Mi crush es un Pochaco


Día 2

Tema: Sanrio // Usando Traje

Resumen:

Yuuri Katsuki y Yuri Plisetsky asisten a la misma universidad. Debido a la actitud intimidante del rubio, el japonés cree que Plisetsky pasa de él. Es la fiesta de celebración de San Valentín de la universidad y algún malintencionado le ha dicho a Katsuki que el tema de la reunión es de disfraces, por la fecha, Yuuri consigue un traje de Pocchaco, lo que provoca burlas y risas de los asistentes de la fiesta.


Y ahí estás una vez más, avergonzado, minúsculo, hecho una piltrafa por la pena. ¿Cómo pudiste dejarte engañar? ¿A quién se le ocurriría creer que la fiesta de San Valentín de este año sería de disfraces? Solo a ti, solo al ingenuo y crédulo Yuuri Katsuki.

Tonto.

Tonto.

Y doblemente tonto.

No dejabas de maldecirte a ti mismo en tu cabeza. Estabas ahí, en medio de todos, vestido de pies a cabeza con esa botarga blanca completamente de peluche, expuesto a miradas y burlas de tus compañeros de universidad. 

Con rapidez, tu cerebro maquila un “infalible” plan de escape: poco a poco te acercarías a la salida y cuando nadie prestara atención de tu afelpada presencia, saldrías corriendo lo más rápido que te permitiera ese enorme disfraz de Pochaco para huir del lugar. Luego caminarías por los pasillos seguros y, en ese momento, desiertos de la facultad, para así refugiarte en tu habitación con la esperanza de que nadie se diera cuenta que la única persona ausente en el festejo del año era uno de los pocos hombres miembros del club de porristas de la universidad. 

Tenías poco tiempo para actuar, con un poco de suerte, esos bravucones que se habían encargado de engañarte aún no llegaban a la fiesta.

Intentas actuar como cualquier botarga normal que se planta de manera casual en medio de una celebración. Algunos de los presentes te observan curiosos, algunos se ríen y otros incluso se toman una selfie contigo. Otros, en cambio, te ignoran obviando la situación: alguno de los bufones de la universidad, esos quienes gustan de gastar bromas y llamar la atención, estaban experimentando sus cinco minutos de fama. Nada nuevo, algo muy normal en un día cotidiano de una típica y cliché fiesta universitaria.

Ya estás cerca de la puerta, sientes una brisa de victoria correr por tu rostro cubierto por la pesada cabeza del popular personaje de Sanrio. Prácticamente te encuentras saboreando el alivio de la libertad, cuando identificas a los bravucones que te engañaron la semana pasada haciéndote creer la ridícula temática de la fiesta. Ahora te sientes como un idiota al recordar que entre ellos se encuentra el mismo sujeto a quien una de tus compañeras porristas y mejores amigas, Sara, había botado la semana pasada. El sujeto bravucón sin querer aceptar la separación (aún cuando él fuera el culpable), en su orgullo de macho herido, se había hecho idea en su pequeña y estúpida cabeza de que la culpa de dicha separación había sido tuya. Por todos en la universidad era conocida la cercana relación que tenías con Sara, una amistad cultivada por años, la cual había iniciado porque ambos resindían en el mismo vecindario.

Con precaución intentas pasar desapercibido. Estás consciente de que puedes y sabes defenderte; sin embargo, no quieres malgastar tu tiempo con riñas sin sentido. No lo valía. Tú no eres culpable de la enorme estupidez del core back estrella del colegio. Sabes que solo bastaría un par de semana más para que el chico posara su atención en otra infortunada muchacha y de esa forma, volviera a ignorar tu existencia y la de tu mejor amiga. Ahora solo restaba usar una de las mejores técnicas para pasar desapercibido: camuflaje y mimetización.

¡Hasta el mismísimo Darwin estaría orgulloso de verte en acción!

Estás a punto de llegar a la meta, volteas para cerciorarte que nadie se da cuenta de tu galante e intrépida huída. Notas que el bravucón y sus compinches tienen centrada su atención en otro infortunado que, como tú, también ha caído en el vil engaño y ahora usa un ridículo y nada discreto traje de Hello Kitty en una fiesta de San Valentín.

No es tu problema, te dices. No tengo por qué intervenir, declaras. Repites ambas frases en tu cabeza. Intentas convencerte de que lo mejor es dejarlo pasar, regresar a tu habitación, dormir y olvidar este incidente o al menos aparentar que nada hubo pasado.

No obstante, tus piernas no se mueven en dirección a la salida, sino al lado contrario. Te diriges al lugar donde se encuentran los abusivos bravucones. Ignoras tu atuendo, ignoras que ahora todos te miran. Llamas la atención del ex de Sara y, antes que todo, observas el traje del desventurado que comparte tu destino. La inecesariamente grande botarga de Hello Kitty intercambia su mirada de plástico contigo. 

