[Cap 7] Obscuro y con aroma a lavanda


Notas previas: Bienvenidas, mis queridas ánimas, a la primera parte de este último capítulo. Espero que al leer puedan revivir alguno de sus miedos, así como yo debí hacerlo para escribir este reto de Halloween. Para mí, esta fiesta se trata de celebrar la aceptación de aquello que desconocemos y nos altera, superar aquello que nos perturba y volvernos más fuertes. Para lograrlo, primero debemos descubrir cuan débiles somos en verdad y, de este modo, encontraremos la fuerza en la fragilidad y lo bello en las tinieblas.

Para lograrlo, primero debemos descubrir cuan débiles somos en verdad y, de este modo, encontraremos la fuerza en la fragilidad y lo bello en las tinieblas

7. Amor obscuro y con aroma a lavanda. P1

Victor despierta sentándose de golpe, con una sensación extraña, como si hubiera tenido una pesadilla. Siente vértigo y algo sedoso y seco en su lengua. Nervioso, usando una de sus manos, extrae el cuerpo extraño de su boca y lo observa: su tamaño, su forma, las escamas y el vello sobre su estructura, sus alas… este comienza a moverse y aletea. A Victor se le contrae el cuerpo de la impresión. El pálido insecto abandona su tacto en un vuelo errático. De inmediato siente asco. Distingue el polvillo sobre su lengua, lo cual le produce una fuerte arcada. Intenta escupir, pero no consigue juntar saliva. Con desesperación, limpia la zona con la manga de su camisa, a la vez que percibe como varias olas nerviosas contraen su cuerpo. Le parece que es observado, aunque no ve a nadie en el lugar.

—Yuuri… ¡Yuuri! —llama con voz jadeante mientras enciende la luz. Al hacerlo, descubre que hay varias polillas en la habitación. Lo observan, lo acechan desde las paredes, el techo, los muebles, la cama…

Las cuenta. Se siente extraño, fuera de sí.

—¡Victor! —exclama Yuuri angustiado al abrir la puerta —. ¡¿Qué ocurre?!

—Yuuri, solo son polillas. Tranquilo —le dice queriendo calmarlo al ver su expresión de horror ante el panorama y, tratando de autoconvencerse de sus palabras, continúa—. Solo son polillas, no te preo…

—¡¡No!! ¡¿Qué pasó?! —pregunta y su mirada se detiene en la lámpara encendida—. ¡¿QUÉ HICISTE?! —concluye Yuuri, culpándolo iracundo— ¡¡QUÉ FUE LO QUE TE DIJE!! —Victor intenta explicarle que no es su culpa, sin embargo, solo boquea sin que salgan las palabras, confuso y dolido. De todas maneras, el otro no le presta atención, pues ya está ocupado dándoles caza a los lepidópteros que agitan sus alas, moviéndose en todas direcciones de manera impredecible, como si supieran que sus vidas dependen de su acción—. ¡¡Mueran!! ¡¡MUERAN!! —exclama Yuuri desaforado, moviéndose con bastante agilidad, aplastando sus cuerpos con sus manos, triturándolas contra las superficies.

Yuuri parece un energúmeno, una bestia enloquecida, frenética. Victor nunca lo ha visto así antes, por lo que le preocupa; lo observa en silencio y con el pecho oprimido. De pronto, el joven asiático lo mira con expresión extraña, con los ojos desorbitados y enseñando los dientes. Por primera vez, Victor tiene miedo de Yuuri, un miedo profundo e indescriptible, algo que jamás había sentido en su vida. «¿Quién eres?», piensa, pero las palabras, quizá por suerte, no salen de su boca.

Agotado, una vez que ha dado muerte a cada una de esas pálidas creaturas, Yuuri restriega las manos en su ropa y seca su frente con el brazo. Se queda contemplando la habitación hasta que recupera la calma y se regula el ritmo de su respiración.

—Que problema tan molesto. Esto no se puede repetir, Victor. Traeré algo que las espante definitivamente. Todo estará bien. ¡No te muevas de aquí! —le exige a Victor con rostro sereno, mientras un par de gotas de sudor se deslizan por su rostro, juntándose en su mentón y cayendo finalmente; aunque luce más tranquilo, usa un tono de voz que a Victor le parece demasiado tétrico para pertenecerle al mismo joven que leyera aquellos poemas tan hermosos. Sin esperar respuesta, Yuuri sale de inmediato de la habitación, cerrando la puerta tras de sí y dejándolo solo. Victor escucha algunos ruidos que vienen desde afuera de su habitación y, luego, el sonido de una puerta lejana que se cierra.

Victor permanece en silencio con los ojos clavados en los restos de los insectos que se hallan repartidos por doquier, cuyas alas deshechas le sobrecogen. Pasan varios minutos antes de que recupere el aliento; todo le ha parecido tan irreal.

