VII (Antes del alba)


—Cada vez que estoy con el amo Víctor en la sala de juegos me dan ganas de llorar. No en el mismo momento, después —dijo Yuuri mientras abrazaba sus piernas, sentado sobre el diván, con los pies descalzos sobre el tapete claro, con las vista baja, oculta de la mirada de Lilia—. Es como si mi alma se estuviera rompiendo, como si el cuidado que me ofrece a cambio de mi obediencia me revelara poco a poco la crueldad que soporté. Su amabilidad me quiebra. 

—¿Es Víctor quien provoca ese quiebre?

—Es mi amo Víctor al mostrarme que todo lo que me enseñaron durante años estaba equivocado, yo no merecía ser tratado de esa manera, y eso es algo de lo que apenas me estoy dando cuenta. 

Una leve sonrisa se dibujó en el rostro de Lilia. La psiquiatra sabía que lo que se venía de ahora en adelante era complejo, el trauma dormido cobraría fuerza cuando ese entendimiento que comenzaba a despertar en Yuuri lo hiciera por completo. Pero ese sufrimiento debía destrozar a Yuuri para que sus piezas pudieran volver a unirse y crear una nueva identidad; no la del esclavo que otros construyeron por medio del dolor y la manipulación, sino que una que él mismo pudiera escoger. 

Lilia podía asegurar que Yuuri haría frente al dolor y al caos, estaba segura que una hermosa estrella nacería en esa oscuridad: Yuuri era fuerte, Yuuri era un sobreviviente pese a todo.

(…)

Las tres semanas de vacaciones pasaron de prisa. Víctor no tenía deseos de volver al trabajo aún y a Yuuri le estaba costando trabajo imaginarse a sí mismo acudiendo solo a sus clases de baile y terapia. También pensaba que se sentiría solo mientras las horas pasaban sin Víctor a su lado. 

El día domingo, antes del lunes que Víctor debía volver a trabajar, los ojos de Yuuri lucieron opacos y su ánimo se notaba decaído. Víctor intentó animarlo y pasaron la tarde entera viendo películas, abrazados en el sofá. Cuando llegó la hora de dormir Víctor se despidió mimoso, lo abrazó largamente y le confesó que lo extrañaría durante su jornada laboral. Yuuri esbozó una sonrisa y prometió que estaría bien. 

Yuuri quería convencerse a sí mismo de que lo estaría. 

Pero una vez que se encontró a solas entre las sábanas de su cama supo que no era así. La oscuridad se le hizo pesada, sentía que lo ahogaba y lo encerraba. Respiró profundamente, despacio, intentando recobrar la calma, obligándose a sí mismo a no dejarse arrastrar por los malos pensamientos, intentando ignorar el malestar físico que agobiaba su cabeza y revolvía su estómago. 

Sentía su corazón latir con fuerza mientras intentaba calmarse lo suficiente para poder dormir, quería dormir, dejar de pensar. Pero no podía, era incapaz de tranquilizarse. 

Deseó los brazos de su amo recorriendo su espalda con delicadeza, deseó el calor reconfortante de su cuerpo y su voz suave regalando palabras dulces en su oído. Pero no debía molestarlo, su amo tenía que dormir bien para ir a trabajar por la mañana, sería un pésimo esclavo si interrumpía su descanso.

Se levantó de la cama y caminó hasta el baño, mojó su rostro mientras intentaba recordar los ejercicios de respiración que le habían enseñado: cerró su boca y respiro profundamente contando hasta el número cuatro, aguantó la respiración durante siete segundos y luego exhaló completamente durante ocho. Repitió. Pero el temblor de su cuerpo no retrocedía y las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. 

Yuuri decidió bajar a la cocina, esperando que salir a un espacio más amplio lo ayudara a respirar de mejor manera, bebería agua con azúcar y luego haría ejercicios de respiración en la sala. La mente de Yuuri trabajaba rápidamente intentando encontrar maneras de calmarse, no podía permitirse ser sobrepasado por la angustia, tampoco que su cuerpo fuese dominado por la ansiedad. 

La sensación de malestar iba en aumento, cuando llegó al primer piso sus manos temblaban con más fuerza. Ignoró sus deseos de correr a los brazos de su amo y se dirigió a la cocina, tomó un vaso y dio el grifo del agua: su mandíbula se encontraba tensa, sus labios apretados, su respiración se hacía pesada y errática pese a sus esfuerzos por mantener un ritmo adecuado. 

