Tabú 56


Fue un juego muy rudo.

Otabek terminó con el labio ensangrentado por un puto puñete y su stick partido en tres porque tuvo que sacarse de encima a un inmenso King Kong que se le fue encima y lo único que hizo fue defenderse con el palo golpeando la espalda del atacante de la escuela Igor Vasilevsky, un enorme petrino que no dejaba de empujar al kazajo hacia la valla, aunque todo nuestro equipo se le fue encima.

Terminó con una amonestación y suspensión para el siguiente partido y yo terminé con rasguños y ganas de patear el culo a todos esos malditos que parecían delincuentes. Eran unos malditos cabezas rapadas vestidos de jugadores de hockey.

Si hasta Popovich que es una damisela con sus modales encantadores discutió a viva voz con el coach de esos patanes y por poco se van a las manos. Si golpeaban a nuestro coach nos hubiera importado un carajo el juego y la expulsión del equipo, nos hubiéramos ido con todo contra esos bastardos.

Para colmo su barra vino a insultar y ensuciar nuestro coliseo y todo se salió de control. Cuando los miembros de la liga regional hicieron el anuncio que iban a retirar al equipo que provocara más agresión en el recinto recién se calmaron y a pedido de nuestra directora se tuvo que reanudar los últimos doce minutos que faltaban para culminar el partido.

Heridos y encorajinados asumimos nuestras posiciones y no les permitimos ingresar a nuestro arco, pero a la vez Otabek y yo decidimos mostrarles por qué nos llamaban “la dupla maldita” y rompimos el hielo, los palos, el cuerpo y las tabletas contra su arco.

Un buen margen de puntos nos aseguró el triunfo, pese a las protestas y a las apuestas en nuestra contra. Cuando la corneta sonó y el tablero mostró los resultados y el reloj pasó a estar en cero, gritamos como si fuéramos una tribu que venció al mamut o al tigre dientes de sable.

Eufóricos y salvajes salimos de la pista rumbo al vestidor y en él los ánimos seguían podridos. Como siempre yo los esperé a todos para que no me jodieran con eso de las miradas y porque tenía dos chupetones en el hombro que me dejó la rica boca de mi hermano.

Otabek no me esperó pues en casa lo esperaban sus hermanitas, tenía que estar junto a ellas porque sus padres saldrían esa noche y no confiaban mucho en los servicios de niñeras de la ciudad. Era mejor que no confíen en ellas porque en los últimos tiempos algunas chicas tontas se unieron queriendo o sin querer a delincuentes y muchas familias se vieron afectadas por asaltos y hasta secuestros.

Como siempre esperé a quedarme solo en el vestidor y por fin me quité el uniforme. En ese momento no sé cómo apareció tras de mí Virna Belova. La rubia venía a conquistarme para ganar sus dos mil euros y tal vez más porque luego supe que habían duplicado la suma.

Sentí sus dedos helados tocando mi espalda y reaccioné con cierta violencia cuando di la vuelta porque no pensé que era ella, pensé que era uno de esos pendejos de mi equipo llegando a molestar.

—Yuri perdón, pero no quise asustarte. —El susto se lo llevó ella en verdad.

—¿Quién te dejó entrar? —Me sentí incómodo porque estaba cubierto solo por la toalla.

—Le di una propina al portero. —Sonrió y puso un mechón de su cabello dorado tras la oreja.

Era bonita no puedo negarlo, cintura pequeña, pechos grandes, ojos de cielo y gruesos labios que olían a fresa. Era bonita con esas cejas delgadas y arqueadas, con su nariz recta y los lunares que adornaban su piel blanca. Era muy bonita y cualquier chico como yo viéndola tan dispuesta no dudaría y la metería a la ducha para hacerle cualquier cosa.

Yo solo quería darme un baño, ir a casa y calmar toda la mierda que llevaba por dentro. Era bonita y yo no la deseaba, mucho menos la quería y esa noche solo esperaba que se decepcionara y se alejara de mi un millón de años luz.

—Si quieres te jabono la espalda. —Coqueteó y sus manos frías se posaron en mis hombros.

—No tengo ganas —le dije y cerré mi casillero—. Estoy cansado.

—Pero no tardaremos mucho, será intenso y te sentirás bien luego, te calmará esa tensión que se te ve en el cuello. —Señaló mis venas que sobresalían por la rabia que aún sentía en ese momento.

—¿No entiendes lo que es no? —Era momento de decir las cosas como se debían—. No me gustas.

—¿Y qué clase de chicas te gustan? —Me miró molesta—. Vampiras que te dejan esos feos moretones en el cuerpo.

—Lárgate y déjame vivir. —Quería que se dé por vencida.

—Puedo ser peor que ellas. —Se acercó una vez más y me sacó la toalla. Yo detuve su mano y la empujé.

