VI (Antes del alba)


El día miércoles de aquella semana, Víctor llevó a Yuuri a la escuela de danza de Christophe Giacometti, a las nueve ya estaban allí, había pocos alumnos en ese horario y Víctor lo prefería, sabía que para Yuuri no era sencillo relacionarse con otras personas y no quería agregar más presión de la necesaria. 

Yuuri caminaba con recelo por el pasillo de la escuela, aunque el brazo de Víctor rodeando su espalda lo hacía sentir seguro. El dominante guió a Yuuri hacia uno de los salones de baile, allí Chris se encontraba sobre un tubo de pole dance, moviendo su cuerpo con una habilidad envidiable, la música que sonaba de fondo era un movimiento de Carnival of the animals; The Swan de Camille Saint-Saëns. Los movimientos de Christophe estaban llenos de una suave destreza que impresionó a Yuuri. 

Cuando la música acabo, Chris se dejó caer al suelo con elegancia, Víctor aplaudió y el rubio alzó la mirada sonriente.

—Tan puntual como siempre, Víctor. 

—Eso ha sido sorprendente, Chris.

—Gracias.

Christophe tomó una toalla y se secó el sudor mientras caminaba hacia sus invitados.

—Él es Yuuri —dijo Víctor mirando a su sumiso.

—Encantado de conocerte, Yuuri —dijo Christophe extendiendo su mano—, yo soy Christophe Giacometti, puedes llamarme Chris. 

—Hola —respondió Yuuri tomando la mano que Christophe le ofrecía con algo de recelo. 

—No seas tímido, cariño, yo no muerdo… a menos de que quieras —Chris le guiñó un ojo coqueto.

—¡Chris! —reprendió Víctor al ver como Yuuri alejaba su mano de Christophe para apegarse más a él—. No digas tonterías.

—Lo siento —se disculpó al ver como Yuuri parecía querer desaparecer tras el cuerpo de Víctor—, solo bromeaba, además, aunque tú eres muy lindo, yo prefiero a los hombres que deseen azotarme. —Christophe rio ante la sorpresa de Yuuri.

El resto de la mañana Chris se dedicó a mostrarle la escuela de danza a Yuuri y también le habló de los distintos tipos de baile que podía enseñarle. Después de conversarlo al finalizar el recorrido, decidieron que Yuuri tomaría clases de pole dance y ballet, Yuuri había quedado bastante impresionado con la performance de Chris y se sintió extrañamente dispuesto a aprender a bailar de esa manera. Lunes, miércoles y viernes asistiría a la academia. Por petición de Víctor, las clases de pole dance empezarían siendo privadas, hasta que Yuuri se sintiera más cómodo bailando con otras personas. Por otro lado, las clases de ballet serían con un grupo pequeño para que relacionarse con otras personas comenzara a formar parte de su rutina. Esperaban que con el tiempo Yuuri pudiera integrarse a clases con grupos más numerosos. 

Los martes y los jueves continuaría terapia con Lilia. Yuuri sabía que cuando Víctor volviera a su trabajo él tendría que ir y volver solo, eso lo ponía ansioso, pero intentaba mantener los malos pensamientos lejos de su mente. Él ya conocía la ciudad y no sería la primera vez que debe movilizarse por sí mismo, su amo confiaba en él y pensaba que esas actividades eran útiles y buenas: no debía decepcionarlo. 

(…)

La primera clase de baile sería de ballet, Víctor lo llevó a la academia y llegaron con antelación, juntos pudieron ver como el resto de los alumnos iban llegando: un chico rubio de ojos verdes fue el primero en llegar, se sentó en una esquina mientras oía música con grandes audífonos blancos, una pelirroja fue la siguiente en entrar, animada se acercó al muchacho y ambos comenzaron a charlar, al parecer se conocían muy bien, ella reía alegre mientras conversaban. 

—¡Yuuri! Me alegra verte nuevamente —saludó Chris acercándose a su nuevo alumno—, ¿con ánimo de bailar? 

