Una noche de terror


La voz de Miroslav llamando a las puertas de los dormitorios despertó a los residentes de la mansión, quienes siguiendo estrictamente sus órdenes no encendieron ninguna lámpara. Iluminados por la débil luz de algunas velas se pusieron la ropa de abrigo y decidieron salir en silencio hacia las caballerizas. Era imprescindible huir.

Pero el hombre con mayor experiencia habló usando la voz de la razón.

—Mirko nos van a capturar en plena huida. No tenemos posibilidades ante esos lobos de presa. —El conde Plisetsky no necesitó pensar mucho para saber cuál sería la mejor solución—. Sugiero que Víctor e Ivanna tomen un par de caballos y se alejen.

—¡Padre! ¡No! —Ivanna se negó a obedecer mientras daba el seno al bebé para calmarlo.

—¡No hay otra forma! ¡Yo estoy muy viejo y solo seré una carga! —Nikolai tomó del brazo a su hija y le dio una bolsa llena de joyas—. ¡Angélica está muy enferma y Mirko jamás la dejará! ¡¿Qué otra opción es mejor?!

—Tal vez ninguna, conde Plisetsky —interrumpió el mayordomo—. Los hombres de la cheka están rodeando la mansión.

La fatalidad había caído sobre la gran propiedad de los Nikiforov y ésta dejó de ser el palacio veraniego de la familia para convertirse en la trampa dorada donde quedaron todos atrapados.

—Voy a tratar de razonar con ellos. —Miroslav observó a todos con dolor, irguió el pecho y bajó las escaleras con pasos firmes—. Voy a pedirles que por lo menos deben darles una oportunidad a los niños.

Yakov bajó tras de él; pero Miroslav lo detuvo en medio de las escaleras para recordarle el pacto.

—Un sirviente de la casa Nikiforov debe ser proclive a la revolución para cumplir con objetivos superiores, señor Feltsman.

Yakov recordó la promesa que le hiciera días atrás. Él y Lilia debían hacerse pasar por simples empleados y sobrevivir para encargarse de Víctor. Todo cobraba más sentido en ese instante aciago, si ellos apoyaban a los soldados de la cheka y su querido amigo Miroslav convencía que dejen vivir a Víctor, se harían cargo de él y lo llevarían a América.

—Mirko todos estamos condenados y discutiendo de esta manera solo perdemos tiempo, ¿crees que tendrán piedad de nuestros niños? —Nikolai mordió sus labios para detener la sonrisa irónica que se formaba en ellos—. Estos hijos de puta no tuvieron piedad con el hijo enfermo del zar, ni siquiera dejaron con vida a los galgos de los Rómanov y los desollaron vivos.

Todos quedaron callados, mirándose a los ojos sin saber qué hacer. Pero el corazón de Lilia propuso otra solución.

—Miroslav dame los papeles del viaje, Ivanna trae el equipaje del bebé y ven conmigo. Tú también Víctor.

Todos obedecieron como si fueran niños pequeños y acompañaron a la dama hasta el sótano. Una vez dentro del depósito Víctor abrió el mecanismo de la portezuela que cerraba ese lugar oculto tras la alacena. Tal como le había enseñado el joven Georgi introdujo un largo desarmador por el agujero del costado y cuando los pestillos de seguridad saltaron la puerta del escondrijo se abrió.

Lilia ordenó a Ivanna que entrase al fondo, pero el espacio entre el mueble y la pared era muy estrecho para que ella pudiera caber. Intentó entrar sentada sobre sus rodillas y lo intentó de costado, pero no pudo entrar. Víctor, en cambio, sí cupo y solo había espacio para alguien más.

Nikolai acarició el pequeño mechón rubio que apenas sobresalía de la mollera de su nieto y con firme mirada incentivó la valentía de su joven sobrino. —Se un buen hermano para Yuri.

—Hijo —Angélica estrechó entre sus débiles brazos a Víctor y le dio un beso en cada mejilla—. Te amo —no dijo más y se alejó para que sus lágrimas no quebraran el espíritu valiente de su muchachito.

—Vitenka vamos a alejar rápidamente a estos hombres, lo más probable es que nos arresten y nos lleven a una prisión y con el tiempo luego de cumplir nuestras condenas podremos salir y te voy a buscar. —Miroslav tenía que decir algo que diera esperanza a su hijo para que pudiera resistir las horas de dolor que le esperaban; aunque él sabía que le estaba mintiendo—. Te irás con Yakov y Lilia y luego de unos años nos volveremos a ver.

