Un tiempo que se agota


Faltaban un día para la pascua de reyes, la casa lucía silenciosa como nunca. En otras épocas el alboroto de los niños se mezclaba con la algarabía de los adultos que hacían los preparativos para ese día de fiesta.

Por el nevado camino una carreta sencilla se abría paso y los poderosos caballos remontaban los montículos de nieve que se habían acumulado la noche anterior. Usando el catalejo de Víctor el abuelo Nikolai observaba el extraño vehículo y sobre él creyó distinguir la gran nariz del señor Nazarov, inconfundible a pesar que el hombre estuviera cubierto con la ushanka y una gruesa capa sobre el abrigo.

—¡Mirko! —advirtió el abuelo de Yuri—. ¡El mensajero está de regreso!

Miroslav y Yakov salieron presurosos a recibir al cansado señor Nazarov y cuando el hombre bajó de la carreta le ofrecieron una buena copa de vino caliente y un buen plato de bortsch que la diligente cocinera preparó para la ocasión.

—Señor Nikiforov —dijo casi desfalleciente el hombre mientras apuraba el segundo sorbo de vino—. Tienen que salir de inmediato. No queda tiempo que esperar.

—¡¿Qué ha sucedido?! —Miroslav miraba con temor los ojos del hombre y sus manos temblorosas.

—Cuando salí de la naviera unos hombres me detuvieron y revisaron todos los documentos, me hicieron muchas preguntas, me golpearon y me cortaron dos dedos. —El señor Nazarov se quitó el guante y mostró sus heridas—. Pero le juro por dios todo poderoso que no dije nada, señor.

Las lágrimas del hombre se precipitaron a raudales e hizo falta mucho vino para tranquilizar su atormentado corazón. Luego de dos copas y sintiendo que el calor de la chimenea relajaba sus músculos adoloridos el señor Nazarov prosiguió.

—A la siguiente mañana me soltaron y me devolvieron todas mis cosas. Un hombre muy alto me pidió disculpas por lo sucedido y me dejó cerca de la parada de coches. —El señor Nazarov se quitó el grueso gorro negro que le cubría la calva y repasó su mano un par de veces sobre su rostro—. Desde que llegué al pueblo me di cuenta que unos hombres de la guardia me habían seguido. —El mayordomo volvió a temblar de pies y a cabeza y no era el frío el que provocaba sus espasmos—. Lo supe cuando vi desde el hospedaje de la señora Rupinova que los vecinos los miraban extrañados.

—¿Tú crees que te hayan seguido hasta aquí? —Yakov estaba tan aterrado como cuando era niño.

—Espero que no se hayan dado cuenta que me cambié de ropa y alquilé el carro de un leñador —advirtió el hombre.

—Tal vez no se dieron cuenta por ahora, pero les va a ser fácil preguntar, secuestrar y torturar a los dueños de esa pensión. —Nikolai estaba al tanto de los crueles procedimientos que los hombres de la facción roja usaban cuando querían encontrar a los aristócratas—. Son unos asesinos crueles que matan a los hombres y mujeres que se oponen a las órdenes de su líder. Después de todo él ha dicho en uno de sus discursos que para salir con la victoria van a usar el terror más despiadado.

Miroslav no se detuvo a pensarlo, de inmediato ordenó a Georgi que preparase los dos carros para salir esa misma tarde. Todas las pertenencias que pudieron llevar consigo fueron montadas en otra carreta. Los libros contables y del pago de salarios fue firmado por última vez por los empleados, entre ellos figuraban los nombres de Yakov como segundo mayordomo y de Lilia como un ama de llaves más.

—Señor aquí están los papeles, son siete pases en barco y el cargo por el bebé lo cobrarán ese mismo día. —Con la mirada fija en los leños de la chimenea el señor Nazarov alcanzó todos los papeles y tomó el último sorbo de vino.

Al ver todo el alboroto que se formó por la llegada del mayordomo, Víctor preguntó a su prima Ivanna qué estaba sucediendo y ella le pidió que alistara sus cosas porque esa tarde dejarían la casa pues unos hombres malos estaban cerca.

