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¿Y si tal vez…?


Acto 1

Podrías mirarlo, Viktor, pero no tienes el jodido valor de hacerlo cuando su corazón es ahora solo un fragmento del que es el tuyo. Te duele, sí, pero es seguro que no sientes ni un gramo del dolor que sobre su pecho se rompe en mil pedazos y lo desangra.

Sus lágrimas, en torno a las risas de tus amigos, se sienten más amargas aún, parecen caer sobre tu garganta y solidificarse poco a poco hasta crear un nudo indestructible que no te permite hablar. Pero, admítelo, no lo harías aunque pudieras. Por eso, desde un principio, permitiste que todo sucediera, que las burlas y el abuso hacia él continuran incluso cuando, muy dentro tuyo, has logrado admitir el amor que sientes por él, por Yuuri Katsuki.


Ahora que lo ves mirarte con el alma rota, con esos ojos en lluvia que se intentan ocultar tras sus anteojos azules, todo el mundo parece girar más a prisa. Te sientes mareado, rehuyes de esa súplica que brilla gota a gota, de ese deseo por que seas su héroe del día, de que hagas por fin eso que mueres, pero tanto te niegas a realizar: salvarlo, detener a tus amigos y decirle a todos lo especial que es para ti.


De pronto, uno de esos chicos que siempre te acompaña lo golpea en la cabeza. Sus anteojos caen, se rompen justo al lado del regalo que él trajo para ti y que también descansa en el suelo hecho trizas.
Si cerraras los ojos, podrías revivir lo ocurrido, no como el recuerdo de algo que acaba de suceder momentos antes, sino con la exactitud de la realidad: cómo se acerca a ti, tan tímido, tan tierno, y extiende aquella caja envuelta con papel platino y un moño azul. Cómo te felicita por tu cumpleaños y sonríe de una manera tan adorable que te derrite. Correspondes, dejas que la emoción invada cada parte de ti y, aun sin siquiera imaginar lo que hay dentro de aquel regalo, sabes que lo atesorarás como una pieza muy importante de tu vida. No obstante, apenas logras tomarla, la voz de uno de tus amigos te hace salir de la ensoñación.


—¿Qué porquería es esta, Katsuki?


Ninguno puede reaccionar a tiempo, sino que tu cuerpo lo hace antes que tú, motivado por un terror absurdo de ser descubierto: arrojas la caja hacia el suelo y tus pies caen sobre ella, destrozándola por completo.


—¿Quién te invitó, maldito cerdo? —grita alguien entre los espectadores.


La humillación es algo difícil de soportar. No lo culpas cuando, aun con la vista privada sin sus anteojos, trata de huir para buscar un refugio donde salvaguardar un poco de su orgullo roto. No obstante, los tropiezos y su casi caída te hacen encoger más el alma mientras las risas de todos se alzan, mismas que ya no solo se limitan a los de tus amigos más cercanos.


Tu estómago duele por la culpa a la vez que aprietas tus puños, y entre ellos aprietas también las inmensas ganas que tienes de ir tras él y disculparte.


—¡Qué perdedor! ¿Qué se cree al colarse a tu fiesta? —alguien (no te importa mirar quién) exclama en voz alta.


Quieres decir que no, que tú lo invitaste personalmente, aunque no creíste que de verdad asistiera. Querías que estuviera presente ahí, claro, pero hubieras entendido si el chico a quien has estado molestando durante cerca de tres años lo consideraba todo como una mala jugada, una posible trampa para seguir haciéndole la vida imposible.


Pero no, él apareció ante la puerta de tu casa con la misma seguridad y alegría que cualquier otro invitado. Cuando lo viste ingresar, te resultó la aparición más linda de tu vida. Es obvio que se había esmerado en su presentación: con pantalones caqui de vestir, algo ajustados, en conjunto con un suéter azul que casi parecía querer combinar con tu mirada. Y estaba su cabello peinado hacia atrás, dejando al descubierto una mirada optimista que casi siempre se oculta tras sus mechones oscuros.
En ese momento casi olvidas que has sido su bully desde el primer grado. Antes te parecía un sujeto gracioso: su peso y su recién formado acné eran los elementos ideales para volverlo la víctima perfecta de tus burlas. Su inteligencia, el uso de lentes y su innata timidez fueron solo el plus para que todo obtuviera un sabor más delicioso, picante. No obstante, no importaba cuántas veces lo humillaras, cuánto te rieras de él, ese chico regordete parecía un cachorrito que siempre volvía a ti con confianza, que creía en tus palabras, que incluso te pasaba la tarea con buena fé y no por causa de temor.


