This is what we do for a living


Notas especiales:

– One shot escrito con mucho cariño para Sofi Cu, quien cumple años el día de hoy. ¡Espero te guste este pequeño detalle! ❤ 

-Fecha: 02 /09/ 2019

-Personajes: Yuuri Katsuki, Víctor Nikiforov. 

-Advertencia, mención de muerte de un personaje (no relacionado al victuuri).

Resumen: Víctor Nikiforov es un oficial que hace algún tiempo no acepta ningún compañero. Frío y distante, la mayoría de sus compañeros no se acerca a él. Entonces, cuando el ruso creyó que su rutina seguiría en la misma monotonía por siempre, a su vida llegó un curioso novato de nombre Yuuri, demandando que él, Víctor, fuera su compañero y mentor.

Escribí la premisa de este OS en el grupo Victuuri is love & life tiempo atrás basándome en una imagen de Schorn el 30 de marzo. Lo publico ahora en wattpad ya que se encuentra corregido y aumentado. 

El título del OS es el título de una de mis canciones favoritas de MCR, nada que ver con el OS, pero me pareció adecuado el título XD 

¡Espero lo disfruten! ¡Comenzamos!


Enfrente de la escena del crimen, después de atrapar a un famoso ladrón de bancos, un par de reporteros se apresuraron a cubrir la premisa. Víctor Nikiforov, quien estuviera a cargo de las maniobras de rescate de los rehenes, sonrío calmado ante la cámara, su cabello reluciente presumiendo su natural color plateado contra los rayos de sol.

—Nos han autorizado hablar con el jefe de este rescate, el oficial Víctor Nikiforov. Oficial, ¿podría explicarnos los pormenores en el rescate de este asalto que concluyó satisfactoriamente para el equipo policiaco?

Víctor procedió a explicar a grandes detalles lo sucedido, no es partidario de hablar con la prensa; sin embargo, el oficial Nikiforov es consciente de la buena imagen que el departamento debe conservar.

—Ha mencionado que alguien del equipo dedujo con prontitud el modus operandi del grupo de asaltantes, y no solo eso, fue el primero en entrar al banco arriesgando su vida al no vestir chaleco antibalas o alguna protección similar. ¿Podríamos saber el nombre del oficial? —preguntó una de las reporteras al acercar el micrófono al policía.

—El acto temerario de Yuuri Katsuki, mi pareja, fue el momento clave que nos permitió concluir de manera satisfactoria la misión —explicó Víctor, sonriendo—. No duden que tal acto se verá recompensado. Fue muy valiente y heroico.

—¿Su pareja? Es decir, su compañero de patrullaje…

Víctor observó la negra cabellera de Yuuri hacerse paso entre la pequeña multitud que abarrotaba el lugar. De inmediato, sus ojos azules conectaron con los cafés de su compañero y Nikiforov decidió darle un pequeño castigo a su pupilo por ese acto tan “temerario”, pero sobre todo, por haberlo preocupado tanto.

Yuuri se detuvo un par de pasos antes de llegar ante su oficial, Víctor muy bien sabía que el trato con la prensa era algo que el chico no sabía sobrellevar. Nikiforov sonrió confiado y, aprovechando su privilegiada estatura, estiró un poco el brazo y atrajo a Yuuri hacia sí, estrechándolo en un apretado y afectuoso abrazo.

De reojo, Víctor pudo notar el leve sonrojo que coloreó el rostro de Katsuki; por lo que, regocijándose antes de tiempo, decidió que era momento de soltar la bomba:

—Si bien, el oficial Katsuki es mi “pareja” en patrullajes y misiones, también es mi pareja en todo el contexto de la palabra. Ustedes entienden, ¿no es así?

Los reporteros quedaron fascinados ante la noticia, de primera instancia, se quedaron estáticos por la sorpresa, pasó un segundo y cambiaron su estado vegetativo por uno alebrestado, con cámaras y flashes alrededor del par, así como micrófonos y preguntas surgiendo de la nada. Víctor apretó el abrazo con su compañero cuando notó que Yuuri forcejeaba intentando apartarse del lugar.

En medio de la algarabía del momento, el sonriente y vengativo oficial Nikiforov escuchó un par de palabras de su único y más rebelde pupilo.

—¿¡Cómo te atreves a decir esas cosas enfrente de todos, Víctor?! —forcejeó—. Ya verás, ¡esto no se va a quedar así! ¡Es tan vergonzoso! ¡Suéltame!

Víctor ocupó su otro brazo para tomar al oficial de la cintura, ambos frente a frente, Nikiforov sostuvo la barbilla de Yuuri, evitando de esta manera que el más joven agachara la mirada. El oficial afiló la mirada azul para, a continuación, susurrar con el mejor tono seductor de su repertorio de casanovas:

—Insinuas que yo no te gusto, ¡Yuuri, eso es muy cruel de tu parte!

Víctor no cabía de la felicidad al ver a su pupilo enrojecido hasta las orejas, se comenzaba a preguntar Nikiforov qué otras partes de su cuerpo podría enrojecer si se lo proponía.

—No es como si no me gustaras —confesó Yuuri después de un momento de indecisión—. Yo no soy bueno con la prensa, por favor, no hagas estas cosas en público, Víctor.

¿Lo había escuchado bien? ¿Yuuri había dicho que le gustaba él? ¿Víctor? Toda la preocupación de la misión y la seguridad de Yuuri se vio reemplazada por la completa felicidad de esa casi confesión. Ya tendría más tiempo después Víctor para indagar a profundidad acerca de ella.

