Cuando el sol caiga: Capítulo 4


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«Mi Príncipe se ha ido».

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Ni el sol ni la vida existen sin él.

El tiempo se hace eterno, los días pasan tan lento. Su voz anida en mi memoria y, definitivamente, eso es lo único que me mantiene cuerdo.

Mi corazón se ha ido.

Solo el sol sabe cuándo volverá.

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«Mi amor».

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Mi dulce amor.

Mi más sagrado y único amor.

Tú estás allá, tan lejos de mí. Tanto, que es realmente insoportable intentar sobrevivir en estos días que se hacen martirio y estas noches que son una tortura.

Sin ti…

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«Sin ti nada existe».

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Ni el sol.

Ni el cielo.

Ni la vida.

Ni yo.

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«Nada existe».

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Te has marchado, amor mío, y yo muero y enloquezco imaginando tu hermoso rostro en el cielo despejado.

O tus dedos sobre mi piel.

O tu bella boca fundiéndose en la mía.

Imagino tu sonrisa y te imagino frente a mí.

Y sí,  puedo, quizá, con éstas palabras, intentar describir tu ausencia y todo lo que mi corazón agobiado gritó durante cada hora de cada día. Pero ten por seguro que mil días no bastarían para decirte todo lo que el recuerdo de una sola mirada tuya me hace sentir.

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«Te amo».

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¡Te he amado siempre!

¡Siempre!.

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«Nunca dejaré de amarte».

«Aunque me maten».

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Por eso te imploro, te suplico y ante tu recuerdo me arrodillo. Apiádate de mí, corazón mío.

Escucha mi agonía y mi dolor.

Estoy muriendo, mi dulce Príncipe.

Agonizando en todo éste amor desbordante e implacable que me envenena.

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«Te ruego».

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Vuelve.

Ven a mí, vida mía.

Por piedad.

Por favor.

Por amor.

Te pido, muy fervientemente, que regreses a mí, mi Príncipe.

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«Te esperaré por siempre».

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—No debió suceder así… —dice Victor, recordando las súplicas de Yuuri. Súplicas que sentía retumbando agónicamente en lo más profundo de sí mismo.

Una noche, cuando Yuuri había vuelto a su habitación después de visitar su lugar secreto, una de las amantes del Emperador, Ekaterina Nikiforova, le había apuñalado cinco veces justo en medio del pecho.

La daga de plateado Sivon fue la razón por la que Yuuri agonizó durante largo tiempo. Fue un verdadero milagro que sobreviviera.

Ella, sin embargo, no había tenido mejor suerte. Y es que Yuuri la había matado al ser atacado.

Al parecer, durante el ataque, el Príncipe Heredero había tenido una descarga energética nefasta para cualquier ser vivo a su alrededor, eso le había producido tantas heridas a Ekaterina, que se auto envió al Letargo de inmediato, solo para ser ejecutada con Fuego Azul horas después.

Victor sabía que Yuuri no se había defendido, ya que Yuuri jamás lastimaría a alguien sin importar qué, mucho menos a la madre de Victor, a la cual ambos querían.

Por lo tanto, la descarga energética había sido un accidente. Uno fatal para Yuuri, y es que el descontrol de energía en su cuerpo lastimado había producido algo similar a un cortocircuito entre sus venas. Provocándole debilidad y malestares continuos.

La Sangre Icor de los Inmortales es la fuente de su juventud eterna y de su salud permanente, cuando en su recorrido natural entre las venas se encuentra con éste tipo de dificultades causadas por su energía mágica, la curación rápida y total es casi imposible.

Es en ese estado de fragilidad en el que la enfermedad, la única que adolecen los Inmortales, se hace presente.

Yuuri estaba débil, había enfermado, y su Dorada Sangre Icor no logró recuperarlo, y apenas logró salvarlo del avance raudo del venenoso mal.

Fue así como un día logró despertar al fin.

Había perdido la voz y la razón.

Todos los recuerdos creados durante tanto tiempo, todas las sonrisas, todos los secretos y todas las promesas.

