Tabú 57


La historia junto a mi madre es la que muchos adolescentes han vivido junto a una madre divorciada. No tiene nada distinto siendo que es mía y única.

Papá dejó de amar a mamá, ¿por qué?

Esa pregunta jamás se la hice porque di por descontada la respuesta. Él tenía tantas chicas tentadoras, él tenía fama, tenía riqueza y poder; pero todo eso fue un aliciente para mantener el matrimonio de mis padres unido. Mamá supo siempre de sus infidelidades y no hizo más que acomodarse a vivir bajo esa circunstancia.

Pero papá no contó con que un día llegaría una mujer que movería todo su piso y que su belleza sería suficiente para cegar sus ojos y desearla con todo su ser. Una niña-mujer caprichosa, manipuladora y que jugaba aún a ser inocente.

Ese quiebre de esquema hizo que Miroslav Nikiforov determinara dejar todo, su reputación, el trabajo en conjunto que realizaban con mi madre en la empresa que habían establecido y que los convirtió en buenos socios con una visión interesante para sobresalir y resistir la vorágine que resulta ser el mundo de la moda.

Mi padre decidió dejar de lado las promesas, los sueños y el amor que sentía por mamá. Y digo amor porque él aún la amaba. De una manera egoísta y tradicional, la amaba porque estaba agradecido con ella y todo aquello que había aguantado de él.

En medio de esa lucha de sentimientos quedé yo. Tenía once años cuando mi padre comenzó a sentir el devastador amor por Ivana Plisetskaya y no midió las consecuencias de su propio egoísmo. Una tarde habló con mamá y esa misma noche nos dijo adiós.

Allí comenzó mi historia al lado de una mujer que secó sus lágrimas a fuerza de sonrisas y se vistió de coraje para enfrentar a un mundo que la olvidaba como la top model que fue en su momento. Un mundo que le exigía otros retos más allá de una sensual mirada y una bella sonrisa frente a las cámaras.

No fue necesario que me dijera nada en contra de papá, yo lo había visto un par de veces cenando con Ivana y la prensa me permitió conocer por medio de artículos no verificados todo lo que mi padre no pudo explicar cuando sacó su maleta de casa y se fue tras el amor de su vida.

Mi madre herida decidió que había tenido suficiente desamor y que no quería soportar más las miradas de misericordia de sus amigos, de sus conocidos y de sus enemigos. Hizo algunas llamadas, recibió otras y me dijo que una nueva vida nos esperaba lejos de Rusia.

Partimos de San Petersburgo una tarde de verano cuando yo culminé el primer año de secundaria y ella juró no regresaríamos más. Una amiga suya nos recibió en Paris y nos ayudó a acomodarnos en un pequeño departamento en el tradicional Montparnasse, un barrio con bonitas residencias y un dinámico sector comercial.

Recuerdo nuestras maletas juntas en medio de esa sala vacía y el olor a pan que llegaba de una pastelería que quedaba frente a nuestro edificio. Recuerdo el gran suspiro que mi madre dio al mirar nuestro nuevo mundo y recuerdo muy bien que me abrazó con fuerza hasta que sus brazos no resistieron tanto amor y me fue soltando poco a poco, me dio un beso pequeño en la boca y me dijo con los ojos llenos de lágrimas atascadas que ese era el primer día de una vida nueva.

Y así fue. No sólo mi habitación, la calle, la ciudad, el país, el idioma y la cultura eran nuevos para mí. También lo eran la cólera, la nostalgia y la enajenación.

¿Se puede dejar de amar con tanta facilidad?

Me pregunté muchas veces y nunca se lo pregunté a él porque desde que vi a mi madre ingresar a su nuevo dormitorio y la escuché llorar esa noche, me juré no hablar con mi padre sobre ese tema nunca más. Desde ese momento me convertí en el hijo que solo cuenta algunas anécdotas por el teléfono o que no tiene mucho tiempo para verse con su padre el fin de mes que determinó el acuerdo al que llegaron con mamá.

Ese fue el año que tuve que hacer nuevos amigos, que tuve que esforzarme por entender las matemáticas en francés, que tuve que aprender con qué chicos debía hablar sobre todas mis ideas extrañas y con quienes no.

