Capítulo 10: Señales


Debí haberlo imaginado. Que nuestros planes de un par de semanas se arruinaran y Víctor no pudiera acompañarme a Múnich fue la primera señal. La segunda: mi equipaje, junto al del resto de la filarmónica, incluidos algunos instrumentos pequeños que viajaban con nosotros como violines y clarinetes, terminaron en otro sitio…  Según nos dijeron, en alguna ciudad en Austria. La aerolínea admitió sin problemas su responsabilidad del error y se comprometió a recuperar cada una de las maletas, pero el daño estaba hecho: iba a ser imposible que nuestras pertenencias llegaran a tiempo antes de nuestro concierto.

Tuvimos que correr por la ciudad en busca de algún sitio de renta trajes para nosotros y vestidos para nuestras compañeras. La falta de instrumentos fue la parte más dolorosa, aunque la más sencilla de resolver, pues el teatro donde nos presentaríamos tenía los suficientes para cubrir nuestras necesidades. En ese tema yo no fui perjudicado directamente, pero sí de forma anímica por parte del resto del grupo. Muchos estaban molestos y rabiaban de vez en cuando, volviendo el ambiente algo tenso. Varios más lucían desanimados y algo incómodos de tener que utilizar un instrumento que no era el suyo, el que siempre los acompañaba en cada ocasión, con el que se habían encariñado al punto de ponerle algún sobrenombre y conocer cada detalle de él, cada golpe, cada rasguño, todas esas marcas que se traducen en experiencia y vida. De ahí también partía el miedo de que nuestro equipaje no fuera recuperado nunca. En mi maleta documentada solo había viajado ropa conmigo, no perdería nada realmente de valor más que un traje de gala, un par de camisas, pantalones y zapatos, y aun así la angustia fue demasiado contagiosa para sentirme también molesto y ansioso por lo que pudiera ocurrir. Quise contarle a Víctor sobre lo sucedido apenas tuviera oportunidad, pero estuvimos tan ocupados en la búsqueda de cómo resolver las carencias y tener, pese a eso, el tiempo suficiente para ensayar, que apenas pude tomar un par de respiros.

La tercera señal fue que el transporte contratado que nos llevaría al teatro antes del concierto no apareció a tiempo ante las puertas del hotel. Hubo al parecer una confusión con respecto al horario pactado. Tuvimos que repartirnos entre varios taxis, a costa de llegar apenas poco antes de iniciar, con solo unos quince minutos para prepararnos cuando debimos estar una hora antes.

Todo en ese instante se volvió caótico y abrumador tras el telón, entre algunos compañeros que corrían de un lado a otro para buscar su instrumento y el director que no dejaba de insistir en que debíamos ya encontrarnos en nuestro sitio. Más que nunca antes la presión era palpable en el aire, el aliento agitado de algunos, las miradas ansiosas de otros, la rabia de todos por el mal día que se volvía cada vez más peor. “Nada de esto hubiera ocurrido si nuestras maletas estuvieran con nosotros”, se podía escuchar la queja de muchos. Ante ese ambiente tan exaltado, confuso, la cuarta señal resultó inevitable: tuve que cerrar los ojos con fuerza cuando un golpe de pánico me agitó el pecho, en forma de una dolorosa punzada que casi me detiene el corazón. Coloqué mis manos sobre las teclas del piano solo para verlas temblar, sin ritmo, sin precisión. Siempre ha resultado normal que me sienta nervioso antes de alguna presentación, sea con la filarmónica o individual, sea frente a miles de personas, un maestro, mis padres o incluso Víctor, pero el terror que comencé a experimentar en ese momento llegó a un punto en el que, durante algunos segundos, no pude respirar. Me sentí sofocado, aturdido, que bajo mis pies el suelo se partía en dos y yo me hundía en una constante caída libre que no parecía tener fin. Creí que pronto iba a desmayarme a causa de la agitación, del doloroso impacto que me golpeaba una y otra vez sin piedad contra el pecho, como si quisiera verme sangrar desde el interior…  Creí que de verdad lo haría, pero justo al borde de mi resistencia, cuando lágrimas se amontonaban y estaba a punto de gritar, el celular en mi bolsillo, mismo que olvidé dejar fuera del escenario, emitió un efímero zumbido. Era de una notificación… Un mensaje.

