Realidades


Realidad 1

«Deja de verle trasero».

Si supieras, Yuuri, que Víctor hace lo mismo cuando diriges la clase.

«Deja de verle trasero…».

Pero tus ojos se mantienen en la zona… ¿Cómo no hacerlo? Cuando sus glúteos son tan torneados y abultados… Cuando sencillamente te invitan a apretarlos con ambas manos y te inspiran tanto el deseo de hundirte en ellos. 

«¡Deja de verle trasero!».

—¿Yuuri? 

Te llama, pero no lo escuchas; aún te lo imaginas así, a gatas, con su cuerpo curvado hacia adelante y un poco bajo, mientras su trasero se mantiene alzado y mirando hacia ti… aún invitándote, tentándote a tanto…

—¡Yuuri!

Un shock, seguido de un escalofrío que te hace bajar el calor de golpe. Te sabes observado. Sacudes la cabeza para, momentos después, encontrar a Víctor sentado en el suelo, mirándote con una sonrisa que no sabes interpretar. ¿Cuándo se movió? No tienes idea, pero la vergüenza te rompe en un mar rojizo que se plasma en tus mejillas. 

—¿Sí?

—¿Cuál era la siguiente posición?

Sonríe. Espera. Tu corazón es un lío que retumba y duele sobre tu pecho. Y algo más, algo que seguro se nota con las licras ajustadas que llevas puestas: un bulto que sobresale, que es duro, que late con desesperación. Quieres ocultarlo, mover tus manos para cubrir eso que ahora te llena de vergüenza, pero eso lo hará más obvio, ¿no? Victor te mira fijamente a ti, no a tu entrepierna.

Caminas al frente del salón mientras evitas su mirada. Así no puedes notar que sus ojos azules (los que te encantan) ahora han caído con descaro hacia esa erección que es un bulto palpitante y doloroso, lleno de sangre, venas y excitación. 

Tomas la nueva postura, con tu cuerpo recostado boca abajo en el suelo para, segundos después, alzar el torso hacia arriba, en una curva,. Es un movimiento sencillo para él, pero aunque provoca que la erección duela más, de esa forma puedes mantenerla oculta hasta que el calor se termine de evaporar dentro de ella. 

Tratas de mantener tu mente en blanco mientras la clase avanza. Cierras los ojos, transmutas, tu cabeza se llena de chispas grises y azules, de Rusia, de su acento, de su risa…  Y su trasero. Su torneado y grande trasero. La erección desaparece minutos después, pero sientes que el calor no se ha ido por completo, levita entre tu cabeza, tu corazón y tu entrepierna, amenazando con hacerte despertar de nuevo si es que te permites vacilar otra vez con tus pensamientos.

Es difícil, doloroso, pero logras avanzar el resto de la clase sin que haya más accidentes. Sin embargo, cuando todo finaliza, te despides apenas con un simple gesto donde no hay encuentro, un rápido «Hasta el martes» que apenas logras murmurar. Después, corres directo hacia el baño. Es ahí donde dejas que finalmente el calor explote y se expanda, que la delicia de sus poses, su figura musculosa, pero delgada, te conquisten hasta que te hagas correr con tus propias manos (pero que imaginas suyas, tan grandes, fuertes y calientes). 

Y cuando acabas, lo que después brotan de ti son lágrimas de pena y asco. ¿Te seguirías sintiendo culpable, un jodido pervertido, si supieras que Víctor también corre al baño para hacer lo mismo mientras piensa en ti?

Realidad 2

—Ya no podré darte clases.

Durante un segundo, te preguntas si has escuchado bien. Sonríes, incluso a punto de soltar una pequeña risa, pero la seriedad de Yuuri te hace detener al instante. ¿Habla en serio?

—¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?

Tu preocupación inicial es lógica: no eres tú, algo ha debido pasar con él, en su vida, que le imposibilitará su tarea de poderse reunir cada martes y jueves contigo. Notas su titubeo, su abrir de labios de los cuales no escapa ninguna palabra. Hay un suspiro. Hay preocupación. Hay duda. 

—Si es por el día…  o la hora, podemos cambiarlo sin problema. Yo me adapto a ti.

¡Al diablo el trabajo! Eres capaz de mover al mundo entero con tal de no perderte esas sesiones con el sexy maestro de yoga. Que claro, no es solo por lo sexy, es por ser él… Tan comprensivo, tan atento, con una mirada llena de intensidad y logro que te contagia a cada segundo. Y es por cómo te sientes cuando están los dos juntos: seguro, concentrado, completo y feliz… Eres tú, te sientes tú como en ningún otro momento, y eso es maravilloso. Él lo es. Moverías al mundo, la galaxia, el universo entero…

—No es eso, Víctor. No puedo… solo…

Hasta ese momento, no habías notado que Yuuri huía de tu mirada. Es hasta que finalmente logra enfrentarse a ti que te das cuenta. Hay un brillo roto, un torrente de palabras que quieren salir, pero no logran siquiera formarse. Sí eres tú, sí es por ti. ¿Acaso se ha dado cuenta de todas las veces que lo has visto sin querer? Cuando hace cada una de las posturas y su cuerpo se contornea, cuando su pequeña barriga sobresale y él, algo avergonzado, intenta ocultarla; cuando se excita y, más de alguna vez, una erección sobresale de sus licras. Cuando te sientes observado por él, expuesto, casi desnudo, pero sientes que por primera vez alguien te mira como realmente eres. 

