Tabú 72


Me fue imposible no responder la llamada de Angélica. La madre de Víctor no llamó a mi celular sino que lo hizo por la línea de la oficina y no quise que las secretarias notaran los problemas internos que esa mujer y yo teníamos.

—Dime Angélica, ¿qué puedo hacer por ti? —Fui cortés, pero establecí la distancia adecuada entre los dos. No estaba dispuesto a soportar ninguno de sus comentarios hirientes.

—Felicitaciones por tener ahora el control absoluto de Nefrit —fue lo primero que dijo y desde ese momento sentí que ella tenía la espada fuera de funda—. Por mí no puedes hacer nada, pero por tu hermano sí.

—¿Y por qué no me llama él? —Sabía que después de esa llamada quedaría con el hígado revuelto.

—Porque tú no le respondes —dijo ella con un fingido tono de indiferencia—. No quiero quitarte el tiempo y tampoco perderlo. Víctor quiere que estés en su boda y tú todavía no has confirmado tu asistencia con los organizadores.

—El que esté o no en la boda de Víctor no alterará su resultado —respondí evitando decir cualquier palabra disonante.

—¡¿Es así como le pagas a tu hermano todo lo que ha hecho por ti?! —Angélica comenzó a levantar la voz.

—¡No creo que sea tan importante mi presencia! —No me quedé callado.

—¡Si de mí dependiera, tu nombre no aparecería en la lista de invitados, pero son Víctor y Anya los que se sienten tristes por tu arrogancia! —Angélica comenzó a gritar por el teléfono—. Deberías ser más agradecido con aquel que te abrió las puertas de su hogar, te amparó cuando tú no tenías a nadie en este mundo, se compró líos por tu culpa, descuidó su carrera y sus sueños por los tuyos y te dejó ahora con una empresa que vale millones de euros. ¡¿No crees que Víctor perdió demasiado por ti como para que le hagas este desaire en un día tan importante?!

Sentí que todo lo dicho por Angélica era verdad. Víctor había sacrificado mucho por mí, en especial su carrera de modelo. Si él se dedicó a dirigir y luchar por Nefrit fue pensando que dirigir la empresa era mi sueño.

Estaba herido porque terminó nuestra relación de amantes de manera tan repentina y dándome un argumento estúpido; pero teníamos una relación de hermanos que no debía romperse jamás. No quería volver a ver a Víctor para evitar odiarlo; sin embargo, existía algo que me seguía atando a él: la sangre.

—¡Estoy esperando tu respuesta! —Angélica seguía hablando con la creencia que podía imponer su autoridad sobre mí y yo solo quería mandarla al diablo.

—Está bien… iré a la boda de Víctor. —Decidí no discutir más con esa maldita anciana.

—Lleva a alguien decente para que te haga compañía y quiero que te comportes como un verdadero Nikiforov en la boda y el banquete. —Angélica era una mujer imponente cuando se lo proponía. La mayor parte del tiempo se mostraba tranquila y amable, pero en el fondo solía herir a las personas con sus palabras y su actitud arrogante. Hasta ahora me pregunto cómo es que Víctor no resultó ser un déspota como ella.

Cortamos la llamada al mismo tiempo y me puse a imaginar a Víctor junto con Anya, riendo felices en el altar, jurando que serían fieles para toda la vida. Iba a ser muy doloroso para mí ver cómo él miraba con amor a otra persona, ese amor que me había jurado antes y que yo extrañaba tanto.

No quería ir a su boda para verlo besar a Anya después de haberme besado tantas veces con pasión, no quería oír las promesas que le haría porque sentía que él nos mentía a todos y no quería ver su rostro porque entonces no contendría la ira que hervía en mi interior.

Sin querer me había comprometido y debía asistir a esa boda para que ante la prensa y los amigos de Víctor finjamos que éramos dos buenos hermanos que se querían mucho y se respetaban.