—Vete carajo. —Comenzaba a salir lo peor de mí.

—¿Te gustan las chicas Nikiforov? —Me miró con desprecio desde ese rincón donde se estampó su cuerpo. Yo estaba desnudo frente a ella y estaba a punto de sacarla del lugar jalándole de los cabellos, como un verdadero cavernícola; pero la pregunta cayó redonda.

—No. —Negué riéndome de ella—. Me gustan los hombres que sean bien machos, que huelan a establo y que tengan la polla bien grande para que me partan el culo sin piedad. ¿Satisfecha?

Virna Belova bajó la cabeza y dio media vuelta, paso a paso salió de los vestidores y antes de cerrar la puerta volvió preguntar.

—¿Estás seguro de lo que dices? —Movió uno de los pies de un lado al otro esperando mi respuesta que tardaba porque yo pensaba cómo decirle algo más contundente para que deje de joderme.

—¿Estás viendo estos moretones? —Señalé el hombro y ella asintió—. Me los hizo la otra noche un hombre que organiza eventos de moda, ya sabes cómo de pervertido es el mundo de los desfiles y los diseños.

Ella salió y cerró la puerta con fuerza, aliviado sonreí por haber ganado esa batalla. Sé que no medí mis palabras, pero si no lo hacía ella seguiría buscando lugares y situaciones que yo no quería tener.

Virna era muy bonita, muy segura de sí misma, muy sexi, muy puta y muy mala.


En casa solo me esperó Potya. Víctor llegaría tarde porque tenía una junta con los accionistas menores de la empresa. Les iba a proponer la compra de sus acciones para tener la mayoría absoluta entre los dos y solo contar con el diez por ciento que le correspondía a Lilia.

Sabía que sería una difícil batalla porque los hombres que movieron muy poco sus capitales durante los malos tiempos de la empresa estarían gozando de buenos dividendos ese fin de año, así que mi hermano decidió prescindir de esas ratas y hacer las cosas a su manera.

Yo estaba a menos de un año de cumplir la mayoría de edad y por eso mi opinión no contaba.  Dejé como siempre todo en manos de mi hermano que había demostrado tanta destreza en el manejo de nuestra empresa y supuse que manejaría la situación con mucha habilidad.

Cuando Víctor llegó yo seguía haciendo unos deberes que no culminé en el colegio y me faltaba muy poco para terminar las ilustraciones. El pesado curso de historia del que aprendí que siempre se repiten los mismos patrones en la vida de los hombres, los pueblos, las culturas y las civilizaciones y parece que jamás aprendemos del pasado. Además, esos nombres y esas fechas que muchas veces no significan nada más que un recordatorio del régimen que estás viviendo o de las acciones de hombres que no pensarían como tú piensas, eran un verdadero desperdicio.

Víctor ingresó a mi dormitorio, acarició a Potya que estaba sobre mi cama lamiendo escrupulosamente cada palmo de su peluda cola. Cuando sintió a mi hermano ni se dignó en mirarlo y siguió en sus afanes.

—¿Cómo está mi familia? —Bromeó un poco y me dio un beso en la cabeza.

—Cansado y con ganas de patear todo. —Seguí agregando color al retrato del zar Nicolás—. ¿Cómo te fue en la junta?

—Cómo estuvo el partido. —Los dos preguntamos al mismo tiempo y yo insistí en que él fuese que me contara primero su día.

Le fue muy mal en términos de relación con las personas. Él les dijo con toda verdad que habían sido muy ajenos durante el tiempo que los bancos nos ahorcaban y que no deseaba contar con socios que fueran unos… ¿cómo es esa palabra?… pusilánimes. Les propuso pagar el doble por cada acción y el bono a fin de año. Les recriminó su falta de compromiso con la empresa y les dijo que solo servían para recoger sus ganancias. En palabras más diplomáticas les dijo que se fueran a la mierda.

“Señores, Nefrit no puede albergar más gente con falta de habilidades y liderazgo como ustedes”, esas fueron sus palabras finales.

Ellos tiraron los files, discutieron, le hicieron recordar que no vendieron sus acciones pese a la mala racha, que eso hubiera provocado peores problemas, que no podía ofenderlos de esa manera, que papá jamás habría hecho eso con ellos y bueno dieron todas las excusas.

Fue en el momento que Víctor les dijo que Nefrit se reduciría más y que muchas tiendas aún cerrarían en Europa para concentrarse en un mercado más nacional. Su plan era contar con algunos socios comerciales, cuando les mostró el plan de cierre y reorganización de la empresa que quería poner en marcha ese año, los socios no dieron más vuelta al asunto y firmaron las solicitudes de venta de acciones.