—Lo siento. Pero te recomendaré a otro maestro. Es fantástico, incluso mejor que yo. Le daré tu número para que se comunique contigo.

Moverías la jodida existencia misma… pero no lo puedes mover a él si te ha descubierto. 

Realidad 3

Puedes entender lo que ha visto Yuuri en su exalumno; aunque, claro, no lo compartes. Los hombres no son lo tuyo, pero nada te cuesta admitir que el cuerpo del ruso es muy… muy… muy… sexy. Entiendes por qué a Yuuri le comenzó a costar tanto ocultar sus pensamientos sucios durante clases, en especial, cuando lo físico sobrepasó las barreras y, más que cuerpo, Yuuri comenzó a saborear mente, personalidad, vida. Se enamoró de Víctor sin que lo notara, atribuyéndole todo a una atracción física cuando, de lo que menos hablaba, era de su figura. Seguro lo pensaba mucho, demasiado, pero Yuuri no solía explicitarlo más allá de un «Es que es muy sexy». Sin embargo, cuando había oportunidad de hablar sobre él, sobre cómo era, cómo actuaba y cómo Yuuri se sentía en su compañía, las palabras eran disparadas como una cascada llena de intensidad y amor. 

Le hubiera encantado verlo durante una clase, fotografiarlo incluso. Su sonrojo, su vergüenza, sus inmensas ganas de ocultarse y morir, pero su profesionalismo de continuar cada clase hasta el final. También le hubiera encantado ver cómo Víctor lo veía a cambio… ¿Se habría dado cuenta de que prácticamente su maestro babeaba por él?

—Chulanont… —te llama.

—Ya te dije que me llames Phichit. A Yuuri lo llamabas por su nombre.

El ruso sonríe. Hay galantería en ella, pero no porque pretenda coquetearte, si no porque le es natural, algo a lo que está acostumbrado. 

—Phichit… ¿Cómo está Yuuri?

¡Oh! Lo miras con bastante interés. 

—¿Por qué la pregunta?

—Simple curiosidad. 

Sus miradas se encuentran. No combaten, se analizan: cada gesto, cada vida, cada añoranza de encontrar la respuesta que tanto desean escuchar. 

—Está bien… Tiene un nuevo alumno… —Observas, analizas con más detalle. Los ojos de Víctor se abren sutilmente. Espera que digas más—. Es un chico joven. Rubio, ojos verdes, muy apuesto… —¡Ahí! Un nuevo movimiento en su mirada. Un titubeo en su sonrisa que ahora se nota más artificial—. Yuuri está muy contento con él… 

La mirada azul se desvía de la tuya. Hay un gesto evidente de incomodidad, incluso de enojo… Tal vez… ¿dolor? 

—Ya veo, eso me alegra bastante. —No, no le alegra. Ni siquiera intenta ocultar la molestia en su voz.

—¿Por qué la pregunta? —insistes, aunque estás bastante seguro de la respuesta. Solo quieres la confirmación. 

—¿Por qué el interés? —Es ahora Víctor quien contraataca. No parece dispuesto a ceder; a pesar de que ambos lo saben, ninguno se atreve a dar el paso. Hay un silencio vibrante que los perturba. ¡Oh! ¡Qué más da! Si te equivocas, eres tú quien tendrá que lidiar con él y no Yuuri. Estás seguro que este no desea verlo de nuevo… Aunque lo siga soñando cada noche. 

—Me ha dado la impresión de que te has enamorado de tu sexy exprofesor de yoga. ¿Es así?

Víctor finge una mueca de ofensa, pero, casi al instante, la deja caer por completo, destrozarse en el suelo para mostrar su verdadero ser: sabe que no tiene caso negarlo. Un suspiro le sucede a una pequeña sonrisa avergonzada. Sigue creyendo que Yuuri notó sus miradas y que de seguro ahora lo odia. ¿Qué más da, en ese caso? 

—¿Importa? Al parecer tiene a alguien mejor que seguro no lo mira pervertidamente mientras practica. 

¿Es así? ¡No puedes creer que ambos sean tan ciegos! Prácticamente se estaban comiendo uno frente al otro, pero ninguno lo notó…  

—¿Cómo lo haría? Si es tan solo un adolescente. —El interés de Víctor vuelve a ti. Sonríes y caminas hacia él para colocar una mano en su hombro. Un par de golpecitos y continúas—: ¿Crees que Yuuri te cambió porque lo mirabas? —Intentas no reír—. Él te dejó de dar clases porque no podía dejarte de mirarte a ti. 