Con el corazón rompiéndose, Víctor entró a ese estrecho espacio de la alacena y acomodó unas mantas en el rincón más oculto para dejar que el bebé durmiera sobre ellas. Ivanna dejó de amamantar al bebé y con el dolor creciendo en sus entrañas se puso a llorar en silencio cuando vio los ojitos de su pequeño cerrarse por el sueño.

—Víctor cuida al bebé por favor. —Ivanna dejó a Yuri en brazos de Víctor y acomodó a un costado algo de ropa y dos mamilas llenas y, con un beso amoroso sobre su frente, se despidió.

—Papá, mamá… —Víctor tenía tanto miedo que las palabras quedaron atascadas en sus labios y solo se limitó a mirarlos con doloroso amor.

Los adultos deslizaron la portezuela dejando a los niños cerrados dentro de una absoluta oscuridad. Subieron al primer nivel, se detuvieron en la antesala y entre abrazos se dijeron hasta pronto. Las descargas de los fusiles interrumpieron la despedida y el sueño de los trabajadores quienes saltaron en sus camas sin entender qué estaba pasando.

—¡Abran las puertas, puercos burgueses! —gritó un hombre de voz grave mientras golpeaba las puertas de la mansión.

—¡Somos los soldados de la revolución! —añadió otra voz varonil.

—¡Muerte a los asquerosos burgueses que esclavizan al pueblo! —Una mujer rompió con la culata de su fusil los vidrios de una ventana.

Miroslav se puso al frente de la familia y salió con el rostro en alto dispuesto a colaborar con los fieros hombres. Al ver los encendidos ojos de esos hombres y esas mujeres distinguió fácilmente el odio y la venganza en sus pupilas; sin embargo, conservó la calma.

El más alto de todos apuntó contra su frente y entró en la antesala empujándolo con su caliente arma. Los demás entraron tras de él y al ver a la familia reunida en las escaleras se lanzaron sobre ellos con los fusiles en ristre y las bayonetas preparadas para cortar venas, músculos y piel.

—¡Así que aquí se escondían estos cerdos malditos, explotadores y abusivos! —Un menudo hombre salió dentro de todos esos soldados de amplias espaldas y gran estatura.

—¿De qué se nos acusa? —Miroslav lo miró sin pestañar mientras se ponía como escudo de los demás.

—De pertenecer a una clase odiada por el pueblo que debe desaparecer —dijo el menudo hombre quitándose la gorra y mostrando una gran cicatriz en la cabeza calva.

Miroslav y Nikolai entendieron que no tendrían juicio y que tampoco irían a una prisión. Tomaron de la mano a las damas y siguieron el camino que los fusiles señalaron. Otros hombres comenzaron a revisar las habitaciones y sacaron de sus dormitorios a los empleados hasta llevarlos a la puerta de ingreso y ubicarlos frente a la familia Nikiforov.

—¿Quién de ustedes está a cargo? —preguntó el más joven de todos los soldados.

—Yo estoy a cargo de la mansión. —El señor Nazarov salió al frente deteniendo a Yakov que estaba a punto de hablar.

—¿Has servido a estos puercos burgueses sin plegarte a la revolución? —inquirió otra mujer, la más delgada de todas.

—Siempre serví a la familia y hace poco llegué con ellos a esta mansión, no sé qué más hacer pues desde niño me enseñaron a servir a los señores; contraté a toda esta gente en los pueblos vecinos para que me ayudaran este invierno y como no hay trabajo y estaban hambrientos aceptaron, pero los señores iban a dejar Rusia para no volver. —El señor Nazarov trató de enmendar su indiscreción que lo obligó a delatar a la familia frente a los oficiales a cargo de la cheka.

—¿Todos fueron contratados por este hombre? —preguntó el menudo líder calvo y vio con detenimiento que todos asintieron ante sus ojos—. Desde ahora ya no servirán más a ningún patrón o amo, desde ahora sus vidas se dedicarán a servir a la causa de la revolución y juntos construiremos una gran nación libre, sin malditos burgueses que se llenen las panzas con el hambre del pueblo.

Todos escucharon callados la arenga y asintieron a cada palabra que el hombre pronunció y tal como habían acordado, Yakov y Lilia también asintieron.

—¡Ahora vamos a juzgar a estos perros burgueses y será el pueblo quien decida qué haremos con ellos! —afirmó otro soldado de mediana estatura y que llevaba un parche en el ojo.

Y sin jueces ni abogados el juicio comenzó.


Dentro del armario Víctor temblaba, sostenía a Yuri en los brazos y pensaba en sus padres. Se preguntaba cómo serían esas cárceles a donde los llevarían y si le darían medicina a su mamá para que no sintiera dolor y trató de recordar todo lo que hizo las horas anteriores hasta que una intensa punzada atravesó su corazón.