—Considera esto como una pequeña venganza —susurró Víctor al oído de Yuuri, los flashes seguían iluminando la escena—. Temí tanto por ti hoy. Temí perderte. Yuuri, yo no quiero perderte.

Nikiforov se separó un poco de Yuuri, dejando al aludido ver una sincera preocupación en esos ojos azules que también lo observaban con miedo, miedo de verlo a él tendido en el suelo, inmóvil, sin ese brillo característico en sus ojos color café, miedo de ya no estar más juntos y no poder explorar ese hermoso sentimiento que poco a poco iba naciendo entre ellos.

Si tan solo supiera Víctor que Yuuri se sentía completamente igual. Quería que Víctor se quedara con él y nada más que con él.

“Bueno, ¿y por qué no debería de saberlo?” se cuestionó una pequeña voz en la cabeza del nipón. El policía japonés, aún con ese evidente sonrojo, tomó a Víctor de los hombros y lo acercó poco a poco, ante la mirada sorprendida de Nikiforov, quien pudo observar un brillo especial en esos ojos con tonos chocolate que tanto adoraba. Yuuri posicionó sus manos en el cuello de Víctor y se aferró a él en un abrazo. La falta de chalecos antibalas contribuyó a que ambos sintiera el latir alocado de sus corazones por la cercanía.

—Nunca me apartaré de ti, Víctor. No tengas miedo, yo siempre volveré a ti. A tu lado. Lo prometo.

Víctor correspondió el abrazo mientras parpadeaba con rapidez, pues un par de lágrimas amenazaban por salir y, como ente responsable del cumplimiento de la ley, no podía permitirse, de momento, un deje de debilidad (al menos que pudiera interpretarse de esa manera ante las cámaras).

Los flashes siguieron lloviendo, algunos reporteros (¿de dónde habían salido tantos?) aplaudían y se emocionaban, pues todo el mundo conocía el aura solitaria que solía acompañar al famoso oficial Nikiforov, un aura que se había esfumado cuando ese curioso aprendiz había entrado, cual bólido, a su vida.

Sí, todo era color de rosa… Hasta que Nikiforov fue llamado a la comisaría y su jefe, Yakov Feltsman lo regañó entre felicitaciones, pues ese tipo de cosa debían ser habladas en privado y no comprometer la seriedad del departamento en medio de una loca confesión que terminaría en las revistas de chismes y la prensa rosa.

Víctor salió extrañado de la oficina de su superior, Yakov casi nunca escuchaba las noticias. ¿Quién le había dado el pitazo?

Una sonrisa sensual lo recibió en el pasillo, junto a un par de grandes ojos cafés, el oficial Katsuki reía discretamente, sosteniendo su celular.

—¡Eres muy cruel, Yuuri! —dramatizó Víctor, componiendo un puchero al comprender la situación.

—Dije que me las pagarías, “pareja” —Yuuri se acercó a Víctor y, sin agregar nada más inició un beso, de los muchos besos que compartirían a partir de ahora. Nikiforov, acorraló a Yuuri contra el escritorio más cercano, tomando la cintura del más joven de forma que ambos cuerpos se acercaran más.

—Te has portado muy mal, Yuuri —compuso Nikiforov en un susurro, después de morder el lóbulo izquierdo de su adorada pareja—. El oficial Nikiforov deberá castigarte.

—¿Debería? —susurró Yuuri, mirando frente a frente a su superior, sus manos acariciaban el chaleco antibalas—. ¿En verdad he sido un chico muy malo, oficial?

Los latidos de Víctor se aceleraron, Yuuri lucía muy apuesto y sexy sin sus lentes y con su cabello negro peinado hacia atrás. Después de la operación del banco, por alguna extraña razón, el oficial japonés había optado por ese repentino cambio de look.

Yuuri se entretenía formando con sus dedos las formas de las costuras del chaleco antibalas, se detuvo cuando sus manos llegaron a la altura del pecho de su compañero, justo en el lugar donde se encontraba grabado el cargo y el nombre del Oficial Nikiforov.

—Me pregunto, ¿cuál será el castigo adecuado? —preguntó Yuuri con inocencia. Víctor creyó morirse cuando Yuuri terminó la frase y se mordió, con sensualidad, los labios.

¡Dios, ese chuiquillo lo iba a matar de un infarto!

—El castigo será una expulsión como sigan haciendo sus cosas sobre el escritorio, ¡largo de aquí de una vez!

El comandante Yakov gritó desde el marco de su puerta, había salido a sacar un par de copias a un expediente y casi se muere de un infarto cuando vio el ritual de apareamiento entre dos de sus mejores oficiales.

Víctor sonrió ante la ocurrencia de su superior; sin embargo, Yuuri, sonrojado a niveles insuperables, se disculpó con el comandante, y tomando la mano de Víctor —detalle que al oficial Nikiforov le encantó— salió apresuradamente del lugar. Continuaron su caminata, aún sujetos de la mano, por las oficinas policiacas, Víctor miraba con adoración las tiernas orejas rojas de su “pareja”; el calor que sentía por el contacto de sus manos se expandía a todo su cuerpo de forma reconfortante. Era un sentimiento cálido y amable, tan amable como la persona que se encontraba frente a él.

—Mi nombre es Yuuri Katsuki, señor —declaró el joven oficial, los lentes de montura azul y esa inocente mirada color café, le restaban la presencia típica de un oficial tradicional. Víctor pensó que el muchacho no tenía la madera para ser un ente de la ley—. A partir de ahora seré su compañero, si así me lo permite.