«¿A dónde fue Yuuri?», se pregunta de pronto e intenta adivinar, pero al no tener idea sobre los planes del otro joven, no consigue descubrir a dónde estos han podido llevarlo. Victor intenta calcular las posibilidades según lo que sabe de él, pero nada llega a su mente; ni la rutina de Yuuri ni su vida fuera de esta habitación. Nada. «¿Qué sé de Yuuri?», se cuestiona y la sorpresa no se hace esperar. En realidad, no sabe nada del joven con quien ha compartido tanto tiempo. ¿Cuánto tiempo? Tampoco lo sabe, no recuerda. Descubre que ni siquiera sabe en qué lugar se encuentra él mismo ahora ni recuerda cómo o cuándo llegó. Hace un gran esfuerzo mental, pero no puede hacer memoria.

Y, entonces, se da cuenta:

—Solo acepté… acepté todo lo que él me dijo, sin siquiera dar cabida a un atisbo de duda. Solo creí en sus palabras desde un principio…—pronuncia en un susurro anonadado, con la mirada perdida, el ceño y el corazón apretados.

Victor comienza a sentirse realmente mal. El presentimiento es increíblemente desagradable. Repasa los días junto a Yuuri, buscando alguna respuesta o algo que aclare sus dudas, pero solo consigue más preguntas que van brotando una tras otra:

«¿Por qué esta oscuridad constante? ¿En verdad la luz del sol me hace daño? ¿Será todo una invención de Yuuri?, ¿una mentira?».

En medio de la ansiedad, una fuerza le mueve a levantarse y correr las gruesas cortinas que siempre han estado cerradas, topándose con que la ventana se encuentra completamente cubierta con ladrillos.

—¡¿Tapiada?! —exclama retrocediendo. El descubrimiento le deja aturdido. Observa el muro en donde tendría que haber vidrio y su cabeza se llena de ideas que corren en desorden, sin alcanzar a comprender ninguna y con la sensación de opresión en el pecho cada vez más dolorosa. «¿Y la cortina? ¿Cuál es su función…? ¿Era para que no me diera cuenta? ¿Era para que no descubriera que en realidad estoy encerrado?».

Victor mira en todas direcciones sin saber qué busca su corazón. «¿Por qué estoy aquí?».

Se llena de preocupación y temor. Las dudas sobre el joven de cabello negro aumentan.

—¿Quién es Yuuri? —dice deseando llenar el vacío para no sentirse tan solo y abatido—. ¿Por qué estoy aquí con Yuuril?

Tras decir aquello, sus ojos se topan con el libro sobre la mesita: Sonetos del amor oscuro.

—¿Qué es todo esto? ¿En verdad me estabas cuidando, Yuuri? —Camina hacia la puerta. Con cada paso, varios momentos que antes le causaron ternura van inundando su cabeza, ahora bajo un tinte tenebroso—. ¿Qué son las medicinas que me has estado dando? —se detiene y un escalofrío recorre su médula.

Traga en seco. Siente miedo, mas esta inquietud es superior y ya no puede contenerla. Abre la puerta y sale a un pasillo oscuro, condición que no afecta en absoluto su visión, pues ya está acostumbrado a la oscuridad, la misma que hay en su cuarto desde hace tanto, la misma que lo ahoga, la que en este momento le asusta. Le preocupa lo que pueda o no encontrar.

Camina lentamente, con todos sus sentidos alerta, hasta llegar a una cocina. En ella todo parece estar en orden y estático, como si nadie hubiera estado en el lugar por un tiempo. Las ventanas ahí también han sido tapiadas. Comprueba que la luz no enciende y tampoco hay agua. «¡¿Qué pasa aquí?!», se cuestiona sin encontrar respuesta. Revisa los muebles, descubriendo con ello la ausencia de alimentos y artículos de cocina; nada de ollas, loza o cubiertos en ninguna parte; tampoco un basurero. Se acerca al refrigerador, cuyo ventilador interno resuena, y extiende su mano temblorosa hacia la puerta del electrodoméstico. Duda un momento, quizá debería revisar en otra parte, quizá no le guste lo que encuentre; pero finalmente se decide y lo abre, revelando su interior, en donde encuentra varios paquetes envueltos con periódico.

Mira hacia la puerta y agudiza el oído. No escucha nada. Al parecer, Yuuri aún no ha vuelto.

Extrae uno de los paquetes y, al acercarlo, llega hasta su nariz una fragancia. «Lavanda». Rápidamente, abre el paquete encontrando flores en espiga de color morado. Toma otro de los paquetes que se encuentran en el refrigerador, abriéndolo al instante y halla otro ramo de esas flores. Vuelve a sacar otro y lo huele, repitiendo esta acción con dos más.

—Todos tienen flores de lavanda… y no hay nada más —dice regresando todo a su lugar y cerrando la puerta del refrigerador—. Esto no tiene sentido.

Publicado por Ceres Dupel

Soy un ser mutable, dual y no pertenezco a este mundo; siempre sueño con otros. He vivido de todo; he vivido demasiado. Creo que ello me ha vuelto un ser comprensivo y tolerante, mas no crédulo. Odio las mentiras tanto como los spoilers. Me gusta cantar, crear historias, estudiar de todo y hacer cosplay. Apoyo a la comunidad LGBTQ+ y me encantan los chinos ancestrales. Para mí todo es arte.

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