Lo que Víctor no les dijo es que pensaba hacer de Nefrit la mayor tienda on-line para abaratar costos de venta y llegar de esa forma a un mercado más global solo con el área de creación, producción, empaquetado y tenía ya planificado trabajar con una empresa muy seria para la distribución inicial hasta llegar a tener nuestra propia cadena de reparto.

Era un plan audaz y acorde a la realidad de los consumidores. Los centros comerciales morían de a pocos, las tiendas lujosas atraían a pocas personas porque creo que la gente se intimida con su apariencia, el personal no siempre era eficiente y estar preparando a cada uno era un sobrecosto que nadie reconoce, pagar alquileres millonarios o impuestos de predios altísimos, tener diferentes regímenes laborales que atender.

Era una locura y creo que por más grande que fuera la firma no necesitábamos tantos puntos de venta. Solo quedarían los más importantes en las capitales de la moda y la tienda virtual ya era una gran plataforma que solo necesitaba ser puesta en la red.

Un mes después lo hicimos y al siguiente se ajustó todos los problemas en los pedidos y distribución con buenos ingenieros de sistemas que hicieron un programa que permitía a nuestras clientas tener la pieza adecuada para el cuerpo. Nefrit entonces personalizó la atención y se ajustó mejor a las necesidades de nuestro público.

Una gran innovación que no sé por qué papá no la pensó. Tal vez era muy tradicionalista, aunque pienso que era más su amor por el lujo el que lo llevaba a no escatimar gastos. Pero como Víctor y yo no éramos como él, escatimamos mucho y hasta nos pusimos en plan de ridículos y tacaños para hacer funcionar todo.

—Ahora sí dime, ¿qué tal el partido?

—Una mierda, nos dieron con todo, nos masacraron, ¿viste “300”? eso fuimos nosotros, los espartanos que luchamos contra esos monstruos horribles del otro equipo. Golpes, caves, insultos, puñetes, codazos, patadas. Uno de ellos abrió una herida con la cuchilla en la pierna del defensa derecho y otro golpeó a Otabek como si fuera su oso de peluche. —Tomé aire y subí la imagen a la nube para mandar el trabajo al correo del profesor—. Nos machacaron y hubo una gran pelea, por poco nos sacan de la competencia. Hasta Popovich se atrevió a insultar.

Los dos reímos porque el coach nunca haría eso, podía ser dramático y hasta sobreactuaba muchas veces, pero siempre conservaba la compostura. Esa tarde no lo hizo.

—¿Y los resultados? —Miró mi dibujo. El zar con su uniforme de gala y sus armas; Víctor elevó el pulgar.

—Ganamos. —Reí de nuevo y alcé la voz despertando a mi gato—. ¡Les dimos una lección a esos hijos de puta y les mostramos el dedo medio!

Le enseñé los resultados en la página de la liga y también algunas fotos y videos que ya circulaban por las redes de la bronca que se armó en la pista de nuestro coliseo.

—¿Y tú qué hacías golpeando a ese gigante? —Lo dijo cuando vio mi imagen el momento que me fui encima de uno de los defensas, para despejar el montón que se formó en torno a Otabek.

—Ayudando a mi amigo y a mi equipo. —Lo miré con orgullo—. ¿O querías que me quedara mirando a esos malditos?

Me abrazó y yo salte ante una punzada inesperada en el hombro, recién pude sentir que mis brazos me dolían mucho y que el derecho en particular estaba muy sensible.

Víctor bajó el cuello ancho de mi pijama y miró la protuberancia del golpe, observó los rasguños y hasta las marcas de las manos que me apretaron el brazo y el hombro para sacarme del círculo de pelea.

—¿Y estas marcas? —Señaló los chupetones.

—Me las hizo un vampiro la otra noche. —Recordé que esas marcas ahuyentaron a la pegajosa Virna.

—Pues ese vampiro ha venido muy hambriento hoy —dijo y raspó su barba sobre mi cuello. Yo me quejé y lo empujé contra la cama.

—¿Quieres que te prepare algo de comer? —Quise disimular su arrebato y mi bochorno.

Pero mi hermano ya había cenado con Yakov que lo acompañó en la junta y solo quería probar otro tipo de carne esa noche.

Apagados los equipos y las lámparas dejamos a mi peludo en mi dormitorio y entramos a su enorme cama. De inmediato me quitó el pijama y los calcetines y me revisó el resto del cuerpo como si fuera un médico.

Pero como eso no fue suficiente, sacó el botiquín del baño y comenzó a repasar mi cuerpo con una crema contra la infamación. Conforme fue curando mis heridas y mis golpes, fue sellando con un beso cada uno de ellos. Besos que solo dan los hermanos, pequeños, cortitos, tan suaves que eran casi imperceptibles.

