Resiliencia [Capítulo 7]


Yu-Topia se había convertido, en solo unas semanas, en el lugar protagónico de los cambios más significativos en la vida de Victor después de su lesión. Si era sincero, Victor jamás esperó todo lo que se desencadenaría con su primera visita. Recordaba el momento en el que llegó al hotel aquella primera vez. Estaba lleno de incertidumbre y de la certeza de que estaba cometer una locura al llegar así, sin invitación, a un lugar en el que seguramente no sería bien recibido. Si era sincero consigo mismo, le aterraba lo que estaba por suceder, incluso cuando sus intenciones fueran las de responder con certeza a aquello que intuía desde que vio a Yuuri por primera vez. Después de todo, no era algo de todos los días encontrarte con tu alma gemela.

Pero si en algo se consideraba experto, era en hacer siempre lo inesperado, aun cuando la persona que resultaba más sorprendida por sus acciones, era él mismo. Cuando recordaba ese momento y, además, meditaba en todo lo que había ocurrido durante esos días en Japón, se sorprendía por los cambios tan evidentes en él, pero también en Yuuri. Aún había mucho que hacer (de su parte principalmente, pues reconocía que fueron sus propias decisiones las que complicaron la situación), pero era un hecho que había una diferencia palpable entre Yuuri y Victor después de Tokio y Yuuri y Victor desde su regreso a Japón.

Victor suspiró y miró a su alrededor. Se encontraba nuevamente en la habitación de Yuuri, a donde lo dirigieron de vuelta en cuanto anunció su regreso y que planeaba quedarse unos días más. Sus maletas aún sin deshacer estaban al pie de la cama, como en los días pasados y todo estaba tan igual , que era como si nunca se hubiera ido. Como si, en vez de ir y venir del aeropuerto y librar un debate interno entre lo que quería hacer y lo que debía hacer, sólo hubiera ido a dar un paseo por los alrededores. Como si no hubiera pasado todo un día desde su regreso.

Así como el resto del hotel, en el que parecía que el tiempo estaba estancado y seguía sus propias reglas, la habitación de Yuuri también seguía exactamente igual que cuando la dejó la mañana anterior. Continuaba siendo un lugar que, a pesar de ser ajeno, era  tan de Yuuri, con sus fotos y su ropa y otros artículos personales, que también se sentía como si fuera parte de su vida desde hacía mucho tiempo.

Victor caminó hasta la cama, se sentó en ella y, después de unos segundos, suspiró una vez más antes de dejarse caer de espaldas. Después permaneció quieto, escuchando el sonido de su propia respiración, con la mirada fija en el techo. Pensó en la sorpresa de Yuuri al verlo de regreso unas cuantas horas después de la supuesta despedida. Recordó la expresión de su rostro, lleno de incredulidad. Recordó también sus palabras, en especial cuando Yuuri le cuestionó por su presencia. A decir verdad, y si se ponía en el lugar del chico, comprendía su recelo. En el tiempo que llevaban de conocerse, era él, y no Yuuri, quien se la pasaba huyendo de esta extraña relación que existía entre los dos.

Vaya, ni siquiera sabía si era correcto llamarle relación a lo que fuera que ocurría entre ambos. Y en caso de que pudiera hacerlo, no tenía idea de qué tipo de relación era la que mantenían. No eran amigos, eso estaba claro, aunque eran más que simples conocidos. El hecho de ser almas gemelas, además, no significaba que su relación fuese a evolucionar hacia el lado romántico, pues existían casos de almas gemelas que mantenían relaciones platónicas. Era muy pronto para decirlo, pero Victor esperaba que su vínculo no evolucionara sólo para ser platónico.

Después de unos minutos de contemplación silenciosa, se incorporó con cuidado de la cama. Todo indicaba que aquella noche nuevamente no podría irse a dormir de inmediato, no con la cabeza llena de ideas que iban y venían, y que mutaban de todas las maneras posibles. Aunque le había dicho a Yuuri que estaba de regreso para poder conocerlo mejor y que Yuuri lo conociera a él, una parte suya se sentía insegura respecto a todo. ¿Qué tanto podrían conocerse durante los días que estaría de regreso? ¿Sería lo suficiente para aclarar todas las dudas que tenía o sólo serviría para distanciarse más? Y quizá la más importante: ¿estaba haciendo lo correcto?

Había desperdiciado todo un día de su regreso dándole vueltas al asunto. Esa mañana habló más con el resto de los Katsuki que con Yuuri, con quien intercambió un par de comentarios y muchas más sonrisas nerviosas de las que le gustaba admitir. El tiempo se agotaba y él debía hacer todo lo que pudiera para redimirse un poco por todo lo que había hecho en sus visitas pasadas.  

Era una ventaja que, al menos, ya no tuviera aquella sensación de pesadez que no lo dejaba en paz mientras se dirigía hacia el aeropuerto con Yuri. Victor se llevó una mano al pecho, distraídamente. Nunca había experimentado algo similar y, a decir verdad, le preocupaba un poco que esa sensación regresara. ¿Qué ocurriría si él y Yuuri volvían a distanciarse? ¿Estarían destinados a sentir que una parte suya se alejaba lentamente, para toda la vida? ¿Y por qué, entonces, no se sintió así en las dos ocasiones pasadas?

El asunto de las almas gemelas resultaba cada vez más complicado, y las preguntas no dejaban de revolotear en su mente.

