En el nombre de Dios, a quien tanto odio (6)


Capítulo 6: Sacrificio (pasado)

Capítulo 6: Pasado: Sacrificio

Christophe estaba preocupado, Víctor había pasado dos días encerrado en su habitación, ni siquiera había salido a comer y no respondía los llamados a su puerta. El padre Lombardi les había comunicado que Víctor pasaría unos días en solitario porque necesitaba orar y reflexionar —debe escuchar la palabra de Dios— informó sin dar más detalles. Pero Chris no creía que un tercer día de encierro y ayuno ayudaran a Víctor, por eso, a medio día comenzó a golpear la puerta de su recamara sin importarle la prohibición de Lombardi. 

—¡Víctor, abre la puerta! —exigió el rubio después de estar golpeando durante cinco minutos seguidos. 

No había respuesta. 

—¡Responde de una vez! —los golpes a la puerta comenzaron a ser escandalosos. 

No había respuesta. 

—¡No me iré hasta que abras la maldita puerta! —no estaba dispuesto a rendirse. 

No había respuesta. 

Los golpes seguían. 

No había respuesta. 

Una patada directo a la puerta fue el último recurso. 

—¡Voy a derribar esta maldita puerta, te lo advierto! —gritó cada vez más preocupado. Estaba convencido de que si Víctor realmente solo necesitara un poco de oración y reflexión le habría contestado, lo habría tranquilizado diciéndole cualquier cosa. El silencio de su compañero lo asustaba. 

Otra patada a la puerta.

—¡Te lo advertí, la voy a tirar! —gruñó. 

No fue necesario, escuchó a su compañero quitar el seguro de la puerta para después abrirla. Christophe tragó en seco al ver al seminarista, estaba ojeroso, pálido, se notaba que no había dormido y parecía más frágil y joven de lo que recordaba. 

—Víctor, por Dios —dijo Christophe impactado por aquella apariencia—. ¿Qué es lo que ocurre?

—Yo… lo que ocurre…

—Christophe, creo que no te quedó claro que Víctor necesita tiempo a solas —la voz de Lombardi interrumpió a los jóvenes. 

Víctor sintió que como su estómago se contrajo con tan sólo oír aquella voz, las náuseas lo invadieron y tuvo que correr al baño, vomitando lo que no tenía, sólo el amargo jugo gástrico que escocía su garganta y dejaba su boca llena de ese horrible y ácido sabor. 

Cuando Chris vio a Víctor correr lo siguió sin importarle lo que el sacerdote había dicho. Se hincó junto a Víctor, quien abrazaba la taza del baño, recogió su largo cabello plateado y acarició con gentileza su espalda, intentando brindarle apoyo, deseaba que confiara en él. 

—Christophe, vaya a la cocina y dígale al padre Masumi que prepare una sopa de pollo para Víctor —ordenó Lombardi llegando junto a ellos.

—Padre, no quisiera separarme de Víctor, él…

—Por favor ve —interrumpió Víctor levantando la cabeza y mirando a su compañero directamente a los ojos.

—Está bien —contestó Chris ante la muda súplica que le fue dirigida en esa mirada. Antes de salir ayudó a Víctor a ponerse de pie. 

Cuando quedaron a solas Lombardi miró a Víctor, quien se sujetaba con fuerza del lavamanos.

—Tienes hasta esta noche para decidir —dijo el sacerdote con una sonrisa, para después dejar solo a Víctor con todo el asco que sentía. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Al caer la noche, Víctor comenzó a sentirse aún más inquieto de lo que había estado durante los últimos días. Se abrazaba a sí mismo recostado sobre su pequeña cama sin saber qué hacer. Sabía que si decidía quedarse ahí durante esa noche significaría cerrar sus ojos a todo lo que sabía que ocurría y eso era algo con lo que difícilmente podría vivir. Aunque quisiera,  correr a su pequeño pueblo y a los brazos del hombre que consideraba su padre no haría que las cosas volvieran a ser como antes. El tiempo no regresaba y los malos recuerdos no se olvidaban. 

Víctor se sentó en la cama, sus manos temblaban al saber cuál era la única respuesta que encontraba a la situación que vivía. Se puso de pie y se dirigió al baño, lavó su rostro y miró sus ojos azules sin brillo con amargura.

—¿Es lo que tengo que hacer? —se preguntó.

Caminó lento, salió del baño, miró su habitación de manera contemplativa, fijó la mirada en un rosario de madera que adornaba una de las paredes. Era un rosario grande y hermoso que le había dado Yakov el día que abandonó su pueblo, la sonrisa dolorosa en su rostro y la nostalgia de los recuerdos lo hizo acercarse a ese objeto que tenía tanto valor para él, lo tomó entre sus manos y besó la cruz al final de las cuentas caoba.

—Padre, protege a tus hijos pequeños —rogó—, protégeme por favor. 

Salió de su habitación negándose a llorar más de lo que ya había llorado, caminó de forma pausada por esos pasillos oscuros cuyas paredes ahora vislumbraba como tétricos gigantes que solo esperaban consumirlo. Caminaba despacio, oscilante, dudando. No podía ser firme una decisión que probablemente lo arrojaría sin piedad al mismo infierno. 

Sin embargo, al verlo cualquier indecisión pasó a segundo plano. 

«El pequeño Yuuri»

Víctor vio cómo Lombardi arrastraba a Yuuri hacia su oficina, el niño de ojos apagados parecía aceptar lo que vendría con dolorosa resignación. 

