El último baile (Parte II)


El carruaje llega temprano en la mañana a Londres. Recorre las calles entre otros caballeros y rodea el lugar hasta detenerse frente al hotel Claridge’s. Alzo la mirada para observar la enorme estructura y doy una orden al cochero de esperar. Bajo y sacudo suavemente su abrigo mientras miro con firmeza el edificio que tengo en frente. Por fortuna, Christophe Giacometti sigue allí.

Conocí a Christophe hace ocho años, cuando nos encontramos en Moscú. Viajamos juntos a Viena, Budapest, Florencia y Roma en busca de mayor conocimiento. Ambos ambicionamos todo sobre la medicina y no escatimamos nada para continuar acumulando información y escribirlas en texto que luego podamos legar a las bibliotecas. No puede ser un conocimiento para unos pocos y bajo ese ideal, hemos continuado viajando como compañeros.

Nuestra amistad se forjó al instante, hubo de inmediato compresión y estima atizada por un poco de competitividad. Además, los dos estamos marcados por la misma pasión cegadora que nos hizo escapar de nuestro amor. Ambos amamos a un hombre y tuvimos que dejarlo, vivíamos con ese sentimiento a cuesta en cada uno de nuestros viajes y siempre salía en colación cuando bebíamos en una taberna de paso.

Tras anunciarme en la recepción, no tardo en recibir el aviso para entrar. Avanzo hasta la cafetería y espero allí a que Christophe baje de su habitación para recibirme. Sé que me espera allí porque la promesa que le hice fue buscar a Yuuri, encontrar la manera de despedirme correctamente de mis padres y allí, sí, viajar a América. Los tres juntos, a seguir viviendo experiencias.

Mientras espero, recuerdo aquella fiesta en Viena, donde se encontraba el amor de Christophe. Un hombre casado con una familia formada, hijo de uno de los mayores terratenientes del imperio. Alto, de ojos claros y cabello castaño, mirada bondadosa y sonrisa afable. Mientras su mujer atendía a las visitas, los vi escaparse. Una hora de pasión desenfrenada y “hasta luego”.

Me imagino una vida así con Yuuri y la desecho de inmediato. Ahora que parece la única alternativa, la aborrezco aún más.  

—Te veo pensativo, Monsieur Víctor.

La voz de Chris me hizo sonreír. La primera sonrisa en días.

No me detengo en banalidades, si lo he buscado es porque necesito desahogar la angustia que tengo. Yuuri no ha llegado en días a la casa y no sé a donde encontrarlo. Ni siquiera en la casa de Plisetsky me han dado razón de él. Temo haberlo perdido para siempre, que el miedo a ser descubierto haya sido mayor como para buscar un destino lejos de mí. Me desespera. Me hace sentir culpable… ¿no fue por eso por lo que me rechazó años atrás?

Le cuento todo, el modo en que nos fundimos apenas nos vimos, la necesidad franca que existió en ambos y cómo un descuido estropeó mi improvisado plan. Yuuri ha huido de casa y temo no poder verlo más. Christophe escucha todo mientras verte azúcar en su té y lo mezcla con calma, me mira conforme explico el pedido de mi padre y la locura de armar una fiesta para presentarme ante la sociedad y escoger a una mujer. Esa era la única manera de que nos dejaran en paz. Me niego a ella.

—¿Y qué piensas hacer? —interroga Chris, tras darle un mordisco al panecillo—… Ya te lo había dicho antes, solo hay dos opciones para los que aman como nosotros: o viven una vida de nadie o fingen tener una vida como lo exige la sociedad y aman a escondidas.

—¿No podemos simplemente amar y ya? —recriminó. Chris suspira y vuelve a morder el panecillo—. ¿Habrá algún día la posibilidad de que podamos decir que amamos a un hombre sin que nos señalen por eso?

—Quizás… No en este siglo. —Chris simplemente encogió sus hombros—. ¿Qué piensas hacer entonces?

Buscar a Yuuri, es lo único que necesito ahora, más que a nada en este mundo. Luego, no lo sé.  

.

.

.

