Capítulo 11: Nudos rotos


Cuando Víctor abre los ojos, sabe que ha cometido un terrible error. No solo por el dolor de cabeza que lo invade de inmediato o por esa sangre algo pegajosa que logra sentir pegada a su cabello… Es por el escenario desconcertante que se abre ante su vista, por sentirse tan fuera de lugar, tan confundido. El amarre en sus muñecas, mismo que le corta la circulación e impide su movimiento, no logra más que acrecentar su pánico, ese deseo de rebobinar el tiempo para hacer las cosas de manera diferente, para escuchar el pinchazo de presentimiento que le advirtió a tiempo que no debía seguir al hombre, que no debía permitir que lo llevara a su territorio, donde claramente estaba en desventaja ante cualquier ataque. Sin embargo, la sola mención de Yuuri, la sola ilusión de conocer la identidad de esos hijos de puta que se habían atrevido a lastimarlo, fue más que suficiente para acallar ese atisbo de razón y cegarlo ante él…

Él… y de pronto se volvieron ellos. Dentro del pánico que me agitaba, que me impedía poder escapar ante la presión en los hombros que me arrastraba, de pronto los vi a todos multiplicados. De ser uno, dentro del callejón se volvieron cinco. Y todos me parecieron iguales: con el mismo largo y color de cabello, con la misma estatura y la misma sonrisa chueca, los ojos idénticos, gélidos reflejos verdes sobre los cuales pude verme reflejado… Y me vi como ellos lo hacían, como un hombre con precio, una bolsa de carne a la cual había que golpear por parecerles despreciable, por hacer cosas que los hombres no debían.

Me agité aterrado al escuchar su risa, al sentirme rodeado ante ese tumulto de odio y rabia que formaron a mi alrededor. Entonces vino el primer impacto…

Un impacto en la cabeza con una vara de metal, eso había ocurrido con Víctor, eso había sido imposible para él evitar. El golpe le dio de lleno, con la suficiente fuerza para que perdiera la consciencia al instante. El desconocido solo había esperado el momento indicado, cuando ambos se adentraron a una zona de construcción donde la poca concurrencia le hizo fácil su trabajo. Él insistió en llevar a Víctor a ese sitio bajo la excusa de que era peligroso hablar en un lugar público, porque podrían ser vistos por quienes habían atacado a Yuuri y que ahora lo vigilaban a él. Víctor no pudo darse cuenta que esos ojos verdes que lo miraban cuando la vara fue alzada entorno suyo habían observado a Yuuri palidecer, gritar, sangrar…

Y caí de rodillas, con un quejido sordo. Mi cabeza retumbó en un movimiento perpetuo, constante, que se mantuvo alzado cuando el siguiente golpe cayó de nuevo sobre mí y me rompió la quijada. El tercero fue sobre la nariz. El cuarto contra un costado donde estoy seguro escuché alguna costilla quebrarse. En ese punto ya no deseé saber más, perdí la cuenta cuando los cinco hombres se dejaron de modales y turnos y se vinieron contra mí en manada, con golpes dados en tumulto, más impactos que se repetían como respiraciones eran necesarias para ellos.

Yo me había enroscado en el suelo, en un desesperado intento porque mi cuerpo protegiera a mi cuerpo. Pero, por supuesto, eso era inútil, cada parte mía a su disposición fue quebrantada a puño limpio y con algunas varas metálicas que me hacían retumbar desde las entrañas.

Y más que gritos y dolor, solo lloré porque un único nombre vibraba en mi cabeza con cada golpe. Era consciente que en ese punto cualquier intento era imposible y pensaba que, tal vez si me quedaba quieto, ellos me dejarían en paz más pronto.

Por lo menos fui yo y no Víctor…

Quien nota a un hombre que comparte la habitación con él. Si bien esa sala desordenada le resulta por completo ajena, Víctor sí reconoce de inmediato al hombre de cabello rubio y cuerpo robusto que lo atacó. Quisiera hablar y hacerle tantas preguntas, exigirle tantas explicaciones, pero la mordaza sobre su boca le hace entender que ni siquiera vale la pena el intento.

Más que miedo, el pálpito sobre su corazón es producto de la angustia, porque para Víctor las cosas se han vuelto más oscuras: así no le es posible dimensionar el peso de lo que está ocurriendo, pero puede presentirlo sobre cada vello de su piel que se eriza. Por eso no teme por sí mismo, sino por esa persona cuyo nombre no deja restregarse contra su cabeza de manera dolorosa. Piensa en él, sospecha, intuye… Y es ahí cuando de verdad su corazón se agita en terror y rabia.