—Ya le dije a Yakov que no acepto “parejas” —repuso Nikiforov indiferente ante la poco o nada imponente presencia frente a él—. Regresa con el comandante y dile que este fue el peor intento de todos. Gracias.

Víctor se volteó antes de observar la reacción del novato, sin perder más tiempo, se propuso regresar a su oficina, donde tenía papeleo pendiente que terminar.

—Apuesto a que este no es el peor intento —escuchó Víctor decir a su espalda, curioso por el comentario el oficial, volteó para dirigir su mirada al terco muchacho y desairarlo de una vez de su ridícula petición.

—Niño, —comenzó Victor , ligeramente confundido por la expresión decidida reflejada en esos ojos cafés—, no pierdas tu tiempo en apuestas inútiles.

—¿Cree que sean inútiles? —inquirió el muchacho, con una confianza que a Víctor le hizo pensar que ahora hablaba con otra persona—. ¿Entonces por qué no apuesta? Sería un juego fácil de ganar para usted.

—No quiero perder mi tiempo. —Concluyó Nikiforov, entrecerrando los ojos—. ¿Además qué podrías apostar que me interesara?

—¿Por qué lo pregunta? Usted dice que no le interesa —atajó Yuuri, de inmediato. Víctor concluyó que el muchacho no se daría por vencido tan facilmente.

—Touché —susurró Nikiforov, cruzándose de brazos—. Hablemos de tus términos, pequeño Yuuri.

Víctor nunca pensó conocer esta felicidad. Si bien, su trabajo siempre le proporcionó cierta satisfacción, el saber que había una persona esperando su regreso le hacía sentir pleno y contento. Esa persona, en definitiva, había llegado a su vida para cambiarlo todo, aunque ese cambio, definitivamente, no fue sencillo.

El oficial Nikiforov observaba a los lejos el lugar de entrenamiento en donde algunos novatos se encontraban haciendo sus ejercicios. Al fondo, en medio de práctica de tiro intermedio, Yuuri se concentraba para practicar un poco, tenía puestos protectores de oídos, y ahora que esos gruesos lentes ya no estorbaban en su visión, el chico japonés podía disparar con más rapidez y precisión. Víctor estaba maravillado con el progreso del muchacho, y es que, casi un año atrás, él nunca hubiera pensado que Yuuri Katsuki lograría su cometido y se convertiría en su “pareja” oficial.

En todo el contexto de la palabra, como lo había dicho él con anterioridad.

—¿Terminaste la práctica, cariño? —preguntó Víctor, una vez Yuuri hubo finalizado, al reconocerlo, una cálida sonrisa se instaló en ese rostro que Víctor tanto adoraba.

—Por hoy terminé —sonrió Yuuri, acomodándose el cabello, un par de mechones rebeldes se encontraban pegados a su frente, producto del sudor provocado por la práctica—. ¿Me esperas 10 minutos? Quisiera darme un baño.

Víctor se acercó a su compañero, y lo besó lentamente sintiendo el sabor a sal y sudor de los labios a los que ya se había vuelto adicto. Las ansias por llegar a casa cada vez eran mayores. Ahora, un par de meses después de la misión donde ambos declararan su amor, Yuuri prácticamente vivía en la residencia del oficial Nikiforov. Las noches que ambos pasaban juntos eran uno de los momentos favoritos del oficial de cada día.

Al separarse, Víctor terminó de peinar los mechones de las hebras de cabello negro que él vio pegadas a la frente de Yuuri.

—Podría esperarte toda una eternidad, cariño.

—Quiero que le des al centro, al menos 3 veces —demandó Nikiforov, impasible, después de que él hubo disparado al blanco más lejano en el lugar asignado de la práctica de tiro—. Si quieres ser mi compañero, deberás tener una puntería envidiable.

Víctor observó duda en el par de orbes que lo observaban, Yuuri se acomodó los lentes con nerviosismo, pero aún así, cerró los ojos, suspiro y, sin más titubeos se dirigió a cumplir su cometido.

No fue de extrañar, para el oficial de cabello plateado, que después de diez tiros, era evidente que el joven policía pocas veces había tomado un arma. Aunque los tiros no eran malos, todos daban en el blanco, no eran certeros, al no impactarse en el sitio que Nikiforov había marcado como predilecto. Víctor detectó el problema, pero curioso por la actitud terca y obstinada de su “pupilo” se negó a decirlo, con la esperanza de que este perdiera la apuesta o se rindiera.

—No podrás irte a menos que no cumplas la prueba. Si desistes, entonces considera que has perdido la apuesta. Tienes mi permiso para permanecer el tiempo que sea necesario. Hay suficiente munición para que sigas practicando, ¿entendido?

Después de dejar al joven japonés, Víctor se propuso continuar con ese fastidioso papeleo que parecía nunca dejarlo en paz. Ahora que era niñero de ese chiquillo, definitivamente tenía menos tiempo para ocuparse de esos tontos procedimientos burocráticos, lo que provocaba irritación y estrés en el apuesto oficial. Al menos si Yuuri fallaba la práctica, podría deshacerse de él y ocuparse de los asuntos más urgentes e importantes.

Al entrar a su oficina, Víctor suspiró al ver los papeles desordenados sobre su escritorio. Vió la hora sobre su viejo reloj de pared: 8:00 p.m.

Sin duda sería una larga noche.