Estrujé las hojas que estuve garabateando en la mesa de diseño mientras me preguntaba cómo mierda iba a ser para no gritar al verlo, para no golpearlo y para no abrazarlo otra vez.

Sin él junto a mí, sin sus consejos, sin su risa fresca y sin su protección me sentía tan abandonado una vez más. Y de tanto pensar en la forma cómo íbamos a mirarnos, sentí que el estómago comenzaba a dolerme y desde ese momento extrañamente las lágrimas se secaron.

Salí de la oficina principal donde por lo general escuchaba las aburridas explicaciones del CEO que dirigía Nefrit y caminé al lugar donde mejor solía sentirme: el taller. Cuando ingresé tomé aire y caminé hasta la mesa de trabajo de Lilia, me paré para ver cómo dibujaba un traje corto de cóctel con las mangas de fina seda transparente y carraspeé la garganta para que me mirara.

—Tendrá reminiscencias de los ochenta —comentó mostrándome la obra.

—Acabo de hablar con la madre de Víctor. Insistió mucho para que vaya a la boda—le dije sin dejar de ver el modelo en el papel—. ¿Tú irás?

—Sí, me invitaron y asistiré porque a pesar de todo quiero mucho a Víctor. —Lilia cerró el cuaderno del dibujo y puso su mano sobre la mía—. Angélica se va a poner furiosa si no te ve allá.

—Esa es la idea. —Mi voz sonaba firme, pero mis ojos suplicaban que ella fuera mi fortaleza.

—Lo haces solo por molestar a la gran dama o por que no quieres ver que Víctor está haciendo una vida lejos de ti. —Lilia podía ser los brazos donde yo me refugiaba muchas veces, pero también era el látigo que lastimaba mi ego. Ahora entiendo por qué me habló de esa manera—. Podría ser la mejor manera de cerrar este duro momento en tu vida. Piénsalo bien.

—Un tiro de gracia al pobre moribundo —dije imaginando cómo me miraría mi hermano—. Confirma que iré —respondí sin ganas y retorné a mi oficina para quedarme mirando el papel en blanco donde no pude dibujar ni siquiera una simple línea.

Ahora que veo todo desde otra perspectiva pienso que esa relación de amantes no pudo y no debió ser nunca. Teníamos todo en contra y el incesto es una institución condenada desde todo punto de vista, más aún si quienes se aman son figuras públicas como lo éramos los dos en ese momento.

Yo había salido en un informe periodístico de Sara Crispino en el que se destacaba que era uno de los empresarios más jóvenes de Rusia y dueño absoluto de una compañía millonaria, un reportaje en el que tuve que decir algunas palabras para confirmar la nueva situación de la empresa. Víctor por su parte estaba considerado como uno de los empresarios más exitosos de Europa y todos hablaban de su regreso al mundo del modelaje.

Pero ese momento de gran exaltación y orgullo todo me ardía. Mi piel, mi corazón, mis pulmones, mis irritados ojos y hasta la punta de mi cabello ardían por la ira y la desilusión que sentía. Se había burlado de mí, me había abandonado a mi suerte, me usó solo por un tiempo y me cortó los sueños de un solo tijeretazo.

Mi retorno de París se caracterizó por los vacíos que sentía en el estómago y no fueron los bolsones de aire que sacudieron el avión los que provocaron esas caídas intempestivas. Eran los recuerdos de cuando llegué al edificio donde estaba viviendo Víctor y me respondió Anya cuando me presenté en portería.

Había soñado tantas veces con llegar a la ciudad luz para comenzar a estudiar en la escuela donde Lilia se formó, leí mucha información sobre la ciudad y por instantes ya me sentía ciudadano francés caminando por las calles relucientes y visitando sus museos, llevando un enorme croissant de mantequilla en una bolsa y mi maletín lleno de telas en un portafolio.

