Capítulo 12: Efectos secundarios (B)


Hazlo.

Y Víctor lo haría, le reventaría la cabeza con tanto gusto.

Hazlo.

Pero su mano tiembla en torno al arma.

Hazlo.

Su vista se encuentra inundada por una cortina de lágrimas que le impiden ver.

Hazlo.

Sus dedos están agarrotados sobre el gatillo.

Hazlo.

Y se pregunta tantas veces lo que Yuuri pensaría de él…

Hazlo.

¿Lo odiaría si supiera que mató a un hombre?

Hazlo.

¿Dejaría de amarlo?

Hazlo.

¿No querría estar más con él?

Hazlo.

Víctor cierra sus ojos, aprieta los labios.

Hazlo.

Esas lágrimas laceran sus mejillas.

Hazlo.

Esos labios se muerden entre sí con ansiedad.

Hazlo.

Y su cuerpo entero se convulsiona entre dos fuerzas que explotan en su interior:

Hazlo.

Venganza y amor.

Hazlo.

Rabia y miedo.

Hazlo.

Víctor no se da cuenta que el hombre a quien apunta lo nota titubear.

Hazlo.

Que ya sabe que nunca antes ha sostenido un arma.

Hazlo.

Que no sabe cómo usarla.

Hazlo.

Que el peso de sostenerla lo está aplastando cada vez más.

Hazlo.

Que cede.

Hazlo.

Que no lo hará.

Hazlo.

Que no se atreverá a disparar.

Hazlo.

Hazlo.
Hazlo.
Hazlo.
Hazlo.

Pero al final sí lo hace. Sí se atreve.

El arma se dispara y la mano de Víctor retrocede con violencia, incapaz de soportar la vibración que se expande por todo su brazo. La pistola resbala y cae al suelo, junto al cuerpo del hombre que se estrella contra la loza como un costal y las gotas de sangre que se han esparcido alrededor de su cabeza. El sonido de la detonación se evapora en un pitido que vibra y retumba sobre los oídos de Víctor, y los segundos terminan por envolverse en un silencio denso y casi absoluto que tiene hedor a muerte. 

En esa habitación solo queda la respiración de uno, solo queda una tensión rota, desgarrada desde el propio de interior de quien ahora grita, de quien se convulsiona en el horror de lo que acaba de hacer: un agujero sangrante en la cabeza de un hombre. Víctor se cubre la boca con sus manos, las mismas cuyo temblor le es imposible de controlar y, aunque siente la náusea ácida subir y quemar su garganta para que la escupa, le es imposible apartar su mirada de la escena, como si intentara comprobar que todo eso es falso, como si deseara tan fervientemente que todo eso no sea más que un sueño, una pesadilla de la cual podrá despertar pronto.

Pero justo ahí, en ese punto donde la rabia se ha disipado con el disparo, donde la sangre tiñe el resto de los colores de esa habitación, Víctor siente la culpa, el horror, el recalcitrante sabor de ser consciente que él es el único culpable de ese cadáver que ahora lo acompaña. ¿Qué ha hecho? ¿Cómo mierda se ha atrevido? Por más que sus deseos habían sido lograr justamente eso, por más que quiso que la venganza quedara hecha con sus propias manos, el recuerdo de Yuuri comienza a golpearlo con violencia en su cabeza… Y casi es capaz de saborear su decepción, su odio, el horror de descubrir que la persona a quien ama no es más que un maldito asesino. 

Víctor siente que va a desmayarse, no solo por la forma en que su corazón casi parece pudrirse dentro de su pecho, sino porque ese hedor a sangre se incrusta en sus recuerdos y lo marea, lo desvirtúa de su propia realidad hasta hacerlo consciente de todo: no, la venganza no sabe bien, no se siente bien, sobre todo porque esta no le devolverá al Yuuri de antes, a ese Yuuri despierto que sonríe, que sabe amarlo con la mirada y cuyo cuerpo no está hecho pedazos, casi muerto.

