Inexistente. 1


Oculto.

Año 2014
(Un año antes)

   La luz del día era potente. El canto sonoro de las aves penetraba en sus oídos, un sonido que debía detonar sentimientos positivos, le generaba irritación.

   Levantó sus pesados párpados con un esfuerzo increíble y un dolor intenso en su abdomen (signo claro de ansiedad). Tenía miedo y le dolía saber que un nuevo día comenzaba.

   Con su mano desinteresada buscó sus gafas al costado de su cama, en su pequeña mesa de noche. Pensó por un momento si realmente quería ver el mundo tan repugnante que le rodeaba, tal vez era mejor vivir entre la sombras que apreciar la crueldad humana en alta definición.

   Sin tomarle más atención a sus negativos pensamientos colocó sus gafas, teniendo como primer plano el reloj de pared sobre la puerta, aquel que mostraba una hora común para Yuuri: 12:50 pm.

   Su sueño se había extendido aproximadamente doce horas. ¿Qué más podría hacer? Nada le llamaba la atención, prefería dormir y olvidarse de que existía, tal como el mundo lo hacía con él.

   Se levantó perezoso y un poco adormilado. Se dirigió hasta su armario abierto, tomando aquel uniforme que era obligado a llevar en la secundaria. Vaya que odiaba ese uniforme, resaltaba su sobre peso y acortaba su estatura.

   Pero en parte era lo mejor, sus compañeros se burlarían aún más de él si llevase su ropa normal, pues la moda no era parte de su vida. Amaba el negro y los colores oscuros, así como cubrirse por completo cada parte del cuerpo. 

  Si por él fuera, se vestiría con un saco de dormir todo el día para evitar ser visto por alguien.

   Se vistió con un entusiasmo ausente. Vio al espejo a su lado, el cual reflejaba un punto perdido en la habitación. Pensó en admirarse a sí mismo y ver cómo lucía su cabello, o cómo podría acomodar mejor su despreciable uniforme, pero descartó la idea rápidamente, el como fuera su aspecto no haría que la gente lo viera con ojos amables, pues no era alguien atractivo, ni siquiera alguien que tuviera potencial para serlo, solo era aquel chico con obesidad, poseedor de infinidad de apodos hirientes y detonantes de risas a su paso.

   Ver su imagen reflejada en el espejo era una tortura. Siempre que admiraba su reflejo, las palabras de aquel que había sido su único amigo (o algo así) llegaban a su mente y destrozaban su casi nula autoestima:

“Eres demasiado horrible YuuriMirate ¿Quién se fijaría en alguien como tú? Mejor vete resignando a estar solo de por vida.”

   Vaya amigo.

   Las palabras pueden llegar a ser armas muy hirientes, y las cicatrices que dejan, muy difíciles de desaparecer.

   Tomó su mochila, aquella a la que le tenía gran afecto. La soledad había comenzado a afectarle y comenzó a sentir aprecio por las cosas inertes, pues éstas no lo dejarían.

   Salió de su habitación y bajó las escaleras de su casa, percatándose como el frente de su amada mochila estaba próxima a romperse, y no era para menos: le había costado mucho esfuerzo desaparecer las palabras que algún desconocido había plasmado en ella, en un puro acto de malicia:

“Maldito antisocial”
“Anormal de mierda”
Suicidate

   Comenzaba a temblar solo de recordarlo.

   El tedioso “tic-tac” del reloj en la sala se escuchaba tan pronunciado, tan potente, recordándole que estaba completamente solo en su casa. Su madre estaba en las aguas termales, trabajando con su padre, y su hermana en la universidad.

   Su hermana Mari: la hija perfecta a los ojos de sus padres, quien siempre obtenía las calificaciones más altas, quien recibía reconocimientos, quien siempre traía amigos y novios a casa, quien había sido aceptada en una universidad exclusiva, quien gozaba de ir de compras y arreglarse como el resto de sus huecas amigas.

   En cambio, él era quien siempre obtenía notas regulares a pesar de apasionarle el estudio, aquel que siempre se esforzó por hacer amigos pero siempre fracasó, aquel que nunca había tenido novia, alguien a quien los maestros ni siquiera prestaban atención, aquel que gozaba de escuchar canciones como “Gloomy Sunday”, “Sweet dreams” y “Sad Violín” (gustos anormales según el mundo).

   Aún recordaba las palabras de su madre cierta vez:

“¡¿Por qué no eres normal como tu hermana?!”

   ¿Cuál era la definición de “normal” según su madre? Tal vez algún chico mujeriego, con cuerpo perfecto y pronunciado, popular y sociable, que escuchara canciones de ídolos adolescentes y tuviera posters de deportes en su habitación. Que repugnante.