Víctor masajeó un poco sus hombros, tronó su cuello y se estiró en un intento de espabilarse. Observó el reloj: 3 a.m. Había perdido la noción del tiempo entre tanto papeleo. Nikiforov decidió que era suficiente por hoy. Se levantó de su silla, y tomó su saco para salir al fin de la comisaría y descansar un poco en su residencia. El oficial se dirigía a la salida, cuando un par de sonido de disparos llamó su atención.

Nikiforov se dirigió al área de práctica de tiro e, impresionado, observó al pequeño novato aún empeñado en su cometido. Los lentes se encontraban doblados cuidadosamente en un lugar alejado de accidentes. Yuuri entornaba sus ojos intentando ver más allá de lo que su miopía le permitía. En un intento de obtener mejor visibilidad, el novato había peinado su cabello sudado hacía atrás, dándole un aspecto mucho más maduro y adecuado para un oficial. Víctor procuró no realizar ningún ruido, para evitar desconcentrar al chico que estaba a punto de disparar la objetivo. Un salto dio el corazón del ruso cuando observó cómo una bala se incrustaba justo en el corazón del blanco que simulaba ser una persona.

Y ese no fue el único flechazo que Yuuri consiguió atinar esa noche.

Víctor se acercó a su apartamento, un lugar ligeramente apartado del sonido y estrés de la ciudad de San Petersburgo. Una residencia que hace tiempo le parecía fría y hostil, un lugar donde él solo acudía a dormir y descansar cuando la agitada agenda de su trabajo se lo permitía. No importaba, total, no había nadie esperándolo a su regreso.

No obstante, el ver las luces apagadas y ningún rastro de otro inquilino ahora, provocó un sentimiento de desasosiego en el oficial. Víctor sonrió con tristeza y suspiró sin mucho ánimo mientras buscaba sus llaves, ¿qué podía esperar? Era tarde, había sido una semana pesada e incluso Yuuri necesitaba tiempo a solas para descansar en su propia casa. Víctor se comenzaba a plantear la posibilidad de proponerle a Yuuri el vivir juntos, de esa forma no tendrían porqué separarse cada cierto tiempo.

En eso estaba pensando el ruso, cuando las luces de su departamento se prendieron por sí solas, varios oficiales de la comisaría saltaban emocionados, gritando al unísono sus felicitaciones. Yuuri, hermoso y sonriendo cual ente angelical, sostenía un pastel con un par de velas en él. El oficial japonés se acercó a su novio y al unísono, junto a los invitados, exclamó:

—¡Felicidades, Víctor!

—Todos se fueron temprano el día de hoy —comentó Yuuri observando la comisaría, solo faltaba una bola de papel rodando para completar el ambiente casi desértico clásico de las películas del oeste.

—Solo se encuentra el departamento de Georgie. Hoy les tocó guardia —comentó Nikiforov, revisando con hastío su infinito e inevitable papeleo.

—Hoy no era el turno del equipo del oficial Popovich para hacer la guardia —argumentó Yuuri, confundido, mientras perforaba con habilidad inaudita un expediente clasificado.

—¡Qué observador! —aseveró Nikiforov con acidez—. Tal vez si estuvieras pendiente de las fechas te darías cuenta de qué día es hoy.

Yuuri parpadeó un par de veces, confundido con la respuesta agria de su superior. No era como si Nikiforov no hubiera mejorado su conducta para con Yuuri, solo que hoy era un día en el cual, el oficial había estado, inexplicablemente, insoportable y sarcástico. Yuuri estaba a punto de contestarle, cuando dirigió su mirada sin querer al calendario que reposaba sobre el escritorio del oficial, al fondo, casi a la entrada de la comisaría, estaba colgado el letrero que anunciaba a todos los cumpleañeros de ese mes.

¡Pero que tonto y distraído había sido!

—¡Hoy es su cumpleaños! —Víctor separó la mirada de los papeles con sorpresa; sin embargo, al observar la trayectoria de la mirada del menor, su expresión cambió a una más seria. Yuuri observó a su superior, y se tapó la boca sorprendido por su distracción—. Disculpe, no lo felicité.

—Eso no importa —repuso Nikiforov, regresando a su exhaustiva revisión—. ¿Sabes? Creo que ya me has ayudado bastante el día de hoy. Ve a casa, es tarde, es navidad y debes descansar.

Yuuri hizo el amago de agregar algo a la conversación, pero Nikiforov no volvió a dirigirle la palabra ni la mirada. Lo siguiente que escuchó el oficial de rango superior, fue la silla de su pupilo moverse y un par de pasos que se dirigían hacia la puerta. Víctor sonrió con tristeza, ¡claro que Yuuri no iba a acordarse de una fecha tan irrelevante como lo era su cumpleaños!

Olvidando el inconveniente, el oficial ruso continuó revisando y archivando su trabajo sin fin. No era como si tuviera algo mejor que hacer esa noche, después de todo.

La puerta de la comisaría sonó una vez más, un par de pasos se hicieron escuchar en medio del silencio sepulcral de esa noche. Eran exactamente las 12 a.m. del 26 de diciembre cuando Yuuri se posicionó enfrente del oficial Nikiforov y, con un panquecito barato y cerillo a medio gastar, improvisó un austero pastel de cumpleaños.

—Sé que es un poco tarde, aún así me gustaría desearle un feliz cumpleaños, oficial Nikiforov.

Víctor tuvo que contenerse demasiado para detener las lágrimas que amenazaban con traicionarlo en ese momento.