De ante mano lo supe… Y sonreí: siempre tan oportuno, Víctor, siempre recordándome que aun cuando el mundo se desmorone, tú estarás ahí para mí.

No tuve tiempo de ver el mensaje, pero el solo saber que se encontraba ahí, parpadeando, esperando por mí, me fue más que suficiente para tomar un segundo aire y calmar mis temblores, para tranquilizar esos latidos maníacos que amenazaban con despedazar mi pecho.

Cerré los ojos y solo escuché. Mis compañeros habían guardado absoluto silencio, todos esperando el momento de comenzar. Lo que sobresalía del rumor de nuestras respiraciones era el conjunto amorfo de tantas voces y tantas palabras de un público que había perdido individualidad, el mismo que aguardaba igual que nosotros.

Suspiré una vez más, más profundo, más bajo, más al fondo de mis pulmones, hasta que el propio exceso de aire me hizo sentir ahogado.

Entonces, la tercera llamada… 


La quinta señal ocurrió durante el concierto, en un punto álgido donde el piano era el protagonista principal de la interpretación, donde todos los oídos estaban puestos en él, en el cómo interpretaría cada nota, cómo sobresaldría de todos los demás instrumentos que en ese momento eran ahogados en tonos bajos y melodiosos, como en suspenso, en espera. Fue solo un pequeño desliz de mi parte, un instante en que cometí la imprudencia de mirar al público de reojo. De golpe, la presión y la bruma de aquella multitud sin forma que me observaba desde la oscuridad me cayó encima como una ola enorme que revienta contra piedras y las erosiona. Fue inevitable que, ante el temblor de mis dedos, ante ese impacto de sofocamiento, se me escaparan un par de notas mal ejecutadas que ensuciaron la belleza de la interpretación. Lo peor es que permití que mi rostro se frunciera, que se hiciera evidente ante todos que realmente aquellos sonidos fuera de lugar habían sido un error. No supe disimular mi falta, hacerles creer que eran ellos los equivocados, que eran ellos quienes habían escuchado mal.

El resto del concierto no pude quitarme el estigma del error encima. Mis manos comenzaron a sudar, a no responder cómo y cuándo era debido, lo que provocó que mis dedos resbalaran por las teclas en varias ocasiones y hubiera más errores, más notas que fueron interpretadas en los momentos equivocados y continuaron arruinando mi trabajo y el del resto de la filarmónica. Durante la media hora restante del concierto fue como si se me acabara el aliento y tuviera que aguantar la respiración, sabiéndome bajo el agua, sabiendo que cuando ya no lo soportara más no habría lugar al cual huir. En algún momento incluso mi vista se vio borrosa a causa de varias lágrimas que contuve más por dignidad que por fuerza.

La nota final, que me pertenecía, fue un suplicio que anticipé desde segundos antes, temeroso que incluso en esa última oportunidad de redimirme también erraría. No fue así, por suerte, pero el daño estaba hecho ya, el concierto arruinado por mi culpa. De no saberme observado, sobre todo en el sitio donde me encontraba, ante la vista de tantos, hubiera dejado caer mi cabeza contra las teclas, en señal de derrota, de “Déjenme morir en paz aquí”.

Por supuesto, una vez terminó la ronda de aplausos y todos nos juntamos tras el escenario, hubo una reprimenda por parte del director, quien fue el primero en notar cada una de mis equivocaciones. Pero de esa misma forma me enteré que no había sido el único en cometer errores como creí, varios compañeros más se habían dejado aplastar también por la presión. El director nos riñó por la falta de profesionalismo, por dejar que un pequeño incidente de equipaje hubiera malogrado nuestro talento y todo el tiempo de ensayo.

La sexta y última señal ocurrió cuando nos disipábamos tras el escenario para recoger nuestras cosas y prepararnos para una cena especial en el hotel. Sergey apareció frente a mí en ese momento, como un fantasma que se visualiza a media calle. Tenía consigo un enorme ramo de rosas rojas y frescas, en su mejor punto. A un primer golpe de vista contabilicé más de treinta.