   Sin ánimo de seguir marcando las obvias diferencias entre su hermana y él, caminó hasta la cocina, esperando algo para merendar antes de ir a la escuela.

   En el comedor se encontraba un solitario plato de comida cubierto y listo para comerse. Una sonrisa se formó en su rostro y se acercó, tomando la pequeña nota que yacía sobre el plato, su madre tal vez había pensado en él por primera vez en mucho tiempo.

“Espero que comas bien Mari, es tu plato favorito.

-Mamá”

   Por supuesto, era demasiado bueno para ser verdad.

   Quiso con todas sus fuerzas romper aquella nota llena de desinterés por él, pero se contuvo. Algo que había aprendido últimamente era a reprimir su inminente ira.

   Con las manos empuñadas, caminó rápido hasta la entrada, no quiso comer nada, su apetito se había ido por completo. Otro día sin comer, era algo anormal en él, pero no le importaba. Últimamente su apetito había disminuido mucho, pero nadie lo notaría.

   —Da igual. Si dejo de comer tal vez así baje de peso y dejen de molestarme—dijo para sí mismo en voz alta.

   Cerró la puerta de la entrada y caminó. Al doblar a la izquierda, justo en la casa de al lado, pudo observar una mudanza. Los cargadores sacaban los muebles del gran camión y los llevaban al interior.

   Continuó su camino a la escuela, cabizbajo. Le daba igual quienes fueran sus vecinos nuevos, sus padres probablemente irían en la semana a darles un regalo y presentar su acto de hipocresía, nada relevante.

   Por suerte o por desgracia, la escuela no quedaba lejos, por lo que llegó tarde, pero fruto de su desinterés, no de la distancia.

   Observó el frente de aquel infierno llamado escuela y suspiró: realmente no quería entrar ahí, pero no podía faltar, era un alumno excepcional,  una ausencia en su historial sería una mancha imborrable para él.

   Era una verdadera lástima que aquella dedicación se oscureciera por las bajas notas, producto de participaciones y trabajos en equipo que nunca realizó, o que realmente, nunca le dejaron realizar. 

   Caminó hacia la entrada, con la esperanza de llegar tarde y que le negasen la entrada, pero para su desgracia no fue así. Entró y observó el patio desierto, todos debían estar en sus aulas, pues había llegado tarde.

   El turno vespertino: un turno que no le había quedado de otra más que aceptar, con sus bajas calificaciones fue difícil que al menos pudiera entrar. El privilegio de elegir se le había negado.

   Fue a su aula de clases y al abrir la puerta pudo observar la cereza sobre el pastel que coronaría precozmente su día como horrendo: había trabajo en equipos.

   Soltó un suspiro lleno de frustración y cierto miedo, pues sabía cual sería su destino.

   Fue al único asiento disponible en un rincón solitario y tomó asiento.

   Nadie le dirigió una mirada, ni siquiera la maestra encargada, nadie pareció notar su presencia. 

   Ni siquiera se molestó en sacar sus cuadernos, no trabajaría ya que nadie lo incluía en algún grupo, siempre era lo mismo. Los profesores preferían simplemente fingir que nadie quedó ausente en algún equipo y así no preocuparse por él, era más fácil para ellos.

   Sin nada que hacer, esperando no ser el blanco de burlas, observó a sus compañeros, todos tan diversos y variados, pero con una mentalidad tan similar. 

   Los chicos, todos con una apariencia juvenil y fresca. Unos galanes rompe corazones que podrían tener la novia que quisieran. Sus temas de conversación siempre serían chicas, fiestas y deportes, todo menos el trabajo asignado.

   Yuuri se veía por el reflejo de la ventana, viendo su apariencia infantil, su regordete cuerpo y redondo rostro, oculto sobre unas gafas gruesas que eran la diferencia entre ver o no ver, su baja altura, su aura oscura rodeándole, parecía ser de otro mundo al lado de ellos.

   ¿Cuál era la diferencia entre ellos y él? ¿Por qué eran tan diferentes? Eso no importaba. Nada le haría cambiar las cosas: el raro, el antisocial, el adefesio, siempre sería él, no los demás.

   Dirigió su mirada a las chicas, todas tan hermosas, tan bellas, pero tan podridas por dentro. No tenían preocupaciones más que verse bellas, divertirse y ser populares.

   Su aula completa era el estereotipo de los protagonistas de alguna novela o serie de televisión juvenil, en cambió él: siempre la manzana podrida del huerto, siempre el número impar, siempre el que sobraba ahí.

   La tortura de estar en el lugar no era nada comparado con el dolor de pensar que esa pesadilla se repetiría, no mañana, o pasado mañana, o el siguiente mes, o el siguiente año, toda su vida sería lo mismo.

   Que vida tan más triste, tan más miserable.