¿Qué ha hecho? Víctor se lo pregunta una y otra vez, mientras la sangre escurre y camina hasta manchar la suela de sus zapatos. La visión es cruel, grotesca, pero tan real que le hace pensar en las consecuencias de todo eso. ¿Podrá alegar que lo ha hecho por defensa propia? Y aunque así fuera, y aunque así es, la culpa palpita y duele como si no fuera real. La culpa lo hace sentirse sucio, asqueroso, que no es más una persona que debiera merecer compresión. ¿Cómo podrá Yuuri seguir amando a alguien así?

Víctor grita una vez más, se abraza a sí mismo como si alguna parte suya hubiera muerto junto con el hombre y todo lo demás agonizara en silencio. Vuelve a llorar, vuelve a culparse, vuelve a rasgarse desde dentro mientras teme por lo que más le dolerá de todo eso: que Yuuri lo odie. Dentro de su propia hecatombe, de ese mundo que se le derrumba bajo sus pies, Víctor no nota aquellos haces de luces rojos y azules que comienzan a traslucirse por las ventanas ni el altoparlante que le advierte que está rodeado y que debe salir con las manos arriba. En él le exigen calma, le exigen voluntad para que se entregue de inmediato y de buen modo. Le prometen que nadie resultará herido sí lo hace. ¿Acaso le hablan a él? ¿O al hombre que ha matado? 

Los latidos de su corazón son bombas ácidas que lo aturden y no le permiten comprender el sentido de esas advertencias. Por lo tanto, él no responde a ellas, sino que retumba dentro de sí mismo y se deshace en un espiral que desciende hasta caer en un lago oscuro y frío: ahí, un pedazo de cordura se desprende de sí y burbujea hasta deshacerse y desaparecer. 

Cuando reacciona, escucha el número cinco de una cuenta regresiva antes que el estruendo de una puerta resquebrajándose capture su atención. Pedazos de madera astillada vuelan hacia él y de pronto se encuentra rodeado por varios policías cuyas armas apuntan en su dirección, mismas que terminan de congelar cada uno de sus pensamientos. Sus manos son obligadas a alzarse, su propio cuerpo es empujado escaleras abajo y, una vez fuera, bajo un cielo oscuro que regurgita rayos, es puesto contra una patrulla. Todo pasa en cámara lenta para él y, aun así, es incapaz de que sus hilos de comprensión mantengan el ritmo de todo lo que ocurre. Solo siente miedo, incluso más miedo que antes, y aunque el “Yo no lo hice” se repite de sus labios una y otra vez, como una letanía, no hay nadie ahí que quiera escucharlo. 

Sus ojos bailan al alrededor y se oprimen con cada imagen a la cual intentan darle sentido, pero las formas se ahogan y las facciones mueren conforme las lágrimas vuelven a inundarlo… ¿Qué puede hacer si nadie lo escucha? ¿Qué puede hacer cuando, entre más intenta oponerse, lo tratan de forma más brusca e inhumana? Sobre todo cuando una parte suya cree que está obteniendo lo que se merece… Mató a un hombre, ¿acaso necesita piedad? ¿Que alguien lo escuche siquiera? No lucha más, deja que aquellos policías terminen de esposar sus manos y lo empujen dentro de una patrulla. Y ahí, en el asiento trasero, mientras intenta respirar de forma ahogada sin sentir el aire llegar hasta sus pulmones, solo piensa en Yuuri y en todo el daño que le hará cuando este despierte y descubra en lo que se ha convertido. No es consciente de que no será solo enjuiciado por haber matado a un hombre, sino por contratar a este para que intentara asesinar a su propio prometido. No sabe que las pruebas presentadas por Sergey, su representante, serán tan incriminatorias para él… Pruebas alteradas, por supuesto, pruebas falsas que realmente deberían apuntar a Sergey como el verdadero culpable. No se imagina siquiera que su venganza le jugó más en contra de lo podría pensar, pues se deshizo del único testigo capaz de doblegarse y quitar las manchas rojas de sus manos, al único que le creerían cuando dijera que Víctor Nikiforov no es su verdadero contratante, sino Sergey Solovióv.


¿Te arrepientes de disparar?

Víctor dejó de tomar en cuenta el tiempo porque eso lo hacía todo más asquerosamente desesperante.

Quizá no fue el castigo adecuado. Murió rápido.