Por un instante creí que lo confundía con alguien más, me era imposible pensar que él estuviera justamente ahí, enfrente mío. ¿No se suponía que debía estar con Víctor en Estados Unidos? Lo siguiente fue un ligero resquemor de esperanza: ¿acaso Víctor y él habían logrado viajar hasta Múnich para ver el concierto? Recordé los errores que tuve a lo largo del concierto, la horrible interpretación que hice sobre el escenario, y mi gesto se torció un poco. Por supuesto no deseaba que Víctor hubiera presenciado algo así, pero eso era lo de menos si de verdad él se encontraba en el lugar. Intenté ver tras Sergey, con la pequeña ilusión de que la imagen de mi prometido pudiera formarse ante mi vista… 

Pero no fue así, Sergey parecía estar solo.

—Ha sido un concierto magnifico. Excelente interpretación, Yuuri —Quizá fuera mi imaginación, quizá fuera verdad, pero creí notar en sus palabras, incluso en la sonrisa amplia que me dedicó, un tono completo de burla e ironía. Él era consciente que todo fue un desastre. Sin permitirme responder nada (de todas formas, no hubiera sabido qué), extendió el ramo de rosas hacia mí para entregármelo—. Son de parte de Víctor. En cuanto supo que yo tenía que viajar aquí por negocios, me pidió que viniera y te las entregara —Las acepté más por reflejo, mientras en mi cabeza intentaba colocar todas las piezas de sus palabras en el lugar correcto para poderlas comprender—. Y también me pidió que te invitara a cenar.

Debí haberlo imaginado, debí haber seguido mi instinto, el cual me alertaba que no era buena idea aceptar su invitación. Aunque lo intenté, excusándome que esa noche era un momento para compartir con mis compañeros de la filarmónica, él insistió como si por nada del mundo estuviera dispuesto a dejarme ir, anteponiendo unos supuestos deseos de Víctor, unos que podía adivinar fácilmente no eran en realidad suyos.

Subí a su vehículo con un aire de que no saldría ileso de ahí…  Y en parte tuve razón. Cuando volví al hotel, solo, lo hice con el corazón despedazado y la sensación de que el mundo se desintegraba a mi alrededor, que moría en agonía, y yo lo hacía con él.


El restaurante al que Sergey me llevó vino impregnado de un ambiente incómodo. Era elegante, sí, pero aun cuando me encontraba adecuadamente vestido para un sitio así, no pude evitar sentirme fuera de lugar. Sin embargo, dicha sensación no provenía del lugar en sí ni de sus comensales, sino del hombre con quien me encontraba.

Después que Sergey intercambiara algunas palabras con la hostess, ella nos guio hasta el segundo piso del edificio, justo en una sección un poco más pequeña que la inferior, pero donde había una menor de cantidad de mesas. Esto permitía que hubiera una distancia prolongada entre ellas y que, por tanto, la intimidad fuera mayor. Fue bastante incómodo llegar ahí con él cuando el resto de personas que ocupaban algunos sitios eran evidentemente parejas.

Nos entregaron de inmediato el menú, pero no le puse atención a lo que había escrito en él, sino que fijé mi vista en Sergey, tratando de comprender que era lo que tenía en mente. Y él, sobre su propio menú, alzaba la mirada de vez en cuando y me dedicaba una de esas sonrisas simpáticas que solo hacía para mí cuando estábamos con Víctor. Más que hacerme sentir tranquilo, aquello me provocaba una horrible convulsión en el estómago.

Cuando el mesero llegó para anotar nuestras órdenes, Sergey no me dejó emitir palabra alguna. Él ordenó por mí, tanto la comida como la bebida. No tenía intenciones de protestar ante ese gesto, no tenía apetito, no tenía el estómago listo como para tomar ni siquiera un bocado, qué importaba lo que él hubiera pedido para mí. Solo me concentré en mirarlo de forma insistente, tratando que comprendiera lo mucho que necesitaba saber sus razones de por qué estábamos ahí. Pero, intuyendo mi desesperación y corta paciencia, él se dedicó a entablar conversaciones casuales conmigo y dejar al aire algunas preguntas que no tenían relevancia alguna y cuyas respuestas a él obviamente no le interesaba escuchar. Si hubiera querido responder más allá de monosílabos o simples asentimientos, sé que no hubiera sido escuchado, porque seguramente Sergey solo preguntaba y hablaba para evitar tratar el asunto de inmediato, para verme desesperar y torturarme con la expectación y la duda.