   Su estómago comenzaba a doler, su ansiedad se acercaba, alertándole que era realmente su corazón el que comenzaba a doler.

   Ser siempre el raro era algo sumamente triste que no le deseaba a nadie, ni siquiera a ese tipo que ahora mismo le lanzaba trozos de borrador mientras se reía con sus amigos.

   Sus ojos comenzaron a humedecerse, estaba tan acostumbrado a reprimir sus emociones, pero como todo en la vida, había un límite, y él ya estaba llegando a ese límite. Pero no era momento de llorar, no quería ser la burla de todos ellos aún más.

   ¿Ellos se compadecerían de su llanto lleno de dolor? ¡Pero claro que no! Se reirían y la escena les daría material para molestarlo mucho tiempo más. ¿Cómo podría saber eso? Porque ya lo vivió.

   El día que salió a gimnasia y regresó a su aula, encontró su amada mochila, su única compañera, su amiga, rayada y con tierra y huellas de zapatos por doquier, así como el almuerzo que él mismo se había preparado, aplastado y esparcido por el suelo. Ese día lloró, y sintió en carne propia la crueldad humana en forma de risas.

   Como si no fuera suficiente humillación, limpiaron el desastre en el suelo con su rostro, haciendo que se enfermara al día siguiente por lamer el sucio suelo. ¿Los profesores? Oh sí, ellos tuvieron más piedad que sus compañeros y solo le obligaron a ir por un trapeador y una escoba para limpiar lo que quedaba de su dignidad e inocencia.

   No podía evitarlo, sus lágrimas ya habían comenzado a salir por sus ojos, era demasiado dolor como para poder soportarlo.

   La mente humana tiene un límite, un límite que separa la tristeza de la depresión, y él ya estaba cansado de haber superado ese límite hace mucho tiempo.

   Vio el reloj de la pared y se llevó una desagradable sorpresa: 1:14 pm. Aún le quedaban 7 horas de tortura psicológica pura, y ni mencionar el momento más anhelado del día: el receso.

   El receso era su peor pesadilla, más aún que los trabajos en equipo y las participaciones. 

   Siempre era obligado a salir del salón y vagar como alma en pena buscando un lugar donde pudiera comer tranquilo, sin nadie que le robase su comida para simplemente botarla a la basura, o sin chicas que pasarán arrojándole basura como a un indigente.

   Al menos ese día no llevaba comida que pudieran estamparle en la cara.

   Siempre observaba a sus compañeros en clase, y el receso no era la excepción. Los observaba como un científico en una investigación, siempre intentando descubrir donde estaba la diferencia entre ellos y él, donde estaba la clave para ser aceptado y llegar a la felicidad.

   El receso…No, no estaba dispuesto a soportar aquella tortura un día más. Había soportado todo, no quería que la misma historia se repitiese.

   Comenzó a temblar y llorar desconsoladamente, tratando de ahogar sus lágrimas y tragar su tristeza para evitar alertar a toda el aula su lamentablemente situación. Tenía miedo, tanto miedo que evolucionó a terror puro.

   Su cuerpo entero se llenó de adrenalina, se levantó de su asiento, tomó su mochila y corrió fuera del aula.

   Escapó como quien escapa de un asesino. Nadie lo miró, nadie se percató de que se fugaba de clase, ni siquiera la desinteresada maestra.

   Corrió por el pasillo y finalmente llegó al patio. El primer rayo de suerte se presentó al ver la puerta de la escuela ligeramente abierta. Corrió hasta ella y salió del lugar.

   Nadie vio nada, nadie le dijo nada, nadie intentó detenerlo, nadie intentó entenderlo.

   En dos minutos ya estaba frente a su casa, tratando de abrir la puerta, pues sus lágrimas empañaban sus ojos y le dificultaban ver.

   Entró y cerró la puerta con fuerza, dejandose caer al suelo con la espalda pegada a la puerta de madera.

   Fue recibido por los ladridos de su amada mascota, Vic-chan. Su pequeño caniche le miraba aproximadamente a dos metros de distancia.

   Yuuri no soportó más y comenzó a llorar más fuerte, sin desear nada más que una lamida de consuelo de aquel pequeño cachorro, pero en cambio, éste le gruñía y ladraba.

   —Vic-chan, ven aquí—suplicó entre lágrimas, pero el animal continuó agresivo y finalmente huyó de su vista.

   De la cocina, al fondo, salió una mujer: su madre.

   —¿Tú qué haces aquí?—preguntó Hiroko algo desinteresada mientras buscaba algo por los muebles del lugar.

   —Y-yo… Llegué tarde—intentó excusarse. Le temía a su madre, tenía muy en claro lo furiosa que se ponía cuando él faltaba con sus responsabilidades.