Intentó beber el agua pero su garganta estaba cerrada y le fue imposible beber, la angustia del nudo formándose hizo tiritar sus manos con tal fuerza que el vaso cayó de sus manos, se estrelló contra el suelo rompiéndose en un estruendo breve y seco. 

Yuuri no pudo más y rompió en llanto dejándose caer junto a los vidrios rotos. Sus manos se apoyaron el suelo mientras su mirada se perdía en ellas y las lágrimas caían. 

Viejas palabras que intentaba borrar de sus recuerdos volvían con fuerza:

«Eres un inútil, no sirves para nada»

«Nadie, nunca, podría sentir amor por una basura como tú»

«Serás mi esclavo hasta el día en yo decida deshacerme de ti»

—¡No!, ¡no!, ¡no! —comenzó a gritar. 

Sus manos apretaron su cabeza mientras negaba y boqueaba con desesperación para oxigenarse. Sintió unas manos frías tomar sus hombros y el miedo lo hizo gritar con más fuerza.

—Yuuri, cariño, soy Víctor —escuchó decir con la voz suave de su amo. Su amo, él tenía un nuevo amo, no debía seguir escuchando la voz de sus recuerdos. 

Las manos de Víctor alzaron el rostro de Yuuri, provocando que sus miradas se encontraran. 

—Estoy aquí —dijo moviendo los pulgares suavemente sobre sus mejillas. 

—Amo Víctor —pronunció soltando el aire, con un repentina calma, pero luego recordó el vaso roto y la angustia rápidamente recobró el terreno conquistado—. ¡Lo siento! —exclamó mirando los trozos de cristal—. Perdón, perdón, soy un inútil —dijo suplicante mientras extendía sus manos para recoger el vaso roto. Pero las manos de Víctor lo detuvieron.

—Cariño te puedes lastimar déjalo así —Víctor llevó las manos de Yuuri hasta sus labios y las besó.

—Lo siento, amo —susurró mientras las lágrimas caían.

—Yuuri, no hay nada por lo que debas disculparte, es solo un vaso, yo he roto decenas de ellos —le sonrió tranquilizador, pero el llanto y el temblor en el cuerpo de Yuuri no desaparecía. 

Víctor tomó a Yuuri entre sus brazos, estaba frío.

—Cariño, quiero que me mires a los ojos y respires junto a mí —pidió después de sentarse con Yuuri en su regazo. Pensando en que si no lograba que Yuuri se calmara pronto debería utilizar el medicamento que Lilia le entregó, una pastilla sublingual que le había confiado para utilizar en caso de alguna crisis de ansiedad. 

Poco a poco Yuuri comenzó a regularizar su respiración. Más tranquilo, Víctor se levantó con él y salió de la cocina, caminando al segundo piso y entrando a su habitación. Recostó a Yuuri en su cama y luego se acomodó junto a él, sosteniéndolo en sus brazos, besando su rostro y acariciando su espalda y sus brazos.

Las manos de Yuuri se posaron en el pecho desnudo de Víctor y comenzó a tocarlo con lentitud, pidiendo un permiso silencioso para sentir la piel de su amo en la punta de sus dedos. 

—Gracias, amo Víctor —pronunció quedamente mientras aspiraba el aroma de la calma.

—Yuuri —dijo Víctor con seriedad mirando sus ojos marrones—, cuando te sientas mal recurre a mí, no lo enfrentes solo. 

—No quería molestar, usted debe descansar, yo…

—Tú eres mi sumiso y es mi responsabilidad cuidar de ti —Víctor besó la frente de Yuuri y luego de un suspiro prosiguió—. Un esclavo es un tesoro, Yuuri. 

—¿Un tesoro?

—Sí, y un amo existe para satisfacer y cuidar de su tesoro. 

—Pero soy yo quien debe satisfacerlo a usted, amo. 

Víctor rio ante el tono espantado de Yuuri.

—Pero eres tú quien pone los límites, Yuuri. Eres tú quien tiene el poder de detenerme en cualquier momento con tan solo una palabra. 

Víctor besó suavemente los labios de Yuuri y luego lo empujó con delicadeza para que su espalda quedara completamente contra el colchón. Sus ojos azules estaban fijos en las cuencas castañas que tampoco lo dejaban de observar. 

Los dedos de Víctor recorrieron con ligereza el rostro de Yuuri y luego bajaron por su cuello, delineando su curvatura hasta encontrarse con el primer botón del pijama azul. Hábilmente, Víctor desabotonó la parte de arriba de ese pijama, descubriendo el torso de Yuuri para luego acariciarlo con lentitud: su pecho, su abdomen y su bajo vientre recibieron las caricias, y Yuuri comenzó a sentir que allí donde Víctor tocaba se desataba el infierno: el calor aumentaba y temblaba por algo que no era miedo ni frío. 