El platillo que Sergey había pedido para mí resultó ser solo una ensalada bastante sencilla, mientras él ordenó para sí un gran corte de carne que lucía de bastante calidad. Pese a eso, comí en silencio, aunque apenas fui capaz de dar unos cuantos bocados antes de hacer el plato a un lado. Además, evité darle más de un sorbo a la copa de vino que el mesero había servido para mí.

—Delicioso, ¿no? —Era evidente la burla en su voz, pero fingí no darle importancia y asentí en respuesta.

Mi paciencia llegó al filo del abismo mientras esperaba a que Sergey terminara y se dignara a hablar, ya no me importaba lo que tuviera que decirme. Estuve a punto de hacer mi silla hacia atrás y excusarme para ir al baño, con el verdadero propósito de salir del restaurante, pero justo antes de lograr moverme, Sergey pareció adivinar mis intenciones y extrajo rápidamente del bolsillo de su saco una hoja doblada en tres y me la extendió, dejándola en la mesa frente a mí. No fue su acción lo que me detuvo, fue la forma en que me miró en ese justo instante, cuando todo su semblante se transformó de un momento a otro en una mueca seca, gélida y penetrante, incluso más aterradora de la que le conocí el día llegó a mi departamento por primera vez buscando a Víctor. Lo sentí como una clara amenaza, que me arrepentiría si me atrevía a salir de ahí.

Sin explicación, con una vez grave que sonaba incluso rasposa, me pidió que leyera el contenido de esa hoja. Estaba confundido y justamente por eso no pude evitar tomarla y hacer lo que él me pedía. Aquello era un comunicado redactado en inglés de lo que parecía una marca de bebidas energéticas. Se encontraba dirigida a Sergey y, con una palabrería ceremoniosa e innecesariamente larga, daban a entender que se veían en la necesidad de cancelar el contrato de promoción por culpa de algunos “comportamientos poco éticos” por parte de Víctor, mismos que podrían “perjudicar” la imagen de su marca.

—No es el único contrato que se ha venido abajo. Desde que ustedes hicieron su número en la gala —“Numero” fue una palabra que pronunció con un evidente desprecio—, varios clientes que han trabajado conmigo y Víctor también han cancelado.

Fue inevitable rememorar lo sucedido después de la propuesta de matrimonio. Ese tipo de comunicado no era realmente una novedad. En ese tiempo, varios trabajos en comerciales y promociones se habían suspendido debido a eso, mismos a los que Víctor, obviamente, no les había dado importancia. Pensé que eso era un problema que habíamos superado ya, que pasado el escándalo, Víctor volvería a tener más y mejores propuestas; pero al volver a mirar la carta y notar que la fecha era solo de un par de semanas atrás, supe que fui demasiado ingenuo al pensar que realmente las cosas estaban solucionadas. Quizá Víctor no le tomaba importancia, pero comprendía a Sergey en ese punto: era trabajo, era dinero, era promoción, cuestiones que le ayudaban al propio Víctor a encontrar patrocinio para próximas competencias.

—La vida privada de Víctor no me incumbe…  Hasta que se mete con mis negocios —Apreté los labios cuando miré de nuevo a Sergey. Sus ojos me penetraban con potencia, hasta lo más hondo de mi ser; quería hacerme sentir responsable de todas esas cancelaciones…   y lo estaba logrando, aun antes de que lo dejara claro con sus palabras—: Seré directo, Katsuki, estás arruinando años enteros de carrera a la cual Víctor solo se ha dedicado… Y lo estás poniendo en grave peligro.

Comencé a escuchar sus palabras algo lejanas de mí. Tuve que bajar mi cabeza para mirar de nuevo aquel comunicado y comprender qué de lo que hablábamos. Las letras bailaban sobre mis ojos debido a que mis manos, que sostenían el papel, habían comenzado a temblar. Una sensación de náuseas se cruzó por mi garganta.

—Si realmente le guardas alguna clase de cariño, sabrás reconocer que es mejor que te alejes de Víctor, no le haces ningún bien. Sin embargo, si acaso hay algún otro tipo de interés que tengas hacia él, podemos arreglarlo.

Me sentí ofendido que desestimara de esa forma mi amor por Víctor. Nuevamente estuve a punto de ponerme de pie, no quise seguir escuchando porque comprendía muy bien el rumbo al cual pretendía dirigirse y no, no me dejaría guiar hasta él, pero no contaba con el as bajo la manga que había preparado para mí. No, él no desestimaba mi amor por Víctor, estaba tan seguro de ello que supo jugar la pieza perfecta en el momento correcto.