Victor tomó su bastón y caminó con cuidado hacia la puerta del cuarto. Apenas eran las diez de la noche, era temprano incluso para él, que era una persona más matutina que nocturna. Seguramente la mayoría de los huéspedes del hotel ya estaría en la cama, así que era el momento perfecto para salir en silencio, ir al engawa y sentarse a ver el jardín, a escuchar el sonido de la noche y a ver las estrellas. Esperaba que la tranquilidad de la noche le ayudase a enfocar sus pensamientos o que, por lo menos, lo relajara lo suficiente como para regresar a dormir sin tantas complicaciones. En otras ocasiones ya le había dado resultado, así que posiblemente en esta ocasión sería así nuevamente.

Abrió la puerta y no alcanzó a dar el primer paso para salir al pasillo apenas iluminado por la luz de las habitaciones aledañas, cuando un golpe justo a mitad del rostro le hizo detenerse con brusquedad.

—¡Perdón!

Victor parpadeó un par de veces, enfocando la mirada. Aunque el golpe no fue doloroso, sí estaba algo desorientado por la impresión. Frente a él se encontraba Yuuri. Gracias a la luz proveniente del interior de la habitación, se percató de que sus mejillas estaban sonrojadas y lucía apenado y asustado al mismo tiempo. Aún tenía levantado el brazo en actitud de llamar a la puerta con un golpecito; sólo que en vez de golpear la puerta, su llamado dio directamente en la nariz de Victor.

—No te preocupes —respondió Victor y le sonrió un poco, mientras masajeaba distraídamente el lugar del impacto. No había sido más que un pequeño accidente.

—¿Te lastimé? —preguntó Yuuri. Acortó la distancia entre ambos y aunque no parecía tener la intención de querer examinar el rostro de Victor, sí se lo notaba angustiado.

—Estoy bien,  no te preocupes —repitió Victor.

—Pero…

—Yuuri.

Ante la mención de su nombre, Yuuri guardó silencio. En ese momento pareció darse cuenta de lo cerca que estaba de Victor y dio un paso hacia atrás, alejándose lo suficiente como para no invadir su espacio personal. Victor se detuvo justo antes de decirle que no se alejara, que estaba bien que estuviera así de cerca; aunque la situación entre ambos ya no era tan complicada como al inicio, comprendía que Yuuri aún no estaba cien por ciento cómodo cuando estaban juntos, y respetaba eso. Estaba decidido a ir lentamente, al ritmo que el propio Yuuri indicase, sin importar el tiempo que fuera necesario. Ya había arruinado lo suficiente al tomar decisiones por cuenta propia.

—¿Necesitabas algo de allá adentro? —preguntó y señaló a su espalda. Estaban en el pasillo que daba directamente a la habitación de Yuuri, así que supuso que éste necesitaba algo de lo que estaba dentro de ella.

—Ah, no —respondió Yuuri; después carraspeó—. No realmente. Puedo esperar.

—Es tu habitación —respondió Victor, encogiéndose de hombros—. Puedes entrar en ella cuando quieras.

Yuuri abrió la boca para responder, pero la cerró de inmediato. Se tomó unos segundos para meditar las palabras de Victor y, finalmente, asintió.

—Necesito una chaqueta —dijo—. La habitación de Mari es algo fría.

Victor asintió. Se hizo a un lado para que Yuuri pudiera pasar y, aunque no le preguntó si podía hacerlo, lo siguió a la habitación.

—¿Qué haces cuando no estás en la recepción? —preguntó desde la puerta, mientras Yuuri buscaba dentro de su armario.

—Leo —respondió éste, sin voltear a verlo.

—¿Y qué te gusta leer.

—De todo un poco, supongo. Últimamente he estado leyendo biografías, aunque no hay algo en particular que me guste leer más —agregó antes de cerrar la puerta del armario y voltear hacia Victor una vez más. En sus brazos llevaba una chaqueta color marrón—. Gracias.

—No hay de qué.

Ambos permanecieron de pie, uno frente al otro, durante un par de segundos. Ninguno dijo nada y, al cabo de un rato, Yuuri carraspeó.

—Eh, hasta mañana —dijo y avanzó un poco, pasando junto a Victor.

—Oye, Yuuri.

Escuchar su nombre por segunda ocasión en esos minutos le hizo detenerse de golpe, incluso dio un respingo. Volteó hacia Victor, quien tenía ambas manos apoyadas en el bastón y se balanceaba ligeramente sobre su pierna buena.

—¿Sí?

Fue el turno de Victor para aclararse la garganta con un carraspeo.

—¿Quisieras ir a dar un paseo conmigo mañana después del desayuno?

—¿Un paseo?

—Sí.

Yuuri frunció ligeramente el entrecejo.

—¿Necesitas que te guíe hacia algún lugar en especial? —preguntó—. Porque podemos pedirte un taxi desde la recepción, si quieres ir a algún lugar específico. Sería más rápido.

Victor soltó una risa nerviosa.

—No, no necesito que me guíes a ningún lugar en especial. Solo pensé que podríamos salir a caminar un rato, juntos, y charlar. Ya sabes: cambiar un poco el ambiente.

—Oh.

—Pero está bien si no quieres ir.

—Sí quiero—respondió Yuuri. Su respuesta sonó apresurada; ambos se percataron de ello, pero ninguno dijo algo al respecto.

Victor sonrió y, al cabo de unos segundo, Yuuri respondió a su sonrisa, con tiento, como si aún no estuviera del todo seguro de sí debía sonreír o no. Por primera vez en todo el tiempo que Victor llevaba en Japón, conviviendo directa e indirectamente con él, quiso que la situación entre ambos no fuera tan tensa. La incomodidad y la incertidumbre de Yuuri era evidente en cada una de sus interacciones, y Victor se preguntó si algún día llegaría el momento en el que podrían hablar con naturalidad, sin que ninguno de los dos se sintiera fuera de lugar; sin que Yuuri hablara como si temiera cada una de sus respuestas.

—Está bien. Después del desayuno, entonces.

—De acuerdo.

