Sentimientos (Flor de Agua)


Yakov no podía creer que Víctor Nikiforov estuviera en su casa saludando con una gran sonrisa a sus padres. Quienes lo miraron con incredulidad, sin saber muy bien cómo atender a tan ilustre invitado. 

—Sólo estoy aquí como el amigo de su hijo —dijo Víctor notando la incomodidad de los Feltsman—, por favor no me traten diferente de cualquier amigo que él pueda tener por este barrio, pueden llamarme Víctor. 

Los padres de Yakov asintieron, aunque no muy convencidos. 

Yakov tenía tres hermanas menores: Lydia de doce años, Yulia de nueve e Irina de seis. Las tres se presentaron algo nerviosas frente al alfa noble, pero Víctor les sonrió y les dio regalos a todas, cada una tendría un bonito vestido, zapatos nuevos y una linda muñeca. 

El día pasó bastante rápido, Víctor también había llevado un pastel para hacer algo más especial ese día. Las niñas lo adoraron, querían jugar con él y Víctor no se negó, las tres terminaron pidiendo a Yakov que lo invitara nuevamente a casa.

—Creo que eres la persona más extraña que he conocido —le dijo Yakov a Víctor cuando estuvieron a solas en su pequeño cuarto. La casa tenía tres, el de sus padres, el de sus hermana y el suyo, además contaban con un baño, una cocina y una pequeña salita con un sofá y una mesa.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Víctor recostándose sobre la cama a donde apenas cabía debido a lo angosta que era—. Tal vez me caiga de la cama —comentó al percatarse de que no tenía rango de movimiento.

—Te dije que era angosta —respondió Yakov acomodando una frazada sobre el suelo—,  y te lo digo porque hoy no he visto tu acostumbrada arrogancia y tu amabilidad parece sincera por primera vez. 

—Eso es muy fácil de explicar. Lo que pasa es que estoy con tu familia y eres mi único amigo después de todo. Mi aprecio por ti es sincero, siempre te lo he dicho. 

Yakov esbozó una pequeña sonrisa. Después de todo sabía que Víctor era sincero en sus palabras. Podía ser insufrible y cínico, pero sabía reconocer cuando sus actitudes y palabras eran honestas. 

El fin de semana pasó rápido y el domingo por la tarde volvieron a los cuartos del instituto. Podían volver el mismo lunes por la mañana, pero la casa de Yakov quedaba demasiado lejos por lo que les convenía irse antes. 

La semana tampoco demoró en pasar. Lo mismo de siempre; Víctor siendo perseguido y halagado por alfas, betas y omegas a cambio de sonrisas falsas y gentileza que disfrazaba hastío e incluso repugnancia. Yakov siendo ignorado por sus compañeros, escuchando cuchicheos a su paso, viendo el desprecio en los ojos ajenos. Víctor saltándose las clases de deporte y prestando nula atención a las materias que no le interesaban. Yakov esforzándose por ser el mejor en todo para poder dar a su familia una mejor vida, para evitar que sus hermanas tuvieran que sufrir el mismo menosprecio del que él era blanco todos los días. 

El viernes por la tarde, recién habían terminado de almorzar cuando el chofer de la mansión Nikiforov llegó con un mensaje de su padre. A Víctor le pareció extraño, siempre iba a casa los sábados por la mañana, pero si su padre lo solicitaba el mismo viernes no podía negarse.

—Su padre quiere que esta noche cene con la familia Katsuki, como el fin de semana anterior no regresó a la mansión quería que esta vez estuviera lo antes posible. 

—Gracias por venir a recogerme, Sergei —respondió Víctor subiéndose al elegante carruaje propiedad de su padre. 

El camino a la mansión fue silencioso y bastante aburrido para Víctor, quien no se encontraba para nada emocionado por volverse a encontrar con los Katsuki, aunque tal vez Mari seguiría agradándole como la última vez que la vio. 

Cuando llegó a la mansión, fue recibido por Lilia, una de las betas del servicio.

—Sus padres están en la sala junto a la familia Katsuki —informó la mujer de estoica presencia.

—Gracias Lilia —respondió Víctor quitándose el abrigo. 

Víctor se acercó con sigilo y pudo observar a la familia Katsuki. Hiroko y Toshiya estaban tal cual los recordaba, con esas expresiones sonrientes y amables, Mari, quien debía tener ya veinte o veintiún años, tenía esa misma expresión de indiferencia o fastidio en el rostro. Eso la hacía llamativa y divertida para Víctor. Y Yuuri, él sí había cambiado, ya no era el niño de mejillas regordetas, era un adolescente hermoso y un omega, un omega que desprendía un delicioso aroma a lirios y que poseía una bonita y tímida sonrisa. 

—¡Hijo! —dijo Alexander al ver a Víctor mirándolos a una prudente distancia. 

—Buenas noches —respondió el alfa con una brillante sonrisa mientras se acercaba a su familia e invitados, todos los presentes dirigieron su atención a él. Y los ojos azules de Víctor se encontraron con los iris marrones de Yuuri. 

Y nuevamente esa mirada que el ruso tanto detestaba. Yuuri lo miraba con fascinación, como si la sola presencia del alfa lo deslumbrara, como si en Víctor encontrara lo más hermoso y precioso que existía. Y Víctor sintió que lo odiaba, como odiaba a todos quienes decían amarlo, y Víctor quiso destrozarlo, como destrozaba a todos aquellos ingenuos que se atrevían a confesarle directamente sus sentimientos, sentimientos que despreciaba por considerarlos banales y carentes de fundamento. 