—Yo, sí… estoy nervioso —contestó Yuuri mientras jugaba con sus dedos.

—Cariño —dijo Víctor con voz suave—, puedes confiar en Chris y decirle si alguna cosa te hace sentir incómodo, y yo estaré todo el tiempo esperando fuera de la sala de baile. 

—Lo sé, amo —un sonrisa tímida se dibujó en el rostro de Yuuri al observar los ojos azules que brillaban al mirarlo. 

—Es hora de comenzar —dijo Chris invitándolo a seguirle. 

Christophe lo presentó a los demás estudiantes y les pidió que fueran amables con él y le ayudaran a iniciarse en el baile del ballet. Mila, la pelirroja, inmediatamente se acercó y quiso entablar una conversación, pero Chris, al ver que se ponía tenso, la alejó de él y comenzó con la clase. Yuuri lo agradeció, pero una parte de él quería poder desenvolverse de mejor manera con sus compañeros, poder hacer amigos y charlar con ellos. 

—Tal vez con el tiempo —susurró para sí mismo mientras miraba a los demás jóvenes a su alrededor. 

(…)

Danza y terapia eran las actividades que Yuuri realizaba para sí mismo. El resto del tiempo le pertenecía solo a Víctor, quien deseaba aprovecharlo de todas las formas posibles: vieron películas sentados muy juntos en el living de la casa, leyeron el mismo libro mientras Yuuri estaba sentado en el regazo de Víctor en aquel sofá beige que se encontraba en la biblioteca, tuvieron sesiones cortas y placenteras en la cama del dominante, similares a la primera: Víctor deseaba que Yuuri comenzara a descubrir qué cosas le daban placer y que pudiera poner en palabras aquello que le gustaba y lo que no. 

Víctor aprovechaba esas sesiones para mezclar ese placer que le obsequiaba a su esclavo con el dolor: Para satisfacerse a sí mismo, pues se contenía para no utilizar el cuerpo de Yuuri para su alivio sexual, conformándose con mostrar una parte de su sadismo. También para calibrar el aguante de Yuuri, aumentando poco a poco los montos de dolor y complaciéndose al saber que Yuuri soportaría todavía más. Y finalmente, para lograr esa comunión en la que el dolor y el placer se vuelven uno; a Víctor le gustaba causar dolor cuando Yuuri alcanzaba el orgasmo, buscando que ambas sensaciones se combinaran y se hicieran una. Quería que el placer y el dolor estuvieran tan íntimamente ligados que cuando llegara el momento en que le causara solo dolor, el cuerpo de Yuuri pudiera evocar esa feliz comunión, y sentir placer. 

Después de dos semanas completas realizando solo ese tipo de prácticas, Víctor decidió dar un paso más: Víctor decidió llevar a Yuuri a su sala de juegos. 

Previamente, Víctor enseñó a Yuuri todas las medidas higiénicas que se requerían para un juego más intenso: rasuró el cuerpo de Yuuri por completo, exceptuando la zona púbica, allí solo recortó un poco el vello, a Víctor le agradaba la sensación de calidez que sentía al hundir sus dedos allí, sintiendo las cosquillas que los rizos negros le producían. También utilizó un enema, limpiando internamente el cuerpo de Yuuri, provocando que su sumiso se sintiera absolutamente avergonzado por ser atendido y aseado de manera cuidadosa y prolija por su amo, quien también le dio un largo y aromático baño para luego masajear su piel con crema, dejándola suave y con un ligero aroma a almendras. 

Cuando terminó le puso un collar de cuero negro al cual enganchó una cadena de acero. El otro extremo de la cadena fue atada a la cama de Víctor.

—Ahora soy yo quien debe preparase —le dijo—, espérame de rodillas sobre mi cama.

Víctor se dio un baño y luego se vistió solo con un ajustado pantalón de cuero negro, mantuvo su torso desnudo y sus pies descalzos. 