—Buenas noches, Yuuri.

—Buenas noches, Victor.

Y después, sin decir nada más, Yuuri dio media vuelta y se alejó por el pasillo. Victor lo observó durante unos segundos antes de regresar a la habitación. Cerró la puerta con cuidado y regresó a la cama. De pronto, salir al engawa y perderse en sus dudas y pensamientos, ya no parecía tan necesario como unos minutos atrás.


Hiroko Katsuki era una mujer observadora. Los años de ver ir y venir a muchas personas por Yu-Topia le habían hecho adquirir un gusto especial por observar a los demás; a veces para pasar el tiempo pero, también, porque era divertido imaginar historias que tenían como protagonistas a los huéspedes del hotel. Era gracias a su observación constante, que Hiroko sabía mucho más de lo que aparentaba. Sólo con observar sabía, por ejemplo, cuando algún huésped tenía un inconveniente que no se atrevía a mencionar o cuando su estancia en el hotel superaba sus expectativas.

También sabía muchas cosas respecto a su propia familia. Sabía, sólo con ver su sonrisa y el brillo que aparecía en su mirada, cuando Mari recibía una buena noticia (que a veces tenía que ver con su vida privada y la mayor parte del tiempo, con alguno de los grupos que seguía fervientemente). Sabía, también, cuando Toshiya estaba por salir a beber “en secreto” con alguno de sus amigos del pueblo, pues su lenguaje corporal siempre lo delataba (y también porque era terrible para fingir). Y, en especial, Hiroko sabía mucho más de lo que aparentaba sobre Yuuri y su relación con aquel muchacho de Rusia, Victor Nikiforov.

Desde aquella tarde en la que Victor llegó al hotel preguntando por Yuuri, Hiroko supo que él era el alma gemela de su hijo. Eran demasiadas coincidencias: lo recordaba de cuando Yuuri comenzaba con el patinaje, pues había visto sus fotografías pegadas en las paredes de su habitación. Su llegada repentina a pocos días de que Yuuri regresó de Tokio para ver a Phichit patinar ya indicaban un poco el porqué de su presencia; el hecho de que cojeara de la misma pierna que Yuuri y que su mirada luciera igual de triste, perdida incluso, confirmaba el resto. No fue difícil atar cabos; además, ¿qué otra razón tendría aquel muchacho para estar en Japón cuando hacía años que Yuuri se había alejado de todo lo relacionado con el patinaje artístico?

Y a pesar de que Hiroko lo sabía, había optado por guardar silencio al respecto.

Todos en la familia sabían el origen de la lesión de Yuuri, eso no era un misterio. Sin embargo, nadie en casa había insistido en saber más sobre su alma gemela después de que Yuuri dijera que no quería hablar sobre el tema, justo al regresar de Detroit. Hiroko podía ver aquel momento en su mente, como si hubiese ocurrido el día anterior y no años atrás. Recordaba a Yuuri caminando encorvado, paso a paso, mientras ella lo sostenía por el brazo y el bastón resonaba por primera vez en los pasillos del hotel.

—Mamá —murmuró él mientras caminaban hasta su habitación.

—Dime.

—No hablemos de lo que me pasó, ¿de acuerdo? No hablemos de… de almas gemelas. Por favor. ¿Puedes decirles a papá y a Mari… y a Minako- sensei , si pregunta?

Hiroko sabía que la decisión de Yuuri no era la más sana, pero comprendía, también, su necesidad para encerrarse en su propio mundo.

—Si es lo que quieres, está bien.

Y quizá sí fue por respetar los deseos del muchacho o tal vez fue miedo a no saber cómo tocar el tema sin herirlo más de lo que ya estaba, pero en los tres años que Yuuri tenía de regreso en Hasetsu, el tema de las almas gemelas no era uno que se hablara, mucho menos en presencia de él. Al menos hasta que Victor llegó a Hasetsu. Desde que él decidió quedarse, el tema flotaba en el aire y en los cuchicheos en privado, entre los otros tres miembros de la familia Katsuki, cuando Yuuri no se encontraba en el hotel. A Hiroko le habría gustado hablar de ello con Yuuri, pero conocía a su hijo y sabía que con él era mejor que tomara su tiempo para realizar las cosas.

Como madre, Hiroko estaba preocupada por Yuuri. Podía ver el estrés que le causaba la presencia de Victor y, si bien en un principio no estaba del todo contenta con su visita inesperada (en especial después de la segunda vez en la que llegó de improviso al hotel, persiguiendo al otro muchachito), le bastó observarlos a él y a su hijo durante unos días para decidir que tal vez valía la pena dejar que el tiempo dijera qué ocurriría con esos dos.

También había visto algo en la mirada de Victor en la mañana en la que salió junto con Yurio hacia el aeropuerto: una nostalgia que también percibió en Yuuri justo cuando los dos chicos de Rusia subieron al taxi que los llevaría a la estación de trenes. A decir verdad, no le sorprendió saber que Nikiforov estaba de regreso; y aunque no lo hablaron realmente, estaba segura de que al resto de la familia tampoco le sorprendió. Sólo esperaba que, en esta tercera visita, él y Yuuri lograran aclarar todo lo que pudieran sobre su situación, en especial porque, dado el trabajo de Victor, en realidad no tenían tanto tiempo como seguramente era necesario.

Sentada junto a Mari en el escritorio de la recepción, Hiroko tenía su atención dividida entre su hija (quien le contaba el último chisme de la celebridad del momento y que cualquier otro día quizá le habría interesado más), y la escena que se desarrollaba a unos metros de ellas. Victor y Yuuri caminaban uno junto al otro hacia la salida del hotel. Iban en silencio, los dos andando al mismo paso pausado y apoyando sus bastones de manera similar. Hiroko observó que Victor acortaba un poco sus pasos para ir al ritmo de Yuuri y aunque no hablaban entre sí, notó el tenue sonrojo que cubría las mejillas de Yuuri y la ligera sonrisa que había en el rostro de Victor. Continuó viéndolos de reojo hasta que salieron por la puerta principal del ryokan y se perdieron de vista.

