En el nombre de Dios, a quien tanto odio (7)


Capítulo 7: Preludio

Los días para Seung eran monótonos. 

Habían días en los que sólo tenía ganas de quedarse acostado en aquella cama pequeña y dura, mirar Ia nada que se respiraba entre las paredes blancas y frías. Pero incluso eso estaba prohibido para un subhumano como él: era así cómo se sentía. 

Seung debía levantarse temprano y desayunar en aquel comedor común en el que muchos compartían espacio, mas no el mismo mundo; cada par de ojos estaba repleto de universos diferentes, algunos llenos de colores, otros sumergidos en sombras. Pero tal vez ninguna sombra era tan oscura como aquella llenaba el alma de Seung. Él miraba a su alrededor intentando no sentir nada, concentrándose en su propia comida e ignorando lo que los demás hacían, ignorando también las voces de enfermeros y enfermeras que trataban de impedir que la comida fuera desperdiciada en juegos sin sentido o debido a temores infundados. 

¿Cuántos años llevaba Seung allí? ¿Hace cuánto tiempo había perdido su libertad? 

Seung no sabía la respuesta. Cada día, igual al anterior, lo hacía sentir en una especie de loop eterno que hacía que el tiempo perdiera su significado. 

Aquella mañana, en la que tal vez su monotonía comenzaría a cambiar, Seung caminó por los jardines del psiquiátrico en los que gastaba sus días, su buen comportamiento le otorgaba ese beneficio, aunque esos altos árboles eran tan fríos como las paredes que los rodeaban y tan sólo la escasa luz del sol que se filtraba entre ellos podía ser considerado un regalo para quienes veían su vida desperdiciada en aquella blanca y enorme jaula. 

Seung caminaba absorto en sus propios pensamientos cuando fue llamado por uno de los enfermeros que custodiaban el lugar. 

—Su prima ha venido a visitarlo —informó seco. 

Seung frunció el entrecejo, él no tenía ninguna prima. Sin embargo, no dijo nada cuando una bonita morena de ojos amatistas se acercó a saludarlo como si realmente fueran familia.

—Perdón por no venir antes, lo siento tanto —dijo ella mientras lo abrazaba. 

El enfermero se alejó y la mujer rompió el abrazo.

—¿Quién demonios eres tú? —preguntó clavando sus fríos ojos negros en el rostro femenino.

—Mi nombre es Sara Crispino —respondió moviendo las hebras azabaches perfectamente peinadas que enmarcaban su lindo rostro—, soy periodista —informó—. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar, si quieres salir de este lugar. 

Y Seung recordó aquella vida pasada, que parecía un sueño o una anterior reencarnación. Una vida en la que conocía el significado de la palabra fe y esperanza, fe que lo llevó a ingresar como seminarista, esperanza que lo hacía desear llevar un mensaje de paz. Una fe que se vio quebrada y una esperanza que se pulverizó cuando descubrió lo que sus superiores hacían con los niños del orfanato e incluso con algunos seminaristas que caían víctimas de las torcidas pasiones. 

Y Seung recordó el odio que los años y la rutina habían aplacado cuando poco a poco se vio sumergido en aquella apática vida carente de todo sentido. 

Y Seung deseo que su vida nuevamente tuviera un significado, aunque fuera ese odio que renacía el que le diera un renovado motivo, aunque tuviera que hacer crecer ese sentimiento despreciable y a veces necesario para poder avanzar

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

La arquidiócesis liderada por Víctor tenía bajo su tutela diferentes tipos de proyectos e iniciativas que a lo largo de los años habían ido naciendo, a veces de la mano de los anteriores obispos, otras incluso de la comunidad que conforma las bases de la iglesia católica. Una de estas iniciativas es el centro de apoyo psicológico y social de la vicaría de la esperanza joven, en el cual, diversos profesionales y estudiantes avanzados prestan sus servicios de manera voluntaria y gratuita a jóvenes y adolescentes que de otra manera no tienen acceso a una atención expedita. 

Lilia era el nombre de la mujer que lidera este centro de atención. Ella se había refugiado en su fe en Dios y en la ayuda a personas jóvenes después de que su hija adoptiva decidiera suicidarse, dejando a un pequeño hijo que ahora era criado por Lilia, una mujer admirable y llena de fortaleza, estricta, severa, pero con un corazón más grande y cálido de lo que muchas personas lograban ver. 

Ella se encontraba en el despacho de Víctor, esperando por él mientras observaba el jardín lleno de lirios a través de las amplias ventanas. 

—Lilia —dijo Víctor interrumpiendo la contemplación de la mujer—, disculpa mi tardanza. 

