[Cap 8] Obscuro y con aroma a lavanda


8. Amor obscuro y con aroma a lavanda. P2

Sale de la cocina más confundido que antes. No sabe qué pensar, no sabe qué creer y lo peor es que no recuerda nada. Mueve las ideas en su cabeza, las imágenes, los sonidos, los aromas y todo lo que recuerda es a Yuuri. Yuuri sentado a su lado en aquella habitación, su cálida sonrisa y su propia adoración por él inflando su pecho. Yuuri, su adorado Yuuri… su timbre de voz, su mirada dulce y cálida, su sonrisa apacible y refrescante, su carcajada melodiosa, sus caricias llenas de afecto, sus palabras cargadas de ternura… y los poemas. Tantos poemas junto al relajante aroma de la lavanda que despedía su cuerpo, impregnándolo todo.

—¿Qué le pasó a mi Yuuri?

Lo soledad se transforma en un frío que cala los huesos. Se abraza a sí mismo buscando consuelo. La tristeza lo agobia y algunas lágrimas se acumulan en sus ojos. ¿En qué momento había pasado de un bonito sueño a esta extraña pesadilla? Este no parece su Yuuri. No solo es un extraño, sino que, además, es un tipo psicótico y violento. Esos ojos, esa mirada, esa sonrisa diabólica que tenía hace un momento, descargando su furia contra unas polillas…; aunque, quizá, Yuuri solo se dejaba llevar por el miedo, pero ¿cómo puede un miedo dominar tanto a una persona hasta el punto de transformarla en otra? Yuuri siempre fue dulce y amable, en alguna ocasión un tanto severo, pero nunca fue cruel y mucho menos había actuado así en su presencia. Nunca lo había agredido de esa forma, hasta la oportunidad en que lo encontró en el baño. Este Yuuri, quien acaba de dejarlo solo en el vacío… este Yuuri no es el suyo.

¿Pero desde cuándo Yuuri ha sido suyo? En realidad es un desconocido, después de todo, Victor no sabe nada de él. Yuuri es como un espejismo, un sueño que se convirtió en una pesadilla. ¿Quién es Yuuri en realidad? ¿Y qué demonios trama?

Victor seca sus lágrimas y se enfoca en caminar. Ya no puede seguir atorado entre paredes en la oscuridad. Necesita avanzar, sentir que el tiempo corre de nuevo.

Continúa caminando por el pasillo hasta una puerta que abre sin dudar, encontrando tras esta una gran habitación vacía, a excepción de un montículo bastante grande en el centro, cubierto por una amplia tela de color burdeos. Al jalarla esta ejerce un poco de resistencia, por lo cual debe aplicar mayor fuerza, haciendo caer un par de objetos de forma ruidosa, pero retirándola al fin, y deja expuesto aquello que ocultaba: un hermoso piano de cola color negro, junto a otros instrumentos musicales y un pequeño librero. Le parece increíble este descubrimiento, pues no recuerda haber oído música durante todo este tiempo. Distraído toca unas teclas, haciendo brotar del instrumento unas notas desafinadas. La combinación pulsada le produce una sensación desagradable y triste, por lo que se aleja para acercarse a una ventana. Al descorrer la cortina se encuentra con otro muro. Se tambalea. Corre. Un recuerdo difuso aparece en su mente. Se detiene. Aún sin distinguir la imagen siente algo desagradable, ruidos ininteligibles que lo acongojan. Corre. Corre y se detiene. Su propia voz jadeante… Victor recorre las habitaciones, una a una, encontrando todas las ventanas tapiadas. Siente su existencia comprimida, restringida hasta el punto de la asfixia. Se siente estrangulado por la oscuridad y el silencio que todo lo envuelven, provocándole gemir desesperado. Intenta controlarse y continuar, pero le toma bastantes minutos y varios intentos lograrlo. Victor necesita comprender lo que ocurre, recordar y descubrir quién es aquel joven por el cual ha sentido tanta adoración hasta ahora. Precisa entender el peligro que intuye cerniéndose sobre él y la causa de que ese joven se convirtiera en un enemigo ante sus ojos. Así que no, no puede entregarse a la desesperación. Intenta calmarse. Respira.

Luego de superar, en parte, esta crisis, retoma su recorrido, entre convencido y temeroso, aferrándose a sí mismo con una mano y la otra arrastrándose por los muros y los objetos, con la intención de no perder el sentido.

El lugar parece abandonado, cubierto del polvo que se acumula en sus dedos al arrastrarlos. Victor avanza por las habitaciones oscuras, silenciosas y frías, pero al girar en una esquina se encuentra con una gran sala de estar. Le parece recordar el lugar, como si hubiera estado aquí alguna vez en un pasado lejano, o al menos eso cree… pero hay algo diferente… algo que falta… más allá de la sensación de vida que suele percibirse en los lugares habitados.