¿Cómo iba a estudiar en París? Eso significaba que existía la posibilidad de verme con Víctor o que Anya me invitara a pasar los fines de semana con ellos. Mi razón me decía desiste y estudia en otro lugar y el corazón aún insistía en seguir viendo a quien lo había dejado en la nada.

Estaba perdido entre afrontar con orgullo mi primera herida de amor o tratar de borrar de mi vida a quien me hacía perder el sueño y la razón. Dos noches antes de la ceremonia de bodas decidí por fin que era lo que en verdad quería hacer, tomé el teléfono, llamé a Lilia y le dije que no iría a la boda de Víctor porque sería demasiado doloroso para mí. Ella dijo que me comprendía y que justificaría mi inasistencia con la novia que era la que menos merecía un trato tan hostil.

La noche anterior a la boda di tantas vueltas en la cama pensando en la forma cómo podía alejar a Víctor de mi corazón, pero como mis cerebro se negaba a descansar fui al dormitorio de mi hermano, abrí la gaveta central de su guardarropa y saqué un par de píldoras para el sueño de todo el arsenal de medicamentos que mi hermano tenía en casa. Escogí las que decían que no dejaban muchos efectos secundarios y sin leer más el prospecto del medicamento, las tragué con un poco de agua y me hundí entre las sábanas para dejar de pensar en la maldita boda.

Al día siguiente desperté con el insistente tono del celular sonando en el centro de mi cerebro. Tenía tanta pereza de abrir los ojos y tan pocas ganas de mover mi cuerpo que, si no hubiera sido por ese timbrecillo molesto, me hubiera dejado vencer por la agradable modorra que adormecía todo mi cuerpo.

Respondí y desde el otro lado la voz de Angélica Vólkova sonó como una trompeta en medio de la madrugada. Me tuve que sentar para entender bien lo que decía.

—¡¿Cómo es posible que no hayas venido a la boda de tu propio hermano?! —gritó y parecía que vomitaba las palabras—. ¡Todo el mundo está preguntando por ti y Lilia solo ha dicho que te has sentido indispuesto!

—Si quieres puedes decirles a esos todos que no me ha dado la regalada gana de ir a la boda de tu hijo. —Comencé a sacar las garras.

—¡Cómo te atreves a hablarme de esa forma, chiquillo malcriado! —Era una discusión estúpida la que ella pretendía seguir teniendo conmigo.

—Tus gritos no van a hacer que yo llegue a tiempo a la estúpida boda de Víctor —Mostré los colmillos.  

—Que ordinario que eres, no tienes nada de Nikiforov. —Enfatizó las dos últimas palabras—. ¿Qué le voy a decir a Víctor cuando pregunte por ti? Había visto tu confirmación y ahora no estas…

—Angélica ese tonto no me necesita en su boda, ni su fiesta, ni en su vida —le dije cansado de escucharla y mordiendo mis ganas de insultarla.

—Qué bueno que mi hijo se dio cuenta a tiempo que tenerte como amante fue un error. —Quedé paralizado cuando ella dijo eso. No sabía si Víctor le comentó sobre nuestra intimidad, pero amando tanto como amaba a su madre lo pensé capaz—. Y espero que nunca te interpongas en la felicidad de mi hijo y de Anya como lo hizo tu libertina madre con mi felicidad.

Más que el dolor que ya sentía por perder a Víctor me dolió la referencia que Angélica hizo de mi madre, pero como un tigre fiero defiende a sus cachorros y a su hembra tuve que defender la memoria de Ivana Plisetskaya.

No conocí a mi mamá, no pude preguntar cuanto amó a mi padre, no pude saber por qué motivo ella se acercó a un hombre con esposa e hijo, solo deduje que ambos se amaron mucho, tanto que hicieron un hijo.