Volvió junto a Yuuri cuando aún las gotas de agua se deslizaban por su cabello, mirando al sumiso sobre su cama de manera distinta, ya no como Víctor, sino como amo. Y Yuuri lo supo, percibió el cambio en la actitud de Víctor y solo pudo bajar su mirada en respuesta, sintiendo más que nunca que le pertenecía.

En silencio, Víctor desató el extremo de la cadena y la tomó con firmeza entre sus manos.

—Sígueme —ordenó. 

Yuuri bajó de la cama y caminó desnudo tras Víctor, su corazón comenzó a latir con fuerza cuando llegaron al sótano y entraron a esa habitación que solo había visitado una vez. No pudo evitar sentir ansiedad, el miedo amenazó con apoderarse de su mente al ver la gran colección de varas y látigos: la vez anterior había sido una visita, pero ahora sabía que su amo utilizaría sobre su cuerpo algunas de las cosas que sabía podían dañarlo mucho. 

Yuuri no se dio cuenta cuando Víctor se ubicó tras él, hasta que sintió sus manos recorrer sus costados y su aliento golpear la piel de su cuello.

—Yuuri —dijo con voz profunda—, mi deber como tu amo es asegurar tu bienestar, no voy a lastimarte. 

Víctor caminó guiando a Yuuri hacia el lugar donde anteriormente tenía la jaula, ya no estaba allí.

—Yo cumplo mi palabra —afirmó.

Una oleada de reconfortante calor recorrió el cuerpo de Yuuri cuando confirmó con propios ojos que la pequeña jaula había sido retirada. 

—Gracias, amo —dijo Yuuri girando para mirar a Víctor. 

Víctor tomó entre sus dedos la barbilla de Yuuri para levantar más esa mirada y que sus ojos se encontraran.

—Cuidaré de ti, física y emocionalmente, esa es mi promesa como amo. Pero a cambio quiero que te entregues por completo a mí. Solo a mí. Olvida cualquier otra enseñanza o experiencia y recuerda que solo hay un amo frente a ti, solo yo tengo poder sobre ti: obsequiame tu voluntad, Yuuri, entregame tu cuerpo, tus pensamientos y tu obediencia. 

—Usted es mi único amo y yo le pertenezco solo a usted —respondió Yuuri completamente entregado a la voz de Víctor, sintiendo que su cuerpo se calentaba ante la expectativa y notando como su respiración se volvía pesada. 

Víctor sonrió y paseó sus dedos fríos sobre el rostro de Yuuri, complacido al ver como el rubor tintaba su piel y el brillo oscuro aparecía en sus ojos. 

—Arrodíllate ante mí, sin dejar de mirarme a los ojos. 

Yuuri obedeció, de manera lenta y elegante se inclinó ante Víctor, alzando su mirada, mirándolo desde abajo, sintiendo profundamente que le pertenecía. Sintió a su miembro palpitar excitado cuando la idea de ser un objeto para la satisfacción de Víctor cruzó por su cabeza. Él siempre se había visto así mismo como un algo que solo servía para complacer a un amo y lo aceptaba como una verdad impresa con fuego sobre su piel, pero era la primera vez que eso que aceptaba como verdad le causaba excitación. 

Era la primera vez que la idea de ser usado como un objeto de placer causaba que su piel cosquilleara y su pene reaccionara. Todo mientras sus ojos no podían apartarse de ese frío azul que lo observaba de manera dominante.  

Víctor deseaba humillar a Yuuri. Y veía en esos ojos marrones la aceptación gozosa de esa humillación. Aún así, sabía que su esclavo no tenía la estabilidad psicológica adecuada para soportar las palabras denigrantes que para muchos sumisos eran excitantes de una manera casi animal. Podrían excitarle en ese momento, sí, ¿pero después? Probablemente volverían a instalarse en su cabeza y a asaltar su pensamiento en los momentos menos estables, cuando emocionalmente no se encontrara bien; las sentiría crueles fuera de su contexto, las creería como ciertas y lo herirían de una manera en que Víctor no deseaba lastimarlo. 

Víctor deseaba humillar a Yuuri, pero la humillación verbal era algo que estaba descartado. 