El hombre le da la espalda, parece no haber notado que ya recobró el conocimiento. Se encuentra observando entre un espacio que él mismo hace al separar las cortinas oscuras de la ventana, mismas que le dan un aspecto nocturno a la sala cuando la luz que se filtra de fuera deja muy en claro que todavía es de día.

Víctor escucha su voz vibrar bajo en el aire. El hombre conversa. En un principio cree que habla con él o lo hace solo, pero un vistazo más a detalle le permite notar que realmente sostiene un celular contra su oreja.

Entonces escucha…

Algo dentro de mí reventarse. Una y otra vez, con cada golpe, con cada insulto que se han tomado el tiempo a dedicar. Lo hacen en inglés para que pueda comprenderlos, para que nada de todo su desprecio se me escape y aprenda que toda la agonía es por haber amado a otro hombre. Un amor que me mataba de forma literal. Un amor que me desgarraba desde fuera hacia adentro…

Sin embargo, pese a todo, aun cuando los huesos tronaban y mis órganos estallaban, nunca podría arrepentirme de ese amor y de todo lo que le entregué a Víctor por él. Es su solo recuerdo el que me inspiraba a respirar, aunque una parte de mi cuerpo ya no deseaba hacerlo. Un cuerpo que se había cansado ya del maltrato y del dolor; un cuerpo que yacía en el suelo roto, sangrante, moribundo…

—No, sigue vivo —El hombre habla y Víctor escucha. El primero parece tomarse la libertad de hacerlo al creer que nadie lo escucha además de su interlocutor—. Por ahora está bien cuidado por nosotros, pero no seremos tan amables si te sigues negando al pago de nuestro trabajo. Hemos sido pacientes. Sabemos que es importante para ti. Muerto no te va a servir de mucho.

El hombre se aleja unos pasos de la ventana y gira su cuerpo para finalmente descubrir que Víctor ha despertado. Y que lo observa. Lo escucha. Durante unos segundos luce sorprendido, pero después esboza una sonrisa. Es socarrona y no disimula en absoluto ese poder que siente sobre él.

—Tienes hasta las ocho de hoy. Después de eso, pasaremos un buen tiempo de calidad con él.

Los pasos del hombre se aproximan a Víctor, sin que sus ojos encontrados dejen de mirarse entre sí. Parece un reto, podría serlo, pero los del hombre se saben ganadores como para siquiera intentarlo. La diferencia de ángulos es obvia, así como la posición que Vìctor tiene en ese lugar. El hombre se detiene justo frente a él y baja a su nivel, hasta que sus rostros se mantengan a la misma altura. Sus siguientes palabras son dichas con lentitud, casi deletreadas una por una. Quiere que su cautivo las escuche y las comprenda, quiere que se empape con su significado.

—Y créeme, no seremos tan suaves como con el asiático… Esto será más que un simple susto.

¿Asiático? Lo presentía, pero no por ello la confirmación deja de ser agónica: las pupilas de Víctor se contraen y explotan en su interior… Y la rabia sabe amarga en su boca cuando le es imposible escupirla…

Un cuajo de sangre: amorfo, casi palpitante, como un trozo de mi interior. Me había dado la vuelta mientras seguía enroscado sobre mí mismo, pero alguien jaló de mi cabello para girarme de nuevo y que los mirara de frente… O quizá eran ellos quienes deseaban notar con detalle la obra que habían hecho en mí, para saber si era suficiente o no.

Durante unos segundos perdí la noción de todo, como si el dolor hubiera superado un umbral en el que, al ser demasiado, me era imposible percibirlo. Seguro perdí la consciencia, seguro dejé de respirar durante algunos segundos mientras mi boca todavía degustaba sangre. Entonces un impacto contra mi tórax, de un pie con botines muy pesados, me hizo reaccionar, como el shock de un desfibrilador que te trae de vuelta cuando te creías lejos. Así, apenas en un hilo de consciencia, pude escuchar el “Sergey te lo advirtió” que alguno de ellos, no sé quién, hizo como comentario final…

Y con eso tantas preguntas se ven absorbidas por la mordaza de Víctor, convirtiéndolas en bramidos incomprensibles, en escupitajos de rabia y dolor que a quien lo observa no le importa entender, no le importa notar como todo en esos ojos azules se vuelve agua y sufrimiento.

—Shhhh… Cierra la puta boca, no estoy de humor para escuchar lloriqueos.

El hombre presiona una pistola contra la frente de Víctor, pero este ya no es capaz de medir el peligro. Si pudiera moverse, tan solo poco, se hubiera lanzado ya contra él para arrancarle algunas respuestas a golpes, para que le diga qué tanto se atrevió hacerle a Yuuri y pagarle de la misma forma… o mucho peor.