—Mi madre no arruinó tu felicidad, Angélica —le dije bajando la intensidad de mi voz—. Mi padre me dijo un día que cuando conoció a mi mamá, él era un hombre triste y aburrido y que solo el amor de Ivana Plisetskaya le devolvió la vida. Miroslav Nikiforov dijo que ella fue la única mujer que en verdad amó en toda su vida y yo le creo porque el amor que le tuvo a mi madre lo mostró haciendo en su nombre toda una gran compañía de diseño y le puso por nombre Nefrit porque era la forma cómo mi padre llamaba a mi madre cuando la enamoró.  

—Estúpido mocoso insolente —Angélica bramó en el teléfono y escuchar su voz frustrada me hizo sonreír.

—Angélica ocúpate de tu vida —le dije y colgué la llamada.

No era mi deber seguir escuchando las sandeces que esa mujer tenía dentro de la cabeza y me quedé mirando la pantalla de mi teléfono, recordando las palabras con las que mi padre me habló un día de mamá y sus ojos azules que brillaban con solo mencionarla. Recordé la bella estatua que había colocado en el frontis de la casa de modas y pensé que en ese momento los dos estaban juntos amándose todo lo que en vida no pudieron amarse.

De pronto sentí un profundo abismo bajo mis pies y no supe cuál de mis sentimientos ganaba fuerza en mi pecho, si la pena intensa por haber perdido a Víctor, si el coraje por sentirme defraudado o la felicidad por haber herido a la mujer que tanto odio me tenía.

La buena señora Morosova terminó de hacer la limpieza y dejó el almuerzo preparado. Tocó un par de veces la puerta del dormitorio para decirme que ya se iba y que aún estaba caliente la comida. Agradecí su atención, la despedí y cuando ella cerró la puerta dejé que mi pena y mi rabia salieran, ahogué mis gritos con la almohada, la mordí, la estrujé, la rompí y después de mucho rato me quedé dormido. No recuerdo qué soñé.

Cuando desperté ya era de noche, salí de la cama sin ganas de hacer nada y me dediqué a atender a mi gato. Miré la habitación de Víctor, estaba completamente ordenada y tan llena de sus cosas que parecía que él hubiera dormido allí la noche anterior. Lo imaginé diciendo sus votos y cumpliendo con el ritual de la boda y cuando me vi en el espejo, quise desaparecer. Nada tenía sentido, ni mi dolor, ni mi presencia en ese departamento, ni la carrera que había elegido seguir, ni lo millones de euros en mis cuentas, ni el lujo en el que vivía. Todo perdió color.


Llevaba casi dos días completos sin dormir había repasado todos los canales de televisión viendo películas aburridas para conciliar el sueño, me propuse jugar la última versión de un videojuego de guerra, comí en exceso para provocar mi pesadez para dormir de nuevo, pero mis ojos se mantenían abiertos, mis oídos se mantenían alerta a cualquier sonido incluso las lejanas sirenas de los patrulleros parecían sonar dentro de mi habitación.

San Petersburgo se vestía de primavera y yo sentía frío en los huesos. Se suponía que había logrado uno de mis más anhelados sueños, ya era mayor de edad. Cuando era niño solía soñar que siendo mayor haría lo que me diera la gana. Comería a la hora que yo quisiera y no la horrible comida que servían en la escuela o la que imponía mi abuelo. Viajaría mucho. Pasearía en yate por el mar. Vestiría como un rebelde, dormiría todo lo que quisiera y sería también un gran rescatista de animales, piloto y patinador artístico.

No sé de donde sacaría tiempo y fuerza para hacer todo eso, pero en mi mente de niño podía hacerlo y aún me quedaría tiempo para ver mis series favoritas en la televisión. Esa primavera era ya mayor de edad, estaba estancado, no podía pensar en otra cosa que la traición y me revolcaba en mi propio sufrimiento.

Me había recostado en la cama esperando que llegara el sueño, pero fue otra madrugada más en la que veía amanecer y las imágenes de Víctor y Anya haciendo el amor en la sala se repetían en mi cabeza una y otra vez. Pedí a la señora de la limpieza que se ocupara de las necesidades de Potya y que no me pasara llamadas ni visitas y ella respondió a todos mis requerimientos con una simple afirmación.