Medita un momento mientras sus ojos recorren los objetos y rápidamente lo descubre: «No hay espejos».

—No hay espejos —se repite—. En toda la casa, no hay espejos.

No encuentra el sentido a este nuevo hallazgo, o la ausencia de este. «¿Habrá un motivo especial por el cual no hayan espejos o solo es una coincidencia? ¿Coincidencia? ¡¿Cómo va a ser coincidencia?!», se cuestiona y luego otra corriente de pensamiento aparece como si de una discusión consigo mismo se tratara: «¿Es acaso obligatorio que haya espejos en una casa? ¿Es acaso obligatorio que haya alimentos en una casa? ¡¿Es acaso obligatorio que hayan luz y agua en una casa?!», se dice desesperado, como gritando en su mente para terminar exclamando en voz alta:

—¡¿Qué mierda está pasando?!

Victor tiene miedo y no entiende nada, su cabeza duele y se siente completamente confundido, sin saber qué pensar. En algún punto logra percibir el sonido de una vibración a lo lejos. Se siente atraído por ella. Es lo único que logra sacarlo de la tortura que son sus pensamientos y sus dudas, por lo que decide dejarse llevar. Siguiendo el sonido, pasa por su habitación que aún tiene la puerta abierta, pero el sonido no viene de ella.

Llega a la habitación que se encuentra junto a la suya y, como si estuviera en trance, abre la puerta buscando aquello que produce la vibración. Dentro hay una elegante cama con dosel, un armario y un escritorio de madera tallados, justo como en su cuarto. Puede percibir un aura de melancolía, infinita tristeza y angustia en medio del aroma a lavanda que hay en el ambiente. Siente como si en cualquier instante pudiera surgir una voz de ultratumba y, sin embargo, el zumbido vuelve a llamarlo.

Sobre el escritorio encuentra un teléfono que vibra insistentemente. Lo toma y lo observa. Según este son las dos y cincuenta y cinco de la madrugada, teniendo la alarma programada para las dos y treinta. La desactiva y deposita el objeto sobre el escritorio. Al hacerlo, nota en la superficie del mismo mueble un cuaderno abierto, el cual decide no tocar por precaución, pero en las hojas expuestas alcanza a distinguir unos apuntes que captan su atención.

—Este debe ser el cuarto de Yuuri… y este cuaderno también ha de ser suyo. ¿Qué tendrá escrito aquí?

Por un lado, piensa que debería volver a su propio cuarto o quizá intentar huir, pero la curiosidad y las dudas sobre Yuuri pueden con él. Se sienta en la silla y enciende la lámpara. Se inclina para leer los apuntes, pero lo que sea que esté ahí escrito es incomprensible para él. No reconoce los símbolos y se siente decepcionado por no poder enterarse del contenido, mas decide moverse nuevamente, en lugar de quedarse ahí atorado.

Al pararse y levantar la vista del cuaderno, se da cuenta de algo que lo deja horrorizado: el muro está completamente saturado de polillas, las cuales son atravesadas por alfileres; son tantas que no se ve espacio alguno entre ellas. Su cuerpo se contrae de la impresión, volviendo a sentirse abrumado por la sensación que tuviera luego de extraer la polilla de su boca, pero multiplicada por cada una de las que se encuentran clavadas en el muro. Completamente fuera de sí, se fija en las otras paredes, las cuales se hallan en idénticas condiciones, como si se tratara de una exposición macabra.

«¡¿Qué clase de mente retorcida hace algo así?! Esto no es normal. Esto no puede ser normal», se dice recordando el rostro extasiado de Yuuri, orgulloso y trastornado al ensañarse contra los insectos alados en su cuarto. «Si es capaz de disfrutar de algo tan perturbador… ¡¿Qué más podría haber hecho?!», se pregunta.

La imagen de Yuuri convertido en un monstruo, como si fuera capaz de acabar con todo lo que se atravesara en su camino, incluso con él mismo de ser necesario, le aterra.

Victor jadea con fuerza escapándosele un gemido lastimero y retrocede chocando de espaldas contra algo. Rápidamente gira sobre sus pies, encontrándose de lleno con él, Yuuri, quien muy agitado le observa con un rastro de pánico en el rostro.

—V-Victor, perdón, me distraje… Mira, traje algo para espantar las polillas, para que estemos a salvo… solo hay que conectarlo a la corriente y…

—Yuuri. ¡¿Quién eres?! ¡¿Qué me has estado haciendo?! —interrumpe con voz dura y observando con extremo recelo al joven frente a él.

—¿Qué, Victor?, ¿de qué hablas?

—¡No te hagas el tonto! ¡Tú…! —Aprieta los labios, meditando un segundo antes de continuar—. Me tienes encerrado, secuestrado en esta casa. ¡¿Acaso pensabas matarme?! ¿¡Vender mis órganos?! ¡¡Dime qué mierda pensabas hacerme!!