Una tarde, mientras mirabas el examen de matemáticas que habías reprobado, él se ofreció a volverse tu tutor antes de que siquiera la idea cruzara por tu cabeza. Frunciste el ceño, arrugaste la hoja y se la arrojaste con fuerza al rostro. Llegaste a pensar que se vengaba, que por primera vez en su vida te regresaba las constantes burlas a las cuales lo sometiste, pero las consecuentes notas con información y tips de estudio que encontraste en tu casillero te hicieron ver que, una vez más, estabas equivocado. ¿Por qué se tomaría la molestia de ayudarte? No sabías la respuesta, pero terminaste por acceder sin mucha confianza. Sin embargo, solo se necesitó un par de días para que descubrieras un mundo nuevo descrito en sus sonrisas, en sus miradas, en el repique gracioso de su risa y esa infinidad de cosas que tenían en común, incluso muchas más que con tu grupo de amigos.


Te enamoraste: lo supiste aquella vez que, en lugar de imaginar a un ser sin rostro, la imagen real de Yuuri te acompañó no solo en la ducha mientras te masturbabas, sino en tus posteriores sueños. De pronto su peso había dejado de tener trascendencia. Ya no era gracioso, sino que sentías una real atracción hacia él. Todo de lo que alguna vez te burlaste se volvió una verdadera admiración para ti: su figura, su inteligencia, su cabello oscuro y sus anteojos. Incluso pensar en la idea de besarlo pese a los brackets no te generaba ninguna incomodidad. Serían sus labios después de todo, su boca, su lengua, su sabor. Pero… ¿qué iba a pasar si los demás llegaban a enterarse de ese sentimiento? Había una categoría demasiado grande que defender, una imagen que mantener para evitar que las burlas ahora recayeran sobre ti. Simplemente no podías por más que una gran parte de tu mente quisiera otra razón.


—Katsuki está encerrado en tu cuarto. —Solo te has quedado de pie ahí, en medio de la sala, observando aquel regalo roto que nadie se ha dignado a recoger, ni siquiera tú—. La puerta está cerrada, el muy imbécil se está escondiendo como el cerdo cobarde que es…


Cuando los insultos comienzan, tus oídos dejan de escuchar. Solo asientes a quien te habla y dejas que tus pasos te guíen hasta tu propia habitación. No te importa que los demás te sigan ansiosos para ver como seguro le das una buena paliza a Yuuri para sacarlo de ahí. No importa porque, en cuanto cruzas la puerta, la cierras con rapidez para evitar que el resto entre. Escuchas las quejas detrás, pero las ignoras.


—Yuuri.


Con un vistazo rápido, te percatas que él no se encuentra ahí… Por lo menos no ante tu vista, pues el sutil sollozo de un llanto que no se detiene te hace darte cuenta de que tus amigos tenían razón. Crees que proviene del armario, el lugar más o menos decente donde Yuuri podría esconderse por completo de tu mirada.


Te acercas a él, puedes llamarlo de nuevo y notas como el llanto se ha ahogado en un jadeo de terror. Tal vez cree que le harás daño. Lo vuelves a llamar… Y otra vez y otra vez… Hasta que abres la puerta del armario y una oleada de ropa cae sobre ti.

—Ya no podré darte clases.

Durante un segundo, te preguntas si has escuchado bien. Sonríes, incluso a punto de soltar una pequeña risa, pero la seriedad de Yuuri te hace detener al instante. ¿Habla en serio?

—¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?

Tu preocupación inicial es lógica: no eres tú, algo ha debido pasar con él, en su vida, que le imposibilitará su tarea de poderse reunir cada martes y jueves contigo. Notas su titubeo, su abrir de labios de los cuales no escapa ninguna palabra. Hay un suspiro. Hay preocupación. Hay duda. 