El hombre emite un gesto de fastidio al notar que Víctor no está dispuesto a callarse. Siente unas inmensas ganas de asestarle un golpe con la pistola, un tiro en la cabeza incluso, pero no tiene permitido hacerle gran cosa en ese momento, no cuando todavía tienen la oportunidad de recuperar el pago por su trabajo. Decide entonces salir de la habitación antes de que pierda la paciencia, bajo una promesa a sí mismo de que será él quien le dé el tiro de gracia cuando tengan el dinero.

Sin embargo, apenas abre la puerta, se detiene al escuchar algo…

Sus risas mientras esos hombres se alejaban, como espectros que no dejaban de retumbar sobre mi cuerpo: cada una de ellas me parecía un nuevo golpe más en torno mío, aunque estas comenzaran a volverse lejanas, murmullos que me sería imposible olvidar. Ese recuerdo quedaría relacionado al dolor para siempre.

Una vez hubo silencio, quedé solo, abandonado en un sitio que ya no podía recordar. Por un segundo tuve el atisbo de intentar moverme y arrastrarme a un lugar en que fuera visible para que alguien pudiera auxiliarme, pero de inmediato me di cuenta que me sería imposible: no podía mover ni un solo músculo, la mayoría de mis extremidades las sentía como desconectadas de mí… Apenas parecía capaz de alzar algunos dedos, deslizar un brazo sobre el suelo, pero el cuerpo me parecía más muerto y frío que nunca antes.

Y el corazón me latía lento.

Y la respiración se evaporaba apenas tocaba mis labios.

Miré al cielo oscuro y nublado, y como algo blanco caía de él hacia mí. Entonces cerré los ojos, encontrándome la imagen de Víctor detrás de ellos. Lo peor de morir era saber que ya no podría verlo otra vez…

Tiritando sobre sí mismo, como si algo frío lo hiciera congelar, pese a que la rabia que Víctor siente en ese momento arde y le quema todo el cuerpo. La desesperación lo embarga a un nivel en que no le importaría romperse los brazos si con eso lograra liberarse, por eso lucha con todas sus fuerzas para deshacer las ataduras o partirse un hueso. No puede soportar el tener frente suyo al hijo de puta que lastimó tanto a Yuuri y no hacer nada al respecto… Lo que tantas cosas se prometió a sí mismo que haría si se encontraba en esa situación… Lo que tanto le gustaría hacerle pagar…

El hombre responde la llamada de su celular y parece sonreír satisfecho cuando escucha la voz al otro lado de la línea. Aunque Víctor grita hasta desgarrarse el alma, aun sobre la mordaza que lo asfixia, el hombre sale de la habitación sin mirarlo de nuevo.

Tras él ha quedado silencio, pues incluso Víctor ha sido callado con el sonido de la puerta al cerrarse en un portazo. Y sus lágrimas se contienen en sus ojos, su dolor atorado en la garganta. De solo pensar lo lejos y cerca que ha estado, tantas heridas se abren: como cuando recibió aquella llamada que le avisó dónde estaba Yuuri, cuando escuchó a los policías cómo había sido encontrado, cuando los médicos le contaron sobre su estado, cuando vio ese cuerpo inerte y destrozado con sus propios ojos…

Los cuales abrí al escuchar algo. No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que permanecí consciente. Por eso, aunque tardé algunos segundos, logré reconocer el timbre de mi celular. Este se encontraba bastante cerca de mí, pues fue suficiente que moviera mi cabeza un poco para lograr verlo. No sabía si siempre se había encontrado ahí, si cayó desde el primer golpe y los hombres nunca lo vieron, o si lo hicieron y no les importó, ¿pero eso de verdad interesaba? Estaba viendo con mis propios ojos algo que tal vez podría salvarme. Solo necesitaba estirar un poco mi brazo para alcanzarlo, para poder responder esa llamada, fuera de quien fuera, y rogar por ayuda.

Todo mi cuerpo crujió al primer movimiento y el dolor volvió en un solo potente choque eléctrico. Ni siquiera podía gritar en ese momento, pero impuse mis últimas fuerzas en esa posibilidad que tenía de vivir, en ese deseo de volver a ver a Víctor frente a mis ojos y no detrás de ellos, formado solo de recuerdos…

Mismos que duelen como si los tuviera enfrente suyo. Revive la imagen de ese Yuuri con los ojos cerrados, de ese Yuuri que es incapaz de respirar por sí mismo porque está tan roto por dentro. ¿De verdad dejará que el culpable quede ileso? Poco le importa a Víctor lo que pueda ocurrirle ahí, solo quiere hacerlo pagar, solo quiere que, aunque sea un poco, aunque sea solo un segundo, aquel experimente la tortura que Yuuri sufrió.