—Besa y lame mis pies —ordenó—, adora a tu amo. 

Los ojos de Víctor brillaron oscurecidos cuando el sumiso llevó los labios sobre sus pies, un beso suave sobre su pulgar derecho fue el comienzo de una lluvia de besos que luego fue reemplazada por la humedad y calidez de una lengua serpenteando sobre la piel desnuda de Víctor. 

La satisfacción corría por la piel de Víctor, burbujeante. Y sentía la sangre caliente moviéndose con fuerza por sus extremidades: la obediencia de Yuuri al doblegarse dócilmente ante él era estimulante; lo hacía desear más, más, más… 

—Recuéstate sobre tu espalda —ordenó Víctor con la voz enronquecida.

Yuuri obedeció inmediatamente, quedando inmóvil sobre el suelo de vinilo. Víctor lo observó, aún tenía en su mano la cadena que terminaba enganchada en el collar de cuero negro que lucía en su cuello. Levantó su pie derecho y lo llevó sobre los labios de Yuuri, quien volvió a besar y a lamer, enrollando su lengua entre los dedos finos que posteriormente entraron sin permiso a la boca cálida del sumiso. 

Víctor miraba los ojos marrones de Yuuri, casi negros. En ellos ya no vio el terror que encontró la primera vez que los observó, ni esa angustia que lo llevó a humillarse así mismo ante la certeza de que él sería su nuevo amo. 

Ahora podía ver esa chispa de excitación y placer que sus anteriores compañeros de juego también guardaban tras la mirada sumisa y complaciente. 

Víctor bebió de aquella mirada oscurecida; de esa entrega y excitación que leía en las pupilas dilatadas, en el cuerpo dócil. Se sintió amo, más que nunca, y se dejó embargar por esa certeza, por el goce que le provocaba tener el control, el poder concedido sin resistencia.

—Sostén tus piernas con tus manos, mantenlas abiertas para mí —ordenó alejándose del cuerpo de Yuuri, en espera de ser obedecido. 

Yuuri no tardó en cumplir con el mandato, puso sus manos en sus muslos, tras las rodillas, y sostuvo sus piernas apegándolas a su cuerpo y dejando el espacio abierto entre ellas, mostrando sin pudor su pene erecto, sus testículos y aquella estrecha entrada al interior de su cuerpo. 

Víctor ocupó su pie para tocar el pene de Yuuri, comenzó a moverlo lentamente, provocando jadeos en el más joven: su pene se endurecía más y liberaba líquido transparente. La piel de Yuuri se perlaba de sudor mientras su temperatura aumentaba. 

Placer. Yuuri sentía placer al estar en aquella posición, humillado frente a Víctor, mostrándose dispuesto y abierto para él. Placer, mientras el pie de Víctor lo acariciaba y su mirada clara lo miraba con un oscuro deseo.

Dolor. Yuuri gritó de dolor cuando el pie de Víctor dejó el suave masaje y presionó sobre su pene y testículos, gimoteó dolorido cuando el masaje continúo con fuerza mientras el pie de Víctor presionaba. Dolía, pero no quería huir de ese dolor, porque el placer se enredaba con él de una manera que no conocía. Adictiva.

—De pie —dijo Víctor de pronto, tirando la cadena, obligando a Yuuri a moverse de prisa para seguir a Víctor hasta uno de los extremos de la habitación. 

Una cruz de San Andrés esperaba por ellos.

—Te inmovilizaré y te azotaré —anunció Víctor mirándolo a los ojos, para luego extender su mano.

Yuuri tembló ante esas palabras, sería la primera vez que Víctor haría eso con él. Aún así, tomó la mano de su amo y se dejó acercar a esa cruz acolchada que tenía grilletes que inmovilizarían cada una de sus extremidades. 

Yuuri quedó mirando hacia la pared, su espalda y nalgas estaban expuestas a lo que Víctor deseara hacer mientras él estaba imposibilitado de huir. Totalmente vulnerable a los deseos de su amo. Víctor se alejó de Yuuri y comenzó a revisar algunas de sus fustas y floggers.

