más bajo que el infierno ,si mantenemos a esos monstruos encadenados para siempre el mundo a nuestro alrededor no se volverá un infierno ,o al menos eso es lo que pienso,otra frase que me gustó fue :”En su cielo o en su Olimpo dónde ignoran como sufrimos ….”sencillamente hermoso y triste .
    Tengo sentimientos encontrados en esta historia y agradezco haberla encontrado ,me voy dejando esta frase
    “La lámpara que ilumina tu espíritu son tus ojos.Si tus miradas son sanas tu cuerpo estará luminoso ,pero si tú mirar se vuelve malo,todo tu cuerpo se volverá tinieblas.Y si lo que en ti debería ser luz se vuelve tinieblas,que gran oscuridad vas a tener”
    (Mateo 7,22)

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias Lady por tu comentario, me siento comprendida y respaldada. Qué grandioso que entiendas que muchas veces escondemos cosas oscuras (no necesariamente con mala intención) porque todos nos protegemos de la opiníón de los demás y de la sociedad en su conjunto. Muchas gracias por esa frase tan especial que nos recuerda que las luces y las sombras solo habitan en el interior de las personas.

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