Porque así el tiempo parecía avanzar a trompicones y el conteo de sus días se discurría entre sus dedos como gotas de cemento: tan duras que no se movían en ningún sentido, ni siquiera en retroceso para poder cambiar ciertas acciones… Cierto sentir.

Aún tengo pesadillas con eso, ¿sabes? De vez en cuando.
Sin embargo, no es que sin la cuenta las horas terminen por deslizarse en su vida con mayor fàcilidad.

Sí, te escucho gritar algunas noches.

Aún son difíciles de tragar, sobre todo porque no puede escupirlas enteras y olvidarse que, al final de cuentas, dentro de su túnel oscuro hay una meta final por la cual debe esperar.

Pero entonces, ¿sí te arrepientes?

Hay un día clave que marca para él un inicio y un fin. Un reinicio de las cosas. Que le hace recordar que el tiempo, aunque no lo cuente, sigue pasando de manera lenta, tan asfixiante que es capaz de romperlo un poco cada vez.

Lo haría si Yuuri me hubiera odiado por eso.

Y si no fuera por los domingos de cada semana, esos que le hacen sentir que el mundo, después de todo, no es tan injusto, las grietas no podrían repararse para comenzar de nuevo, para ver pasar como la luz aparece y desaparece en cada día de su existencia.

Tuve tanto miedo cuando lo vi por primera vez después de eso, cuando lo vi entre todos los que habían asistido a mi último juicio, a ese en el que me declararon culpable.

Sabe que ese día es domingo cuando los barrotes de algunas celdas comienzan a ser golpeadas para llamar la atención de todos los reos en esa zona.

Fue extraño. Estaba tan feliz de verlo ahí, despierto y consciente cuando había pasado tanto tiempo desde la última vez que vi sus hermosos ojos marrones. Pero, al mismo tiempo, me dolió tanto que nos  miráramos  por primera vez de esa forma, cuando yo era esposado y sacado ahí después de recibir una condena de diez años.

Uno de los policías comienza dictar varios nombres. Todo recluso sabe que si es nombrado, es porque podrá salir de su celda para recibir visitas.

En ese momento sí lo lamenté demasiado. Lamenté verlo llorar por mi culpa, lamenté no haberme podido acercar a él para decirle que sentía tanto el habernos arruinado la vida. Lamenté el que iba a perderlo para siempre. Estaba tan seguro que no me perdonaría algo así.

Víctor siente el corazón desencajado de su pecho cada vez que la lista comienza, temeroso de que en esa ocasión no vayan a nombrarlo. 

Una vez fui traslado aquí, el abogado que Yakov contrató me pasó una nota. Era solo un “Te amo” escrito con una letra horrible. No era como la recordaba, pero supe que de verdad era de él.

Pero aun cuando teme, sabe que él nunca, ningún domingo, termina por fallar.

Y eso me fue suficiente para saber que no me odiaba.

—Víctor Nikiforov.

Sonríe. No, Yuuri nunca falla.

—Admito que si un hombre me fuera tan fiel como él, no me molestaría volverme marica.

Mientras Víctor se levanta y salta de la cama, Erik le sonríe de forma burlona desde la litera de abajo. No necesita analizar sus palabras para saber que su compañero de celda tiene razón. No es agradable por todo lo que Yuuri debe pasar para lograr entrar ahí: desde permanecer formado fuera durante casi cinco horas, aun en invierno, aun con nevadas que le congelan el cuerpo entero; hasta soportar que le arrebaten sus cosas, que lo esculquen con una detalle insano que sin duda viola todo su derecho al espacio personal; que reciba un horrible trato por parte de los guardias, como si él fuera un criminal, o que incluso no le permitan entrar con su bastón, tan necesario para él, y que lo obliguen a caminar por un largo tramo con una pierna adolorida que no se puede mover con normalidad.

Y, pese a todo, cada domingo sin falta está ahí para él. 

—Salúdalo de mi parte.

Víctor asiente con una media sonrisa y espera frente a los barrotes de su celda a que el policía le abra y lo escolte a la sala de visitas.