—¿Crees que vaya a estar bien? —preguntó Mari.

Hiroko regresó su atención a ella, algo sorprendida por la pregunta: no esperaba que Mari también les prestara atención, en especial cuando parecía más concentrada en sus propios asuntos.

—Creo que lo estarán —respondió.

Mari asintió.

—Aún hay mucho que no entiendo de lo que pasa entre ellos dos, pero me parece que Yuuri no es el mismo que antes —dijo—. Sólo espero que esos cambios sean para bien.

Hiroko sonrió. A veces olvidaba que, pese a sus silencios y aparente desinterés hacia todo lo que no fueran sus idols y grupos musicales, Mari era tan observadora como ella.

—Van a estar bien —respondió Hiroko al fin. Después regresó toda su atención a Mari—. ¿Qué me decías sobre Takao- kun ?

La mirada de Mari se iluminó y empezó a hablar sobre el concierto al que iría la siguiente semana. Mientras escuchaba a su hija, Hiroko volvió a pensar en Victor y en Yuuri y no pudo evitar sonreír todavía más. Algo le decía que, pese a las dificultades que esos dos ya habían tenido (y que seguramente no serían las únicas), las cosas poco a poco iban a mejorar para ambos.


Había momentos en los que Yuuri sentía como si el regreso de Victor fuera un sueño, una ilusión fuera a desaparecer cuando menos se lo esperaba. No sería extraño que eso ocurriera, no con todas las veces en las que Victor había llegado sorpresivamente a su vida sólo para irse después, como si las emociones de Yuuri no importaran tanto como las suyas. Yuuri no quería ilusionarse demasiado y pensar que esta tercera oportunidad sería eterna, porque la experiencia le había enseñado que era mejor no esperar nada de toda esa situación y aceptar lo mucho o poco que viniera de ella. Sin embargo, a pesar de toda la incertidumbre y de que una parte suya le decìa que no debía confiar demasiado, algo en esta ocasión se sentía distinto.

Durante todo el día, tuvo la impresión de que Victor quería decir algo pero, justo cuando parecía que estaba por hacerlo, su atención se enfocaba en otra cosa o permanecía en silencio. Él, por su parte, tampoco puso mucho de su parte para entablar una conversación que fuera más allá de los temas mundanos. Yuuri aún no sabía muy bien cómo actuar con Victor, no después de su última charla, en la que ambos habían decidido darse un momento para pensar en lo que acababa de ocurrir. Yuuri, en especial, necesitaba poner en orden sus pensamientos y sentimientos.

Desde el regreso de Victor, Yuuri estaba a la expectativa. No tenía idea de si las cosas entre ambos resultarían o no, y todo el día fue un manojo de nervios. Era muy probable que estuviera proyectando esas emociones sin darse cuenta, y la sola idea de que eso ocurriera le hacía sentirse aún más nervioso.

La noche del regreso de Victor, pudo dormir; no después de la conversación que mantuvieron en el engawa . Pasó horas con la mirada fija en el techo de la habitación de Mari, escuchando la respiración de su hermana, consciente de que al final del pasillo, sólo a unos metros de él, se encontraba su alma gemela. Era cierto que aquella no era la primera vez que Yuuri pensaba en ello, pero en las ocasiones anteriores, Victor era una imagen aún inalcanzable, un espejismo en el que Yuuri ni siquiera se permitía pensar como alma gemela, porque las almas gemelas no herían a las otras ni las rechazaban sin siquiera darles tiempo para conocerse.

Ahora era distinto. El Victor Nikiforov que se encontraba en su habitación en ese momento era un Victor NIkiforov completamente diferente al que vio por primera vez en Tokio, tan solo unas semanas atrás. Era, también, diferente al que llegó a Hasetsu, sombrío y distante. Algo en él, en su mirada y en las sonrisas, pequeñas pero presentes, que Yuuri había notado en su rostro, le volvían un poco más como la imagen que recordaba de él cuando aún era un patinador.

Ir a su habitación a la noche siguiente, fue una idea improvisada. Tuvo que ver un poco el hecho de Victor y él pasaron el día evitando los temas realmente importantes, y el frío de esa noche fue la excusa perfecta. Era cierto que la habitación de Mari era más fría que la suya, y que aquella noche la temperatura bajó un poco, pero también lo era el hecho de que pudo permanecer con su hermana y sentarse en el kotatsu para entrar en calor, o echarse una manta más encima. En vez de eso, fue a su habitación, sin saber qué era lo que ocurría, pero armado de valor para enfrentarse a lo que fuera.

Fue una sorpresa cuando Victor le propuso que salieran juntos a caminar. Y fue aún más sorprendente (al menos para sí mismo) lo fácil que le fue aceptar la invitación. Era obvio que no se conocerían de un día para el otro y que aún había mucho que solucionar entre ambos, pero un paseo no parecía una mala idea. Además, pensaba Yuuri mientras se alistaba antes de salir junto a Victor (¡se alistaba! Hacía tanto tiempo que ni siquiera se preocupaba más de la cuenta por su apariencia), había sobrevivido a los encuentros en el engawa , cuando no eran más que ellos dos y la noche; caminar junto a Victor por las calles tranquilas de Hasetsu no tenía por qué ser tan complicado. O eso esperaba, al menos.