Cansado de pensar y de sentir la misma mierda caminé hacia el dormitorio de Víctor. Ingresé con mucho sigilo como si quisiera no hacer ruido y busqué en sus cajones otra pastilla que me permitiera relajarme y descansar, una más potente que aquellas que ya había consumido. La necesitaba porque mi cuerpo estaba al borde del colapso y mi mente era azotada por imágenes, palabras, sonrisas, aplausos y música de una boda a la que no asistí.

Quería parar ese carrusel que daba vueltas y volví a mi dormitorio con un frasco de comprimidos pequeños de los que Víctor usaba para sus noches de insomnio cuando regresaba de sus viajes al otro lado del mundo y necesitaba igualar sus horarios.

Tomé dos pastillas esperando dormir por lo menos un día completo, pero a la media hora seguía dando vueltas en la cama sintiendo todos los sonidos que hacía la señora Morósova en el departamento, eran tan nítidos que parecían concentrarse en mi habitación. Abrí los ojos y tomé dos pastillas más y me quedé mirando las pequeñas salpicaduras de pintura azul sobre una base blanca del techo que asemejaban gotas de lluvia.

Mis posteriores recuerdos son demasiado confusos. Pensé que estaba dentro de mis sueños y solo recuerdo momentos muy puntuales, como si decenas de fotografías de un gran álbum pasaran con lentitud . La despedida del ama de llaves, el tibio sol de la tarde entrando por los espacios abiertos de las cortinas, el frasco de pastillas para dormir en mi mano, Potya restregando su cuerpo en mis piernas, la cocina y el agua del grifo escurriendo.

La sala vacía y yo mirando el televisor apagado. La botella de vodka y mi vaso estrellándose contra la gran fotografía de Víctor que dominaba la pared lateral y mi celular hecho pedazos. La cama parecía estar a kilómetros de distancia y el frío intenso que comenzaba a penetrar en mi cuerpo.

Me cubrí por completo con las mantas, procuré entrar en calor con mi propio aliento y me preguntaba cuándo iría a terminar ese sueño. Me abracé como si fuera un niño dentro del vientre de su madre y mi cerebro comenzó a expandirse hasta ser del tamaño de la habitación. Pensé que era un gigante y luego me sentí muy pequeño. Caí en la espiral de un interminable vértigo.

Al final, la oscuridad.

Cuando desperté me encontraba en la cama de una clínica privada con una enorme aguja traspasando la vena de mi brazo derecho, la boca me sabía a metal y mis párpados pesaban demasiado como para abrirlos por completo.

Observé mi derecha mano y no pude moverla porque la sentía adormecida. Los delgados dedos con largas uñas pintadas de tono rojo oscuro muy bien cuidadas y un gran anillo en forma de flor con un rubí interno me dijeron que era Lilia la que sostenía mi mano izquierda.

Quise hablar con ella y preguntarle qué estaba pasando, pero mis esfuerzos se fueron al diablo, mi mandíbula no me respondía o tal vez era mi cerebro el que no estaba conectando. Y tan igual que desperté me dormí otra vez.

No conté cuantos despertares viví ese día, solo recuerdo que poco a poco escuché las voces con más nitidez y pude entender las palabras. En un principio sentía que las personas me hablaban como si estuvieran bajo el agua, pero cobré conciencia el momento que escuché a Lilia llorando. Ella hablaba con Yakov desde la otra esquina de la habitación.

—Lilia, mírame —decía él con voz calmada mientras ella no podía detener los suspiros profundos y la voz ahogada—. Cálmate y dime por qué Yuri ha querido suicidarse.

—Yo no puedo… —Su voz se adelgazaba y el llanto la vencía una vez más.

—El que un hermano se aleje no puede llevar a un chico a querer matarse. —Recordé que Lilia sabía mi gran secreto—. Dime la verdad, mujer.