El amor es así, dijo Georgi en aquella noche, el invierno del 1870. Duele y mata con el veneno de la ausencia, revitaliza con el dulce de los besos. Cuanto más difícil es, más duele y más inmortal se convierte. Es un enemigo silencioso que atrapa a los corazones jóvenes: los llena de sueños y de pesadillas. Es un dolor sordo que se instala en el pecho y no hay medicina que lo cure. Es la espera eterna y la vigilia muda, es sentir que el alma se llena de fuego y el tiempo pierde la brújula.

Amor… ¿qué era amor? A meses de su partida amor inició la más dura de las torturas, dulce por los recuerdos, insoportable por la ausencia. La primera carta que llegó de él se sintió como un disparo al corazón. Los “y sí” revolotearon como aves de rapiña sobre el cadáver de mis sueños. Sentía que todo no había valido nada, que hubiera dado mi vida por un minuto en sus brazos, sobre su piel desnuda. ¿Qué valía vivir si no lo tenía? ¿Qué sentido había en ello?

Lilia insistía en que podría casarme cuando quisiera, pero todo hombre o mujer que no fuera Víctor había quedado descartado para mí. Y era tal mi sufrimiento que, una mañana en la casa de los Plisetsky, su tutor Georgi me abordó en el pasillo y me dijo esas palabras:

“Eres como yo”

¿Un bohemio retrasado y abrumado por amor? Sí.

Con la diferencia de que no había resignación en mi mirada. Era rabia contra mí mismo y contra mi vida. Rabia contra los ojos amorosos de Lilia que me provocaban obedecerle y honrarle. Odio a la noche que Víctor me trajo a su vida: morir de hambre era un paseo comparado a morir de amor.

“Sí, eres como yo”

La casa de Madam Minako fue el lugar de encuentro de un grupo de jóvenes bohemios que, como yo, vivían la muerte en vida sin su ser amado. Georgi había decidido el lugar al estar allí el objeto de su deseo, la hermosa Anya, una mujer que cumplía los caprichos de cualquier hombre con la voluptuosidad de una ama de la seducción.  Madam Minako era una mujer inmigrante con varias décadas en Londres, le daba cobijo a las mujeres que venía de otras tierras, oportunidades que ninguna podría tener en la calle. A ese lugar llegaban los corazones rotos a ser consolados. Allí termine yo…

A pesar de que los brazos de Anya se abrieran para ofrecerme una calma a la tormenta de mi alma, solo pude sonreírle con dolor al darme cuenta de que no, no importaba las exuberantes curvas de su cuerpo, su bellísimo cabello oscuro, la piel blanca ni sus grandes ojos almendrados. No importaba porque todo lo que quería tener estaba muy lejos y quizás ya no podría recuperarlo. Víctor se había llevado mis ganas de vivir y Anya observó las lágrimas de rabia y miseria que derramé esa noche.

Amaba a Víctor, tanto que duele.

Tanto que podría volverme loco.

Ella solo se sentó a mi lado y dejó que soltara la agonía guardada. Luego me dijo algo que se convirtió en una llama dormida.

—No hay amor pecaminoso, no hay amor prohibido. Eso son solo cosas de los hombres que quieren tratar a los hombres como caballos.

«Sé libre, ama libre, quítate las ataduras.»

.

.

.

La noche ha caído y me siento enfermo al no tener noticia de él. Mis padres apenas han comido y las cartas de las invitaciones ya han sido enviadas para preparar todo el escenario a una farsa que me niego a protagonizar. Me siento alterado, camino por todos lados con la sensación de que soy una bestia en cautiverio y me asomo a la ventana con la esperanza de ver algo de Yuuri. Ni siquiera se ha llevado a su caballo. Ni siquiera…

Demasiado ofuscado, decido que necesito caminar y desestresarme. Salgo de la casona y me dirijo hasta las caballerizas, dispuesto a tomar a mi caballo y atravesar la penumbra de la noche para conseguir consuelo en las praderas dormidas. El frío viento golpea mi piel y siento que todo es demasiado lejano. Me duele para pensarlo, como si no estuviera realmente aquí.

La posibilidad de que todo haya acabado escuece y golpea mis entrañas. Casi siento mis ojos arder ante ese pensamiento. Cabizbajo, avanzo hasta el portón y me detengo al encontrarlo abierto. La cadena está sin candado y alguien está dentro, la luz de la lampara de aceite se ve al fondo. Me agito…

—¡Yuuri! —alzo la voz al entrar y sí, ¡justamente es él! Yuuri está sentado en un cúmulo de paja, frente a Vicchan.