Mientras caminaba hasta la entrada del hotel, sintió que su corazón latía con más fuerza de lo normal. Al ver a Victor esperándolo a mitad del pasillo, un temblor lo recorrió de pies a cabeza. Haciendo acopio de cada gramo de valor que tenía, Yuuri cerró los ojos, respiró profundamente y se encontró con él y ambos salieron del hotel. (Casi podía jurar que la mirada de su madre y hermana estuvo fija en él todo el tiempo, pero Yuuri prefirió no pensar mucho en eso. Aún no estaba seguro de querer hablar de esto con ellas o con cualquier otro miembro de la familia).

Era extraño ir junto a Victor. Mientras caminaba a su lado, Yuuri era consciente de que los pasos de Victor eran un poco más largos que los suyos debido a su altura, y que, a pesar de ello, él disminuía un poco su velocidad. Se dio cuenta, también, de que al principio el sonido de sus bastones al golpear el piso creaban una síncopa que resonaba con fuerza en el silencio de ambos; pero que, eventualmente y sin que él se diera cuenta de ello, habían sincronizado su andar. Además, mientras avanzaban poco a poco, incluso percibía una sensación de contento que bien podía ser suya o de Victor… o tal vez de los dos.

Permanecieron en silencio durante varios minutos. Por un lado, Yuuri sentía como si hubiera mil y un cosas de las que debían hablar; por el otro, no estaba del todo seguro de si era el mejor momento para sacarlas a colación esa mañana. No quería que esa primera caminata juntos terminara con un gusto agridulce, como el de aquella conversación en el engawa , cuando finalmente le dijo a Victor lo egoísta que era.  

—¿Alguna vez te han dicho que casi es posible escucharte pensar?

Yuuri dio un respingo al escuchar la voz de Victor. Al levantar la mirada, se dio cuenta de que éste le sonreía ligeramente, y se sonrojó. Bajó la mirada, azorado.

—No, nunca.

—¿En qué piensas?

Yuuri no contestó. Continuó caminando con la mirada gacha y sabía, por el calor en sus mejillas, que seguía sonrojado.

—No quiero ser entrometido —agregó Victor.

—En nosotros.

La respuesta tomó por sorpresa a Victor, quien se detuvo de pronto. Yuuri volteó a verlo, aún sonrojado, pero con determinación en su mirada. No terminaba de acostumbrarse a esta nueva faceta en su recién descubierta relación con Victor, pero quizá lo mejor sería sacarle provecho al tiempo que estuvieran juntos. Una semana (o el tiempo que Victor estuviera en Hasetsu) no sería suficiente para que ambos pudieran conocerse de verdad, eso lo sabía muy bien, pero sonaba como el comienzo de algo, y eso le hacía sentir mejor de lo que se había sentido en los últimos tres años.

—¿Qué piensas sobre nosotros? —preguntó Victor, continuando con su camino.

Yuuri también siguió caminando a su lado. Avanzaron un poco más hasta llegar a un parque pequeño y buscaron un banco para descansar.

—No lo sé —respondió Yuuri. Era sincero: no tenía idea de qué pensar sobre lo que pasaba entre ambos.

—¿Por qué?

Yuuri se encogió de hombros.

—Es extraño, es todo. No empezamos precisamente con el pie correcto.

Al terminar su comentario, rio por lo bajo. Era la primera vez que Victor lo escuchaba reír y, por reflejo, también sonrió.

—¿De qué te ríes? —preguntó.

—De lo que dije —explicó Yuuri—: “No empezamos precisamente con el pie correcto”. Ya sabes. La ironía.

Victor rio un poco también.

—Sí, la ironía.

—¿Y tú? —preguntó Yuuri después de unos segundos, cuando el chiste pasó pero las sonrisas seguían en sus rostros—. ¿Qué piensas sobre… esto?

—¿Sobre nosotros?

Yuuri carraspeó, algo incómodo.

—Sí.

Victor volvió a sonreír. Se apoyó en el respaldo del banco y cruzó los brazos mientras miraba al cielo, como si estuviera buscando la mejor manera para dar su respuesta. Yuuri le miraba de reojo.

—Creo que, como te lo dije la otra vez, es bueno darnos la oportunidad para volver a empezar —dijo Victor al fin—. Hay mucho que no conozco de ti y, no sé, estuve pensando mucho en lo que dijiste, sobre lo egoísta que soy.

Al escuchar aquello, Yuuri se encogió en el asiento. Lentamente, volteó el torso hacia Victor y balbuceó una disculpa (algo que sonó más como un “ah… no… no era… perdón…”). Victor se rio de buena gana. No fue una risa mal intencionada ni mucho menos, sino una risa de dicha pura, sensación que llegó a Yuuri repentinamente, dejándolo en silencio una vez más.

—No te preocupes por eso —dijo Victor. Aunque ya no reía, la alegría era evidente en su mirada—. Fue cierto lo que dijiste y sirvió para que me diera cuenta del daño que te he ocasionado sin ser consciente de ello. En parte es por eso que decidí regresar. Todo este tiempo he hecho cosas pensando en mis propios sentimientos y no se me ocurrió pensar que tener un alma gemela significa que muchas de mis decisiones no son mías nada más. Y no lo siento como una carga o como algo negativo, sino que lo tomo como una enseñanza que me dice que debo ser menos egoísta.

—Lo siento si te incomodó mi comentario —murmuró Yuuri.

—Para nada. No te preocupes.

Yuuri asintió. Ambos volvieron a quedarse en silencio por un rato, hasta que Yuuri se aclaró la garganta y volteó hacia Victor otra vez.

—¿Qué harás cuando regreses a Rusia? —preguntó.

—Escuchar las quejas de Yura y un sermón por parte de Yakov, seguramente.

Yuuri sonrió.

—También espero ver a Makkachin lo antes posible.