Fue el año en el que mi amor y dedicación por el patinaje artístico decayó por completo hasta que un día decidí no volver más a la pista de hielo. Esa era una actividad que mi padre amó en secreto y que nunca se había atrevido a practicarla, pero que quiso vivirla a través de mí.

Y confieso que amo patinar, en el hielo me siento otro, es como si en un universo alterno yo fuera un gran patinador y pudiera levantar la medalla de oro y besarla con amor en medio de los aplausos y flashes de las cámaras. Pero representaba para mí una parte de los sueños de Miroslav que quería desaparecer de mi corazón.

Ese año mamá comenzó de nuevo con pequeños desfiles de pasarela, una campaña modesta con el creador de la línea aromática Caprice y una colaboración especial en un concurso de belleza. Sus ingresos nos permitieron vivir tranquilos y cómodos, a la vez que a mamá le dio la posibilidad de no depender de la pensión que mi padre había destinado para nosotros dos.

Es ese año que, acompañando a mi madre a los estudios fotográficos, a los desfiles de moda y a sus demás actividades —no tenía otra cosa que hacer porque aún no conocía bien a nadie y prefería estar junto a ella—, descubrí y me enamoré de la posibilidad de ser un modelo profesional.

Recuerdo que uno de los fotógrafos que trabajaba en el estudio Dinamique de la Rue de Charonne, donde mamá asistió para hacer una sesión fotográfica, me miró y le dijo si yo podía participar en un comercial que necesitaba de una chica muy especial. Mamá rio con fuerza y me presentó como su chico adorado y el fotógrafo pronto me tuvo en su catálogo.

Tras esa conversación me quedé observando mi rostro y mi cuerpo en el espejo y, salvo por mi frente amplia que no me gusta mucho y mis piernas que entonces eran muy delgadas, me encontré agradable y hasta me vi bello. Fue como descubrir mi propia imagen y enamorarme de ella.

Le dije a mamá que quería ser como ella, un modelo profesional y que tal vez más adelante haría algo más. A mis doce años me autonombré su protector quería seguirla, estar junto a ella, no dejarla sola, no verla triste, no escuchar que lloraba en las noches. Quería que sea feliz y me convencí que si ella era feliz yo también lo sería.

Entonces hicimos un pacto. Yo sacaría buenas notas en la escuela y ella me conseguiría trabajo. Luego el juego se convirtió en un trabajo para ella que no solo intentaba rescatar su carrera sino también impulsar la mía y con el tiempo fueron llegando algunos adolescentes más a quienes se dedicó a representar y cuidar mientras hacíamos nuestros pinitos en el mundo del modelaje.

Mamá se convirtió en mi mundo y la vi crecer. De esa mujer asustada que quería cubrir su miedo con maquillaje y sonrisa artificial, se convirtió en una mujer segura de sí misma, una mujer que no tenía que depender de la opinión de nadie, solo hacía oídos a las críticas profesionales y siguió adelante sin mirar atrás nunca más construyendo su nuevo destino. Tal vez llena de dolor, de rencor o de pena, pero siempre con la frente en alto y la belleza de su imagen cambiando y volviéndose un referente del mundo corporativo de la moda.

Nunca perdonó a papá. De eso puedo dar fe porque cada vez que hablaban por el teléfono o cuando se encontraban en algún festival de moda, ella solía ignorarlo todo lo que podía y él solía buscarla para hablarle con cariño y decirle lo bella que siempre se veía. Ella lo miraba con desconfianza y le decía que se cuidara de enamorarse de nuevo de una chica que lo dejaría por alguien más joven y potente que él.

Esa era la pequeña venganza de mi madre.

No me interesa cómo era mi mamá. Puede que tuviera ideas muy arcaicas arraigadas en el corazón, puede que muchas veces calculara demasiado antes de tomar decisiones, pueda que se dejara guiar por sus amores y odios. Mi madre era una mujer imperfecta, una mujer que no estuvo cerca de estar colocada en un altar como muchos hijos ponen a sus madres; pero era esa maravillosa imperfección la que hacía que la ame tanto, porque ella fue mi mejor ejemplo para saber cómo caer y cómo levantarme.

Por eso cuando esa tarde de setiembre me llamó y sentí que su firme voz se quebraba un poco, mi corazón se partió y no pude hacer otra cosa más que centrarme en ella.

—Cariño, el médico dice que será un procedimiento sencillo. —Ella misma se daba el valor para sostener la noticia que nos partía el alma a los dos—. Además, en la operación me extraerán todo el útero y eso impedirá que se presenten nuevos tumores.