Víctor desvió su mirada casi inmediatamente, no soportaba verse reflejado en esos ojos que le recordaban un tazón de cálido chocolate caliente. Saludó a los señores Katsuki con amabilidad, a Mari le dedicó algunas palabras recordando su último encuentro, a Yuuri lo saludó casi sin mirarlo, cordial, pero frío. 

Después de conversar un poco y responder preguntas que los Katsuki hacían sobre el instituto al que asistía, su madre, Anastasia, le dijo:

—Querido, Víctor. Deberías invitar a Yuuri a pasear por el jardín, había estado un poco indispuesto desde que llegó por lo que se ha perdido de los paseos que hemos dado con su familia. 

—Por supuesto, querida madre —respondió Víctor con una sonrisa. Intuyendo claramente lo que pretendía Anastasia con aquel paseo solitario—. Yuuri —dijo el alfa ofreciendo gentilmente su brazo al omega. El japonés se sonrojó, pero no tardó en tomar el brazo de Víctor.

Ambos salieron al jardín y comenzaron a caminar a paso lento y en silencio. 

—Yo… —comenzó a decir Yuuri con nerviosismo después de quince minutos en los que no se habían dirigido la palabra, su voz temblaba—, estoy muy feliz de volver a verte. 

—¿Ah, sí? —preguntó Víctor con un tono de voz neutro—, ¿y por qué deberías estar feliz de verme?

—Porque tú… tú siempre me has gustado mucho —respondió Yuuri dejando de caminar. Temblaba y su rostro estaba completamente sonrojado.

—¿Por qué tendría que creerte? Después de todo apenas y nos conocemos. La última vez que nos vimos eras un niño y no recuerdo haber platicado mucho contigo. Tú no me conoces Yuuri Katsuki, deberías tener más cuidado al ofrecer tus sentimientos. 

—Te equivocas —una lágrima escapó de los ojos de Yuuri—, yo si te conozco. —Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Yuuri al recordar algunas cosas de las que el ruso no era consciente—. Y no te estoy pidiendo que me correspondas si es lo que temes. Es solo que no quería que esto que siento me siga ahogando como lo hacía hace tres años cuando estuviste en Japón, como lo siguió haciendo mientras tu ausencia me perseguía —finas lágrimas corrían por las mejillas del japonés.

—¿Me quieres?

—Te quiero.

—¿Me amas?

—Te amo. 

—Eso es algo que tendrás que demostrar, Yuuri Katsuki. —Víctor tomó la muñeca de Yuuri con algo de fuerza y caminó con él hacia una parte más alejada del jardín, donde los árboles podrían cubrirlos de miradas indiscretas. Víctor acorraló a Yuuri contra el tronco de uno de esos árboles, recorrió sus rostro con una intensa mirada y luego llevó su boca hasta el oído del omega, quien se estremeció al sentir su aliento. 

—Entonces, tú me amas. 

—Te amo.

Víctor soltó una sonora carcajada alejándose un poco de Yuuri.

—¿Y qué amas de mí, pequeño japonés? ¿Acaso el color de mis ojos? ¿Mi cabello plateado? ¿O tal vez te basta sólo con el apellido? —Víctor lo miraba con ira y le hablaba con desprecio. 

—¿Qué? —Yuuri tembló, incrédulo, asustado por la reacción del alfa. 

Los ojos de Víctor se posaron en los labios color rosa de Yuuri, labios carnosos y delicados. Una sonrisa maliciosa se formó en su rostro y volviendo a acercarse a Yuuri, lo apresó con fuerza contra el árbol y lo besó. Lo besó con fuerza, quitándole el aire, haciéndolo temblar. Yuuri no tardó en contestar el beso, se sentía confundido por las reacciones del alfa pero lo deseaba, deseaba sus besos y el calor de su abrazo. Deseaba embriagarse en su aroma a sándalo. 

El aroma a lirios se intensificó. Víctor se separó de él y clavó sus fríos ojos azules en los marrones de Yuuri.

—Te daré una oportunidad, pequeño japonés. Será nuestro secreto, por el momento. 

Víctor le sonrió, era una sonrisa gentil, pero Yuuri sabía que no era una sonrisa honesta. Aunque Víctor no lo supiera, Yuuri conocía la sonrisa auténtica de Víctor, esa que era espontánea y no escondía segundas intenciones, esa que era sincera y no simplemente una muestra de su cinismo.

Aún así, Yuuri decidió no decir nada al respecto. Ya habría tiempo para contestar las preguntas de Víctor. Por el momento, se aferraría a esa oportunidad y poco a poco le demostraría que sus sentimientos no eran superficiales. 

—Gracias, Víctor —dijo finalmente esbozando una hermosa sonrisa—. Te demostraré que mis sentimientos son sinceros y haré que me dediques una sonrisa verdadera. 

Yuuri se acomodó el cabello y comenzó a caminar de regreso a la mansión. Caminaba con una tranquilidad que no poseía, por dentro sus emociones estaban exaltadas y su corazón latía con fuerza. No sabía de dónde sacó el coraje para declararse a Víctor, pero esos sentimientos llevaban más de tres años atorados en su pecho, necesitaba liberarlos para sentirse mejor consigo mismo. 

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