TODO.

Todo desapareció de pronto.

Victor quería odiarla.

Quería revivir a su madre y preguntarle por qué.

Si ella sabía, si ella lo había visto llorar ante la separación que sufría al ser enviado a Vrunicam lejos de Yuuri, entonces por qué. ¿Por qué los había dañado tanto y tan cruelmente?

—¿Por qué quiso acabar con él? —pregunta Victor.

—Quizá pensó que era su culpa. Ella te adoraba más que a la vida… —le dice Yuri—. Quizá creyó que tu exilio era motivado por el temor del Emperador. El temor de ver a su primogénito, a ti, tan brillante y tan fuerte, más capaz que su hijo legítimo. Quizá por eso ella quiso dañar al Emperador, y… Yuuri era la manera más sencilla de lograrlo.

Victor asiente.

Ya no importa el por qué.

Yuuri está y no está al mismo tiempo.

Nada lo hará volver.

—Le teme a mis ojos… —susurra Victor.

—Porque son los de ella… —afirma Yura—. Pero ya está hecho, dejemos de hablar de eso. Demasiadas cosas ocurrieron por culpa de eso. Si el Príncipe Yuuri Katsuki estuviera sano y cuerdo, nada hubiera pasado. Mi Inmortalidad no habría sido despertada tan pronto y hubiera podido darle mi energía a Alevka durante su embarazo. Mi hijo tendría una madre justo ahora. Deja el pasado atrás, Victor. El presente es lo único que cuenta ahora, seguido por un muy largo futuro.

Quizá Yura tenía razón.

Habían cosas que pasaban en la vida y en el tiempo, cosas que marcaban un antes y un después y cambiaban la vida de las personas drásticamente.

Pero al final, aún después de veinticinco años repitiéndose eso, Victor volvía al inicio.

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«Te amo».

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Volvía a aquella voz dulce.

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«Te he amado siempre».

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Volvía al recuerdo de aquellos besos y a la textura delirante de aquellos labios.

Volvía a caer.

Caer profundo y sin salida ante un amor tan dulce, tanto en verdad, que no debió existir.

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«Nunca dejaré de amarte».

«Aunque me maten».

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—Quiero hablar con él… —le dice Victor a Yura, y éste lo mira horrorizado—. Eres el Ejecutor del Emperador ahora, sé que puedes hacer que yo me acerque a él sin que nadie esté a su alrededor.

Yuri niega de inmediato, se pone de pie y se aleja de él.

El día cálido, precioso y festivo crece fuera del balcón, con las largas cortinas de tul blanco meciéndose suavemente y con la dulce música que ingresa desde los patios hasta el edificio en el que se encuentran.

—Con la ejecución de la Princesa Isabella hace apenas unas horas, lo que me pides es más que…

—Yuri… querido Yuri… Yuratchka… —le dice Victor, interrumpiéndolo—. Necesito hablar con él… Yura, por favor…

Yuri se gira, observa los ojos de Victor y nota súplica en ellos.

—He sabido de algo… —le dice Yuri, como quien no quiere decir nada pero no tiene otra opción—. En su estado actual, un grupo de diez guardias siempre están siguiéndolo a donde sea que vaya, incluso cuando se baña.

—Debe haber alguna manera de acercarme a él.

—Dicen que… hay una hora al día en la que de pronto, Yuuri se va.

Victor sonríe.

—Espera, no te alegres tan pronto. Nadie sabe a dónde va o cómo logra despistar a los guardias… —le afirma Yuri, casi intentando hacer que desista—. Es como un pequeño animal escurridizo que de pronto solo… se desvanece.

—Debo aprovechar eso.

—Sé que Yuuri y tú tenían una buena relación. Le enseñaste todo lo que un Príncipe debe saber y siempre lo cuidaste, fuiste su mentor y su guía, pero… esa criatura asustadiza ante a la que aún debemos arrodillarnos, no es nuestro hermano. Dios se quedó con su mente.

—Nunca fuiste muy devoto, Yura, ¿Por qué ahora sí?