—¿Makkachin?

—¡Es cierto, tú no lo conoces!

El rostro de Victor se iluminó completamente. Buscó en su bolsillo hasta sacar su móvil, y rebuscó en él con entusiasmo.

—Makkachin es mi perro —explicó—. Ahora mismo lo cuida Mila, porque Yakov dijo que no iba a soportar a Makkachin por tantos días, aunque todos sabemos que lo ama secretamente y cree que no me doy cuenta cuando le compra chucherías. Mira, es él.

Victor le extendió el móvil, en el que Yuuri pudo observar la imagen de un caniche gigante.

—Tengo cientos de fotos suyas —dijo Victor—, puedes ver todas las que gustes.

Yuuri pasó una foto tras otra durante un par de minutos.

—Me recuerda a Vicchan —murmuró y en su rostro apareció una sonrisa nostálgica. Ante la expresión de duda de Victor, agregó—: Mi perro. ¿Has visto el altar que tenemos en la estancia? —Victor asintió—. Está dedicado también a él. Murió hace medio año.

—Oh. Lo siento mucho.

—Gracias. En casa mencionaron que podríamos tener otro perro, pero siento que aún no estoy listo para que llegue uno más. No es como si pudiéramos simplemente reemplazarlo, ¿sabes?

Victor asintió.

Yuuri continuó observando las fotografías de Makkachin, sonriendo de vez en cuando al encontrar alguna que era particularmente divertida. Victor miraba sobre su hombro.

—Entonces, te gustan los animales —dijo. Yuuri levantó la mirada.

—Los perros—. Hizo una pausa y después de un par de segundos, agregó—: Por tu culpa.

—¿Mi culpa? —preguntó Victor. Yuuri volvió a asentir y le regresó su móvil. Sonrió al recordarse a sí mismo de pequeño, cuando Victor era más una especie de héroe y no un modelo a seguir o un ideal.

—Es tonto, supongo, pero cuando era un niño y en mis primeros años de adolescencia, bueno, eras mi ídolo. Esto es vergonzoso —agregó, pero como no se sentía incómodo hablando al respecto, decidió continuar—; de hecho, hubo una época en la que quería imitar todo lo que tú hacías. Así fue como llegó Vicchan a la casa—. Al recordar su yo adolescente, Yuuri rio de buena gana—. Memoricé muchas de tus rutinas y tenía mi habitación llena de pósters tuyos.

—Eso explica las marcas en la pared.

Yuuri asintió.

—Sí, nunca pude quitar del todo las marcas de la cinta y no me apeteció pintar todo otra vez.

Hubo otro silencio. Yuuri pensó en cómo hablar con Victor era fácil y difícil al mismo tiempo; aunque fuera contradictorio, era fácil porque una vez que comenzaban a hablar de algún tema, la conversación fluía entre ambos; era difícil, porque al menos para él era complicado comenzar a hablar, colocar el tema de conversación sobre la mesa. En especial, había algo de lo que Yuuri quería hablar con él y aunque no se sentía lo suficientemente preparado para hacerlo, tenía la impresión de que si no aprovechaba ese momento, después no podría hablar sobre ello.

—¿Victor?

—¿Sí?

—¿Qué —balbuceó Yuuri—, qué tipo de almas gemelas somos?

Victor frunció el ceño, confundido.

—No entiendo.

—Es decir —continuó Yuuri, con la mirada fija en sus manos y el rostro completamente sonrojado, a juzgar por el calor que sentía en sus mejillas—. Bueno. Sabes que hay diferentes tipos de almas gemelas, ¿no? Un alma gemela no necesariamente implica una relación, pues, romántica.

—Ah.

Yuuri levantó el rostro y observó a Victor. Vio el sonrojo en sus mejillas y eso, de alguna manera, lo tranquilizó un poco. A veces tenía un poco de problemas para recordar que Victor también era un ser humano y que a él también le afectaba lo que ocurría entre los dos. Hubo un momento de silencio que se extendió por más tiempo del que a Yuuri le habría gustado, pero justo cuando estaba por cambiar el tema de conversación, Victor se adelantó a hablar.

—No… no lo había pensado antes —respondió. Carraspeó y miró a Yuuri—. Supongo que todo este tiempo di por sentado que sería, ya sabes… una relación romántica.

—Oh.

—A menos que no quieras que…

—No, yo…

—¿Yuuri?

Yuuri volteó al escuchar aquella voz. Sonrió al ver a Minako-sensei, a quien no había podido visitar desde que ella regresó de su viaje, y con cuidado se puso de pie.

—Minako-sensei —dijo a modo de saludo, acercándose a ella.

—Yuuri, es… es…

Minako tenía los ojos bien abiertos por la sorpresa y aunque se dirigía a Yuuri, su mirada estaba fija en Victor, quien observaba el intercambio de palabras entre ambos con interés. Yuuri sonrió un poco más.

—Minako- sensei , te presento a Victor —dijo, después se volteó hacia él—. Victor, ella es Minako- sensei . Fue mi maestra de ballet, hace muchos años. Es una amiga muy querida.

Victor dio medio paso al frente y cambió de mano su bastón para saludar a Minako.

—Mucho gusto.

El chillido que lanzó Minako casi los dejó sordos a los dos.


Yakov se consideraba a sí mismo un hombre paciente. Fue entrenador de Victor, después de todo, y entre sus pupilos actuales estaban personas como Georgi o Mila. Así que, sí, con todo y todo, se consideraba una persona llena de paciencia, tanto que a veces sentía que tenía bien merecido algún tipo de premio por eso. Sin embargo, en ese momento su paciencia se había agotado por completo y estaba seguro de que estaba por sufrir un aneurisma. Frente a él, Yuri jugueteaba con su móvil y parecía completamente ajeno a su enfado.  