—¿Víctor? —Se levanta, dejando la lampara a un lado— ¿Qué hace…?

Lo beso. No me importa explicar nada, lo beso. Yuuri tarda en responder, pero cuando lo hace, no hay forma de que yo deje de besarlo. Aprieto su rostro entre mis manos, lo sostengo mientras me devoro su boca y le transmito mi ansiedad. Pensé que se había ido, pensé que se había perdido. ¿Qué clase de castigo merezco para que me haya preocupado así?

Apenas nos detenemos a respirar antes de volver, ahora sí, abrazándolo con fuerza. Rodeo con mis brazos su cuerpo y Yuuri aprieta mi cabeza al meter sus dedos entre mis cabellos alborotados. Hay ansiedad, deseos, necesidad. Ninguno nos detenemos a explicarlo, nuestros cuerpos hablan en su propio lenguaje y van arrojando las ropas porque no son dignas de seguir esta elaborada conversación.

Ante los ojos de nuestros caballos, nos deshacemos en gemidos y ansias. La paja pica contra mi espalda, pero hacerle el amor es lo único que necesito en este momento. Yuuri está a horcajadas sobre mi y su cabello largo, despeinado y lleno de paja es la visión de Eros en mi vida. Su piel enrojecida y sudada, y él sube y baja sobre mí hasta hacerme perder el juicio.  

Entonces, hay silencio. Abrazados sobre este cúmulo de paja, nos quedamos apreciando la nada con nuestros corazones latiendo al unísono, mientras yo lo abrazo.

—Huyamos ya… —le digo a su oreja, respirando sobre ella porque quiero capturar todo el aroma de su cabello—. Huyamos ya, Yuuri… Tengo un amigo en Londres, solo tendríamos que ir y pronto podríamos tomar un barco hacia América. Allá podemos vivir, iniciar nuevos viajes toda nuestra vida si es posible. Huya…

—Tu madre ya envió las invitaciones para la fiesta…

—No importa.

—¿Dejarás en vergüenza a tus padres frente a toda la sociedad? —Yuuri levanta su cabeza y yo me remuevo incomodo para seguirlo sujetando sobre mí.

—No import…

—¡Claro que sí! ¡Imagin…!

—No pienso volver —suelto. Yuuri abre sus ojos con pasmo—. No pienso volver aquí… sí mis padres quieren heredero, tendrán que buscar a otro hijo. Yo me niego.

A pesar de lo mucho que quise mantenerlo conmigo, Yuuri se aparta. Con la piel desnuda alumbrada solo por la lampara, empieza a mirar a todos lados, como si estuviera buscando su ropa. Aparta los mechones largos de su cabello negro de la cara y tras la espalda.

—Cariño…

—No puedes hacerle esto… no podemos hacerle esto.

—Ellos quieren obligarme a casarme con una mujer, engañarla y engañarme. No pienso hacer eso, si esos son mis padres, ¡reniego de ellos!

—¡No puedes hacer eso! —Yuuri alza su voz. Lo miro sorprendido, pero pronto comprendo que tiene todo el sentido esta posición de él. Mis padres los acogieron, lo criaron casi como uno de sus hijos y ha pasado más tiempo con ellos que yo—. No estoy de acuerdo… debe haber alguna otra manera…

—La única manera que ellos han propuesto es casarme con una mujer y engañarla contigo. —Me levanto dispuesto a hacerle reaccionar, mientras Yuuri está cubriéndose con su camisa. Lo detengo en su empresa para ser yo quien abotone los ojales, mirándole con intensidad—. A una mujer que sirva de coartada… ¿eso te parece más razonable?

Yuuri calla. Baja la mirada y yo suspiro con cansancio. Cuando he cerrado la camisa, mis brazos lo abrazan para sostenerlo a mi lado. Sus manos tardan en responder.

—No quiero casarme con una mujer y no quiero esconderte… si no hay otra manera, solo me queda huir contigo. —Yuuri niega. Su cabeza negra se mueve de forma negativa sobre mi hombro y yo solo dejo caer mis labios para plasmar un beso sobre su coronilla­—. Vámonos… tomemos a nuestros caballos y huyamos ya, esta misma noche. No necesitas nada, no necesito nada, solo nosotros…

—No. —Yuuri insiste y, sin más, se apartó lo suficiente para dirigirme esos ojos marrones que con la luz de la lampara parecen bolas de fuego—. No, Víctor… Tienes que ir a esa fiesta y tienes que escoger a una mujer.