El prepotente core back se dirige a ti y sientes cómo te empuja después de tu exclamación en defensa de tu compañero botarga desconocido. Sus amigos te rodean. Sientes el miedo surgir desde una parte recóndita de tu estómago y reconoces cómo comienza a subir por tu esófago en una clara amenaza de vomitar los nachos y la soda dietética que apresuraste a la hora del almuerzo. Tus sentidos se ponen alerta y te preparas para la inminente pelea. Sabes que perderás, siempre has sido una persona pragmática y prefieres no auto engañarte. Además, cinco contra uno significa una derrota segura; sin embargo, perder sin pelear tampoco es tu estilo. Así que esperas el momento en que los bravucones te dan otro par de empujones, te tiran al piso y logran arrebatar de tu cabeza la ridículamente grande cabeza de Pochaco que conforma la botarga. Con decisión, sin dejar ningún rastro de miedo visible, les devuelves la mirada.

—¿Katsuki? —escuchas al core back exclamar confundido. De inmediato, la mirada de él y su banda se desvía hacia el otro sujeto disfrazado—. Entonces, ¿quién es…?

Todos observan pasmados la escena. Con parsimonia, la cabeza de Hello Kitty abre paso a una cabellera larga, sedosa y rubia, que a su vez, deja ver un par de ojos verdes que, cual esmeraldas, brillan con intenso rencor hacia sus atacantes. Yuri Plisetsky, el capitán del equipo de hockey de la universidad, impone su presencia ante la mirada atónita de los presentes.

—¡Plisetsky! —escuchas decir al coreback, observas el tono pálido de su piel, te recocijas ya que su tono de voz se encuentra impregnado de miedo—. Podemos explicarlo, ¡todo ha sido una confusión!

—¿Confusión? —nunca, en toda tu vida, hubieras imaginado que una persona pudiera verse tan intimidante vestido con ese atuendo tan estrafalario. El tono pausado y grave de su voz logran erizar los vellos de tu piel—. Claramente escuché que me llamaste Yuri, ¿cómo puede ser eso una confusión?

—¡Era a Katsuki! Yo hablaba de Yuuri Katsuki. Sabes muy bien que nunca nos meteríamos contigo —piensas que es muy gracioso ver cómo el audaz core back retrocede un paso con cada paso que Plisetsky da hacía él, observas la altura del capitán de hockey, sin la inmensa cabeza de la famosa gatita, llegas a la conlusión que su metro ochenta más esa mirada fría y amenazante, definitivamente deben intimidar hasta a la persona más valiente.

Finalmente, rendido y avergonzado, el infortunado core back huye del lugar, seguido de cerca por su séquito de cobardes. Segundos después, el incidente es olvidado. Todos los presentes vuelven a sus asuntos e incluso observas que algunos felicitan al rubio por su intervención. Escuchas a la mayoría declarar que el sujeto se lo tenía bien merecido y se alegraban de que Plisetsky lo hubiera puesto en su lugar.

En medio de la algarabía, te dispones a regresar a tu pieza. La noche apenas comienza, pero tu ya no estás de humor para seguir en la fiesta.

Ultimadamente llegas a una conclusión, ¿por qué decidiste asistir si no tienes pareja?

Dispuesto estar a irte cuando sientes una mirada sobre de ti. El imponente rubio te observa, así que tragas saliva sintiéndote ligeramente intimidado ante su presencia. Él se acerca, aún así no retrocedes. No es como si te amenazara, comprendes después de un rato al observar bien los destellos que las luces del lugar arrancan a sus ojos verdes. Aguantas la mirada y te pierdes un poco en ese par de orbes esmeraldas que se fijan en ti. Al fin, después de lo que parece una eternidad, con una seña él te indica si pueden salir y hablar. Sabes que no tienes nada que hacer y aceptas. Ambos salen del ruidoso y estrecho recinto aún vestidos con sus ridículos disfraces.

Bajo un árbol, cerca de la entrada de la facultad, ambos se observan. Detallas su rostro, delicado pero con con facciones firmes, enmarcadas por el largo cabello dorado que de desliza suavemente al ritmo del frío viento que refresca la noche. Deduces su complexión firme y fuerte escondida debajo de peluche al rememorar cómo se ciñe su uniforme de hockey cada que sueles verlo entrenar con su equipo. No obstante, lo que más llama tu atención son esos ojos verdes que siguen mirándote fijamente. Te hipnotizan, pues el brillo de esa mirada te invitan a quedarte ahí, frente a frente, te invitan a acercarte y explorar esas atractivas facciones con tu nariz, con tus dedos, con tu boca. Sientes una corriente cálida atravesando todo tu cuerpo y, de inmediato, desvías la mirada estando consciente del inminente sonrojo que colorea tus mejillas.