—¿Me dices —siseó Yakov— que Victor ha estado todo este tiempo en Japón, por un muchacho ?

Yuri detuvo su tecleo en el móvil y levantó la mirada.

—Define “muchacho” —respondió.

Yakov entrecerró los ojos y, tras unos segundos de miradas intensas, adolescente se encogió de hombros y desvió la vista. Sus mejillas estaban ligeramente coloradas.

—Yo no diría que es un muchacho —respondió en voz baja—, pero sí, está en Japón por una persona.

Yakov frunció el ceño. Había visto a Victor hacer cientos de locuras, pero desde su accidente, la actitud de Nikiforov era distinta. Era un hombre más serio, más enfocado en su trabajo ahora que era entrenador. Esto que Victor hacía justo ahora era el tipo de cosas que hacía cuatro o cinco años, cuando estaba en su mejor época como patinador, y eso, simplemente, no podía ser. Podría perder su trabajo por esto, su reputación también. Yuri era, después de todo, su único pupilo hasta ahora, y ésta sería su primera temporada como su entrenador en la categoría senior: los ojos del mundo no estaban fijos solo en el adolescente, sino también en su entrenador. Victor aún era un personaje muy importante dentro del patinaje artístico, aún había muchas expectativas en él.

A pesar de que Victor sabía lo anterior, desde el World Dream Trophy , simplemente no era el mismo. Todos lo habían notado. Y sí, Yakov se preocupaba por él a su manera —aunque no lo dijera todo el tiempo—, pero Victor tendría que ser lo suficientemente inteligente como para saber que su actitud en las últimas semanas era todo menos profesional. Y sí, él podía trabajar con Yuri en su ausencia, pero ¿cuánto tiempo más duraría esta situación?

—¿Y exactamente qué es lo que Victor tiene que ver con esta persona , para que te abandone justo ahora? —le preguntó a Yuri.

El muchacho continuaba sin mirarlo directamente.

—Yo qué sé, eso se lo tendrás que preguntar cuando regrese.

—¡Yura!

Su voz resonó con fuerza. Para su sorpresa, Yuri no respondió de inmediato. En vez de eso, continuó con su mirada fija en la pista, en donde Yakov sabía que más de uno detuvo su entrenamiento de golpe al escuchar su voz. El silencio —entre ambos y en toda la pista— se extendió por casi un minuto, hasta que Yuri suspiró. Cuando levantó la mirada una vez más y encaró a Yakov, había algo distinto en él. El Yuri Plisetsky que se encontraba frente a él era distinto al de antes de ir a Japón; era distinto, incluso, al de esa misma mañana, cuando se presentó solo a la pista, negándose a responder cualquier pregunta que tuviera que ver con su entrenador.  

—Mira —respondió el chico al fin—, sé que es difícil de entender y normalmente yo sería el primero en ir hasta Japón y traerlo de regreso, arrastrándolo si es necesario, pero por esta ocasión, él necesita estar allá.

—Eso no me explica nada, Yura, y tú lo sabes bien.

—Sí, lo sé.

—¿Entonces por qué no dice…?

—Es algo que Victor tendrá que decirte en persona —interrumpió Yuri—. No es mi secreto para andarlo contando nada más porque sí.

Yakov lo miró perplejo. Era la primera vez que Yuri tenía una respuesta de ese tipo. Era, también, la primera vez que Yuri lo interrumpía mientras lo miraba con seriedad y no por el simple hecho de querer llevarle la contraria, como era su costumbre. Sea lo que fuere que ocurrió en Japón, también lo había cambiado a él. Al cabo de unos segundos, fue él quien suspiró.

—Ve a practicar tu rutina, Yuratchka.

El chico así lo hizo.

Durante el resto del día, Yakov no dejó de darle vueltas al asunto. ¿Qué era tan importante como para que Victor dejar todo de pronto? ¿Y por qué en Japón, precisamente? Victor ya no era su pupilo y hacía muchos años que era un adulto hecho y derecho, pero Yakov aún se preocupaba por él. Quizá estaba preocupándose de más por algo que ni siquiera tenía que ver con él, pero algo dentro de sí le decía que debía hablar con Victor lo antes posible, hacerle ver las consecuencias de sus últimas decisiones. Algo le decía que, si dejaba pasar una situación así y algo ocurría con la carrera de Victor o la de Yuri, sería también culpa suya por no hacerle caso a su instinto.


Los paseos con Yuuri se repitieron después de la vez anterior. Yuuri llevó a Victor a los lugares más representativos de Hasetsu, le enseñó algunos sitios que eran importantes para él —las escuelas en las que estudió, por ejemplo, y el estudio/bar de Minako, al que pasaron en una ocasión—. Las charlas entre ambos también continuaron. Hablaron sobre sus respectivas infancias, sobre el momento en el que se dieron cuenta de que querían dedicarse al patinaje artístico. A pesar de que Yuuri ya había comentado antes que Victor fue, por muchos años, su modelo a seguir, escucharle decir que decidió ser patinador por él, le hizo sentir orgulloso.

También hablaban de temas un poco más serios, como las dificultades a las que se enfrentaban desde que no podían moverse con la misma soltura que antes. Por ejemplo, aquella tarde, sentados en el área común del ryokan —solo a unos pasos de otros huéspedes, que reían y brindaban por todo y nada al mismo tiempo—, Yuuri le preguntó por su accidente. Lo hizo con tiento, como si no estuviera del todo seguro de si estaba bien preguntar.

—Perdón si te incomoda la pregunta —murmuró. Victor negó con la cabeza.

—No me incomoda, he hablado de esto muchas veces. Supongo que te enteraste por los medios cuando pasó, ¿no? —preguntó. Yuuri asintió.