Víctor palideció al escuchar la noticia. Fue tanto el dolor que sintió en el corazón, que volvió corriendo al salón de juegos para buscar a Yuuri. No sabía cómo podía hacer para que el pequeño lo siguiera en el viaje.

—Ven conmigo Yuuri nada te va a pasar —le juro varias veces al ver la negativa del tímido niño.

—No puedo irme de esta casa Víctor —Yuuri también sentía que la angustia capturaba cada pedacito de su ser y por primera vez en mucho tiempo sintió que el cuerpo le dolía.

—Sígueme hasta el bosque, allí debe haber un camino hacia un lugar que tal vez tú reconocerás —afirmó Víctor y lo tomó de la mano.

Junto a él salió de la casa y comprobando que nadie lo veía corrió hacia el lago. Cuando llegaron a la orilla paró para descansar y mirando el bosque que se levantaba cerca volvió a tomar la pequeña y fría mano de Yuuri y sin mirar atrás corrió hacia los árboles.

Víctor estaba convencido que si Yuuri llegaba al sitio que recordó en sueños unas noches atrás tal vez podría saber en sueños cómo buscar el camino para encontrar a su mamá.

Era tal la angustia que Víctor sentía por llegar rápido y explicarle a Yuuri qué estaba pensando, que durante un buen tiempo no se dio cuenta que Yuuri había desaparecido y cuando notó que su mano se cerraba sobre la nada, frenó en seco y buscó con la mirada a su compañero de juegos.

Durante más de tres horas Víctor buscó a Yuuri en el bosque y por un instante se sintió perdido; mientras que en casa todos lo buscaban angustiados. Los coches estaban esperando por él y el camino hacia el sur sería algo largo así que tenían que partir ya si no querían detenerse hasta el siguiente día.

A punto de estallar en llanto por la impotencia de no encontrar a su hijo, habiendo rebuscado en toda la casa e incluso en ese lugar secreto del armario Miroslav tomó la decisión de ir hacia al bosquecillo. Tal vez Víctor se escondió entre los árboles.

Cuando el cansado y angustiado hombre llegó a las inmediaciones del lago vio que su hijo salía del sotobosque y corrió a darle en alcance.

—¡Camina rápido que nos vamos! —Mirko estaba molesto pues sabía bien que Víctor no tenía muchas ganas de dejar la casa y pensaba que había retrasado el viaje a propósito.

—Pero papá Yuuri aún no ha encontrado su camino a casa y yo quiero… —Víctor intentó explicar sus razones, pero sintió las fuertes manos de su padre cerrarse con violencia sobre sus hombros. 

—¡Los guardias de la facción roja están a punto de llegar a la finca y tú solo piensas en un niño que es una leyenda o que tal vez está solo en tu cabeza! —Miroslav sacudió a Víctor varias veces mientras éste lo miraba espantado—. ¡¿No sabes que si no nos vamos ahora podrían matarnos?! ¡¿No te importa tu madre, Yakov o Lilia?; ¿no te interesa lo que le pudiera pasar al abuelo Nikolai, a Ivanna o al bebé?!

Miroslav haló a Víctor con tanta fuerza que el muchachito parecía volar sujeto por su fuerte mano. Sentía que el brazo se le partía y que el corazón se le salía del pecho porque no sabía qué era más importante, si ver a esos guardias rojos o dejar a Yuuri solito en la mansión.

Víctor quería llorar, pero mordía sus labios conteniendo su temor, su rabia y sus lágrimas. Si hubiera podido se habría partido en dos. Una mitad se quedaría para proteger y acompañar a Yuuri y la otra se iría a donde fuera con sus padres.

Cuando llegaron a la casa las sombras de la noche caían sobre el camino y una suave nevada comenzó a cubrir de nuevo el prado. Víctor enfrentó las miradas de temor y reclamo de los mayores y bajó la suya sintiendo que había hecho mal.

—Tendremos que retrasar la salida hasta mañana —dijo Yakov mirando molesto a Víctor.

—Saldremos por la madrugada —afirmó Nikolai entrando a la mansión.

—¡Ve a cambiarte de ropa y hoy no cenas! —Miroslav tenía que descargar toda la angustia, el miedo y la frustración que sentía de alguna manera y la terca actitud de Víctor fue su mejor excusa porque cuando le dio la orden, como nunca lo había hecho antes, lo empujó.

