Plata


Antes, el nombre de Víctor Nikiforov te sabía a gloria, a inspiración…  soñabas ser como él. Mejor: soñabas con superarlo algún día, con tomar su lugar en el podio y ser tú quien pudiera saborear el tacto del oro entre tus manos. Ahora, aunque el sueño se mantiene intacto, incluso parece más lejano que en aquellos días donde apenas dabas tus primeros pasos en la pista de hielo y la experiencia los separaba por demasiados años.

Tus ojos brillaban ante su actuar, ante su gracia y elegancia sobre los patines, ante esa sonrisa genuina de satisfacción que representaba en sus labios cada victoria, cada peldaño que lograba escalar hacia el reconocimiento mundial. Soñabas sentirte como él…  Y lo mejor era que estabas seguro de lograrlo algún día.

Ahora ya no queda tanta esperanza como antes. Ahora debes soportar el sabor amargo que burbujea por tu garganta cada vez que debes verlo de nuevo así, siempre de espaldas, siempre por detrás. Tus dedos se queman por el tacto de la plata que sostienes y tus ojos buscan con necesidad el brillo del oro que Víctor alza para mostrárselo al mundo con esa sonrisa falsa, automática, de quien ha adaptado ese gesto como una forma natural de fastidio.

Lo peor es que eres consciente de que no lo disfruta, que no se regocija como tú siempre deseaste hacerlo. Ahí está Víctor Nikiforov haciendo suyo un premio y un título que no goza. Como odias siempre verlo así en el podio: ver su espalda recta, orgullosa, siendo el rey del mundo y sintiéndose el más bajo de los plebeyos.

Casi puedes imaginar la decepción que lo llena y como le agita el corazón, experimentarlo por ti mismo a una igual intensidad y asco…  Y eso te hierve la sangre, te hace llenarte con tantos deseos de arrojarle tu plata y gritarle que se retire si tan apático de su propio triunfo se siente. Sin embargo, no es el sentido común el que te detiene de hacerlo, sino tu consciencia, la misma que te advierte que ganar sin que él se encuentre en competencia es lo mismo que obtener un premio de consolación por mera suerte…  Sería incluso patético regocijarte en ello como si hubieras sido capaz de vencerlo, porque tú mejor que nadie sabrás comprender la mentira detrás de eso.

Así que solo te queda el silencio, atragantarte con tu propia rabia y celos mientras oro, plata y bronce se estrechan entre sí para la foto del recuerdo. Solo en ese momento ambos pueden decirse iguales: sus sonrisas falsas y su fingida satisfacción lo son.

“¿Celebramos con un trago?”.

No hay nada que celebrar, Chris, y sabes que Víctor tiene el mismo pensamiento cuando asiente y se prepara, cuando muy dentro suyo solo acepta para hacerte el favor. Sabe lo que buscas, lo que pretendes hacer con él porque no sería la primera ocasión; por eso en el bar se vuelve sencillo y dócil contigo, bebe casi la botella entera él solo, a su propia voluntad, y se convierte en un idiota con una sonrisa idiota que se dedica a acercarse cada vez más a ti y te permite el manoseo descarado, incluso te incita a ello. Es como si, con dejarte manejar esa situación a tu antojo, se disculpara contigo de tu propia ineptitud, de que no seas capaz, ya no de superarlo, sino igualarlo…  Es su disculpa por ser mejor que tú.

Por eso, no hay una sola pizca de remordimiento cuando lo haces, cuando permites que se emborrache y lo arrastras a tu habitación de hotel, cuando te esfuerzas en sobajar a ese Dios invencible al nivel de los mortales y te permites el disfrutar verlo caer tan bajo, tan ebrio y desnudo contra una cama, abierto ante ti de una forma que quisieras denominar patética cuando es más cercana al deseo. Cuánto quisieras ser cruel con él, cuánto quisieras despedazar por completo su orgullo como lo haces con su cuerpo. Que ganas de someterlo aún más, de clavarte más en él, de sentir aunque sea unos minutos el gozo de mirarle la espalda de otra forma: curveada, tensa, sumisa…  O mirarlo de frente, desde arriba como siempre has querido, mientras su rostro perfecto y pétreo, de facciones inamovibles, se distorsiona en algo que solo tú sabes darle un nombre: humillación.

Que mentiras, Chris, que sabor amargo cuando el acto no puede extenderse una eternidad y termina al poco tiempo. Que vacío, que falta de poder y superioridad ante él. Ni siquiera el gozo de apreciarlo unos minutos más, de ver esa tela pálida de piel enmarcada con lo único que te deja saber que durante unos instantes creíste ser mejor que Víctor Nikiforov.

Ojalá no tuvieras que verlo partir, con la frente en alto, con el descaro de girarse hacia ti y guiñarte el ojo como si incluso la humillación la hubiese disfrutado, como si incluso siendo un pusilánime rastrero fuera mejor que tú. Es un jodido Dios que a veces juega a ser mortal por aburrimiento y tú, tú sabes tan bien que solo entre su carne podrás saborear el dulce de la victoria y el poder. Pero como el sexo, la vida y el amor, a veces es tan efímero que solo queda como un recuerdo que pronto te sabrá a mentira, porque habrán más competencias, más veces en que tendrás que conformarte con la vista de su espalda recta y el tacto de la plata entre dedos, quemándolos como tus entrañas lo harán también.


Arte por Aslhey-kun

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