—Si es por el día…  o la hora, podemos cambiarlo sin problema. Yo me adapto a ti.

¡Al diablo el trabajo! Eres capaz de mover al mundo entero con tal de no perderte esas sesiones con el sexy maestro de yoga. Que claro, no es solo por lo sexy, es por ser él… Tan comprensivo, tan atento, con una mirada llena de intensidad y logro que te contagia a cada segundo. Y es por cómo te sientes cuando están los dos juntos: seguro, concentrado, completo y feliz… Eres tú, te sientes tú como en ningún otro momento, y eso es maravilloso. Él lo es. Moverías al mundo, la galaxia, el universo entero…

—No es eso, Víctor. No puedo… solo…

Hasta ese momento, no habías notado que Yuuri huía de tu mirada. Es hasta que finalmente logra enfrentarse a ti que te das cuenta. Hay un brillo roto, un torrente de palabras que quieren salir, pero no logran siquiera formarse. Sí eres tú, sí es por ti. ¿Acaso se ha dado cuenta de todas las veces que lo has visto sin querer? Cuando hace cada una de las posturas y su cuerpo se contornea, cuando su pequeña barriga sobresale y él, algo avergonzado, intenta ocultarla; cuando se excita y, más de alguna vez, una erección sobresale de sus licras. Cuando te sientes observado por él, expuesto, casi desnudo, pero sientes que por primera vez alguien te mira como realmente eres. 

—Lo siento. Pero te recomendaré a otro maestro. Es fantástico, incluso mejor que yo. Le daré tu número para que se comunique contigo.

Moverías la jodida existencia misma… pero no lo puedes mover a él si te ha descubierto. 

Acto 2

Te ha costado demasiado comprender cómo es que, hace tan solo un par de días, eras un chico que festejaba su cumpleaños número dieciséis. Despertaste en una habitación diferente, en una cama diferente; tú también lo eras. Tu cuerpo no era el de ese adolescente idiota, sino el de un hombre de casi treinta, soltero, con un perro caniche de mascota y una exitosa carrera como diseñador de modas.
Aún no lo comprendes, pero te has logrado adaptar. Lo verdaderamente difícil fue entornar tus ojos alrededor de tu actualidad y darte cuenta que la vida no solo había transcurrido para ti, sino para todos… Incluido Yuuri.


Curioso que fuese el primer nombre en el que pensaste, y el primero al que decidiste buscar: es el dueño de una empresa de seguridad tecnológica bastante reconocida que le ha traído demasiado beneficio económico, así que no fue tan difícil. Además, está comprometido. La extrañeza en su voz cuando respondió el teléfono y le comentaste que eras tú te hizo saber de inmediato que el contacto se había perdido desde hace tiempo.


No te sorprende que, por eso, la invitación a su próxima boda se volviera tan incómoda. Pero tú, de todas formas, te atreviste a asistir. Ni siquiera entiendes con qué intenciones lo contactaste en primer lugar, mucho menos el porqué te torturas con tu asistencia. ¿Querías saber si le habías arruinado la vida? ¿Si tus constantes burlas habían hecho mella en su autoestima? ¿Qué esperabas? ¿Encontrarlo solo, deprimido, funcionando en una vida que no tal vez ya no deseaba vivir? Y, en cambio, lo ves ahí frente al altar, tan apuesto con un traje que entalla su robusta figura, pero que a ti te parece una maravilla en él. Luce infinitamente feliz y enamorado de la mujer a quien sostiene su mano bajo ese hermoso arco de flores y luces. La reconociste desde el primero momento: es Yuko, una de las pocas amigas que Yuuri tenía durante la escuela.


No puedes soportar la forma en que la mira, la forma en que la sostiene y besa cuando el «Sí, acepto» de ambos se vuelve una sentencia que te apuñala el corazón. Tus manos tiemblan ante el deseo de detenerlo todo, pero es tarde ya… Su felicidad te quiebra, pero sabes que nunca tuviste el derecho de quebrarlo tú a él.


—De verdad quisiera disculparme por ser tan imbécil cuando éramos adolescentes.