«Te azotaré hasta arrancarte la piel» 

«Haré sangrar cada rincón de tu cuerpo» 

Yuuri comenzó a temblar. Intentaba quitar esas palabras de su mente, pero era más fuerte que su voluntad. Negó con la cabeza.

—Amo Víctor —llamó—. Amo Víctor, Víctor, Víctor… —dijo rápido, entre sollozos, ese era el nombre de su amo: su único amo era Víctor. 

—Aquí estoy —la voz suave de Víctor llegó a sus oídos como un bálsamo, sus manos cálidas recorrieron su piel y lo sintió muy cerca, en un abrazo tranquilo donde la piel de su espalda era envuelta por el torso desnudo de su amo.

—Amo Víctor.

—Sí, Víctor es mi nombre, el nombre de tu único amo. 

—Mi único amo —dijo más tranquilo—, solo escucharé las palabras de mi amo Víctor. 

Víctor tomó la quijada de Yuuri y movió su rostro, acercó sus labios y lo besó. Fue un beso tranquilo y profundo, un beso que tuvo un sabor calmante.

—Continuaremos —dijo Víctor sobre sus labios cuando el beso terminó.

—Sí, Amo Víctor —respondió Yuuri. Repitiendo nuevamente ese nombre que lo hacía sentir seguro de una manera inexplicable. Ese nombre que seguía repitiendo en su cabeza como si fuera un mantra, el nombre de su único amo.

La mano derecha de Víctor se posó sobre las nalgas de Yuuri y las acarició con lentitud, la excitación en el cuerpo del esclavo había disminuído, pero sus manos expertas podían volver a encender la piel de su sumiso. Subió poco a poco, acarició sus costados, recorriendo con sus dedos la piel llena de grietas. Presionó con intensidad, hundiendo sus dedos en la carne tibia hasta llegar a sus pezones y apretarlos con fuerza. 

Un grito escapó de los labios de Yuuri.

—Amo Víctor —jadeó. 

Y Víctor apretó más fuerte. Deseó torturar aquellos botones para arrancar su nombre de los labios de Yuuri nuevamente.

—Amo Víctor —gimió. 

—Me gusta mi nombre en tus labios —susurró para después dar una nalgada sobre el trasero de Yuuri —dilo.

—Amo Víctor.

—De nuevo —ordenó y dejó caer otra nalgada.

—Amo Víctor, Víctor, Víctor…

Cada uno de los azotes que daba con su mano abierta iba acompañado de su nombre. El nombre que mantenía a Yuuri en el presente, bloqueando cualquier recuerdo anterior, el nombre que dicho con aquella voz, entrecortada y jadeante, deleitaba al amo y aumentaba su deseo. 

Víctor tomó el flogger que previamente había escogido y lo puso al alcance de la mirada de Yuuri. 

—Te azotaré con esto —anunció—. Es de cuero pesado, tu piel quedará bellamente marcada de colores rosas. Comenzaré azotando suavemente con las puntas del flogger y poco a poco aumentaré la intensidad. Recuerda que si es demasiado puedes decir tu palabra de seguridad. 

Pese a que el instrumento en las manos de Víctor le asustaba, Yuuri asintió. Víctor sujetó con firmeza, pero sin exagerada fuerza, el mango del flogger y comenzó a golpear con poca intensidad la piel de Yuuri. Calentando y enrojeciendo la piel de su espalda, aumentando la potencia a medida que la respiración de Yuuri se volvía más sonora y sus jadeos doloridos más ruidosos. 

Víctor se detuvo un momento y las colas de cuero acariciaron la piel desnuda y ya enrojecida. Víctor miró al sumiso; el cabello negro estaba húmedo y se pegaba a su frente debido al sudor, sus ojos brillaban oscurecidos por una mezcla de lágrimas no derramadas y excitación, sus labios lucían hinchados debido a sus propias mordidas y saliva escurría por sus comisuras. La piel nívea de su rostro mostraba un tono rojizo que se volvía más intenso en sus mejillas. 