El índice de Víctor comenzó a jugar con un pezón de Yuuri: hundiendo, rodeando y endureciendo ese botón castaño, provocando un cosquilleo que desembocó en suaves jadeos que la boca entreabierta de Yuuri exhalaba mientras su rostro se pintaba de tono carmín. 

Los labios de Víctor besaron su cuello y dejaron una estela de saliva que terminó cerca de su oído.

—Basta una palabra tuya y yo me detendré, en el momento que sea y sin excusas. 

—Amo —gimió al sentir el aliento cálido de Víctor sobre su piel.

—¿Recuerdas tu palabra de seguridad?

—Sí

—¿Quieres decirla?

—No

—Puedes hacerlo en cualquier momento, Yuuri. Porque en este momento la única razón de mi existencia es complacerte.

Yuuri intentaba dar sentido a las palabras de Víctor, pero su mente era un caos. Lo único que sabía era que no quería que su amo se detuviera, deseaba dejarse arrastrar por el placer que las manos y los labios de Víctor le obsequiaban mediante besos húmedos y caricias sensuales.

Víctor jugó con la pretina suelta del pantalón de pijama, deslizó su dedo entre la prenda y la piel tibia de su sumiso y Yuuri levantó las caderas en un acto apenas consciente. Víctor sonrió y bajó la prenda, liberando el pene ya endurecido de Yuuri. 

Víctor se incorporó y sacó un bote de lubricante de su mesita de noche, se acomodó entre las piernas de Yuuri y llevó su lengua hasta la punta del glande de su sumiso, bebiendo el líquido transparente y agridulce que escurría por su piel sedosa. 

Yuuri creyó ver luces de colores cuando la lengua tibia de Víctor envolvió su miembro y lo tomó con su boca, introduciéndolo dentro de ese calor acuoso que lo hacía deshacerse en gemidos y ruegos. 

Sin dejar el sexo oral, Víctor abrió el pote de lubricante y untó sus dedos abundantemente para luego acercarlos a la palpitante entrada de Yuuri: su caliente anillo de carne se abrió sin resistencia al primero de sus dedos, un segundo dedo se unió sin prisa. 

Yuuri estaba perdido en el éxtasis. Los dedos de Víctor presos en su interior, masajeando su próstata mientras su pene se internaba cada vez más profundamente en la boca de su amo lo hacían sentir al borde de la locura. 

Quería llorar de placer.

Quería dejarse ir.

—Amo… ya, ya no aguanto —susurró.

Víctor no contestó pero su mirada fue comunicativa, quería que Yuuri se entregara a su goce. 

Y Yuuri se dejó caer en la corriente vertiginosa del placer. El torbellino navegó por sus venas y fluyó por su piel. Caliente y violenta la pequeña muerte lo alcanzó. 

Yuuri se derramó dentro de la boca de su amo. 

Víctor bebió cada gota de la esencia de Yuuri.

—Delicioso —susurró Víctor, para luego abrazar a Yuuri y dejarlo reposar sobre su pecho. 

(…)

La mañana siguiente Yuuri despertó aún sintiendo el aroma de Víctor entre las sábanas, pero él ya no estaba allí. Se levantó rápidamente y después de acomodar su pijama desarreglado salió de la habitación. Caminó silenciosamente y bajó las escaleras, al llegar a la primera planta escuchó la risa de Víctor y la voz de Christophe venir desde la cocina, se acercó sin hacer ruido y los observó preparar el desayuno, Víctor cocinaba un omelet mientras Chris se dedicaba a exprimir unas naranjas. Yuuri los observó durante un rato y la familiaridad que logró ver en ellos mientras conversaban, reían e incluso se tocaban amistosamente le hizo sentir fuera de lugar, dio un paso atrás para retirarse, pero los ojos de Víctor lo descubrieron. 

—Yuuri —lo nombró el dominante estirando su mano en una clara invitación a acercarse.

—Disculpe, amo —dijo Yuuri mientras se acercaba y tomaba su mano—, yo debería estar preparando su desayuno.

—Está bien que descanses cuando te has sentido mal —respondió Víctor para luego darle un beso en la frente.

—Pero ya estoy bien.

—Eso me alegra, cariño. 