La fiesta ya casi termina. No hubo nadie más en ese sitio al que reconocieras, así que solo pasaste la velada en tu mesa, bebiendo para tratar de sanear esas grietas en tu alma que poco a poco se iban abriendo. Ahora, cerca del cierre, conversas con Yuuri en soledad. Ambos están en la terraza del edificio donde se realizó el festejo y observan el paisaje de la ciudad luminosa en una noche que parece haberse tragado todas las estrellas. Ambos continúan bebiendo y, ante tus palabras, Yuuri ríe.
—¿De qué hablas? —Lo miras confundido… ¿Acaso ambos no vivieron el mismo pasado?—. Ya te disculpaste por eso cuando terminamos la escuela, ¿lo olvidaste? Todos hicimos cosas imbéciles de jóvenes. Lo importante es quién eres ahora.


Su alegría y suavidad ante el tema te incomoda, es algo que aún te sigue torturando, ¿por qué él sencillamente puede dejarlo ir así como así? ¿Por qué tú no eres capaz de hacerlo también?
—Pero… te hice llorar tantas veces, te traté horrible. Te lastimé… Nunca entendí por qué, a pesar de todo eso, siempre fuiste bueno conmigo.


—No me iba a rebajar a tu nivel. —Esa era la clase de respuesta que esperabas, aunque su repentina risa te hace entender que solo bromea—. Tal vez ahora te parecerá algo idiota, pero… siempre creí que eras un mejor chico del que aparentabas. Y, bueno, voy a confesar algo más idiota aún… Me gustabas…


Sabes que no sería una confesión que saldría de sus labios si no estuviera un poco ebrio ya, pero la impresión no es menor por ello. Y logras sentirte aún más idiota ahora. Dejaste ir la oportunidad solo por un estatus momentáneo que, ahora que estás en tu futuro, te das cuenta que no valía la pena en absoluto. No sigues en contacto con ninguno de tus examigos. Sin embargo…


—También me gustabas.


¿Realmente lo hubieras merecido?


—No bromees…


¿Realmente hubieras podido ser la misma felicidad para él que tiene ahora?


—No es broma… Es… es verdad…


¿O así sí hubieras arruinado su vida?


—¿Entonces por qué me molestabas?


La vida de los dos.


—Porque soy un imbécil… ¿Hubieras aceptado salir conmigo?


Aun así, aunque la duda es latente y te hace palpitar el pecho con fuerza…


—En ese momento, tal vez sí… No sé. No lo sé.


No dejas ir la posibilidad de que, tal vez, solo tal vez…


—¿Crees que también serías feliz como ahora?


Ambos pudieran haber sido igualmente felices juntos.


—No lo sé… No importa realmente. Soy feliz ahora. Amo a Yuko y estoy seguro de que pronto encontrarás eso para ti.


Pero es tarde ya. Muy tarde. Y el agujero que se abre en tu corazón, más profundo que antes, te hace llorar silenciosamente.

Acto 3

Acto 3

—¡Viktor! —Yuuri escarba entre la ropa que ha caído sobre ti. Aún es confuso, todo se siente como si hubiese sido solo un pestañeo, aunque los recuerdos siguen claros en ti, más que lo serían por causa de algún sueño o alucinación—. ¡Viktor! ¿Estás bien?


Yuuri te extiende la mano para ayudarte a que te pongas de pie. Afuera escuchas golpes en la puerta de tu habitación y la voz de tus amigos preguntando si todo está bien… Incluso logras escuchar por ahí alguna amenaza perdida hacia Yuuri por si, acaso, él ha sido el causante de ese fuerte ruido que lograron escuchar.


—¿Viktor? —insiste él, cada vez más preocupado por tu ausencia de respuesta. Tienes todavía mucho qué procesar, y lo intentas mientras lo miras fijamente. Los recuerdos de aquel futuro, que ahora se siente incierto, te golpean con la misma fuerza con la que tu corazón comienza a doler.