—¿Qué dices? —No entiendo… no lo entiendo. Yuuri finalmente se separa de mi y sin más busca su pantalón para acabar de vestirse.

—Lo que escuchas… si eso es lo que tus padres desean y de esa manera nos dejarán en paz, hazlo.

—¡Me niego!

—¡Hazlo! —me exige. Solo siento el frío de la noche metiéndose en mis venas, como si lo ocurrido minutos atrás, esa vorágine de pasión se hubiera apagado para siempre—. ¡Escoge a cualquiera! ¡Estoy dispuesto a lo que sea para tenerte, Víctor! ¡A lo que sea! Todo menos quitarles a tus padres a su hijo.

.

.

.

La primera carta de Víctor llegó a finales de invierno. Un sello verde escondía las pasiones que me escribía con esmero y sin recato, calentando mi corazón. Llegaron otras cartas más, a mitad de verano, a finales de otoño. Y así, cuatro cartas fueron llegando y apilándose a través de los años, hasta que me animé a escribir una de vuelta, seis años después.

La dirección era en Florencia, Italia. Por las cartas pude saber que estuvo en Viena, Budapest, Moscú y San Petersburgo. Víctor ha viajado tanto en busca de más conocimientos médicos y yo por fin he tomado el valor de enfrentarme a mi destino. Le conté mis sentimientos, respondí a todos los te amo que me había enviado por sellos verdes que escondieron sus pasiones, le confesé que no había podido estar con otro ser que no fuera él. Que lo extrañaba, que lo amaba, que no había nada más maravilloso que Víctor en mi mundo y que sí aún sus sentimientos eran igual de fuertes, me diera la oportunidad, por favor, de irme con él.

«Llévame Víctor, seamos libres lejos», le supliqué. Y envié aquella misiva con el corazón en mi garganta y el miedo taladrando mi impulsividad.

No recibí una carta de respuesta. Fue un telegrama que Yuri Plisetsky recibió y me entregó. «Espérame Yuuri. V.N», fue todo lo que contuvo. Fue suficiente para que llorara de felicidad.

Y vino, un año después. En la nueva primavera, desperté y le vi en la recepción de la casa, con la sonrisa de corazón dándome la bienvenida. Tuve ganas de correr y lanzarme en sus brazos. Tuve deseos locos de besar su boca y rasparme con su barba, peinar su cabello largo, jalar su camisa y meterlo en mi habitación para no volver a salir en semanas. Todo tuve que tragarlo. Nos volvimos a hablar con las miradas.

Esa noche no hubo perdón. No hubo disculpas. No hubo lamentos. Víctor me recibió en su cuarto y no hubo permisos para arrancarnos las telas de nuestras pieles y sentirnos uno por primera vez. Había tanta hambre que dolió y ardió la llama. Había tanta sed que no hubo espacio para palabras sino para besos. Víctor era todo lo que deseaba, todo lo que quería, y se lo hice sentir con cada torpe intento de satisfacerle. Nos revolcamos en la cama como poseídos por la lujuria, las telas cayeron rendidas ante nuestro desenfreno. Víctor me tuvo y yo lo tuve, la felicidad la palpé en su espalda. Fue imposible dejarlo a solo un encuentro. Imposible esperar a salir juntos de la casa.

Imposible.  

Todas las noches el desenfreno llenaba nuestras almas y nos hacía mordernos los labios antes que gritar. Entre las velas de los candelabros encendidos nuestros cuerpos sucumbían la pasión. Nuestras risas febriles despertaban erizamientos y nuestras manos buscaban grabarnos una vez más. Éramos felices, tan felices, como para ver a la oscuridad acercarse. Tan felices de tenernos y aceptarnos.

—No te quiero compartir… —me dijo una semana atrás, antes de que todo quedara ante los ojos de Lilia—. No quiero compartirte Yuuri, soy egoísta, te quiero solo para mí.

—Yo tampoco.

—Quiero que nos vayamos lejos.

—Yo también…

—Quiero tenerte por completo.