Yo deseaba decirle a Lilia que no le contara nada sobre mi relación con Víctor, pero mi capacidad para hablar aún estaba muy comprometida y ni un quejido pude pronunciar. Entonces ella vencida por las lágrimas comenzó a revelar el verdadero motivo por el que yo, según ellos, me quise suicidar.

Después de media hora conversando a media voz, ella había descargado toda la pena y la culpa que llevaba por dentro por haber guardado nuestro secreto. Durante un buen rato Yakov no dijo nada y eso me asustaba mucho.

—Dios santo —dijo al fin él bajando aún más la voz—. ¿Estás segura de que Víctor no lo forzó?

—No lo hizo —respondió ella entre suspiro y suspiro—. Yuri lo consintió todo y por eso cuando Víctor, movido no sé por qué, decidió poner las cosas en su lugar, Yuri sintió que el mundo se le derrumbaba y mira lo que ha hecho.

—Debo hablar con Víctor —dijo Yakov con firmeza—. Tiene que saber lo que ha sucedido con Yuri y debe darme una explicación.  

—No lo hagas Yakov. Víctor negará todo y si Yuri sabe que tú conoces ese secreto se sentirá peor —suplicó ella—. Por favor ya no digas nada. Víctor ahora está casado y ellos ya no volverán a estar juntos nunca más.

—Espero que este niño deje de cometer tantas estupideces y por fin tome el control de su vida. —Yakov se movió del sillón, se acercó a mí y me a los ojos miró asombrado—. Yuri está despertando. ¡Llama al médico!

Mi gran dama pidió que el médico tratante de la familia viniera a verme y se acercó a contemplarme. Con sus tibias manos me acarició la frente y una vez más de sus hinchados ojos brotaron las lágrimas llenas de dolor y amor.

—No estás solo cariño, yo estoy aquí contigo —me dijo y me dio un beso, pude sentir el suave aroma de su perfume a lilas y quise abrazarla, pero mis brazos estaban atados a los costados de la cama—. Yo no te voy a dejar.

Quería decirle que no había intentado suicidarme, que fue solo un descuido y una confusa estupidez de mi parte. Quería que supiera que, si bien mi vida era una mierda en ese momento, yo no quería renunciar a ella y mucho menos por un estúpido cobarde como Víctor. Pero cuando se lo pude decir Lilia no me quiso creer. No la culpé las circunstancias apuntaban hacia mí como el único responsable de semejante tontería.

Después que el doctor revisó mis ojos, mi boca, mi nariz, mi historia y mi corazón, después que me miró con cara de reprobación y después que escribió algo en la tableta donde anotaban mi evolución pidió a Lilia y Yakov que salieran con él para conversar.

Estuve tres meses internado en la exclusiva clínica, descansando, desintoxicándome y engañando al terapeuta para no contarle mi verdadera historia. Lejos de Nefrit, del deprimente departamento de Víctor, de la presión de la empresa y de las expectativas que los demás tenían sobre mi futuro. Estuve en un tratamiento de sueño, sumergido en la nada, extrañando a Lilia por las mañanas, a mi amado Potya por las tardes y a Víctor por las noches.

Ese tiempo me sentí como si estuviera suspendido en una gran nube y no quería bajar de ella. Los médicos, las enfermeras y hasta los asistentes me miraban con pena y me trataban como un niño pequeño. Yo me estaba acostumbrando a ese trato y es que me provocaba una sensación de alivio a mi verdadero dolor; pero una voz fina y casi imperceptible susurraba desde mi interior y me decía que la vida era más que sentir compasión por mí mismo y buscar la solidaridad de los demás provocando lástima.

Yo odiaba a esas personas que en las redes y los medios exponían sus problemas para llamar la atención de los demás, para que todos les dijeran que los apoyaban, que estaban con ellos, que les causaba pena su dolor, incluso aquellos que no sabían quién carajo era el tipo o la tipa que escribía o contaba su triste historia.