—¿Cuándo te harán la intervención mami? —Apretaba el celular con la mano, impotente porque no sabía qué más podía hacer por mi madre. Una enfermedad es algo con lo que uno no puede luchar, no es como golpear a un asaltante o frenar a algún hombre insolente que la molesta.

—Dentro de dos semanas. —Mi madre confirmó la fecha y la hora y yo taché en el calendario el día—. Déjame ver es el miércoles catorce, querido.

—Estoy reprogramando todo mami, estaré contigo ese día —Di una mirada ligera a mi agenda y supe que debía mover muchas citas; pero mi madre lo valía.

—Gracias cariño. —La escuché más calmada cuando confirmé mi presencia junto a ella—. Te amo.

—Yo también ma, te amo mucho. —Siempre le dije que la amaba, incluso en los momentos difíciles entre los dos.

Cuando terminó la llamada por primera vez en mi vida sentí un gran vacío en el pecho y tomé conciencia que mi madre, mi bella madre, la mujer que me ayudó a construirme como el hombre que soy; mi madre podía morir.

Desde que tenemos noción de lo que es la muerte, los hijos nos preparamos para decir adiós a los padres; pero el momento que ese adiós llama a tu puerta no lo aceptas. Papá y mamá son como figuras eternas hasta que ya no están contigo, hasta que dices el último discurso de despedida sobre su féretro.

Yo había vivido la pérdida de mi padre y aunque fuimos muy lejanos por tanto tiempo, me sentí tan aplastado con su muerte. Surgieron los inútiles “hubiera” y las culpas por no haber hecho esto o aquello cuando aún lo tenía junto a mí, cuando solo estaba a una llamada de distancia o unas horas en avión.

Pensar en perder a mi madre era otra cosa. Como hierro al rojo vivo sobre la piel, la posibilidad de perder a mi madre me desgarró desde adentro y solo pensé en correr donde estaba ella y abrazarla y decirle lo mucho que la amaba y pedirle que se quedase un tiempo más, aunque fuera solo para hablar por teléfono.

Como niño asustado me puse en pie y caminé hacia el taller para hablar con otra mujer que era como la madre de todos en Nefrit y pedirle que durante un par de semanas me ayudara a manejar los asuntos de imagen y presentaciones menores que tenía la empresa para cumplir compromisos con nuestros compradores.

—Deja todo en nuestras manos Vitya, concéntrate en darle todo tu apoyo a tu mamá. —El eterno gesto serio de Lilia había desaparecido de inmediato cuando le di la noticia y con gran cariño me aseguró que podía ausentarme de la empresa—. Yakov y yo nos ocuparemos de todo y nuestro equipo está muy comprometido para hacer que las cosas marchen bien.

Las manos de Lilia apretaron las mías y sentí que ella era más que una socia y una aliada. Era como un respaldo para que pudiera partir con tranquilidad y estar junto a mi madre en un momento tan difícil para ella.

—Por favor Lilia permite que Yuri se quede en tu casa. —Mi hermano era mi responsabilidad, pero debía dejarlo sí o sí por mamá—. Solo serán un par de semanas hasta que ella se recupere.

—Cuenta con eso Víctor. —Lilia me sonrió y pude notar la alegría que le producía saber que mi hermanito, aquel Yuratchka que tanto quería ella, su pupilo y su peor dolor de cabeza estaría junto a ella como si fuera un polluelo al que debía albergar por unos días.

Cuando Yuri supo el problema de mi madre con mucha firmeza me dijo que si quería podía adelantar mi viaje para estar más tiempo junto a ella y así darle más fuerzas para la operación. Como un soldado firme me aseguró que se ocuparía solo de las responsabilidades de la casa, del colegio, de Nefrit y claro de su equipo de hockey.

—Confía en mí. —Esa noche entre mis brazos mirándome a través del espejo que tenía la habitación sobre el techo, me juró que todo estaría bien en mi ausencia—. No saldré a ningún lugar con Otabek y Mila, me ocuparé bien de Potya y seré bueno con la señora Morósova. Haré caso a Lilia en todo y no voy a pelearme con nadie en el colegio y solo me dedicaré a estudiar.