Suspiró, como si realmente sintiera lástima de lo que estaba a punto de hacer.

—No quería llegar a esto, Yuuri —Su tono de voz se tornó suave, incluso comprensivo, aunque el cambio hizo presionar mi pecho en lugar de hacerme sentir más tranquilo—. Admito que hubiera preferido que estuvieras con Víctor por otras razones que no fuera por cariño. Eso lo haría tan sencillo para todos —Lo siguiente que Sergey extrajo de su bolsillo fue su celular y retomó la palabra mientras parecía buscar algo en él—. Seguramente no escuchaste sobre esto: hace tan solo una semana, una pareja de hombres en Moscú fue bañada con gasolina y prendida en llamas. Uno de ellos murió tan solo un día después, el otro continúa grave en el hospital. Te puedes imaginar las razones del porqué les ocurrió eso, ¿no?

Sergey me mostró su celular y, ante el primer golpe de vista de lo que apareció reflejado en la pantalla, mis entrañas se agitaron con violencia, provocándome de nuevo una terrible sensación de náusea. Lo que veía era una fotografía, una en la cual aparecían dos hombres recostados en el suelo: uno se cubría el rostro con el brazo, mismo que mostraba, en agujeros algo largos y sangrantes, más capas de piel de las que deberían ser visibles, y cuyos bordes de alrededor estaban ennegrecidos, casi carbonizados. El otro se encontraba completamente expuesto ante la cámara, con los ojos abiertos y fijos en ella, con una expresión de dolor y agonía que me hizo sentirlos como propios; su rostro parecía haber sido cocinado al rojo vivo, casi al punto de que las facciones y algo de cabello que lo harían distinguible de un maniquí habían desaparecido por completo. Era como si tuviera sobre sí una máscara de plástico derretida. Ambos, además, estaban casi desnudos, pues sus ropas seguramente habían sido consumidas por las llamas. Así era más fácil notar que las quemaduras no solo se apoderaron de sus rostros y brazos.

Solo pude soportar ver esa fotografía apenas unos segundos. Giré mi rostro, apretando los ojos con fuerza mientras aguantaba las ganas de vomitar.

—Quizá tuvieron algo de suerte cuando el escándalo se suscitó tras lo que Víctor hizo en la gala. Pero viendo esto, ¿creen que les dure para siempre? Más allá de que la carrera de Víctor se está yendo por un desfiladero, aún estamos a tiempo de corregir esa caía…  Pero si algo así le ocurre a él, no habrá vuelta atrás.

No me di cuenta que mis manos habían vuelto a temblar hasta que las de Sergey se colocaron sobre la mías, como en un gesto de apoyo y comprensión. ¿Y las lágrimas? Esas se mantuvieron atoradas en mi garganta, picándome los ojos con insistencia, junto con el miedo que había comenzado a provocarme esa fotografía que ahora ya no podía arrancarme de las pupilas. Era horrible, dolorosa, asquerosa, pero lo hizo aún peor cuando, sin quererlo, en mi cabeza se formó el escenario donde uno de esos hombres tenía la cabeza de Víctor en su lugar, una masacrada por el fuego, una con un cabello plateado apeñuscado en motas negras por las llamas…  Y una expresión de agonía total, unos ojos azules consumidos en el mismo infierno.

—Hazlo por el bien de Víctor. Si continúan juntos, ten por seguro que algo así va a ocurrirles. Este tipo de odio no se disipa nunca y alguno terminará herido…  o muerto. ¿Estarás dispuesto a correr el riesgo? ¿A hacerte responsable de que algo así suceda? Ambos conocemos a Víctor, es imposible razonar con él, pero sé que tú puedes entenderlo, que esto es el por bien de ambos, por el bien de él.

Eché mi cabeza hacia atrás, completamente mareado. Comenzaba a considerar sus palabras, sus razones, a creer que la situación en realidad estaba encaminada a procurar el bien de Víctor. Me mantuve así unos segundos hasta que sentí un papel ser colocado sobre mis manos. En realidad, lo que Sergey había puesto era un pequeño sobre color manila.