—Victor, estás equivocado —responde Yuuri mostrando confusión en su voz y su mirada, pero Victor ya no cree más en su fachada.

—Me voy.

Intenta escapar mientras Yuuri obstruye la salida. La tensión acumulada en su cuerpo duele, pero no se compara al dolor de su corazón roto. Victor se siente traicionado por quien más confiaba, aquel que adoraba, quien ahora intenta retenerle diciéndole dulces palabras para convencerlo de su supuesto error.

Al ver que su intento de calmar a Victor no surte efecto, Yuuri, desesperado, cambia su actitud:

—¡No, Victor! ¡Lo arruinarás todo! ¡No puedes irte! Nosotros no podemos separarnos… jamás vamos a separarnos. ¿De acuerdo? Debemos estar por siempre juntos… Tú lo entiendes, ¿verdad?

—Estás loco.

—No.

—¡¿QUÉ ES ESTO ENTONCES?! —dice apuntando a las polillas.

—¡ELLAS QUIEREN SEPARARNOS, VICTOR!

Antes de que Yuuri diga o haga otra cosa para engañarlo, o quizá dañarlo, Victor lo agarra con fuerza para despejar la salida, azotándolo contra la puerta. Yuuri se queja adolorido y se muestra tan asustado como Victor, quien comienza a llenarse de una sensación extraña, como una ola, una marea que mueve sus emociones de forma peligrosa.

—V-Victor… ¿Por qué…? —comienza a decir Yuuri, pero se detiene en cuanto Victor acerca su rostro al suyo para olfatearlo y lo mira extrañado. El joven de cabello azabache cierra los ojos, mostrándose incómodo y asustado por el actuar del otro.

Victor inhala la deliciosa fragancia que comienza a brotar de Yuuri: el aroma del miedo, verdadero y puro. Victor percibe, cual espectador, como su propio cuerpo reacciona ante ello, provocando a su estómago rugir con descaro.

Ante el sonido, Yuuri levanta el rostro y le mira espantado, con extremo nerviosismo y los ojos desorbitados.

—¿Q-Qué… qué hora es? —pregunta Yuuri y, sin esperar a que Victor responda, intenta en vano zafarse de las garras de aquel; al no conseguirlo, solloza con el rostro desfigurado por el terror.

Se escucha un traqueteo en las paredes. Victor fija su mirada en ellas, notando como las polillas, supuestamente muertas, aún los acechan aleteando desde su lugar en los muros, provocando un sonido perturbador; como anunciando lo que sigue.

—N-No, no… —chilla Yuuri con voz entrecortada. Desesperado, intenta separarse de Victor, una vez más sin éxito, mientras el otro vuelve a posar su mirada en él, mordiéndose el labio inferior e intentando contenerse con todas sus fuerzas. Ambos cuerpos tiemblan sin control, ambos miran al otro profundamente a los ojos, en un silencio que, saben, se está a punto de quebrar; y de este modo, Yuuri comienza a llorar con gran angustia y pesar.

—Lo siento, Victor. No pude salvarnos.

Y el otro ya no consigue controlarse; muerde a Yuuri en la yugular, arrancándole un gran trozo de carne. Mientras su víctima se desangra y se retuerce de dolor, Victor siente como su angustia se desvanece siendo reemplazada por placer. Yuuri, con extrema dificultad, debido a la fragilidad de su garganta desgarrada y el profuso sangrado, recita sus últimas palabras al hombre frente a él. Victor se fija en el rostro lleno de lágrimas, agónico y atormentado de quien, ya sin poder sostenerse, se desliza hasta caer sentado en el suelo. Entonces, nota a un lado de este su propio reflejo, en el pomo de la puerta sobre la cual está recargado el cuerpo del asiático, causándole cierta sorpresa. Escucha con atención el discurso y, por primera vez, se fija en sus propias manos despojadas, cadavéricas, terminando de comprenderlo todo; le han quedado claras las palabras de aquel que ya nunca más dirá nada; y entonces él también declama:

—El amor es obscuro y tiene aroma a lavanda.

Ya todo está dicho. La habitación comienza a llenarse de cientos, miles de polillas que se aglomeran agitándose a su alrededor. Y así, la obscuridad se apodera de ambos, los devora.

Publicado por Ceres Dupel

Soy un ser mutable, dual y no pertenezco a este mundo; siempre sueño con otros. He vivido de todo; he vivido demasiado. Creo que ello me ha vuelto un ser comprensivo y tolerante, mas no crédulo. Odio las mentiras tanto como los spoilers. Me gusta cantar, crear historias, estudiar de todo y hacer cosplay. Apoyo a la comunidad LGBTQ+ y me encantan los chinos ancestrales. Para mí todo es arte.

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