—Hermoso —dijo Víctor queriendo grabar en su memoria aquella imagen. Levantó el flogger y golpeó, esta vez fue un golpe conciso, preciso y breve. Doloroso. 

El grito de Yuuri fue seguido de un sollozo, las lágrimas inundaron sus mejillas. 

—Precioso —susurró Víctor cerca de su oído—. Tus lágrimas, tus gritos, tus gemidos, tu piel recién azotada, tu dolor y tu placer. Todo eso es precioso para mí y tú eres hermoso. 

Las manos de Víctor acariciaron la piel marcada hasta que la respiració de Yuuri se volvió calma y los sollozos desaparecieron. Luego, se acercó a uno de los muebles y tomó un vibrador anal de tamaño mediano, también un pote de lubricante.

—Pondré esto dentro de ti —avisó, luego lubricó el juguete y lo acercó a la entrada del sumiso—. Relaja tu cuerpo y respira profundo. Te haré sentir bien. 

Víctor comenzó a presionar el anillo de carne con el juguete se silicona negra. Forzando las paredes estrechas a recibirlo. 

Yuuri gimoteaba al sentir su cuerpo abrirse: sus paredes internas resistiendo, pero finalmente cediendo a la intrusión del objeto que pronto estuvo completamente dentro de él. 

Víctor no esperó para hacer funcionar la vibración del juguete, logrando que Yuuri gimiera alto. Sus piernas se tensaban ante las sensaciones que le provocaba el objeto, los dedos de sus pies se crispaban, el placer cosquilleaba en la superficie de su piel, el calor recorría sus venas como fuego líquido buscando explotar. El amo cambió el doloroso flogger por una ruidosa pala de cuero que se estrelló sobre sus nalgas, moviendo el juguete dentro de su cuerpo, haciéndolo rozar una parte más sensible: creyó ver estrellas de colores al cerrar los ojos, quería más. 

La pala nuevamente en medio de sus nalgas lo hizo saltar junto al juguete, volvió a rozar su próstata y sintió su pene botar abundante líquido transparente. Los golpes se hicieron más rápidos, el estímulo más permanente, su pene palpitaba, el líquido preseminal goteaba. Yuuri deseó tocarse, pero le era imposible, entonces rogó… imploró al amo por su liberación, suplicó. La respuesta que obtuvo fue el permiso para correrse; correrse así, sin tocar su miembro, sin que Víctor lo tocara: solo con el juguete vibrando en su interior, solo con la pala azotando sus nalgas. 

Y cuando Yuuri pensó que perdería la cordura debido a esos estímulos, el orgasmo arrebatador lo hizo experimentar la adrenalina que sentiría quién se deja caer desde un helicóptero; el infernal calor en su vientre explotando a través de su pene fue lanzarse al vació. El placer le robó la consciencia. 

(…)

Yuuri despertó en su habitación, entre los brazos de Víctor, quien ya lo había limpiado y había puesto pomada de árnica en su piel. Yuuri tenía puesto un pijama azul y los dedos de Víctor acariciaban su espalda mientras besaba su cabello. Se sentía bien. 

Tan bien que dolía. 

Yuuri sintió que su corazón era estrujado dolorosamente, fue un dolor intenso que irrumpió con fuerza y lo invadió sin que tuviera la posibilidad de detenerlo. Tembló sin poder evitarlo y comenzó a llorar. Fue un llanto ruidoso y repentino, un llanto incontenible.

—Cariño, ¿qué ocurre? —preguntó Víctor alarmado, pero Yuuri era incapaz de responder—, ¿te lastimé? —insistió, perdiendo el color ante esa posibilidad. 

Yuuri no respondía y el primer impulso de Víctor fue revisar el cuerpo del sumiso, confirmando lo que ya había visto, algunas marcas y cardenales esperables, nada diferente de lo que Víctor quiso causar. 