—Es un boleto de avión hacia Tokio. Sale justamente dos días después de tu regreso a San Petersburgo, el tiempo suficiente para que puedas terminar con Víctor y despedirte de él.

Escuchar aquello fue como si alguien encendiera la chispa exacta que produce una explosión. Comencé a sentir entonces que era el pecho lo que me ardía, que mi corazón era lo que se consumía en llamas agónicas. Dejé caer el sobre en la mesa como si su toque hubiera iniciado el fuego y mis labios se movieron en un intento de decir algo, aunque yo no era consciente de qué. Fue cuando percibí un sabor agrío y asqueroso subiendo por mi garganta, mismo que hizo levantarme de golpe y correr al baño. Ahí devolví en el excusado los pocos bocados de ensalada que había logrado dar, en conjunto con una sensación ácida que me procuró un dolor interno. Algo se había roto, sin duda.

No recuerdo el tiempo exacto que estuve encerrado en el cubilo del baño, controlando un llanto y un temblor que terminó por destrozarme los nervios. Cuando recobré un poco la compostura y pude dirigirme a la salida, sin pasar siquiera por la mesa donde tal vez Sergey ya no se encontraba, uno de los meseros me detuvo y me entregó el sobre que contenía el boleto a Japón, diciendo que el hombre que me había acompañado, y que se había ido ya, lo dejó para mí.

Solo lo metí en un bolsillo y volví desecho al hotel.


De alguna forma sabía que Sergey tenía razón, pero una parte de mí luchaba con todas sus fuerzas para hacerme entender que no debía considerarlo para tanto, que él solo quería asustarme para mantenerme lejos y que, si bien el riesgo era real, valdría la pena. Yo moría por tomarla, así como sabía que Víctor lo haría sin dudar, incluso con los ojos cerrados.

Había experimentado ya lo que era tener una relación a distancia con él, había saboreado ya distintos escenarios en el que él y yo no estábamos juntos, que ahora cuando ya había probado la dulzura que era estar a su lado, vivir convenido en su amor y compañía, todo lo demás me pareció demasiado desagradable, imposible de digerir. Me sentí incapaz de soportar una soledad en la que Víctor ya no estuviera incluido en mis planes diarios, en mi rutina.

Sin embargo, aquella fotografía con la cabeza de Víctor sobrepuesta en uno de los hombres no me dejó en paz ni un solo segundo. Me quemaba las pupilas cada vez que cerraba los ojos, cada vez que intentaba dormir y esta se me presentaba como un fantasma. Y pensar que la persona que más adoraba pudiera tener un destino así de horrible por mi culpa me quebraba en trozos afilados que volvían herirme una y otra vez.

Durante los dos días restantes del viaje en Múnich no volví a salir del hotel. Pese a que se había planeado un poco de turismo en grupo por los lugares cercanos, me excusé alegando que me encontraba indispuesto. Por una parte fue cierto. También evité todo contacto con Víctor, por lo menos en la medida que me fue posible, dedicándome a responder solo lo indispensable para no generarle alguna clase de sospecha. Yo tenía que tomar una decisión antes de subir al vuelo hacia San Petersburgo, pero mientras más tiempo dedicada a ello y más analizaba las cosas razonables sobre lo que mi corazón arañaba en mi mente, menos me encontraba seguro sobre qué hacer.

De alguna forma me estaba destruyendo, de alguna forma pretendía soportar solo un temor que era para dos. Y cuando más desesperado me sentía, más eran las ganas de correr, huir, tomar ese boleto a Tokio para nunca más volver. Pero cuando parecía estar decidido a ello, incluso con la convicción de ni siquiera volver a Rusia para no soportar la despedida y el arrepentimiento, un mensaje de Víctor aparecía en la pantalla de mi celular. Sus palabras eran capaces de derretirme y volver a unir esas pequeñas piezas que se habían roto de mí, como si fuera consciente de las cosas que me torturaban a cada segundo. Podía sentir entonces su mano sosteniéndome con fuerza, podía ver su mirada suplicante mientras hablaba de esperanza y de que podríamos superarlo junto, que no habría razón para escapar solo.