Él también se desnudó, pero yo le pedí que se dejara la camisa, me encantaba hacer el amor cuando él tenía puesta su camisa, es un fetiche que nunca saldrá de mi vida.

Con Víctor hacer el amor no era rutina, siempre tenía algo nuevo que hacer, una caricia inventada, una cosquilla perturbadora, una posición extraña, una palabra sucia que me encendía, una mirada que me hacía enrojecer, una orden por cumplir, una enseñanza que me pulía como amante y un beso que jamás sabia igual al anterior.

Pero también tenía toneladas de ternura y de actitudes infantiles. Le gustaba mirarme como si fuera un perrito pedigüeño, su sonrisa hermosa invitaba a la mía, sus suspiros me inundaban los oídos y su mirada me llenaba el corazón, cada vez que lo veía se sentía muy caliente en el pecho y podía estar horas contemplando el suave color de sus ojos, con esas rayas azul oscuro que circundaban sus pupilas. Sus ojos eran serenos, celestes como el cielo de mayo, de tranquilo mirar y con una claridad que me sobrecogía.

Amaba sus ojos porque era la única manera de tener acceso al Víctor que muchas veces se mostraba lejano, como mirando la nada y tal vez atisbando este futuro distante entre él y yo.

A veces pienso que, si hubiera visto más sus ojos, tal vez habría entendido mejor la naturaleza de su amor, un amor más pensado, más maduro, más calculador; pero creo que a esas alturas me habría entregado igual porque yo estaba perdido en él, en su voz, en su aroma, en su calor y en esa persona tan impactante como suele ser el gran Víctor Nikiforov.

La pasión no tiene tiempo ni entiende de raspones y de moretones, solo se desata inundando cada poro, elevando cada uno de los vellos del cuerpo, endureciendo cada testículo, cada labio y cada pelvis hasta convertirlos en las cuerdas de una guitarra que vibra en cada beso y cada toque del amante.

¿Sabes que música escuchábamos cuando hacíamos el amor?

Me aficioné al jazz por él, cadencioso, largo, sin sentido, sin final. Parecía que sus eternas notas alargaban el momento del placer y que no podríamos dejarnos ir sin antes haber disfrutado como dos seres básicos de cada parte de nuestro cuerpo.

Conocí los lunares que tiene en la cabeza, amé las arrugas pequeñas que se formaban en sus ojos cuando reía, sus dientes tan blancos eran como joyas para mí. Me gustaba acariciar su vientre duro y delinear los contornos de su abdomen. Amaba los huesos de sus caderas y ese trasero masculino, no era redondo, tampoco cuadrado como lo tienen muchos hombres, era firme, parado, suave al tacto, con el quiebre perfecto y la postura de un semental, me encantaba besarlo y tocarlo con suavidad hasta provocar un pequeño salto cada vez que mi lengua se atrevía a repasar sus canales y se detenía en ese agujerito estrecho, rosado y fogoso.

¿Sabes cómo gemía Víctor?

Imagina un soldado herido en la guerra, tiene una bala en el hombro y se queja, pero igual sigue avanzando hacia el objetivo. Piensa en un hombre que está atrapado por el timón de su carro y le duele y aun así se pone fuerte frente a los bomberos. Intenta sentir en tus oídos el quejido de un guerrero cuando su compañero cura la sangrante herida con un cuchillo al rojo vivo.

Así se quejaba Víctor cuando se venía en mi interior y yo lo retenía con fuerza para que no se saliera. O cuando yo golpeaba su trasero sin parar hasta verlo estallar de placer sobre la almohada o el cojín de la sala o la alfombra del hotel o los azulejos de la bañera.

Amantes y hermanos.

Más malditos no podíamos estar y sin embargo esas fueron las noches más calientes que pasé en mi vida, noches que, aunque pasen los años y mis ojos pierdan nitidez, siempre estarán vivas en mi retina como si fuera que sucedió ayer.

Esa noche entre el sueño y la vigilia, volví a ver a Virna Belova y mis ojos se detuvieron en sus tacones pequeños que daban la vuelta y desaparecían por la puerta. No le conté a Víctor ese incidente pues no le di mucha importancia. Ella era una mujer inteligente a pesar de ser tan cargosa y yo estaba seguro que ella tomaría deportivamente mi rechazo.

Dormí en brazos de Víctor una vez más y él se abstuvo de dejarme más marcas porque le dije que los chicos se fijaron en ellas y comenzaron a molestar. Él comprendió mi pedido y solo pasó el brazo sobre mi cintura. Sentimos como un gato peludo saltó al pie de la cama y así, calientes y tranquilos; dormimos, soñamos, seguimos sintiéndonos en sueños y seguimos amándonos.

Extrañé tantas veces esas noches.

Ja, creo que Potya también las extrañó.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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