Sin embargo y casi sin proponérmelo caí en la tentación de hacerlo. En especial cuando Lilia estaba junto a mí, yo me convertía en un pequeño de cinco o seis años junto a ella, en un inválido, en un pobrecito que necesitaba que le pongan babero y le cambien el pañal. Durante muchas semanas jugué a la víctima y me gustó mucho porque sentía que podía regocijarme en mi pena y que los demás también me querrían más por ello.  

Pero un día ingresó en mi habitación la voz de la razón.

—Yuri Nikiforov te van a dar de alta mañana. —Yakov sostenía esa mirada severa, incluso la observé más dura que en otras oportunidades—. Vivirás con Lilia hasta que puedas volver a caminar, a comer, a limpiarte tú mismo las babas y el culo, cuando vuelvas a sostenerte como un hombre, des de comer a tu gato y limpies toda la mierda de su arenero.

—Yakov, me siento muy mal. —Mi corazón se partía y ese dolor me provocaba cansancio y desgano absoluto.

—No Yuri, tú solo quieres dar pena y no luchar esta batalla —me dijo mirándome más de cerca—. El médico dice que no tienes nada malo ni en el cuerpo ni en la mente, pero si quieres seguir sufriendo por algo que era inevitable, ese es tu problema.

No estaba medicado, no sufría depresión. Solo sentía una pena profunda y una gran ira que me consumía por momentos y no sabía cómo combatirlas. Si seguir llorando por lo que me ocurrió y sentirme engañado y miserable o golpear todo lo que se me pusiera en frente para descargar mi ira por haber hecho el papel de estúpido.

Lilia no me dejó solo ni un instante y el día que fui a recoger mis cosas al departamento de Víctor, me siguió por todas las habitaciones ayudándome a acomodar mis pertenencias en las maletas. Ella me prestó su hombro y sus brazos el momento que me despedí de ese hermoso lugar que fue mi hogar y mi nido de amor. Me puse a llorar como un bebé con frío. Ella lloró conmigo y sostuvo mi brazo mientras yo cargaba con cuidado la jaula de mi gato.

Potya y yo llegamos a la casa de Lilia a finales del mes de agosto y lo primero que vi en la mesa fue una gran torta de cumpleaños, porque según Lilia debíamos festejar mi renacimiento. Agradecí ese gesto tan maternal y me instalé con todas mis cosas en una bonita habitación que ella me dio.

En casa de Lilia, Potya y yo parecíamos dos fantasmas, metidos en el dormitorio casi todo el día, sin querer ver la luz del sol, sin escuchar música, limitados a comer, beber y dormir. Dos entes que parecían no tener cuerpo y cada vez que nos levantábamos de la cama hacia la cocina espantábamos a las señoras de servicio que trabajaban en la casa de mi madame Varanovskaya.

Ese tiempo no conversé con nadie que no fuera Lilia, incluso me alejé de Otabek y de Mila; no quería preocuparlos con mis problemas y mucho menos saber que les podría inspirar pena. Lilia fue muy paciente y en silencio esperó que yo hiciera la siguiente jugada. Ese tiempo de silencio me hundí hasta el fondo de mi miseria, hasta ver la verdadera cara de mi dolor y mi enojo, hasta que sentí que no podía respirar porque por fin pude ver mi peor temor hacerse realidad.

Me pregunté quién era y me dije que era un hombre dormido que soñaba que era un niño. Entonces sentí que era tiempo de despertar.  

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 72

  1. Ayyy nooo que triste, me leí el capi escuchando the one that got away cover de Brielle von hugel…
    IN ANOTHER LIFEEE, WE KEEP ALL OUR PROMISES, BE US AGAINST THE WORLD, IN ANOTHER LIFE I WILL MAKE YOU STAYYYYYYY….
    I SHOULDVE TOLD YOU WHAT YOU MEANT TO ME NOOOOOOO

    Me gusta

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