Víctor nunca había escuchado sonidos tan hermosos como los gemidos de Yuuri contra su oído. El festejo de cumpleaños había terminado, y qué mejor forma de iniciar un año nuevo de vida que haciendo el amor con la persona que Víctor más atesoraba y deseaba a su lado.

Era un deleite para el ruso ver a su Yuuri deshacerse frente a él y entregarse con esa pasión y desenvoltura únicas del chico que le robó el corazón. Poco a poco, el oficial Nikiforov se iba hundiendo en ese éxtasis de locura, con cada estocada se sentía más cerca de él, más suyo, más amado por él. Sentir las uñas de Yuuri arañar su espalda con cada nuevo golpe era una oda al placer que ruso nunca se cansaba de probar. En medio del calor de la noche, Víctor le expresaba a ese hermoso y sensual oficial cuánto lo amaba, pero también, le susurraba con fuerza que no lo abandonara, que no lo dejará nunca, porque ese era un golpe que él no estaba dispuesto a soportar.

Ahora Víctor era adicto a sus ojos, a sus labios, a comérselo a besos y hacerle el amor hasta el cansancio. No había fuerza en el mundo capaz de hacerle olvidar ese sentimiento que ahora no quería abandonar.

El amor que sentía por Yuuri, era tan fuerte y tan intenso como el miedo que también tenía de perderlo.

—Y dime, Yuuri, ¿por qué te empeñaste en que yo fuera tu superior? —preguntó Nikiforov ese día. Ambos se dirigían hacia las duchas. Había sido un día de extenuante entrenamiento, por lo tanto, ambos necesitaban refrescarse antes de terminar la jornada.

Y bueno, también había papeleo pendiente que ordenar ese día.

Yuuri contestó algo así como “solo se me ocurrió”; sin embargo, el astuto oficial observó cómo las orejas de su compañero se tornaban color carmín, y de inmediato, su instinto “molestón” hizo acto de aparición.

—Seguramente lo hiciste porque soy el oficial más guapo, ¿no es así, Yuuri? —Víctor había descubierto días atrás la tendencia del serio Yuuri por sonrojarse cuando las conversaciones tomaban tintes más coloridos (por decirlo así). También, el ruso experimentaba cierta satisfacción cada que él era la causa de un sonrojo de Yuuri.

—Eras el único disponible, ¡así que no te creas demasiado! —exclamó con rapidez un nervioso Yuuri, mientras se dirigía a su locker asignado, abrió el casillero, y guardó sus lentes. Víctor observó la espalda del menor, no estaba satisfecho con esa respuesta.

Un estruendo sonó cerca del oído derecho del oficial japonés, ya que la palma de la mano enfundada en un guante color negro de Víctor Nikiforov golpeó con fuerza el locker contiguo, encerrando a Yuuri entre su brazo y la puerta de su propio casillero.

—Dime la verdad, Yuuri —Víctor no tenía intención de propasarse con el joven oficial, sin embargo, la cercanía con Katsuki, le generaba al ruso una descarga de adrenalina difícil de explicar. Le gustaba sentirla, y era por eso que nunca desaprovechaba la oportunidad para probar cuánto más Yuuri le permitiría acercarse a él. Yuuri se quedó en la misma posición, sin moverse, como una presa esperando el momento adecuado para huir de su depredador en un golpe de suerte. Víctor decidió continuar, al ver que de Yuuri no obtendría más respuesta—. Te seré sincero. Yakov me comentó que fuiste tú quien le insistió que te asignaran conmigo. Quiero saber la razón, ¿por qué estás tan interesado en mi?

Yuuri dio un salto de sorpresa que Víctor catalogó como un “me descubrieron”, que le causó gracia al policía. Posteriormente, después de un minuto de tensión y silencio, el oficial de rango superior decidió que era demasiado, con un dejo de frustración en su sentir, Víctor retiró su brazo para dar fin así, a la leve discusión.

Resignado, Nikiforov se acercó a su casillero, se quitó el chaleco antibalas y la camisa negra que formaban parte de su uniforme, sacó una toalla y la colocó en su cuello para meterse de una vez en las regaderas y poder meditar un rato en soledad. Ignorando el lugar donde Yuuri se encontraba, intentó pasar con rapidez, evitando a toda costa mirar al dueño de sus pensamientos.

Lo que siguió no lo vio venir, un par de manos delgadas tomaron la toalla y lo obligaron a encarar a su interlocutor por primera vez. Si había una forma de describir la mirada que Yuuri le dirigía en ese momento, seguramente la palabra correcta sería: abrasante.

—Te admiro. Yo siempre te he admirado.

Víctor no atinó qué hacer, cuando sintió calor, producto de un gran sonrojo, alojarse en sus mejillas.

Víctor sabía que ser policía era un trabajo riesgoso. Estar al pendiente de la seguridad de los ciudadanos era una responsabilidad mayor, la cual, algunas veces se pagaban con la vida misma. Con eso en mente, el oficial Nikiforov, trabajaba día a día, encaminado a hacer de su ciudad, un lugar mejor, un sitio seguro, libre de riesgos e injusticias.

Sin embargo, Víctor no se sintió preparado para el sentimiento que se apoderó de él cuando la siguiente misión fue declarada. El comandante Yakov había dado sus instrucciones acerca del plan a seguir. En esta ocasión, Yuuri, debido a su mejoría bajo las órdenes de Nikiforov, lideraría un pequeño escuadrón encargado de cubrir a los oficiales que llevarían a cabo la emboscada. Habían encontrado la guarida principal de un cártel dedicado a la trata y la venta de drogas y la siguiente semana sería la fecha precisa para acabar con él.