—Lo sé Yura, pero igual quiero que vayas a vivir con Lilia. —No era desconfianza, era solo sentido de protección—. No quiero que estés solo, además ella dijo que puedes llevar a los dos diablillos a su casa.

Yuri no objetó mi pedido y me abrazó con fuerza hasta que se quedó dormido.

Esa noche no pude dormir. Cientos de imágenes daban vueltas por mi cabeza, tenía miedo de perder a mi madre y también tenía miedo de que algo no esté bien con mi hermano. Era la primera vez que lo dejaría mucho tiempo solo pues quería acompañar a mi madre hasta que ella estuviera bien recuperada de la operación y cumpliera con el tratamiento que le darían tras la intervención. La quimioterapia es el infierno en la tierra por eso sabía que ella necesitaría mucho de mí.

Muy temprano me despedí de Yuri y de la elegante bola de pelos que con la cola en alto se despidió con un maullido en la puerta del departamento.

Partí en el primer vuelo de la mañana hacia con destino a París.


Llegué al hospital un día antes de la intervención de mi madre. Llevé un ramo de rosas de color rosa para darle ánimos y para ver su sonrisa.

Recuerdo que ingresé al pasillo de la clínica y que sus colaboradores estaban fuera haciendo guardia. Saludé a Odette Brisbois, su secretaria personal; Didier Charbonneau, el administrador de “Beauté”; Silvain Daniu, su jefe de imagen, Belmot Duval, un muy buen amigo de mi madre, a Yvonne Lebeau una de sus mejores amigas y a Juliette Pape, la jefa de la revista de la compañía.

Todos eran muy buenos amigos de mi madre, muchos de ellos llevaban la última década trabajando junto a ella ya sea en la agencia de modelos, en la compañía de hoteles o en la plataforma mediática de moda que ella creó, cuando decidió ampliar los servicios de “Vanité”, su revista de modas.

No me detuve a conversar con ninguno de ellos porque tenía la urgencia en el pecho de verla y abrazarla con todas mis fuerzas. Así que pasé de inmediato a la habitación de mi madre y cuando ingresé mi sorpresa fue mayor.

—Anya. —La hermosa mujer a la que dejé en la nada estaba junto a mi madre conversando en voz baja. Un sentimiento doloroso se apoderó de mi vientre durante unos segundos cuando volví a ver sus ojos. La culpa asomaba sus delgados tentáculos dentro de mí y constreñía mi pecho.

—Hola Víctor, hace tres días que me enteré y vine a visitar a tu mamá. —Había olvidado lo unidas que fueron las dos en un momento de sus vidas. Cuando Anya despegaba en el campo de las comunicaciones y mi madre necesitaba promocionar la imagen más humana de su compañía con sus campañas de labor social.

—Vitya. —Mi madre estiró su mano y después de oler las flores que le llevé me retuvo en sus brazos como si fuera un niño pequeño de nuevo—. El médico me acaba de decir que el riesgo quirúrgico acaba de salir bien así que ya estoy lista para la intervención.

La vi sonreír y me preguntaba de dónde sacaba tanto valor para mantener la calma. Yo me hubiera puesto a temblar de saber que me harían una operación tan delicada. Aun no se sabía si el tumor de mi madre había formado raíces o estaba localizado, así que siempre existía el riesgo de provocar una metástasis.

—Voy a quedarme todo lo que haga falta, ma. —Acaricié su rubia cabellera y la besé en la frente mientras ella se perdía en mis brazos.

Mi madre podía tener a muchos buenos amigos junto a ella, como todos los que encontré en el pasillo de la clínica, podía tener colaboradores de gran confianza y personas que la apoyasen de forma incondicional todo el tiempo; pero era a su hijo al que quería tener cerca y con quien por fin podía dejarse vencer un poco por las emociones y sentimientos que le producía saber que tendría una operación tan delicada y que estaba aquejada por una enfermedad mortal.

—Todo va estar bien. —Anya se acercó a los dos y con un toque delicado de su mano se despidió. Noté que sus ojos brillaban mucho el momento que contempló el abrazo entre mi madre y yo. Ella puede ser una mujer muy fuerte y a la vez puede sentir que se derrite su corazón con alguna muestra sentimental. Así siempre fue Anya, por eso también pudo ser dueña de mi corazón durante tanto tiempo.

—Gracias por visitar yo… —Yo quería pedirle perdón una vez más; pero ella sonrió y salió de la habitación sin mirar atrás, tal como lo hizo el día que me dijo adiós.

