Muñeca


Jean abrió la puerta del departamento, no sin cierta dificultad. Un bonito chico rubio y delgado se abrazaba a él y a lo poco que quedaba de su botella.

—No puedo creer que te encontrara en esa discoteca… realmente eres mi tipo. 

Alto, moreno, fuerte. Con profundos ojos azules y una mandíbula masculina que moría por morder. Había jurado que sería hetero, pero éste se había fijado en él nada más verlo bailar en la pista y en apenas unas pocas frases había decidido irse a dónde sea que lo llevara.

Él se hizo a un lado, sosteniéndole la puerta con caballerosidad para que ingresara en su departamento. Demasiado desordenado para su gusto, pero todo lo que necesitaba era una buena cama dónde rebotar con esa perfección de hombre.

Se inclinó sobre él, pasando los brazos a través de su cuello para depositar un beso en sus labios. Lo sintió tensarse y apartarlo con firmeza ¿su primera vez con un hombre gay?

—Estás demasiado borracho —le arrebató la botella —. Te traeré algo de agua, te hará sentir mejor.

Frunció el ceño, pero lo dejó hacer. Todo lo que pudo mascullar es que al parecer había dado con un estúpido santo.

Caminó por la habitación esperando que todo dejara de dar vueltas. Había papeles esparcidos por toda la estancia, incluso cubriendo el suelo. Y no entendía nada de lo que estaba escrito en ellos, garabatos parecidos a runas. Jean debía ser algún tipo de genio, quizás historiador.

Un trabajo demasiado aburrido para un físico como el suyo.

Sus ojos repasaron la habitación y se posaron en la muñeca que reposaba en la estantería entre montones de libros. Era hermosa. Llevaba un vestido rosa de inspiración victoriana lleno de volantes y lazos, su cabello bien peinado enmarcaba unos ojos hechos con cristales verdes que le recordaban a los suyos propios y le daban una mirada intensa y una fuerza desconocida le empujó a acercar su mano para tomarla.

—¡No la toques!

Jean había llegado agitado, con un vaso de agua en la mano y sosteniendo su propia mano en la otra antes de que pudiera alcanzar el juguete.

—Odia que la toquen —su voz autoritaria le provocó un escalofrío.

—No lo haré… —intentó soltar su mano mientras su corazón aumentaba su ritmo amenazando con desmayarlo. Quería correr hacia la puerta, pero seguía firmemente sujeto por el gran hombre frente a él.

—Lo siento— las manos de Jean finalmente lo soltaron, pero solo para dirigirse a su cuello hasta rodearlo con fuerza—. Lo siento mucho. 

Sin poder gritar, pataleó en el suelo por pocos minutos mientras el aire escapaba de sus pulmones. Después su fuerza se fue y sus ojos quedaron en blanco.

Jean arrastró el cuerpo sin vida al centro de la habitación, apartando los papeles que cubrían el suelo para revelar un dibujo hecho con tinta negrísima. Después tomó la muñeca en brazos y la colocó en el pecho del menor.

—Vamos…—con un cuchillo de cocina rajó la propia piel de su brazo y dejó que la sangre salpicara a ambos y esperó por eternos minutos—. Por favor, Yuri-chan.

El chico rubio abrió la boca intentando tomar una gran bocanada de aire mientras Jean lo sostenía por la espalda hasta que su respiración se tranquilizó.

—¿Estás bien?

El menor lo miró con furia y con un puñetazo le rompió el labio. Jean se llevó la mano a su boca limpiándose la sangre.

—Es la última vez que dejas que un humano te bese.

Jean lloró, besando su frente, su nariz, sus labios.

—Estás vivo.

Lo estaba. Quizás por unos meses dependiendo de la fortaleza de su huésped. Cuando su nuevo cuerpo no aguantara la posesión, empezaría a enfermar y su alma volvería a estar encadenada a su viejo cuerpo de porcelana. Después Jean tendría que volver a matar.

—Esta vez es un cuerpo masculino, ¿no te incomoda?

Recibió un nuevo beso por respuesta.

—No, mientras seas tú.

Las mejillas de Yuri enrojecieron con nueva vida. Solo un idiota como JJ podía enamorarse de un demonio. Enredó sus dedos entre las hebras de su cabello, atrayendo a Jean que se metió entre sus piernas. Quería estrenar ese cuerpo y ellos ni siquiera necesitaban una cama. 

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