Objetivamente hablando, no era una misión difícil para Yuuri y los demás oficiales si tomaban en cuenta su posición; no obstante, Víctor sabía que las cosas podrían salirse de control, al ser una misión peligrosa y a gran escala como esa.

Víctor argumentó un par de veces que era mejor plantear la estrategia con policías más experimentados y listos para las contingencias que seguramente saldrían de improvisto en la misión. Aún sin lograr convencer al viejo Yakov de cambiar de opinión, Víctor sintió un horrible hueco en su corazón, al observar la mirada de decepción que Yuuri le dirigía desde la distancia.

Había demeritado su confianza.

—¿Por qué dijiste eso en la reunión táctica? —preguntó Yuuri en voz baja, apretando los puños y con la mirada gacha, sin mirar a los ojos al oficial Nikiforov, quien lo sostenía de los brazos impidiéndole escapar. Yuuri lo había estado evitando todo el día, y Víctor no podía con la culpa de haberlo traicionado de esa manera ni un minuto más. Fue por eso que lo abordó afuera de la práctica de tiro, en un intento desesperado de arreglar las cosas lo antes posible.

Víctor no soportaba la indiferencia de Yuuri.

—Yo solo trataba de ser objetivo —aun así a Víctor le costaba ser sincero—. No dudo de tus capacidades, Yuuri, pero es necesario priorizar el éxito de la misión.

—Y con un simple novato no será posible ese éxito, ¿verdad? —cuestionó Yuuri con seriedad. A Víctor le desesperaba que esos ojos color café no lo miraran a los ojos—. Después de tanto, sigues subestimandome.

—¡No lo hago! —Víctor apretó su agarre a los hombros de Yuuri para impedir que el menor sintiera cómo sus brazos temblaban sin cesar—. ¡Nunca lo haría! Es solo que nunca nos hemos separado en una misión y tú más que nadie sabe lo fácil que es que las cosas se salgan de control, y…

—¡Deja de mentir! —Yuuri lo miró a los ojos, estaban enrojecidos, el coraje se filtraba por cada vena visible en su mirada—. ¡Dime la verdad! ¿A qué le temes?

Víctor observó la mirada frustrada de Katsuki, esos ojos que relucían con furia y frustración, también sabían mirarlo con amor y adoración. Víctor no soportaba la idea de mirar esos hermosos ojos y descubrir que ya no habría brillo en ellos nunca más, que no podría devolverle la mirada y otorgarle esos momentos de felicidad que él tanto atesoraba.

—¡A perderte! —exclamó Víctor a viva voz, el ruso parpadeó un par de veces, y con la voz quebrada, susurró—. No quiero perderte, amor.

Yuuri se soltó del ahora débil agarre del ruso, antes de continuar su camino, el oficial de cabello negro, miró a su oficial con seriedad y declaró:

—No me cargues arbitrariamente el peso de alguien que no conozco. —Yuuri avanzó un par de pasos, y antes de dejar al ruso solo, agregó: —No me compares con ella.

Era uno de esos días, en que el maldito y eterno papeleo obligaba a ambos oficiales a salir a altas horas de la noche de la comisaría. Afortunadamente, para Víctor, desde la inclusión de Yuuri como su “compañero” dicha tarea ya no le resultaba tan tediosa, el ruso había logrado formar un lazo amistoso con el oficial de origen japonés, quien además era eficiente y muy hábil para este tipo de trabajos. Además, estaba el plus de que a Víctor le encantaba pasar tiempo a solas con el joven oficial.

Aunque ese detalle, Víctor no lo había declarado abiertamente aún.

Aprovechando que no era tan tarde como en otras ocasiones, el oficial Nikiforov invitó a su subordinado a tomar un par de copas. Al principio, Yuuri se negó, sin embargo, el poder persuasivo de Nikiforov ganó la batalla ese día y por eso, él y Yuuri, se encontraban tomando un par de cervezas en un bar cercano a la comisaría.

Las copas hicieron mella en ambos, Víctor se sentía ligeramente alegre, pues toleraba muy bien el alcohol, Yuuri aún no bebía mucho, así que, su personalidad seria y reservada, se veía reemplazada de momento por alguien más alegre y platicador.

—Te lo he dicho más de una vez, Yuuri, deja de hablarme de usted. ¡Me haces sentir viejo! —exclamó Nikiforov, trayendo a la mesa una discusión recurrente con Yuuri, ante la negativa del último de no querer dejar de hablar con el debido respeto a su superior.

—¿Y entonces cómo quiere que le diga? —preguntó Yuuri, siendo menos cohibido, a Víctor se le antojaba más provocarlo—. No puedo cambiar la forma de nombrar a mi superior.

—Podrías decirme solo Víctor —Yuuri negó con la cabeza. Víctor suspiró con resignación, ¿era en serio? ¿Yuuri le seguiría hablando de usted a pesar de solo ser 4 años mayor que él? De inmediato, Víctor “yo siempre debo ganar” Nikiforov, planteó una estrategia para que el joven no se negara a tutearlo—. ¿Qué es lo que tengo que ofrecerte para que puedas hablarme con más confianza?

Yuuri lo pensó un momento mientras se terminaba el tarro de cerveza. Después de dejarlo completamente vacío, el chico observó con seriedad un momento a Nikiforov y escupió su respuesta:

—Una respuesta, una sincera y sencilla respuesta.

Víctor aceptó, sin sospechar que esa pregunta desataría muchos sentimientos en su interior.