Esos pequeños momentos en los que lo sentí tan presente fueron los que lograron que yo volviera a San Petersburgo con él, aun sin estar seguro qué haría con ese boleto de avión fechado para dos días después. Creí que verlo me daría una respuesta, pero fue peor encontrarme en medio de esos sentimientos que luchaban entre sí, que eran tan iguales en fuerza, pero con los cuales obtendría resultados tan distintos…  Y los dos tipos de amor que sentía hacia Víctor, el que casi me gritaba que huyera por mantenerlo a salvo sobre el que me rogaba que me quedara, que la agonía de la distancia sería peor para ambos que cualquier clase de muerte.

Al final, no me atreví a escapar. Al final fue mi amor egoísta el que terminó por ganar la batalla; no obstante, eso no implicó que las semanas siguientes estuviera del todo seguro con la decisión que había tomado. Me di cuenta que realmente la fecha de un boleto ya caduco no me detenía para irme de ahí cuando lo quisiera, que yo en cualquier momento podría tomar mis cosas para asegurarme que nada le ocurriera a Víctor por estar a mi lado.

Sin embargo, pese a todo, gracias al paso de las semanas y a que los planes de nuestra boda se habían reanudado con entusiasmo ajeno que se me contagió, el miedo logró apaciguarse dentro mí y pude recuperar un poco de paz. ¿Cómo fue que pasé del horror y la duda absoluta a creer que todo estaría bien? Porque las dosis de shock son intensas, agónicas, pero son igualmente momentáneas; apenas se vuelve a la cotidianidad, se olvida eso que te estremeció hasta al alma. Y eso me ocurrió: olvidé que tuve miedo, que un tiempo atrás sentí tan real y viva la imagen de un Víctor sufriendo en ardor y llamas… Olvidé, estúpidamente olvidé el peligro, la amenaza disfrazada de preocupación y advertencia…

Nunca debí haberlo hecho.


Ese día no pude despertar a Víctor para que me acompañara a ir de compras. Ya lo esperaba desde el momento en que abrí los ojos y lo noté dormir pese a la insistencia de la alarma. No tuve otra opción que ir solo, puesto que era necesario hacer las compras ese día, en ese momento, ya que después se volvería complicado para ambos. Salí del departamento con una extraña decepción sobre el pecho, pero traté de darme ánimos con que podría realizar unas compras rápidas, más de lo que solía hacer en compañía de Víctor. Aunque, debía admitir, lo extrañaría, era una de esas actividades comunes que compartía con él que me generaban confort y alegría.

Era poco después de las nueve de la mañana cuando crucé por el Puente Tuchkov. Justo al otro extremo, fui detenido por un hombre alto, corpulento, de cabello rubio y unos ojos vibrantes. Me sonrió cuando di unos pasos hacia atrás, confundido, pues su mueca no era muy amigable en realidad.

—Yuuri Katsuki —Aquello no fue una pregunta, sino una afirmación, y aun así me vi asintiendo por inercia—. Autógrafo, autógrafo —comentó en un inglés impostado, con una pésima pronunciación, como de quien recién se aprende unas pocas líneas en otro idioma solo para interpretar un papel.

Por supuesto, no comprendía por qué alguien querría un autógrafo mío y el hecho de que el hombre redujera varios pasos para acercarse más a mí no me generó un buen presentimiento. Di unos pasos de nuevo hacia atrás, al mismo tiempo en que negaba con la cabeza. Y, como si aquel fuera capaz de intuir la idea que en mi cabeza se formaba, me abrazó por los hombros como si fuéramos viejos amigos y me impidió correr.

A veces el miedo es demasiado cruel, porque nos paraliza, no nos deja actuar aunque lo deseemos con todas nuestras fuerza, aunque desde lo más profundo de nuestro corazón, nos grita el instinto para que huyamos cuando antes.

Miré con terror hacia ambos lados, por si acaso había alguien cerca que notara el pánico que no me dejaba hacer nada para escapar, pero más allá de los carros que transitaban a una velocidad moderada como para prestarnos atención, no había nadie más. El hombre me apresaba cada vez más con su brazo, cada vez apretaba más mis hombros hasta casi sentir que los tronaría con su peso. Y, sin poder hacer nada para evitarlo, fui arrastrado poco a poco a un callejón que se encontraba a menos de una calle de distancia, uno donde había ocultos más hombres como él…  que nos esperaban…  que me esperaban…

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Por lo menos fui yo y no Víctor quien tuvo que pagar las consecuencias.

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