—Ya me tienes —aseguré, mientras sus manos apresaban las mías sobre mi cabeza y su sexo se restregaba en mi abdomen—. Solo yo quiero satisfacerte, Víctor. Solo yo puedo…

Pero ahora que todo se ha descubierto, he perdido los privilegios que antes tenía. He sido castigado por los señores y la habitación principal ha sido desalojada para incluirme con el personal en la cocina. Ya no como en el comedor, ni se me es permitido pasar a la sala principal. Ya no hay espacio y todo lo que puedo ver son los preparativos de la enorme fiesta que preparan para que Víctor escoja su prometida.

Me enferma lo que ocurre, las ganas que tengo de correr con él, el deseo implícito de desaparecer del todo. Todo me enferma. Por eso, cuando Yuri me mira esa noche con un brillo letal en sus ojos, sé que tengo que hacer algo si no quiero rendirme.

—¿Qué eres capaz de hacer? —pregunta Yuri, que ya es un joven adulto dueño de la mansión y fuma un puro con la elegancia de un conde.

—Soy capaz de todo —repito cuando la idea se dibuja entre el humo que suelta la boca de Plisetsky. Es como un gato cuando sus ojos se afilan—. ¿Me ayudarás?

—¡Por supuesto!… —sonríe—. Será divertido.

.

.

.

La fiesta empezó tal como mí madre lo había deseado. La reunión de las familias más adinerada de Reino Unido ha iniciado y todo el ambiente festivo es sinónimo de celebración. Dos días atrás fue la última vez que vi a Yuuri. Por un momento, pensé en dejarme seducir por Christophe y su idea de abandonarlo todo, yéndome con él a América y dejando a Yuuri y mi familia lejos. Pero aquí estoy, vestido para el festejo, con mi cabello recogido en una cola alta mientras observo que toda esta parafernalia no va a quitar las bolsas de sueños de mis ojos.

Escoge a cualquiera, dijo Yuuri. Me ha costado dormir hasta hacerme a la idea de escoger a cualquiera, cumplir como dicta la ley y luego irme con Yuuri a viajes cada vez más largos. Intento mentalizarme con la idea mientras acomodo mi chaqueta negra y miro mi imagen en el espejo. Ni siquiera tendría que esforzarme, todas esas mujeres han venido deseando ser escogida por mí.

Sin más, decido que ya ha sido suficiente y debo ir a esa celebración inicua. No puedo alargar más este desagradable espectáculo. Bajo las escaleras de la sala y al pie de la puerta veo a mi madre vestida con un elaborado vestido de fiesta ocre, con pedrería dorada y encajes que la hacen ver preciosa. Ella me sonríe al verme bajar, toma mi rostro y lo besa con el cariño que tendría, seguro, mi madre natural.

—Y Yuuri… ¿dónde está?

—No lo sé… creo que se ha enfadado porque le quitamos su habitación y loe ordenamos una en la cocina. —Al escucharla, mi rostro se endurece—. Pero no te preocupes, hablé con él… le pedí que entendiera que solo queremos protegerlos.

—No me siento protegido.

—Sé que no lo entiendes hoy, pero lo entenderás cariño. Entenderás que es nuestro mejor desea para ustedes.

Entró a la sala con mi madre en brazo y toda la música se detiene. Hay mesas adornadas y llenas de dulces y panecillos, un cuarteto de cuerdas está en la esquina ambientando la velada y las jóvenes lucen sus mejores trajes en tonos pasteles: rosas, azules, lilas y naranjas. Todas lindísimas, han adornado su cabello para el momento y me miran desde sus lugares, con una timidez acogedora.

Empieza una larga procesión de saludos y presentaciones. Acojo la mano de cada una y espero que sea mi madre quien lleve la batuta de la situación, mientras intentó capturar entre los rostros alguna señal de Yuuri. ¿Estaría él en ese lugar? Es lo mínimo que esperaría. Si va a empujarme a aceptar esta situación, esperaría que estuviera allí al menos apoyándome en la distancia. Solo por él lo hago, por nadie más. Si estuviera enamorado de otra persona fuera de la casa Chesiré, hubiera huido con Christophe como me lo propuso.