   —Ya estoy cansada de decirte las cosas. Siempre buscas pretextos para no cumplir con tus obligaciones. Si quieres faltar a la escuela está bien, hazlo, solo tú saldrás perjudicado. Pero mañana comienzas a trabajar, así de simple.— La mujer continuaba con sus asuntos, mientras el pequeño cachorro le seguía a cualquier lugar que se parase.

   Un odio intenso creció en Yuuri, su madre no entendía por todo lo que estaba pasando, no le importaba lo que le pudiese suceder, solo lo juzgaba, sin detenerse al menos un segundo a mirar la tristeza y desesperación en la mirada de su hijo.

   Siempre había sido el hijo sumiso que muchas madres quieren, pero por un momento, quiso dejar de ser un hijo para ser un ser humano, un ser humano que se estaba rompiendo en pedazos.

   —¡¿Tú que puedes saber de mí?! Nunca te ha importado como me sienta, nunca me haces caso. Para ti y papá es más fácil fingir que no existo y centrarse en Mari que admitir que tiene un hijo anormal e intentar ayudarlo. No les pido la luna ni las estrellas, solo les pido por una maldita vez, que al llegar de aquel horrible colegio me pregunten de manera sincera “¿cómo estás?” ¡¿Es mucho pedir?!—Una bofetada calmó su adrenalina y silenció sus palabras.

   —Lo único que faltaba. Ahora me doy cuenta de la clase de hijo que tengo, que vergüenza. ¡¿Qué hice mal?!

   Yuuri no dijo nada más, solo veía como Vic-chan le ladraba y parecía a punto de morderle. Su madre respiraba, intentando recuperarse de la insolenciade su hijo (que más bien era un grito desesperado por ayuda).

   —Me voy a las aguas termales de nuevo, y es mejor que vayas recogiendo tus cosas porque a tu padre no le dará mucha gracia lo que hiciste hoy—dijo furiosa y salió de la casa, empujando a Yuuri de la entrada al abrir la puerta. Vic-chan se fue detrás de Hiroko, con su cola moviéndose de un lado al otro, alegre.

   Idiotas. Todos ellos. No soportarían ni un solo día en su lugar, pero se creían con el derecho de juzgarlo.

   En ese momento, algo en su mente y corazón comenzó a quebrarse.

   Escucharlo, comprenderlo, no costaba nada hacerlo, pero nadie lo hizo.

   Sus lágrimas se habían sacado, pero sus puños continuaban cerrados.

   ¿Acaso nadie se dio cuenta de la vida que estaban arruinando? No, el mundo es egoísta por naturaleza.

   Tal vez, si ya no estuviera en ese mundo dejaría de sufrir. Nadie lo iba a extrañar, ni siquiera aquel cachorro al que rescató de la basura y que ahora le atacaba.

   Caminó con pasos firmes hasta la puerta trasera con su mochila en mano. El silencio era inminente, pero no para Yuuri: todas esas voces: las de sus padres, su hermana, profesores, compañeros, el mundo entero, diciéndole lo innecesario que era.

   Llegó al patio trasero, sus ojos apuntaron a la bicicleta de Mari, atada con una cuerda a un árbol.

   Se acercó, y con esfuerzo, y algunas heridas en sus dedos, logró liberar la cuerda.

   Detrás de su casa, en la pared, había un pequeño bote de pintura que su padre usaría para pintar la bicicleta de Mari, lo tomó.

   Caminó hasta el interior de su patio trasero que daba fin en un pequeño bosque (que nadie visitaba por estar lleno de advertencias) y apuntó a su objetivo: un árbol de no mucho tamaño pero con una gruesa rama sobresaliendo.

   Caminó hasta él y colocó el bote de pintura en el suelo, subiendo sobre éste para lograr alcanzar aquella rama y atar la cuerda.

   En cuestión de segundos todo habrá terminado. Todo ese dolor que durante años lo torturó, finalmente desaparecería.

   Mientras realizaba nudo tras nudo, pensaba en aquello que estaba dejando: nada. Nadie se preocuparía por él, absolutamente nadie.

   La cuerda por fin estaba lo suficientemente fuerte como para soportar su peso.

   Comenzó a atar la cuerda restante en su cuello. De sus ojos comenzaron a correr lágrimas.

   —Fuiste mi única compañía, la única que estuvo conmigo, lamento mucho dejarte sola, tal vez te tiren a la basura después de esto, lo siento mucho—declaró llorando mientras veía su mochila en el suelo.

   Dio una última mirada a su alrededor y sin pensarlo demasiado, se dispuso a tirar el bote debajo de él.

   Pero una voz detrás le hizo helar.

—¿Qué estás haciendo?

Notas del autor: ¡Gracias por leer! Si les gusta la historia no duden en compartirla, se los agradecería mucho. 

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