—¿Y no preguntarás por qué tu sexy profesor de danza está tan temprano en casa? —preguntó Chris mientras apoyaba su brazo en el hombro de Yuuri.

—Lo siento, Chris, buenos días —respondió Yuuri dirigiendole una mirada culpable por no haberlo saludado antes. El rubio simplemente se rio restándole importancia.

—Chris vino porque quiere que lo acompañes el día de hoy, ya que debo volver al trabajo pensó que podía aprovechar de ir de compras contigo antes de la clase de pole dance.

—¿De compras? 

—Sí, acompáñame por favor —pidió con una amplia sonrisa—. Necesito renovar mi guardarropa y creo que tú también deberías comprar alguna cosa, eres precioso y debes lucir tu belleza. 

—¿Quieres ir, Yuuri? —preguntó Víctor a su más que sonrojado sumiso—, estarás bien con Chris y creo que es cierto que necesitas comprar ropa para ti, también me gustaría que compraras algunas cosas que deseo que luzcas para mí. 

Yuuri se sintió algo inquieto con la perspectiva de estar en un lugar con mucha gente, pero el entusiasmo de Chris y la mirada brillante de Víctor le hicieron pensar que estaría bien ir de compras. Aceptó. 

Los tres tomaron desayuno juntos y luego Yuuri subió a darse un baño y cambiarse de ropa.

—Te lo agradezco mucho, Chris —dijo Víctor mirando con gratitud a su amigo—.  Después de anoche no quiero que hoy esté solo, realmente desearía poder extender mis vacaciones, pero…

—No, está bien que regreses a trabajar. Yuuri tiene que dejar de depender tanto de ti, no está bien que lo sobreprotejas. 

—Es mi responsabilidad cuidar de él, como su amo.

—Lo sé, pero también sabemos que la responsabilidad principal es suya, el autocuidado es importante en un sumiso: para saber escoger un amo, para saber poner límites, para saber cuando detenerse. Si Yuuri no se vuelve independiente su sumisión nunca dejará de ser solo una necesidad, es tu deber facilitar que se convierta también en una decisión. 

—Lo sé, tienes razón.

—Siempre la tengo mon chéri. 

(…)

Hubo un momento en el que Yuuri pensó que Chris jamás se cansaría de recorrer las tiendas probándose ropa que en su mayoría terminaba descartando. También pensó que no se cansaría de vestirlo con diferentes prendas de diferentes estilos. 

—Luces guapísimo, Yuuri —dijo el suizo mientras lo miraba vestido con un pantalón azul que le llegaba sobre los tobillos y una camisa blanca que tenía discretos detalles en azul por los costados. 

—Pero no es lo que el amo dijo que comprara.

—Víctor dijo que podías comprar lo que quisieras, además de lo que encargó para su placer —Chris le guiñó el ojo y Yuuri se ruborizó al pensar en la lencería que ya había comprado: boxers de tela transparente y varios jockstraps de cuero, otros con transparencias y un par con cremallera delantera. 

—Me gusta, yo… lo llevaré —respondió al fin después de mirarse largamente al espejo. 

—Pruébate algunas cosas más, aquí hay ropa muy linda, después iremos a la tienda que Víctor indicó para las camisas transparentes y pantalones de cuero.

—Sí. 

Yuuri no pudo ocultar su entusiasmo, era la primera vez que se divertía escogiendo ropa mientras él y Chris se cambiaban de vestuario. Christophe fungía como modelo mientras paseaba y hacía poses divertidas, obligando a Yuuri a seguirle el juego. 

Después de pasar toda la mañana entre tiendas y ropa, dejaron las bolsas en el automóvil de Giacometti y se dirigieron a un pequeño restaurante vegetariano, uno de los favoritos del profesor de danza. 

—¿Te divertiste? —preguntó Chris mientras esperaban su comida.

—Mucho, te agradezco que me invitaras a venir contigo.

—No agradezcas, yo también me divertí.

—¿Crees que gasté mucho dinero? Tal vez me dejé llevar…

—Víctor dijo que compraras lo que quisieras y tú, como buen sumiso, obedeciste. 

Chris levantó los hombros restándole importancia y Yuuri sonrió pensando que en verdad Víctor no había puesto ningún límite de dinero, aunque no pudo evitar sentir un poco de culpabilidad al usar su tarjeta para comprar la ropa que le gustó.

En ese momento se dio cuenta de que era la primera vez que escogía ropa para sí mismo. Y aunque haya sido en algo tan mínimo y con el dinero de otra persona, poder elegir se sintió inesperadamente agradable.

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