Por supuesto, esos cinco años dentro no han sido fáciles tampoco para él, sobre todo por ser un rostro medianamente conocido, más aún gracias a la acusación de asesinato y conspiración, y a sus numerosos juicios, mismos que se volvieron un circo mediático aún más grande que su propuesta de matrimonio para Yuuri. Todos ahí conocían de antemano su orientación, algo demasiado desafortunado cuando el noventa por ciento de los reclusos imitan la misma ideología homofóbica que tiene el resto del país. Víctor sabe que si no fuera por esos trocitos de felicidad que obtiene gracias a las visitas semanales de Yuuri, no hubiera sido capaz de soportar durante tanto tiempo el infierno impredecible que le resulta estar dentro de esa cárcel. Y también, sino fuera por Erik, seguro ni siquiera estaría vivo a esas alturas. Tuvo mucha suerte de que él fuera su compañero de celda desde el principio, que él lo conociera mucho más que el resto debido a que secretamente disfrutaba del patinaje y lo admiraba un poco. Sobre todo, que no le molestara que fuera homosexual y que incluso fuera comprensivo y le permitiera un espacio íntimo de fraternidad en el cual desahogarse cuando se sentía más al borde de caer. 

En su camino a la sala de visitas, ignora al resto de reos que caminan junto a él. Muchos de ellos, casi todos en realidad, le dedican insultos y bromas con respecto a su orientación. Más de alguno lo empuja al acercarse, aunque claro, debido a que varios policías los escoltan de cerca, evitan hacer algo de más gravedad para que no les quiten el privilegio de recibir visitas. Víctor resiste todo aquello con solemnidad y es el primero en llegar y detenerse frente a la reja, decir su nombre al guardia y esperar a que un sonido de click indique que la puerta ha sido abierta. Se adentra a una pequeña sala con varias mesas circulares y asientos metálicos. No necesita buscar alrededor, su vista siempre se enfoca en la mesa del fondo, pues ya sabe de antemano que siempre lo encontrará ahí. Por eso, apenas da unos pasos dentro y sus miradas logran encontrarse en la distancia, Víctor alza uno de sus brazos para agitarlo y le sonríe en un saludo efusivo… Todo siempre como si nada ocurriera, como si no se encontraran dentro de una prisión y sintieran desesperanza la mayor parte de su tiempo. 

Víctor siempre intenta que su sonrisa sea deslumbrante para que Yuuri no note los nuevos golpes o navajazos que han aparecido en su rostro durante esa semana. Por suerte, gracias a su overol grisáceo que lo oculta, Yuuri nunca ha podido ver las heridas que hay sobre el resto de su cuerpo. Por eso es fácil para él devolverle la sonrisa, una más pequeña y tímida; aunque Víctor, al acercarse, nota que sonríe de una forma inusual, una que no logra descifrar por completo. De todas formas se sienta justo enfrente suyo sin comentar nada, conteniendo, como siempre, sus deseos de poder acercarse y estrecharlo entre sus brazos, de besarlo o siquiera poder tomar su mano sobre la mesa y acariciar sus dedos. Sin embargo, sabe que el resto de los reclusos comienzan a entrar también y siente como varios de ellos clavan la mirada en su dirección, seguramente buscando nuevas excusas con las cuales agredirlo después. Por eso debe mantener las apariencias, debe tratar de ocultar tras sus pupilas esa necesidad que siente de Yuuri, de su cariño, del amor que tanta falta le hace para seguir respirando. Sabe que Yuuri se contiene de igual forma, pues aprieta los labios de manera temblorosa para apresar ese deseo de estirar el brazo hacia él y acariciar el moretón que Víctor tiene sobre una de sus mejillas, uno que no se encontraba la semana pasada.

Claro, no importa todo el esfuerzo que Víctor hace para ocultar el abuso hacia él, Yuuri siempre lo nota, siempre lo encuentra reflejado en su rostro, ya sea en heridas abiertas, en golpes hinchados, en ojeras oscuras o en la delgadez de sus facciones. Por más que Víctor intente fingir que todo está bien, la oscuridad y tristeza en su semblante siempre han sido demasiado claros para Yuuri.