Demonios, Yuri Plisetsky es estúpidamente atractivo, aún con ese ridículo traje encima de él.

—Gracias —escuchas una vez más su voz, a diferencia de hace unos minutos, su tono ahora es tranquilo y profundo. Quedas anonadado, pues hasta el momento, solo lo habías escuchado gritar órdenes e improperios a su equipo (o al equipo contrario). Te preguntas qué otros tonos puede emitir esa sugerente voz, de la pena te aclaras la garganta.

—De… descuida —logras articular—, al contrario, discúlpame tú a mi. Ellos iban detrás de mi por lo que veo.

Ves cómo el más alto tuerce la boca y demora un poco más en formular la siguiente pregunta:

—Es porque estás saliendo con su ex, ¿no es así? Bueno, una chica como Sara no iba a terminar con un inútil como ese.

Abres los ojos con sorpresa y ahogas un grito a la vez. No quieres malos entendidos, así que te dispones a aclararlo en este mismo instante.

—Sara no es mi novia —dices, el rubio alza una ceja, animándote a continuar—. Ella y yo solo somos buenos amigos.

El capitán del equipo de hockey parpadea un par de veces y observas que su rostros se relaja un poco, ¿ese es el amago de una sonrisa? Las facciones de su cara ahora se notan más hermosas, aunque admites que sigue siendo desesperadamente sexy.

—Es bueno saber eso —repone con un dejo de alivio—. ¿Tienes algo que hacer? Siempre que pongo a idiotas en su lugar termino hambriento y conozco un buen sitio en donde hoy hay promoción de hamburguesas al 2×1.

A pesar de la opinión de la mayoría de tus conocidos de que eres distraído y lento para darte cuenta de ciertos detalles, sabes distinguir a la perfección cuando alguien te está coqueteando. Una burbuja de felicidad se instala en tu pecho y hace bombear con calidez tu corazón. Yuri Plisetsky, el rudo y a la vez amable capitán del equipo de hockey te está invitando a salir y tú, quien desde hace un año te sentías atraído por él, no podías negarte a tan increíble oportunidad.

Si ambos se gustan, no había mucho que pensar, ¿verdad?

Ambos acudieron a sus respectivas habitaciones a cambiarse y 15 minutos después, se encontraron en la salida de la universidad para continuar con la cita prometida.

Sin embargo, una duda da vueltas en tu cabeza desde hace un buen rato. Al lado del rubio, comiendo una deliciosa hamburguesa con queso y compartiendo una orden de papas a la francesa, decides preguntar:

—Yuri, —el rubio emite un sonido gutural, indicando de esta forma que tenías la atención solicitada—. ¿Por qué tenías ese ridículo disfraz puesto?

El rubio te observa por unos segundos, miras como su piel va cambiando de tonalidad hasta volverse roja. Él tose y se atraganta un poco. Trata de serenarse, toma un poco de soda y después de un rato, contesta:

—Solo se me ocurrió —como si fuese la culpable, ves que Yuri muerde furioso su hamburguesa y desvía la mirada. Después juega un poco con las papas, embarra un par en la captsu y agrega—: no es como si hubiera escuchado al idiota de Smith mientras explicaba su plan y yo quisiera evitarte la pena. No, nada de eso.

Ríes con soltura y tomas la mano del rubio, quien te regresa la mirada avergonzado y tímido. Te impresionas, pues en todo este tiempo no creías que Yuri Plisetsky fuera a mostrarse vulnerable ante nadie, mucho menos ante ti, un simple porrista.

—Gracias —procuras impregnar cada sílaba de gratitud—. Es lo más lindo que alguien ha hecho por mi.

Observas a Yuri mirando ambas manos juntas y sientes cómo su mano se entrelaza con la tuya. Es cálida y fuerte, subes tu mirada y encuentras sus orbes esmeralda observándote con suavidad y aprecio.

—Lo volvería a hacer, sin dudarlo.

Y al escucharlo, te sientes realmente afortunado.

FIN

¡Hola de nuevo!

Estamos aquí en el día dos de esta divertida dinámica. En esta ocasión opté por escribir al más a mi estilo, pero a la vez experimentando un poco con la narración. Esta es una historia con tintes cómicos, así que espero se hayan divertido mucho leyéndola.

¡Les agradezco mucho que la hayan leído! Agradeceré más si me ayudan con un voto y/o comentario!

Espero tener pronto el siguiente OS, por cuestiones de tiempo no lo llevo tan adelantado como quería.

De nuevo gracias y nos vemos mañana 😀

xoxo

Sam

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

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