Víctor subió por las escaleras a quitare la mojada ropa y Lilia subió con él para calmarlo. Entendía que los varones habían sido muy severos y motivos no les faltaba, pero necesitaba que Víctor estuviera bien y tranquilo para las horas que se les aproximaban.

—No te enojes con tu padre Víctor —la dama acarició la suave cabellera plata y el enrojecido rostro del niño—. Solo está tratando de proteger a los que ama.

—Lo sé —respondió el muchachito y entró en su cuarto para sacarse toda esa ropa llena de hielo, hierbas y barro.

Sintiendo la calidez y comodidad de la ropa limpia Víctor salió a hurtadillas de su habitación, bajó al sótano y caminó sin hacer ruido hasta llegar frente al armario. Cuando vio el espejo posó sus manos sobre él y se dejó caer. Quería llorar, quería entrar a la fuerza, quería sacar de nuevo a Yuuri y atarlo a su corazón para que no desapareciera. No se dio cuenta lo agitado que estaba y lo dura que tenía la mandíbula. La densa bruma se reveló una vez más y vio la sombra de Yuuri que arrimado a un costado se abrazaba a sí mismo.

—Yuuri ven —le dijo intentando mantener la calma.

Yuuri se aproximó al espejo y posó sus manos sobre las de Víctor y contagiado por la agitación y el miedo que Víctor sentía se puso a llorar. Víctor intentó acariciar su cabecita; pero sus dedos chocaron contra el vidrio.

—Yuri sal —le dijo, pero el niño se negó—. Tenemos esta noche para que pueda dormir y entrar al espejo y encontrar ese camino. Te juro que ya estoy a punto de saber por dónde bajar.

—Víctor… si encuentras a mi mamá —Yuuri suspiró pesadamente—, igual te irás.

—Pero ya no estarás solito. —Víctor no perdía la esperanza y pedía a los ángeles que le ayudaran a enfocarse en ese camino que desaparecía en la bruma.

Limpió las dos lágrimas que pendían de sus párpados, apagó todas las velas del candelabro y aunque el estómago le sonaba, decidió dormir temprano y soñar con ese espejo y entrar junto a Yuuri y buscar ese camino oculto y llegar al lugar que estaba imaginando debía llegar el pequeño en ese mundo fantasmal. Cuando llegase a la puerta llamaría a gritos a la mamá de Yuuri y si nadie escuchaba llamaría al mismo dios para que ayudase a su querido amigo.  

Tal vez fue por el cansancio o el llanto, el sueño lo abrigó rápidamente con su suave manto y lo transportó hacia el espejo. Víctor entró en él, buscó a Yuuri pero no lo halló entonces miró sus pies y comenzó a caminar sobre la tierra y conforme avanzaba vio que pisaba unas piedra rojas, blancas y negras y que la niebla se levantaba.

Había encontrado el camino, pero la niebla le impedía seguir avanzando y ver hacia dónde se dirigía, estaba más densa y oscura que otras noches y otros sueños y hasta la sentía más fría.

Víctor sintió la necesidad de encontrar a Yuuri para decirle cómo había logrado encontrar esa vereda o dejarlo en ella para que se guiara por el camino que las mismas piedras marcaban y a dónde lo llevaría ese sendero empedrado, pues mirando los detalles del lugar el chiquillo comprendió dónde en verdad se encontraba varado Yuuri.

Pero Víctor no lo encontró y angustiado lo comenzó a llamar hasta que escuchó su voz en el oído, retornó sus pasos, salió del espejo, subió hasta su habitación y se vio a sí mismo durmiendo sobre a cama.  

Cuando despertó Yuuri estaba junto a él llamándolo y señalando la ventana. Tiró las mantas a un costado y al descorrer las cortinas vio que a lo lejos algunas luces avanzaban hacia la casa sin detenerse en el camino.

Un enorme vacío pareció tragar el estómago de Víctor y con angustia corrió en medio de la oscuridad hasta llegar a la habitación de su padre, abrió la puerta sin tocar, saltó sobre él, lo sacudió un par de veces y con voz temblorosa dijo al oído:

—Soldados rojos…

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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