Por supuesto, es mucho más sencillo para ambos digerirlo todo si se mantienen en silencio, si en esos veinte minutos que les otorgan a la semana para estar juntos, fingen no darse cuenta de esos detalles y solo se dejan llevar por el amor que destella en sus pupilas y les da un poco de fuerzas. No hablan mucho de ellos, sino de los otros, de Yakov, de Yuri, de Eric. Es claro que Víctor no le cuenta sobre el infierno que vive dentro y a veces los avances de Yuuri con sus terapias de rehabilitación no son tan significativas como para contarle alguna novedad. Víctor ya sabe lo básico, que después de despertar del coma, el cuerpo de Yuuri ha tenido que acostumbrarse de nuevo a la movilidad y recuperarse de las heridas profundas que lo estropearon demasiado. Por eso debe usar un bastón para caminar, por eso sus manos tiemblan en espasmos que le son incontrolables, aunque Víctor sonríe un poco cada vez al notar cómo estos han disminuido con el tiempo. 

A ambos les basta con observarse, con sonreírse mientras en miradas logran decir todas esas palabras que no pueden en voz alta. Sin embargo, en esa ocasión, hay algo diferente. Yuuri no lo mira como siempre, sino que comienza a rebuscar de forma discreta algo debajo de su ropa mientras sus ojos se clavan con atención en los guardias que vigilan dentro de la sala. Víctor siente la boca un poco seca, asustado de que Yuuri hubiera contrabandeado algo para él. Siempre le pidió que no lo hiciera, que ambos se apegaran a las normas lo más posible para que no le quitaran el privilegio a visitas. Moriría si cada domingo dentro de ese infierno no pudiera tener su pequeño trocito de felicidad.

Pese a las miradas en advertencia y negación que Víctor le dedica, Yuuri no se detiene hasta que extrae un Ipod algo viejo con un par de audífonos conectados a él. 

—¿Cómo?

—No fue barato, pero shhh… Escucha. 

Con señales, Yuuri le pide que se acerque un poco para que pueda colocarle uno de los audífonos. Él se pone el otro, evidemente, y cuando ambos están listos, presiona el botón de play. Casi de inmediato una melodía suave, sutil como brisa pasajera de verano, comienza a vibrar sobre el oído de ambos. Es inevitable que Víctor cierre los ojos, que se deje llevar por cada gramo de emoción que logra llegar hasta él y se adentra por sus paros, que acaricia cada mililitro de sangre bajo su piel como un torrente que se deja caer en cámara lenta y le permite sentirlo todo a detalle, cuadro por cuadro. Puede experimentar la tristeza y la soledad de cada nota, puede resentir los dolores de su alma y ese dejo de soledad a una máxima expresión, una que logra conjugarse entre sí y negarse, suprimirse. Víctor es inspirado en un sentimiento profundo de desolación, como si su situación pareciera no tener remedio, como si no hubiera escapatoria del confín al que se han hundido; sin embargo, cerca de la mitad, la melodía cambia y se acentúa en tonos que no puede describir de otra manera que no sean alegres, contrarios a la tristeza y al abandono de antes. Son notas enteras, piezas de algo que se ha encajado y complementado entre sí; como si antes la canción se hubiera escuchado resquebrajada, pero ahora fuera un todo integral y existente, una pieza para conmover, emocionar y decirles que la esperanza es real. Hay en lo que escucha plenitud, esperanza, vida… y amor… sobre todo amor.

Eso que escucha es su canción, esa que Yuuri había compuesto solo para él, para decirle cuánto de su amor se había ganado en un corto periodo de tiempo. Esa que Víctor interpretó en un coreografía sobre el hielo justo antes de pedirle que se casaran. Aunque es una versión ejecutada con notas más lentas y despegadas entre sí de lo que debería, a Víctor le parece tan perfecta como la que escuchó por primera vez. Las lágrimas estallan como en ese entonces, quizá más, más abundantes y cálidas, más llenas de una genuina felicidad que logra transformarse en una verdadera sonrisa.

—No llores… Yo… por fin pude tocarla otra vez sin equivocarme. 

Es obvio que Víctor no pudiera soportar algo así, no cuando recordaba perfectamente el momento en que Yuuri, en una de sus primeras visitas, tuvo que confesarle con un llanto contenido que no podía tocar más el piano, que el daño recibido en sus brazos y manos fue suficiente para que perdiera su habilidad de tocar y tuviera que reaprenderlo todo como la primera vez.