«Esta vez no puedes quedarte inmóvil»

Víctor llegó junto a ellos cuando Lombardi ya había entrado con Yuuri a su despacho.

—Suéltalo —dijo en un tono más firme del que creyó poseer en esos momentos. Sujetando con fuerza el brazo de Lombardi.

El sacerdote soltó a Yuuri y sonrió.

—¿Tomaste una decisión? —preguntó— desearía saber cual fue. 

—Sólo hay una decisión posible —respondió—. Ahora deja que el niño se marche. 

—Ya oíste, Yuuri. Puedes irte —dijo el sacerdote con una amplia sonrisa.

Yuuri miró a Víctor confundido, el joven se inclinó y puso sus manos en los hombros del menor, le sonrió y le dijo:

—No te preocupes, Yuuri. Te prometo que de ahora en adelante no permitiré que nadie te lastime. Vuelve a tu cuarto. 

—Gracias —murmuró el pequeño para luego salir corriendo de ese lugar. 

La puerta se cerró, Víctor apretó los puños hasta lastimarse a sí mismo enterrando las uñas en su piel. 

—Tu elección me hace feliz —dijo Lombardi—. Eres tan hermoso, mi ángel. 

—Jura que dejarás en paz a ese niño —exigió el seminarista—. Jura que ni tú ni el asqueroso de Blankeinheim les pondrán un dedo encima a esos niños. Si es tu deseo me convertiré en la puta del seminario, pero déjalos en paz. 

—Es un trato —respondió Lombardi acercando sus manos al rostro de Víctor, quien cerró los ojos mientras se dejaba acariciar por las manos toscas del sacerdote y tragaba en silencio la repugnancia que ese acto le provocaba. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

El frío de la madrugada calaba los huesos de Víctor, quien caminaba con dificultad y se abrazaba a sí mismo en medio de la oscuridad. El rastro de lágrimas secas surcaba su rostro pálido mientras su mirada se encontraba fija en la pequeña capilla que se encontraba fuera del edificio, donde seminaristas y sacerdotes dormían sin imaginarse lo que ahora palpitaba con violencia en el pecho del joven Víctor. El temblor de sus piernas hacía que su destino pareciera más lejano de lo que en realidad era, pero a pesar de eso Víctor no detenía su andar. 

Caminó con pasos vacilantes hasta llegar a su destino, entró por las grandes puertas de madera y caminó por el pasillo enmoquetado hasta desplomarse junto al altar. 

Cayó de rodillas frente al crucifijo que se erigía enorme y distante. Bajó la mirada, su largo y hermoso cabello cubrió su rostro, sus manos apretaban la tela fina de su pantalón. Las lágrimas caían nuevamente de sus ojos nublados. 

—Cuando le pregunté al padre Yakov la razón por la que permites que ocurran cosas injustas me dio las mismas respuestas que les daba a sus feligreses; el libre albedrío de los hombres y el plan divino que no somos capaces de comprender. Lo del libre albedrío lo entiendo, cada persona es responsable de sus actos, no lo niego. —Víctor levantó su rostro, la expresión que tenía no podía calificarse como serena, parecía más bien carente de todo sentimiento o emoción, vacío—. Pero por más que intento encontrar una pista de lo que esto pueda significar para ti no logro hacerlo. No puedo —mordió sus labios hinchados mientras sus ojos comenzaban a moverse como si realmente quisiera encontrar alguna cosa—, no tiene sentido —murmuró frunciendo el entrecejo— ¡no tiene sentido! —dijo en voz más alta— lo que me hizo ese hombre no puede ser parte de ningún plan benéfico, eso es absurdo… es absurdo… 

Víctor se puso de pie y comenzó a caminar en círculos mientras seguía repitiendo el sinsentido de su dolor. 

—¡No tiene sentido! —gritó de pie, miró fijamente ese distante crucifijo que no le devolvía la mirada—. ¡No existe ninguna razón para que un Dios de amor permita que lastimen a sus hijos más pequeños y vulnerables! ¡No existe ninguna razón para que un Dios de amor se quede en las alturas mirando indiferente el llanto de los inocentes que pierden su alegría y su pureza en manos de quienes se adjudican el derecho de hablar en tu nombre! No hay ninguna prueba, no hay ninguna enseñanza, no hay nada… ¡Nada que lo justifique! —su voz flaqueó—. No hay nada que justifique el haber permitido que alguien que deseaba amarte y servirte con todo su corazón haya sido destrozado como he sido destrozado este día. 

Los sollozos de Víctor se hicieron audibles, desesperados, su llanto parecía un gemido doloroso que nacía de sus entrañas. Su llanto era un mar tormentoso de tristeza, decepción, rabia y desesperanza. 

—Te odio… —logró pronunciar—. ¡Te odio! —gritó desgarradoramente para luego aferrarse al mantel blanco que descansaba sobre el altar, jalando con fuerza, tirando los candelabros, la biblia y otros objetos que adornaban ese sitio sagrado—.  Espero que no existas —confesó—, porque si realmente existes… si tú existes, no es más que tú crueldad aquello que no conoce límites. 

Volvió a caer de rodillas ante aquella revelación. Bajó la vista sin saber como expresar lo que se arremolinaba en su interior, se quedó completamente inmóvil, como un muñeco abandonado, hasta que sintió unas pequeñas manos tocando su rostro, levantó la mirada y sus sombríos ojos azules se encontraron con la mirada brumosa del niño que había jurado proteger. 

—Perdóname —susurró el pequeño dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas rosadas humedeciendo sus labios infantiles. 

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