—No tienes de qué disculparte —respondió ella— comprendo lo atareado que debes estar. Mil cosas importantes pasan por ti. 

—Y el presupuesto para el centro de atención que diriges es de las más importantes, Lilia —contestó con una cálida sonrisa. 

—Agradezco mucho el interés que muestras por el centro, aunque los profesionales donan gratuitamente su tiempo, no podemos estar pidiendo que además pongan los materiales que utilizan o que atiendan en malas condiciones. 

—Tienes razón —apoyó Víctor sentándose en su escritorio, fue imitado por Lilia quien se sentó frente a él—, por cierto —dijo Víctor como quien recordaba alguna cosa— ¿cómo está Luka? Es raro verte sin tu nieto.

—Luka está muy bien —los ojos de Lilia brillaron al pensar en el niño—. vino conmigo, pero está en la biblioteca. Pasé por ahí antes de venir contigo, fui a dejar algunos libros que había tomado prestados. No sabía que el director del seminario donde te formaste ahora estaba en el arzobispado, debes sentir mucho aprecio por él para traerlo a trabajar a tu lado. 

Víctor se esforzó por no mostrar el pánico que había comenzado a sentir. Se quedó en silencio hasta que una falsa sonrisa se dibujó en su rostro.

—Claro —contestó finalmente—, le debo todo lo que soy como sacerdote. 

—Debe ser casi como un padre.

—No —salió inmediatamente de los labios de Victor—. Quiero decir… fui criado por un sacerdote al que siempre veré como mi segundo padre. Lombardi ocupa un lugar diferente, pero muy importante también.

—Entiendo. 

—¿Te encontraste con otros sacerdotes en la biblioteca? —preguntó sonriendo, como si tuviera curiosidad de lo que Lilia pudiera contar. 

—No, estaba sólo el padre Lombardi. 

—Ya veo… Lilia, ¿me disculpas un momento? —dijo Víctor poniéndose de pie abruptamente—. He recordado algo importante, vuelvo en unos momentos.

—Claro —respondió algo confusa por la urgencia de Víctor. 

El obispo salió con prisa de su oficina, corrió por los pasillos que lo separaban de la biblioteca y entró como un vendaval cuando finalmente llegó junto a Lombardi. 

Luka era un niño de cinco años al que le gustaba que le contaran cuentos. Lombardi lo tenía sentado en su regazo mientras le narraba la historia de Jonás y acariciaba sus pequeñas piernas. 

—Lombardi —dijo Víctor con voz suave para no preocupar al niño, ajeno a los temores que había experimentado el Obispo.

Luis Lombardi miró a Víctor y pudo ver esa mirada fría clavándose en él, lo amenaza era clara como sus ojos azules.

—Monseñor —respondió con una sonrisa fingida. 

Luka sonrió al ver a Víctor y este cambió su expresión acercándose a él y extendiendo sus brazos.

—Vamos con tu abuela —ofreció.

—Sí —respondió Luka accediendo a ser cargado por Víctor.

—Padre Lombardi —dijo Víctor abrazando al pequeño—, no vuelva a hacer algo como esto, usted no puede quedarse a solas con ningún niño. 

—¿O qué?

—Le puede pasar algo peor que a Blankenheim —sonrió—, supongo que no necesito explicar a qué me refiero.  

Víctor giró y se marchó de la biblioteca, dejando a un muy irritado sacerdote apretando sus manos hasta volver sus nudillos aún más blancos. 

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Minako se encontraba nerviosa, jugaba con su teléfono celular mientras esperaba a la persona que debería haber llegado hacía ya 15 minutos, su café se enfrió sin siquiera ser probado. Cada vez que la campanilla en la puerta de la cafetería en la que estaba sonaba, sus ojos se dirigían a aquella puerta de vidrio. Cuando al fin vio a Sara entrar suspiró aliviada. 

Sara le sonrió y se acercó, sentándose frente a ella.

—¿Cómo te fue? —preguntó inmediatamente Minako.

—Hola Sara, ¿cómo estás? —dijo con una seriedad que se adivinaba falsa— Bien, muchas gracias, Minako ¿Y tú?

—No estoy para bromas, habla pronto.

—Está de acuerdo con el plan —sonrió. 

—Eso merece una celebración —dijo Minako poniéndose de pie.

—¿Ya te vas?

—Nos vamos. Nada de café por hoy, esta noche nos embriagamos. 

—Me gusta la idea, de camino a un bar te cuento los detalles. 

Ambas sacaron sus teléfonos celulares. Tenían un par de mensajes que enviar antes de ponerse en camino. 

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