La noche parece que va a pasar sin ninguna novedad. Todas las mujeres que me presentan no significan nada y me siento culpable al solo ver sus ojos emocionados, intentando congraciarme. Ni siquiera siento mi sonrisa real, es más un gesto de condescendencia. Y mi madre insiste como si no hubiera problema con conocer a todas las mujeres del Reino Unido, porque esa noche escogeré a mi esposa.

Entonces, entra alguien más. Se roba de inmediato mi atención porque ambos visten con colores oscuros, en contraste a los demás miembros de la fiesta. Yuri Plistesky ha aparecido en la escena y me sorprendo al verlo tan alto, mucho más de lo que había imaginado antes. Su cabello dorado está recogido en una cola y su traje negro le da un aire mucho más audaz. De su brazo, hay una mujer alta, aunque menos que él. Su cabello negro está adornado con un sombrero negro de encajes, que se amarra en la base de su rostro y enmarca sus mejillas redondas. Sus labios rojos brillan y el vestido negro sorprende a todos en la fiesta, debido a su voluptuosidad.

—¿Con quién ha venido el joven Plisetsky, que parece vestida como una cabaretera? —escuchó cerca y puedo notar a la señora Waterloo, agitando el abanico sobre su rostro.

Como si se tratara de una peste, los invitados se apartan del camino de Plisetsky mientras avanza hacia a mí con la dama en su brazo, quien agita un abanico negro y rojo sobre su rostro. La familia que estaba a mi lado se aparta y nos deja a solas a mi madre y a mí. Es precisamente mi madre la que da un paso para saludar a los recién llegados y, cuando estoy lo suficiente cerca, un sobresalto me invade el corazón cuando esos ojos marrones y rasgados se fijan a mi y me hacen sentir el toque de una daga.

—Plisetsky, bienvenido a nuestra celebración. Veo que ha venido acompañado, no he tenido el honor de conocer antes a tu invitada. ¿Es acaso un pariente lejano?

—Así es, es una prima lejana, que ha venido a visitarnos. —Lo escucho lejanamente, mi corazón late eufórico cunado reconozco entre ese montón de tela al hombre que amo—. Viene del lejano oriente, es familia de mi abuela, que en paz descanse. Yuki.

—Yuki. —La mirada de mi madre se afila hacia Yuuri—. ¿Cómo estás… Yuki?

—No habla —Se adelanta Yuri—. Es perfecta para lo que busca, ¿no lo cree?

No me detengo para ver lo que ha sentido mi madre con esas palabras, peor mi cuerpo reacciona antes y tomo las manos de Yuuri vestidas en encajes para sostenerle mi mirada. Él me mira y sus labios susurran palabras en silencio que calientan mi corazón.

“Estoy dispuesto a lo que sea…”

La saco a bailar. Ante la mirada atónita de todos los presentes, sacó a Yuuri a bailar sin mayor explicación y no hago otra cosa que eso durante toda la noche. Bailamos antes que se cansaron mis pies. Bailamos y nos sonreímos como si fuéramos parte de una estratagema contra el destino. Ajenos a lo que ocurre a nuestro alrededor que fue preparado para separarnos y dañarnos, pero Yuuri lo ha volcado.

De reojo a veces observo el rostro pálido de mi madre, al lado de Yuri Plisetsky, quien sonríe como si ve un maravilloso escenario frente a sus ojos. Mi padre también luce serio y estoy seguro de que se ha dado cuenta de lo que ha pasado. Y las familias siguen festejando, solo hasta acabar la velada.

Para cuando la gente empieza a despedirse, sigo sosteniendo la mano de Yuuri. Frente a todos, sin levantar sospecha alguna. Alguna que otra mujer que mira la espalda ancha de mi pareja con desprecio, pero se aleja sin más, despidiéndose de mis padres. Solo Yuri se ha quedado y sentado en uno de los muebles, abriendo sus brazos sobre el espaldar con esa sonrisa de autosuficiencia. Disfruta la situación, puedo notarlo.

—Víctor ha escogido —dice Yuri con una sonrisa filosa—. Escogió a mi prima falsa.

—¿Te parece esto gracioso? —recrimina mi padre y noto en este momento lo roja que está su piel, como si controlara un enojo sulfurante.

—No, no lo es. —La voz de Yuuri fluye ligeramente apretada, como si temiera lo que pudiera provocar sus palabras. Mi madre, en respuesta, esquiva su mirada incapaz de verle hablar con el vestido—. Nada de esto es gracioso… Pero esto era lo que pedían, ¿no?