Víctor cubre su rostro, incapaz de contener las lágrimas, por lo menos hasta que siente la mano de Yuuri tomar y jalar una de las suyas… Y sus dedos entrelazarse, estrecharse y sostenerse como hacía años que no lo hacían. Volver a sentir el calor del otro sobre su piel, recordar su textura, recordar su peso y apretarlo con tanta necesidad, para Víctor es como volver a respirar, es como recordar lo que era sentirse lleno de un gozo absoluto. Entonces nota que no es el único que ha comenzado a llorar, que no es el único que tiembla, que sonríe con tal alegría como si supieran que su sueño se ha hecho realidad. Y así es.

—Pero eso no todo, Víctor… lo logramos. Está hecho. De verdad está hecho. Saldrás en una semana.

Los ojos de Víctor se abren con sorpresa. Desde hace dos años estaba buscando que le dieran la libertad condicional debido a su buena conducta. Le habían advertido que el proceso sería tardado, dado su crimen y condena, y que tal vez en realidad nunca se la darían. Por eso escucharlo le es tan sorpresivo, por eso escucharlo le hace creer por unos instantes que se encuentra sumido en un cruel sueño, pero la mano de Yuuri temblando sobre la suya, apretandola como si eso pudiera detener la caída de sus lágrimas, le hace saber que no es así: que es real, que de verdad está ocurriendo.

—¡Yuuri!

Víctor se levanta de golpe y estrecha a Yuuri entre sus brazos como tantas veces lo deseó. ¿Qué importa lo que los demás pensarán de ello? ¿Qué importa cuando finalmente saldrá libre? Cuando esos abrazos se volverán una vez alcanzables y podrá tomar su rostro para besarlo cada vez que así ambos lo quieran… Como en ese momento, cuando sus labios se unen y tienen sabor a agua y sal, pero el gusto es tan dulce, como de seguro sabe la libertad. 

Víctor escucha abucheos e insultos detrás suyo, pero ello no mitiga el placer que se da de mantener a Yuuri entre brazos. Ni siquiera cuando uno de los reos, asqueado por lo que ve, no soporta las ganas de levantarse y arremeter contra ambos. Sin embargo, los guardias interceden antes de que las cosas se salgan de control y todos ahí son castigados con el fin del tiempo de visitas mucho antes de su término usual. 

Víctor es alejado de Yuuri y arrastrado dentro, ¿pero qué importa? Una pequeño revuelta así, ni siquiera provocada por él, no menguara el trámite que ya está hecho. Una pequeña golpiza no será capaz de destrozar la felicidad que le ha devuelto la vida. Sus ojos se mantienen fijos en los de Yuuri hasta que una pared termina por separarlos. ¿Pero qué importa? Cuando sabe que serán los mismos que podrá ver por el resto de su vida en tan solo una semana más. 


¡Dios! ¿Eso de verdad ha sido todo? Estoy muy muy emocionada de haber podido darle fin a este fic, el primero que comencé a escribir para el fandom de YOI y el primer long fic que termino en mucho mucho tiempo.
¿Qué las ha parecido? ¿Cuál ha sido su final preferido? ¿Por qué?
Recuerden que este es el último capítulo, su última oportunidad para dejar un comentario con sus impresiones, sean buenas, malas, sugerencias que tengan que hacer, sentimientos que llorar, agradecimientos, coscorrones, huecos en blanco que quieran ser llenados… ¡Todo lo que se les ocurra!
¿Este ha sido solo un fic más que termina? ¿O ha tenido algo de especial para alguno de ustedes? ¿Cuál ha sido su momento favorito? ¿Con cuál han sufrido más? ¿Cuál no les gustó o detestaron? ¡Cuéntenlo todo! Y no desaprovechen la oportunidad… ¡Hablen ahora o callen para siempre!
Por mi parte, quiero agradecer de forma infinita a todos los lectores que han llegado hasta aquí, que pese a mis tardanzas en actualizar, me han seguido hasta el último momento. ¡En serio! ¡Nunca podré terminar de agradecerles a todos por el apoyo y el amor! Es gracias que a ustedes que yo he podido llegar hasta aquí, hasta final…
¡Millones de gracias!
Y será un enorme placer verlos por alguna de mis otras historias.

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