Me quedé mirando la puerta por un instante y pensando que aún la quería, pero no con el ardor del pasado.

—Está trabajando en una compañía de cine independiente —comentó mamá cuando Anya cerró la puerta—. Vive en Lemarais.

Conocía el lugar y estaba seguro que ella eligió un departamento muy pequeño para vivir porque a Anya le importaba más su trabajo que el lujo y la ostentación.

Esa noche me ocupé en hablar con los especialistas que intervendrían a mi madre y preguntarles hasta el mínimo detalle para saber qué esperar de la operación y su recuperación. Luego la acompañé en la clínica y dormí en la cama de junto, no quería separarme de ella porque no quería vivir la misma experiencia que tuve cuando perdí a mi padre.

En esa sala de operaciones todas las posibilidades estaban dadas y cualquiera podía tocarle a mi madre. En pocas horas ella quedaría en manos de los doctores que harían una labor muy delicada para extirparle el tumor que había crecido silencioso en la pared del útero y en pocas horas mi madre sabría qué esperar del futuro.


Recuerdo bien que durante la mañana previa a la operación fueron muchos los exámenes que le hicieron y que en determinado momento ella quedó como exhausta por tantas agujas, pruebas, revisiones y personal entrando y saliendo de la habitación.

Entonces ella miró su bonito reloj de oro, uno que yo le regalé y que nunca se quitaba, de manecillas, de fina cadena en forma de lomo de pescado y con una sonrisa suave le pidió a la enfermera que nos dejara a solas y le reiteró que nadie más ingresara a la habitación.

Los siguientes minutos fue un duro momento entre los dos.

—Cariño antes de entrar en esa sala de operaciones y dejar mi tumor en un frasco de vidrio quiero por favor que me escuches. —Tomó mi mano con fuerza y yo adiviné por su mirada lo que ella tenía que decirme—. No quiero que te defiendas porque no quiero atacarte, pero quiero que trates de entender otro punto de vista y otra razón. Pueda que me quede en esa mesa de operaciones, por eso es que quiero y debo decirte algo que no te va a gustar; pero sobre lo cual solo te pido que reflexiones, hijo.

Mi corazón se apretó como si estuviera buscando esconderse de la mirada profunda de mi madre. Ella sin inmutarse demasiado prosiguió.

—Yuri es un jovencito muy bello, muy inteligente, con una personalidad arrolladora, es audaz, es un chico excepcional. Sabes que yo siempre estuve a la caza de chicos y chicas como él, auténticos, sin poses y que los he convertido en estrellas del modelaje y el charm. Por eso puedo reconocer en él la figura de un chico que a cualquiera nubla la vista con su brillo y talento.

Mi madre estaba preparando el terreno y en ese momento me veía atado de manos y con la boca amordazada para pedirle, como en otras oportunidades lo hubiera hecho, que fuese directo al asunto y no diera tantas vueltas.

—Viendo lo poco que vi de él en los medios y observando su belleza y su postura, sabiendo lo extraordinario que es en el colegio y en su equipo, puedo entender que tú te hayas cegado también con ese brillo y que además de ser su protector y su tutor legal, te hayas convertido en su amante y no está mal enamorarse de un ser tan especial, tan bello y auténtico como es Yuri.

Mi madre podía desnudar mi corazón y había mantenido su perfil bajo desde que partió de San Petersburgo; sin embargo, Angélica Vólkova no era una mujer tonta ni conformista, había estado observando en silencio mis sigilosos movimientos y conociéndome como me conocía, pudo acertar casi en su totalidad la verdad que me ataba en ese momento a Yuri.

—Pero Yuri es tu hermano, aunque ninguno de los dos quiera o tenga culpa; él lleva tu sangre en las venas y si el dios en el que yo creo con toda mi fe no los condena, sé muy bien que la humanidad sí lo hará.

Sus cálidos ojos se humedecieron y más allá de ver la clásica expresión de reproche o reprobación de mis actos, vi una súplica que demostraba la triste realidad en la que habíamos construido con mi hermano nuestro amor.