—¿Por qué no aceptaste otro compañero después de Mila Babicheva?

El operativo había iniciado, aún con la discusión que la pareja tuvo días atrás, Yuuri y Víctor lograron reconciliarse antes de iniciada la misión. Ambos eran conscientes del riesgo y ninguno de los dos se perdonarían el estar enojados uno con otro si algo les llegase a pasar en el transcurso del operativo.

Al ser uno de los mejores oficiales de la ciudad, Víctor era el encargado de organizar a la mayor cantidad de escuadrones, y armar las estrategias necesarias para el éxito del operativo. Sin embargo, eso sería en el momento en que el grupo de avanzada les abriera paso, Víctor dirigía su mirada al edificio contiguo. Ahí se encontraba Yuuri, quien a pesar de ser técnicamente un novato, había demostrado la capacidad necesaria para liderar y ahora, estaba a cargo de un pequeño escuadrón. A pesar de todo, Víctor se sentía sumamente orgulloso de su novio, él sabía que Yuuri era un oficial capaz, talentoso y con un futuro brillante y prometedor, no quería que ese futuro se viera oscurecido por una tragedia como la que sucedió años atrás cuando él apenas comenzaba su carrera de policía.


—Mi abuelo fue policía y mi padre también. No era de extrañarse que yo escogiera la misma carrera al cumplir la edad adecuada —Víctor dejó su tarro de cerveza vacío al lado, cuando comenzó su relato. Yuuri lo observaba con atención. Un mesero se aproximó a llevarles otra ronda de alcohol—. Fui un prodigio que logró saltarse algunos grados hasta que logró graduarse ¿sabes? Acababa de cumplir la mayoría de edad cuando comencé a ejercer como policía. Fue una época muy loca, cada misión en la que participaba seguro se volvía un éxito. Los superiores me recomendaban y trabajaba con cada uno de ellos para sumar más logros a mi carrera policiaca. Al fin, cuando recién cumplía los veintitrés, me asignaron a mi primer compañera: Mila Babicheva.

«Mila era una buena oficial: talentosa, optimista y alegre. Una chica que no temía lanzarse primero al ruedo con tal de salvar una misión. Era muy buena con el papeleo, recuerdo que esos días en que ella fue mi compañera, mi escritorio solía estar en orden. Mila se convirtió en una gran amiga y nadie, ni siquiera yo, dudaba de su capacidad para escalar rápidamente de rangos y liderar su propio escuadrón.

«Un día, un año después de que ella fuera asignada como mi compañera, nos consignaron nueva una misión. Sería la primera vez que Mila fungiría como oficial al mando, cargo que yo mismo recomendé por sus habilidades de liderazgo. La misión era simple: ella y su equipo, serían el grupo de retaguardia que ayudarían al grupo de avanzada a ingresar al lugar, después de eso entraríamos todos y prodeceríamos con la detención del líder de un importante líder de la mafia.

«Todo iba bien, la misión avanzó sin grandes preocupaciones. Al reunirnos todos, una vez capturado el pakhan y la mayoría de sus hombres, observé a lo lejos a Mila acercarse a mi lado, su sonrisa decía más que mil palabras. Estaba orgullosa de ella misma, se veía feliz, radiante. Yo también estaba contento por ella, por mi amiga.

«Y fue ahí cuando ocurrió, uno de los sujetos con los que había reñido con anterioridad se dirigía a mi a mis espaldas. Con la emoción de la victoria, nadie prestaba atención a detalles como ese. Nadie, excepto Mila, quien corrió a mi lado, e intentó disparar al sujeto. Aún cuando logró darle, una bala había escapado de la pistola del mafioso, una bala que acabó con la vida de Mila. Una bala que fue producto de mi descuido y que era la prueba que yo necesitaba tener para saber que no era un buen superior.

«Mila murió por mi culpa, Yuuri, el ver apagarse una luz tan deslumbrante como lo era ella es algo que yo no me puedo perdonar.”

Víctor terminó lo que quedaba de su cerveza de un trago, suspiró con pesar y observó los resquicios del líquido color ámbar que quedaban en el tarro. Era la primera vez que él hablaba acerca de una de sus mejores amigas y de la culpa que él cargaba por la muerte de ella.

—¿Sabes algo, Victoru? —Víctor dirigió su mirada a Yuuri, un poco perdidos, esos lindos ojos cafés ya se veían invadidos por los grados de alcohol—. ¡Yo creo que eres un superior estupendo! Nunca me arrepentiré de pedirte con insistencia que fueras mi superior. ¡Nunca, Victoru!

Víctor sonrió con sinceridad aquella noche, y sintió un poco de ese peso abandonar su espalda ese día.


Al entrar al edificio, el operativo resultó un éxito, la coordinación entre el equipo de avanzada y su retaguardia, lograron apresurar el ingreso al recinto y tomar por sorpresa a los principales objetivos a capturar. Con prácticamente nulas bajas registradas, el cuerpo policiaco de San Petersburgo, trabajaba con ahínco para ingresar a las patrullas a las personas detenidas.

Con un ojo al gato y otro al garabato, Víctor supervisaba la captura de últimos compinches del mandamás del cártel. Debía contar siete personas en total.

—¿Viene muy seguido por aquí? —preguntó una voz conocida a sus espaldas. Víctor sonrió al reconocerla.

—Solo cuando el trabajo me lo demanda. —Respondió el ruso, y le devolvió la mirada al joven oficial que tanto anhelaba ver—. Yuuri, ¿y tu chaleco antibalas?