—Sí. No de inmediato, pero sí, busqué información al respecto.

—¿Cuánto tiempo estuviste hospitalizado después de… ya sabes?

—Una semana. Pude haberme ido al día siguiente, tenía el alta, pero, bueno, digamos que no lo tomé muy bien después de despertar.

Victor asintió.

—No hay mucho qué decir además de lo que se dijo en los medios. Fue en la noche, después de dejar la pista de entrenamiento. En esa ocasión decidí quedarme por más tiempo después de que se fueran los otros, así que ya era tarde y yo estaba más cansado de lo normal, así que tampoco presté demasiada atención. En fin, terminé mi entrenamiento e iba camino al metro, cuando me golpeó un auto. No recuerdo mucho, la verdad, perdí la consciencia. Fueron fracturas múltiples.

Ninguno dijo más, y quizá el silencio se habría extendido por tiempo indefinido, si el sonido del móvil de Victor no hubiera roto el momento.

Al tomar el aparato y leer en la pantalla el nombre de la persona que llamaba, Victor frunció el ceño.

—Si quieres puedo dejarte un momento para que atiendas sin problema —dijo Yuuri. Victor negó con la cabeza.

—No es necesario.

Y después, ante la mirada atenta de Yuuri, respondió a la llamada.

—¿Sí?

 Victor .

—Hola, Yakov. ¿Qué tal?

Aunque la conversación se mantenía en ruso, Yuuri abrió los ojos por la sorpresa al reconocer el nombre. Victor le sonrió y, por primera vez, acercó su mano a la de Katsuki. Dudó un poco pero, al final, la colocó sobre la de él. Yuuri no la retiró y eso era una buena señal.

 No creo que sea necesario explicar el porqué de mi llamada, ¿o sí?

—No realmente —respondió Victor—, imagino cuál es la razón.

 Está bien. —Yakov hizo una pausa—. Mira, sé que no suelo entrometerme en tus asuntos, pero necesito saber si tu ausencia se extenderá por mucho tiempo y si es necesario cambiar el registro del entrenador de Yuri.

Victor no respondió de inmediato.

 ¿Victor?

—Aquí sigo. Supongo que debo regresar lo antes posible, ¿verdad?

 Si no quieres tener problemas más adelante, creo que es lo más recomendable.

—De acuerdo.

Otro silencio. Yuuri movió su mano, girándola hasta que su palma quedó hacia arriba y entrelazó sus dedos con los de Victor.

Vitya —agregó Feltsman—. Quiero entender un poco por qué, de pronto, te deslindaste por completo de tus responsabilidades y tu trabajo. Sé que tendrás tus motivos y no es necesario que me los expliques pero, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro.

 ¿Está todo bien?

Victor miró a Yuuri, quien tenía fija su atención en él. Notó la preocupación en su mirada y, para reconfortarlo, sujetó su mano con más fuerza.

—Sí, Yakov, todo está bien.

 De acuerdo.

—Lamento preocuparte —agregó Victor—. Cuando regrese te contaré qué es lo que pasó.

 No es necesario que lo hagas. Son tus asuntos personales.

—Quiero contarte, Yakov.

 E-Está bien. —Victor escuchó un carraspeo al otro lado de la línea—. ¿Cuándo regresarás, entonces?

—Dame un par de días. Hoy mismo buscaré un vuelo que me acomode.

—De acuerdo. Nos vemos, Vitya .

—Nos vemos.

La llamada terminó. Victor dejó el móvil sobre la mesa y suspiró.

—¿Está todo bien? —preguntó Yuuri.

Victor volteó a verlo y asintió.

—Sí, todo bien.

—¿Pero?

Victor volvió a suspirar.

—Debo irme, Yuuri.

Yuuri parpadeó un par de veces; después, bajó la mirada hacia la mesa, justo en donde sus manos estaban entrelazadas, y asintió.

—Lo entiendo. ¿Cuándo te irás?

—Lo más pronto posible. A más tardar, en un par de días.

—Vaya.

—Sí.

Ambos guardaron silencio. A su alrededor, los otros huéspedes del hotel —esos mismos que llevaban un par de horas bebiendo sin parar—, con su bullicio y sus risas, eran todo lo contrario a ellos dos. Victor miró a su alrededor. Eran pocos días los que había pasado en ese hotelito, pero irse, ahora sí de forma definitiva, sería tan difícil como si abandonara su hogar.

Miró a Yuuri una vez más y luego miró sus manos entrelazadas. Habían llegado tan lejos en sólo unos días. ¿Qué pasaría cuando él regresara a Rusia y Yuuri se quedara en Japón? La distancia podría convertirse en su peor enemigo y lo sabía.

De pronto, una idea llegó a su mente. Era descabellada y la probabilidad de éxito, escasa. Pero Victor siempre era el que tenía ideas locas, su estancia en Japón era el ejemplo perfecto. Sonrió para sí.

—Yuuri.

—¿Sí?

—Pensaba—. Victor hizo una pausa y Yuuri le miró con curiosidad—. Sé que es una locura y está bien si dices que no, pero de todas maneras me gustaría preguntártelo.

—¿Preguntarme qué?

—Pensaba que, tal vez… —Victor se aclaró la garganta. Después, con una determinación que no recordaba haber sentido en muchos años, volvió a tomar la mano de Yuuri, ahora entre las dos suyas—. Yuuri, ¿te gustaría ir conmigo a Rusia?


NOTA DE LA AUTORA: Esta es una de mis partes favoritas de la historia, siempre me hace fangirlear con mi propio fic jaja.

Publicado por cydalima10

28 • she/her • lg[b]t • infp • slytherin • escribo cosas

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