—Yuuri, por favor, háblame —pidió tomando el rostro del sumiso entre sus manos con toda la ternura de la que era capaz—. Necesito saber qué es lo que está mal, por favor, cariño —Víctor beso sus lágrimas y sintió el sabor salado del sufrimiento de Yuuri—. ¿te hice daño?

—N-no —respondió Yuuri al fin—, ¡el amo Víctor no me daña! —gritó entre sollozos—, ¿por qué él sí lo hizo?, ¿por qué? Dolía, dolía tanto… nunca tuve un beso, nunca me tocó con cariño. Solo había dolor. 

El lamento se hizo más fuerte y Víctor solo pudo responder con un abrazo entrañable, con suaves besos desperdigados por su rostro y palabras cariñosas e íntimas. 

—¿Por qué me hizo eso?, ¿por qué yo era su esclavo? —fueron las últimas preguntas que Víctor pudo entender, luego, las palabras salieron entrecortadas e ininteligibles debido al llanto desesperado. 

El llanto que nacía del entendimiento emocional del abuso que vivió. 

Yuuri lo sabía: Lilia se lo había explicado, los policías que lo rescataron se lo dijeron, el fiscal que acusó a su antiguo amo lo afirmó, el juez que lo sentenció lo confirmó. Pero nunca había sido tan claro para Yuuri que había sido abusado, violado y torturado como en ese momento; cuando Víctor, pese a su gusto por causar dolor lo había cuidado, cuando Víctor, pese a tener su cuerpo completamente a su disposición no lo había tomado para su satisfacción sexual. 

Víctor fue el primero en darle placer y cariño, por eso fue en sus brazos que descubrió la amargura de saberse maltratado. 

(…)

Víctor bajó a preparar la cena mientras Yuuri dormía. Había quedado exhausto después de llorar gran parte del día. Incluso se habían saltado el almuerzo por estar abrazados mientras Yuuri lloraba y Víctor intentaba consolarlo. 

Víctor suspiró mientras se perdía en pensamientos, cocinar siempre lo ayudaba a poner en orden sus ideas. Pensó en la sesión con Yuuri y en su llanto desconsolado, una parte de él supo que lo que Lilia había pensado estaba dando resultado. Yuuri pudo comparar lo que había ocurrido en su pasado con lo que ocurría ahora en ellos: sabía que no era lo mismo y comenzaba a confiar en él, pero a confiar más allá del simple hecho de tener que obedecer por ser el amo, a confiarse a sí mismo con la certeza de que no sería lastimado. 

Ese pensamiento lo hizo sonreír. 

Víctor puso todos los ingredientes que previamente cortó en la olla, haría una sopa de pollo, caliente y reponedora, le puso agua caliente y la dejó a fuego lento. Se sentó junto al comedor de diario que había en la cocina, pretendía leer un poco mientras esperaba que la comida se cocinara, pero Yuuri apareció en el marco de la puerta.

Lucía frágil: su piel pálida, sus ojos enrojecidos e hinchados, su postura ligeramente encorvada. 

—A-amo Víctor… yo… ¿puedo estar con usted? —preguntó apretando sus puños.

—Claro que sí, Yuuri, ven. 

Víctor extendió su mano y Yuuri se acercó hasta tomarla, Víctor lo acercó aún más a él, hasta que pudo acariciar sus mejillas y besar su frente.

—La cena pronto estará lista, ¿tienes hambre?

—Un poco, yo… perdón por llorar tanto, por mi culpa no almorzó. 

—No es tu culpa, Yuuri. Fue nuestra primera sesión en la sala de juegos, más intensa que las anteriores, es lógico que te produzca emociones fuertes. Está bien si te desahogas. También soy tu amo para escucharte y consolarte. Para un amo, su esclavo debe ser lo más importante. 

Los ojos de Yuuri resplandecieron ante las palabras de Víctor, su barbilla tembló, pero aún así habló:

—Gracias por todo, amo Víctor.

—Gracias a ti por entregarte a mi dominio y a mi cuidado. 

La sonrisa cálida de Víctor dibujó otra, tímida, en los labios de Yuuri. 

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