Podrías considerar que tienes una segunda oportunidad, pero no olvidas su felicidad infinita durante el día de su boda, su progreso en la vida, todos esos sueños que fueron cumplidos gracias al apoyo de una mujer que, a diferencia de ti, siempre lo amó. Sí, tienes una segunda oportunidad, pero no la mereces…


—Sí, estoy bien… —Los golpes en la puerta continúan, así como la amenaza de llamar a la policía—. Yuuri… escucha… de verdad lo lamento. No solo por lo de hoy, sino por todo lo que te he hecho durante todos estos años…


Sus ojos se encuentran humedecidos, aún rojos al igual que su nariz. La imagen te destroza por dentro, tanto que el antojo de abrazarlo se apodera de ti. Pero, a diferencia de tantas otras ocasiones, tu cuerpo se mueve antes de que tu mente te detenga.


—Pero esto no será para siempre. En el futuro, serás un hombre exitoso. Podrás restregarles… restregarnos a todos tus millones.


—¿Cómo estás tan seguro?


Sientes sus brazos apresarte con fuerza, corresponder ese abrazo que lo ha tomado tan en sorpresa como a ti. Recuerdas su confesión, piensas en que en ese momento aún le gustas.


—Lo estoy. Y lo mejor es que habrá alguien allá que te ame por completo, con quien serás feliz.
Es una sentencia que te mata a ti, pero debe saber que todo el sufrimiento actual tendrá una hermosa recompensa. Es una lástima que, para ti, ese mismo final no vaya a aplicarse.


—¡Mierda, maldito cerdo, abre la puerta!


Te ves obligado a romper el contacto porque hay un tema más que debes resolver. Caminas con determinación a la puerta, aunque esa dureza no puede transmitirse ya hacia tu corazón. En cuanto abres, ves a todos tus invitados. Hay preocupación genuina, casi por un momento las palabras se te atoran en la boca, pero ese recuerdo del futuro que te sigue atormentando aún se mantiene fresco en ti y te termina de dar el valor para hablar.


—Escuchen, es suficiente. Nadie volverá a molestar a Yuuri ni a burlarse de él, o les atravesaré el puño en el estómago y los haré llorar como unas niñitas, ¿entendido?

Acto 4

La vida siguió su rumbo… pero no de la forma en que esperabas.


Aunque habías decidido que dejarías a Yuuri en paz, a la vez que te asegurabas que tus amigos también lo hicieran, realmente el contacto nunca se rompió. Desde aquel día, Yuuri siempre te saludaba por las mañanas y, a veces, durante el almuerzo, se atrevía a acercarte a ti y preguntar si podía acompañarte. No tuviste corazón de rechazarlo nunca, mucho menos cuando creíste que fraternizar con él no tendría por qué cambiar la parte de su futuro que deseabas mantener intacta. No obstante, pronto te diste cuenta que tu determinación por hacer que tus sentimientos estuvieran a raya podía flaquear demasiado fácil, en especial cuando las palmadas en los hombros del otro se transformaron en manos sujetas entre sí, y los abrazos abrieron paso a besos tímidos que, en cuestión de días, se transformaron en fogosidad y fuego.


—Me gustas…


No hubo sorpresa tras esa confesión. Ya lo sabías desde el futuro, pero te había quedado claro que el gusto no desaparecería ahora que se habían cruzado muchas líneas invisibles sin retorno. A ti no te gustaba ya, sino que lo adorabas, así que la determinación se rompió hasta casi desaparecer por completo. ¿Qué mal podía hacer tener una juvenil relación con él? Una relación fugaz, hormonal, de esa que seguro terminaría antes de que Yuuri descubriera que el verdadero amor de su vida era Yuko y no tú. Siempre que los veías conversando a la distancia la culpa te carcomía un poco, un poco menos cada vez, pero tratabas de mitigar el sentimiento recordándote que sería solo cuestión de tiempo antes de que esos dos se dieran cuenta que estaban hechos el uno para el otro.


No obstante, los años continuaron: terminó la escuela, siguió la universidad, y ambos estaban incluso más unidos que antes. Seguiste la dictaminación de tu futuro al continuar en el diseño de modas. Yuuri hizo lo propio: así como el futuro que habías visto, decidió dirigirse a la informática y crear esa empresa de seguridad tecnológica que lo haría millonario en tan solo unos años.


¿Y Yuko? La culpa por fin desapareció el día que Yuuri, inmensamente feliz por su amiga, te mostró una foto de ella con su esposo y sus recién nacidas trillizas. Sonreía incluso más feliz de lo que la recordabas, así como Yuuri lo hacía en ese momento.

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