—Aun estas a tiempo Vjtya de dejar esa relación, eres un hombre y como tal podrás asumir las consecuencias hasta hoy. Sé que será doloroso, pero será poco el dolor si decides poner freno a tus propios deseos egoístas. Él es jovencito y con el tiempo superará cualquier dolor que le provoque un adiós. No te pido que lo dejes de amar, no te pido que olvides a tu hermano ni que lo eches de tu vida; te pido coherencia, te pido lógica, te pido prudencia y si de verdad lo amas te pido que pienses qué es lo mejor para él y para ti.

—Mamá no sé de qué me hablas… estás equivocada. —Tenía que mentir para no sentirme tan herido con las palabras de mi madre porque en el fondo sabía que ella tenía razón. Yuri y yo solo debíamos ser hermanos.

—Víctor no pienses en ti, en tu deseo inmediato, en tu dolor si lo dejas, en tu felicidad si lo tienes. —Maldición lo peor era saber que esa mujer estaba en lo cierto—. Piensa en él, qué futuro en verdad pueden tener dos hermanos que son amantes en este mundo lleno de odios y estereotipos. ¿Hay futuro para los dos? ¿Tendrán que vivir en la clandestinidad? ¿Podrán callar vuestra relación toda la vida?

—Mamá Yuri es mi hermano y yo solo voy a apoyarlo por este último año más hasta que vaya a alguna universidad, no sé de donde sacas que él y yo… —Me quebré si poder reprocharle y al mismo tiempo no pude ocultar la sangre que inundaba mis mejillas.

—Víctor no condenes a ese chico ni te condenes a ti a vivir un amor lleno de prejuicios, sometido al miedo, al escándalo, al juicio y a la humillación. El amor no puede ser tan egoísta, debes dejarlo ir, dolerá lo sé, pero tanto tú como él tendrán otra oportunidad de crecer y vivir vuestras vidas sin esconderse, no importa con qué pareja lo hagan.

—Por favor mamá… no es lo que tú piensas. —Hice lo que todo buen pecador hace cuando se halla descubierto, desnudo frente a los ojos de su dios: me justifiqué y busqué una estúpida excusa para no sentirme más miserable—. Hice una promesa en la tumba de mi padre y voy a cumplirla. Cuando Yuri vaya a la universidad supongo que ya no volveremos a vivir juntos y allí podré hacer mis proyectos con calma, él también se ocupará de su vida y todo entrará en la normalidad que tú reclamas. Yuri es mi hermanito, lo amo mucho y me siento orgulloso de él; no es mi amante, te lo juro mamá, no haría eso jamás con él.

Negué mi amor por Yuri, mi verdadero, lujurioso, imperfecto, egoísta, torcido y condenado amor. Y solo cuando vi los ojos de mi madre con cierta confianza pude reconocer que Yuri y yo estábamos más que prohibidos, estábamos fuera de todo plan divino o humano, teníamos todo en contra, nada y nadie respaldaría nuestros sentimientos y seríamos solos los dos contra el mundo entero.

Y sin embargo dentro de mi corazón existían razones para seguir persistiendo en ese amor prohibido. Yuri y su mirada de guerrero, su sonrisa iluminada, sus palabras reales, sus sueños blancos, su compañía perfecta, su coraje incólume, sus te amo llenos de vida, sus ojos esperanzados en mis promesas y la dicha que me hacía sentir solo de verlo.

Yuri era mi vida, ¿cómo renunciar a ella? Yuri era mi amor, ¿cómo condenarlo al olvido? Yuri era mi pasión, ¿cómo arrancarla sin desgarrar mi corazón?

Yuri era mi hermano y mi sangre corría por sus venas. ¿Cómo guardar ese secreto eternamente?

Minutos después vi a mamá ingresando al quirófano, me senté en el cómodo sofá de la clínica y no dejé de ver el celular, mover las piernas para marcar el ritmo de cada segundo que ella luchó para seguir a mi lado tal como le pedí a su dios.

Fueron las horas más largas en las que me quedé solo intentado en vano olvidar las palabras y la lógica de mi madre. Fueron horas interminables en las que solo tenía un sentimiento arraigado que me hacía doler el corazón.

No podía y no quería dejar ir a Yuri.

Ocultos y clandestinos viviríamos y nada ni nadie arrebataría nuestras mañanas haciendo calistenia y tomando un baño juntos, nuestros mensajes de mediodía salpicados de deseo invisible, nuestras noche desnudas y calientes, nuestros sueños, nuestro planes y nuestro intenso amor.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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