Estando solo, comienza a retorcerse con más desesperación, a jalar sus manos para que las ataduras logren romperse. Pero estas no ceden a su rabia, su dolor, sino que comienzan a traspasar en roces que se entierran en su piel. Entonces un sonido, una botella de vidrio que rueda empujada por su pie y se estrella contra un banquillo cercano. No se rompe, pero el ruido le da una idea: comienza a patearla cada vez con más fuerza hasta que finalmente logra reventarla.

Víctor se arrastra hasta donde los pedazos han quedado. Se gira, toma uno e intenta cortar la cuerda con el filo de los vidrios. Por supuesto, no es tan sencillo como llegó a verlo en varias películas. Son más las veces en que se encaja el cristal en sus propias manos y dedos que las que logra acertar en la atadura. Pero el dolor de aquellos cortes que sangran son tan poco en comparación a la rabia que desgarra su pecho. Y aunque termine por cortarse las venas antes, insiste e insistirá…

Hasta que logré estirar mi brazo y alcanzar el celular. Lo tomé, mis dedos temblaron ante el peso de este, el cual no pude alzar para acercarlo más a mí. El tono había dejado de sonar, me era imposible responder la llamada anterior, pero todavía podía intentar realizar una nueva, aunque la pantalla estuviera rota, aunque la sangre de mis dedos la manchara y me impidiera aún más ver qué tocaba. Solo intuía a que secciones, solo intuía que nombre escribí… Y marqué, lo supe porque el tono comenzó a sonar…

Como la puerta se abre, como el hombre vuelve a la habitación. Sonríe de nuevo, festeja en silencio que el pago ha caído en su cuenta y que por fin podrá terminar con ese asunto y largarse de ahí.

Ve directamente a Víctor, quien se encuentra replegado contra una pared, mirándolo con los ojos encendidos, con una rabia ácida que, más que miedo, le causa gracia. Si supiera que solo le quedan unos minutos de vida…

Y si supiera él que Víctor aguarda el momento para actuar, que sus manos son ahora libres detrás de su espalda, que sostiene en su palma un pedazo filoso de cristal mientras un único nombre retumba en su cabeza…

Un “Yuuri” de una voz femenina que reconocí al instante… Mamá…

El corazón se me encogió ante ese llamado, ante ese insistente “Yuuri” que pronto se transformó en un “¿Todo está bien?” lleno de angustia. Podría haberle hablado, pedirle que llamara a Víctor y le pidiera ayuda, ¿pero cómo decirle precisamente a ella que estaba herido? ¿Que moría?

Apreté los labios, cerré los ojos y aguardé en silencio. Lo siento, Víctor; lo siento, mamá… No tuve el valor…

De ponerse de pie y lanzarse sobre él apenas lo tuvo lo suficientemente cerca. El hombre acariciaba el arma con sus dedos cuando varios bordes filosos terminaron por hundirse en su piel. Entonces un grito, un insulto, un golpe en el rostro de Víctor que lo hace caer al suelo. A él la vista se le tiñe de rojo, en sus manos, en su ropa, en el costado del hombre quien trata de desenterrar los cristales de su cuerpo. Ninguno ha notado que el arma ha caído, que cualquiera de los dos podría ser el primero en tomarlo y apuntar.

Es Víctor quien se da cuenta cuando busca más vidrios que conseguir del piso, quien deja que su instinto reaccione al verla, que su cuerpo se mueva con base a él. Un pálpito grotesco le estremece el corazón cuando siente el metal entre sus manos y, durante un segundo, se pregunta si realmente va a hacerlo. El cuerpo maltrecho de Yuuri y los tantos meses que ha pasado sin poder escuchar su voz, sin sentir su mirada o apreciarlo mientras patina sobre las teclas del piano son su respuesta.

Nunca ha usado una, apenas sabe cómo sostenerla al intentar imitar ese recuerdo gráfico que le nace de tantas películas y series vistas. Por eso su mano tiembla al alzarla, por eso la boca del arma vibra al apuntar a la cabeza… Por eso tiene tanto miedo de apretar el gatillo… Pero tanta rabia, tanto odio que lo consume y le insta a disparar.

Cuando las lágrimas ya no le permiten ver, cuando el nudo en su garganta no le deja respirar… Solo le queda eso: todos los sentimientos agolpados en una bola que lo presiona, que hace retumbar un cíclico “Hazlo” sobre su propia voz…

La de mi mamá al llamarme antes de cerrar los ojos.

La de mi padre al abrirlos.

La de mi hermana al ahogar un sollozo.

¿Y Víctor?

Es lo primero que puedo preguntar. 

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