«Si no hubiera ido al bosque…», comprendió que su tardanza los obligó a quedarse unas horas más. Víctor bajó la cabeza y con la punta de la culpa atravesada en el pecho se puso a llorar.

De pronto el oscuro compartimento se iluminó y Yuuri se hizo presente con sus ojitos tristes y con sus manos frías. Se acercó a Víctor y lo abrazó mientras acariciaba suavemente la cabecita de Yuri que seguía durmiendo.

—Están en la entrada —comentó Yuuri en voz muy baja.

—Quiero verlos —dijo Víctor mirando la rendija de la puerta.

—No vayas tienen armas —Yuuri estiró los brazos intentando decir cuán grandes eran los fusiles que vio.

Víctor se asustó y pensando en lo peor recordó las palabras del abuelo Nikolai. “¿Crees que tendrán piedad con nuestros niños?… Ni siquiera dejaron con vida a los galgos de los Rómanov”.

Una nueva preocupación se introdujo en el corazón de Víctor: Makkachin.

Con mucho cuidado acomodó a Yuri sobre las mantas y lo cubrió. Con el movimiento el bebé bostezó e intentó abrir los ojos, pero Yuuri le puso la mano sobre en la cabeza y lo calmó. Su energía relajó al pequeño y lo hizo entrar en un suave sopor que profundizó su sueño y evitó que su fuerte llanto revelara su escondite.

—¿Qué haces Víctor? —Yuuri miró espantado que su amigo activaba el mecanismo que abría la portezuela.

—Voy a esconder a Makkachin para que los soldados no le hagan daño —dijo el chiquillo con determinación, mientras su pensamiento volaba hasta las caballerizas imaginando alejar a su amigo para que nadie lo encontrara, tal vez lo dejaría en el bosque y después que esos hombres se fueran regresaría por él—. Quédate con Yuri y no dejes que llore… ya vuelvo.

Yuuri no pudo detener el impulso de Víctor y se quedó cuidando al bebé cuando él salió. Pidió a ese dios al que rezaban las personas de esa casa que cuide a su amigo y esperando su retorno se acostó junto al pequeño Yuri.

Viendo que todos los soldados estaban en la puerta de la casa, Víctor corrió hacia las caballerizas y comenzó a ensillar un caballo, estaba dispuesto a subir en él junto con Makkachin y alejarse siguiendo el camino hacia la taiga. Jamás dejaría que esos hombres le quitaran la piel a su querido amigo y al pasar el peligro buscaría a Lilia y Yakov.

De pronto el sonido de unos pasos fuera de las caballerizas congeló su sangre y, tomando al caniche por el collar, se internó en los establos y se perdió bajo una enorme pila de heno.


En la puerta de la mansión el juicio terminó.

—Ustedes son enemigos del pueblo y en su nombre decretamos que deben morir porque son unos perros burgueses que por siglos han matado de hambre a los pobres. —Una mujer algo robusta dictó la sentencia—. ¿Hay alguien que se oponga?

Todos los servidores callaron y, con los fusiles en mano, los soldados de la cheka los obligaron a ir a la gran biblioteca donde la mujer más delgada se encargó de darles una lección sobre su deber como gente pobre y proletaria y el papel que tendrían en la nueva nación.

Antes de entrar en la mansión, Yakov y Lilia intercambiaron una última mirada con la aterrada familia y con un ligero movimiento de ojos prometieron cumplir el gran encargo de cuidar a esos dos pequeños que esperaban dentro de un sótano oscuro y frío y en pocos segundos desaparecieron junto a los demás.

Resignados a su suerte la familia siguió a la mujer robusta y tras de ellos tres hombres caminaron apuntando sus armas a las cabezas. Con entumecidos pasos caminaron rumbo al helado lago y sin poder echar la vista atrás soportaron los empellones, insultos y golpes de los hombres que los conducían a su ejecución.

A cien metros de haber cruzado el puente, una estruendosa voz detuvo su andar y un hombre muy alto, de torso macizo gritó al cortejo mortal.

—¡Oigan miren lo que encontré entre los caballos!

Todos voltearon al escuchar la potente voz del verdugo y se quedaron sorprendidos al ver que sujetaba dos bultos retorcidos con sus grandes y torpes manos.

Miroslav sintió un potente chorro de agua helada recorriendo su interior, Angélica se desvaneció, Nikolai se tomó el pecho e Ivanna con los ojos desorbitados observó las manos del recién llegado.

—¡Este bastardo estaba queriendo huir al bosque!

«¡Víctor… no!», Miroslav gritó en su interior y cayó de rodillas al reconocer la larga cabellera plateada de su amado Vitenka.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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