Realidad 0

Huiste de Víctor porque ya no soportas la vergüenza. Era doloroso. Ardía. Cada vez que terminabas de masturbarte después de cada clase, sin falta, sentías que algo nuevo de ti moría. No eres así, nunca lo fuiste, ni siquiera en tus tiempos de estudiante. Pero ahora que los papeles se han invertido y que Victor llegó para suplantar tu lugar, todo cambió y te volvió un jodido pervertido… 

La primera vez solo te reprendiste, pero no creíste en ese entonces que sería algo tan difícil de controlar, en especial cuando pasaron tantas semanas sin que volviera a ocurrir. Pero cuando comenzaste a conocerlo más, cuando te diste cuenta que era más que un cuerpo sexy y torneado, caíste en él, en lo que es su corazón, su ser, toda su alma.

Ni siquiera ahora, cuando hace ya un par de semanas que no lo ves, logras espantar ese calor que él ha inspirado. Sigue rondando en tu cuerpo, bajando de tu cabeza a la entrepierna, del corazón al movimiento de tus manos. Y lo sueñas… lo has soñado tantas veces en una clase de yoga mientras realiza aquellas posturas que más lograron disparar tus fantasías… Pero ahí, en su salón de siempre, él y tú están desnudos, y se sonríen, y se miran con ardor y ningún filtro de por miedo. Y cuando ya no aguantas más, cuando sientes que vas a explotar, es él quien se acerca y te besa, te acaricia, te lame y recorre el cuerpo entero para dejarte poseer el suyo después. Hundirte en ese interior que se te antoja apretada, cálida y suave…

—¿Y…i?

Ni siquiera en público, cuando él debe encontrarse a kilómetros de ti, te deja en paz.

—¿Yuuri?

Incluso hasta su voz, tan cerca de ti…

—Hola, Yuuri.

Una silla se arrastra y, cuando mueves la mirada, encuentras a Víctor tomando asiento justo frente a ti. Es obvia tu confusión, en especial cuando parpadeas varias veces creyéndote todavía dentro de una de tus fantasías. Tal vez incluso sueñas aún.

—Perdón por la pequeña trampa. Sé que verías a Phichit aquí, pero…

Su voz en un suave aleteo de algún ave y, por alguna razón, sientes que todos sus gestos se mueven en cámara lenta. Su sonrisa…  sus ojos… su manera en que, tan histriónicamente, mueve las manos mientras habla… Vaya que lo extrañaste tanto. 

—¿Qué haces aquí? —No hay reclamo en tu voz, no estás molesto, apenas terminas de procesar su presencia, de salir del deslumbramiento y recordar aquello que te ha hecho huir de él en primer lugar.

Víctor no responde. Sonríe coqueto, galante, a la vez que apoya su codo en la mesa y su barbilla en la mano. Te mira fijamente, sin pestañear. Luce feliz… extasiado. Y hay algo en su forma de mirarte que te hace sentir turbado, transparente ante él, como si por fin leyera esas finas líneas invisibles que forman esa parte oscura que tanto has intentado ocultar…

—Despedí a Phichit, así que me he quedado sin maestro de nuevo. ¿Te gustaría volver a serlo? 

Víctor se inclina. Cada vez la distancia entre ambos se vuelve mínima, puedes sentir hasta su aliento… Hasta que sus manos se rozan y tú te levantas de golpe. El corazón se ha detenido, es un bólido que te ha traspasado la carne de una vez. Trastabillas. El ligero sonrojo no te deja mentir. Quieres decirle que no, que no volverás con él, pero las imágenes de tu alumno en clases, con aquellas posiciones, no te dejan en paz. Caen en cascada a tus cuestas, te llenan la mente y tu cuerpo se calienta… otra vez. 

—Te veo, Yuuri… —Víctor te imita y se levanta, estira su brazo para detenerte, pero se para poco antes de tocarte otra vez. Aún sonríe, aún te deja sin aliento—. También lo hacía. No soy el único que se ve sexy haciendo yoga. 

El sonrojo explota en una luminosidad vibrante. Las lágrimas pican en tu mirada y cierras los ojos para evitar que todo escape y termine de romperse.

—Yuuri, no me molesta… Al contrario —Su voz es sedosa, cantarina, casi musical. Te acaricia los oídos, como esas manos que se han atrevido a tomar tus mejillas para secar las lágrimas que sí han terminado por escapar. Ya no huyes, ya no sientes que debes hacerlo—. Me gustas, desde el primer momento lo haces. Y ahora sé que yo te gusto a ti también. ¿Saldrías conmigo? 

El «sí» viborea desde tus labios, los mismos que secos, apretados, se ahogan en éxtasis apenas los de Víctor logran tocarlos. Hay calor explotando en tu cuerpo, en tantas partes que no puedes contabilizar. Pero el que más importa no es aquel oculto y apretado entre tus pantalones, es el que reacciona sobre tu corazón y lo expande, lunático, hasta que la sonrisa que se dibuja durante el beso. 

—¿Qué tal unas clases privadas? En mi habitación, Yuuri… 

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