Mis padres callan y Yuri es quien se levanta.

—Yuuri me comentó las palabras de nuestra señora Lilia. —Se cruzó de brazos—. Si él hubiese sido mujer, no habría problema. Hemos cumplido el deseo. Ante la sociedad, Víctor Nikiforov se ha enamorado de una prima lejana de los Plisetsky. Tiene ya los documentos para simplemente casarse ante la iglesia.

—¿Qué pretendes, Yuuri? —mi padre reclama furibundo—. ¿Vivir toda tu vida fingiendo ser una mujer?

Una epifanía… lo tengo todo claro, lo que Yuuri pretendió hacer, lo que Yuri hizo para ayudarlo—.

—No hace falta. —Avanzo, soltando las manos de Yuuri para afrontar la ira de mis padres—. Me casaré con la doncella que robó mi corazón esta noche, agradeceré a los Plisetsky por traer el amor de mi vida, y me llevaré a Yuuri conmigo de viaje, junto a mi esposa, porque necesito a alguien que cuide de ella y nos atienda en nuestro viaje. Yuki morirá de tuberculosis un año después —mi padre cierra la boca con fuerza—. El dolor de su pérdida es tal que cierra mi corazón. No volveré a casarme, me dedicó el resto de mi vida a la medicina y tengo a mi lado a Yuuri para velar por mí.

—¡Oh, a Georgi le encantaría escuchar este drama! —Yuri suelta con sarcasmo.

—Esto es una locura…

—Quizás madre, pero nos han obligado a hacer esto.

—Vayanse. —Mi padre ordena, contundente­—. Salgan de mi vista de una buena vez.

.

.

.

Plisetsky nos envió una carta. Hace ya tres meses desde la última vez que nos vimos. Todavía me quedan palabras de sobras para agradecerles la treta que se hizo en esa noche donde se resolvió todo.

Según sus palabras, los padres de Víctor han hecho justamente lo que Víctor pidió. Contaron la edulcorada escena de amor eterno que le profesó Víctor a su amada y el modo en que, prácticamente, volaron juntos para casarse en Florencia. Toda la ciudad ya olvidó el asunto y así ha quedado. Me preguntó cómo harán cuando tengan que develar que la mujer ha muerto.

Mientras tanto, desde la habitación que compartimos en New York, descanso después de haber terminado de transcribir los documentos que Víctor ha recolectado. Christophe ha sido un gran amigo y yo… pues no me puede sentir más feliz de lo que soy.

Ese fue el último viaje en la casona Chesiré, el último momento de esclavitud. Anya tenía razón:  

«No hay amor prohibido. Eso son solo cosas de los hombres que quieren tratar a los hombres como caballos…»

FIN.

Notas de Autor: No lo pude terminar antes, como me hubiera gustado. Pero ya terminé con este trabaje que tuvo en mi mente su rato de gloria. Espero haya podido plasmar al menos un poco de lo mucho que estaba en mi cabeza. Ha sido un ejercicio raro, aunque enriquecedor. Ojalá les guste.

Voy a estar trabajando para cerrar el último cao de Matryoshka y volver con Iridiscencia.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

4 comentarios sobre “El último baile (Parte II)

  1. ¡Oh que sí es hermoso!

    Esta historia me ha encantado de principio a fin. Cuando se acercaba lo del baile realmente me la pasé pensando: ¿en serio lo hará?, ¿en serio lo hará? Y cuando lo hizo, waaaahhhh Creo que por sus facciones, Yuuri luciría muy bien con el traje btw… ¡Ame que Yura los ayudara! Imaginármelo alto, como todo un hombre y con los trajes de esta época… omg! papacito.

    He adorado toda la historia, como siempre me mantiene al filo de la navaja… Espero la paja no les haya picado tanto. ¡Y me encanta la conclusión! El amor ha triunfado ❤

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    1. Aoww Salem, gracias por leer mi historia. Me alegra mucho que te haya gustado toda la secuencia del baile y lo que ellos hicieron para vencer. Jajajaja cuando dijo dispuesto a todo, ¡era a todo! Y Sí, imaginarme a Yura como todo un conde fue slfjsdljgñsjg ¡alucinante! Gracias por leerme, ¡me alegra que te haya gustado!

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