—He visto milagros… —afirma Yuri—. Le debo al Dios Sol la vida de Lev. Le debo su género.

—Oh, mi Yuri, mi pequeño hermano, ¿Aún tienes ese miedo a las mujeres?

—No es miedo. Es… no lo sé, compasión, creo.

—Es miedo.

—Si lo es, no es a ellas, es al Sacro Emperador… —le dice Yuri, y Victor esquiva su mirada al escucharle—. Cuando te presentes ante Toshiya y le digas el por qué viniste… no le hará ninguna gracia saber lo que sabes.

—De todas formas me presentaré ante él y le diré lo que sé. Pero no he venido a eso.

—Entonces a qué, ¿Solo a hablar con Yuuri? ¿Será posible que eso sea lo más importante?

—Mis asuntos no te conciernen, ni te afectan, despreocúpate, hermano. Solo… ayúdame a acércame a Yuuri a solas, es todo lo que te pido, nada más. Solo una vez.

—No prometo nada. Si no son sus guardias, es… Seung… —le dice Yuri, y Victor puede notar el rencor con el que pronuncia aquel nombre—. Dicen que él será el próximo Emperador. Sí, claro, jamás me arrodillaré a sus pies.

—¿Qué?

—Nada. Si quieres ver a su Alteza Invicta, el Príncipe Yuuri… bueno, conozco a alguien que puede ser de ayuda.

—¿Tu cuñado?

—Sí. Y quiero que sepas que no me hace ninguna gracia hablarle.

—Creí que dijiste que eran amigos… —le dice Victor, recordando la conversación que tuvieron antes de la fugaz aparición de Mila y Lev—. Justo hace unos minutos hablaste de cómo puso orden en la Capital y en tu familia, de lo mucho que mi sobrino lo adora y de lo mucho que tú lo admiras.

—¡Basta! —dice Yuri, volviendo a servirse una copa de vino—. Él es… complicado. Y no quiero hablar mal del tío de Lev, es por eso que te conté todo eso, no lo divulgues. Iré y le hablaré, ¿De acuerdo? Como General Imperial, su rango es mayor al de Seung, al menos por ahora.

—Por favor, ve y háblale. Convéncelo un poco mientras yo trato de descansar.

—Solo no olvides que me debes una, y que en cuanto el Emperador regrese de su paseo debes hablar con él.

Victor asiente mientras observa cómo Yuri se bebe el contenido de su copa sin siquiera dar un respiro.

Él no dice nada más y se mantiene en completo silencio y quietud, viendo a Yuri observarse en un gran espejo, arreglándose el vestido de tono champagne y colocándose de nuevo un antifaz de filigrana de oro en el rostro.

Las manos temblorosas de Yuri le hacen saber a Victor que cualquier movimiento o palabra en falso lo harían desistir, y eso sería impensable para Victor, quien confía en que el estado actual de su hermano será realmente cautivador para el General.

Y es que, por todas las cosas y las formas en las que Yuri le ha contado que el gran y poderoso General Invicto, Otabek Altin, ha velado por él y su familia, supone que para el General, Yuri es muy importante.

Y de hecho, no se equivoca.

Para el General, Yuri es lo más valioso y más importante que existe en el mundo.

Victor lo sabe a la perfección porque en el instante que notó que el General seguía con la mirada al joven Príncipe de Oro, Yuri Plisetsky, mientras éste se alejaba de la fiesta, pudo ver en el rostro de Otabek lo que él tiene en su rostro al ver a su Invicta Alteza, Yuuri Katsuki.

Pudo ver una chispa preciosa que hace a los ojos brillar un poquito más, y que hace a la boca ponerse ansiosa y sedienta.

Una chispa dulce.

Poderosa.

Una que crece y que palpita en el pecho como cien mil caballos salvajes, feroces y libres.

Una chispa que él sabe, a flor de piel, que no decae nunca.

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Publicado por ArikelDT

2 comentarios sobre “Cuando el sol caiga: Capítulo 4

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