—¡Oh!, se rasgó un poco en la misión, me lo quité para poder apuntar mejor desde lejos, ya terminada olvidé dónde lo dejé.

—¡No hagas eso, cariño! —replicó Nikiforov, quitándose su chaleco para dárselo a su subordinado—. La seguridad ante todo.

Yuuri sonrió de lado, aceptó el chaleco renegando con la cabeza, y observó las patrullas que contenían a los seis detenidos.

—Además, —agregó el oficial de rango menor—. Ya capturaron a todos, ¿no es así? Con seis detenidos vamos a estar un buen rato haciendo papeleo.

Víctor se detuvo a pensar un momento en ese molesto papeleo que siempre venía después de cada misión, si con un detenido bastaba para quedarse una noche en vela, ahora con siete, sería la muerte para ellos en la comisaría.

Los sentidos de Víctor se alertaron en ese momento. Contó con rapidez a los detenidos y, como en cámara lenta, ubicó el error en la ecuación. El séptimo detenido, estaba forcejeando con un par de policías que en vano intentaron retenerlo, de inmediato, los oficiales que se percataron corrieron al lugar de los hecho, Yuuri incluido, a contener al fugitivo. En un ataque de adrenalina del bandido, logró sortear los obstáculos y hacerse de un arma. Víctor corrió apresurado al ver que Yuuri se encontraba frente al sujeto, ambos apuntándose con sus armas. Ver esa escena frente a sus ojos trajo a Víctor viejos y amargos recuerdos, y el oficial no pudo evitar ver a cierta chica de cabello color fuego haciendo la misma acción. En un intento desesperado por salvar aquello que no podía ser salvado, Víctor se arrojó enfrente de Yuuri, en el momento en que el maleante disparaba su pistola para incrustarse en el cuerpo del experimentado y talentoso oficial Nikiforov.

—¡Víctor!

Lo último que escuchó el oficial, fue la voz de su novio, rogando que despertara.

Esa noche la pasó espectacular. Yuuri mas alcohol era una suma de un resultado sin precedentes. Yuuri olvidaba todas sus inhibiciones y se dedicaba a divertirse y, ¿por qué no? a seducir sin pudor a su superior, el oficial Nikiforov.

—¡Vamos a bailar, Victoru! —exclamó el joven emocionado, para ese momento, todo rastro de timidez ya se había perdido en el muchacho, y ahora Yuuri se encontraba sentado muy cómodamente en las piernas del oficial Nikiforov.

—Esto es un bar, no un antro, Yuuri —aún con el alcohol en sus venas, Víctor no quería propasarse con su subordinado. Aunque disfrutaba de la cercanía, él sabía que Yuuri no estaba consciente de sus acciones, y por eso no quería faltarle el respeto al muchacho.

—¡Entonces vamos a un antro! ¡Quiero bailar con Victoru! —Yuuri se restregó contra la mejilla de su superior, y los colores a la cabeza de Víctor volvieron.

Y no solo a esa cabeza.

—Tal vez en otro momento, Yuuri —intentó calmarse Víctor, acariciando el cabello negro del muchacho para separarlo un poco de él—. Hoy estás muy borracho, pequeño.

—¡No soy pequeño! —repuso el joven componiendo un puchero—. ¡Odio que me digas pequeño!

—Y yo me hables de usted, estamos a mano —reiteró Víctor con un dejo divertido en la voz.

Con mucho trabajo, y en contra de su voluntad, Víctor logró colocar a Yuuri una vez más en su asiento. Era suficiente por hoy. Había llegado la hora de llevar a Yuuri a su casa. Víctor estaba a punto de tomar el saco de ambos, pagar y salir de lugar cuando la voz de su pupilo lo distrajo.

—Yo admiro mucho a Victoru, ¡él es increíble! —el oficial detuvo sus acciones y observó al muchacho, que ahora reposaba la cabeza sobre la mesa y platicaba con el jarrón vacío como su este le entendiera—. Él me salvó a mi y a mi amigo Phichit cuando unos ladrones intentaron atracarnos, ¡él es mi héroe y mi ejemplo a seguir!

—¿Ya nos conocíamos, Yuuri? —preguntó Víctor con interés y sorpresa combinadas.

—Fue hace muuuuucho tiempo —continuó Yuuri, dirigiéndose al jarrón vacío aún su tono era una graciosa mezcla entre acento japonés e hipidos de borracho—. Mi amigo y yo caminábamos por la calle, cuando unos tipos aparecieron, traían una navaja y nos amenazaron a ambos. Yo tenía 16 años, no sabía qué hacer, pues una vez que les dimos a los ladrones nuestras mochilas ellos insistieron en atacarnos. Pensé lo peor cuando él apareció. ¡Él era hermoso, tenía una cabellera larga que se movía con cada patada que daba, sus movimientos eran precisos y certeros! De un par de golpes dejó sin sentido a los ladrones. Nos regresó nuestras mochilas y con una sonrisa de ensueño se despidió de nosotros. Phichit dice que ese día me enamoré de él, pues insiste que vio corazones en mi mirada.

—¿Y es así, Yuuri? —preguntó Víctor de inmediato—. Estás enamorado de Víctor, ¿estás enamorado de mi?

—No puedo negar este sentimiento —confesó Yuuri levantándose, por primera vez dirigió su mirada a los orbes azules de Víctor, y sin pensar que prácticamente se estaba confesando agregó: —Creo que me enamoré de Víctor, pero él no puede estar enamorado de mi. No puede.

—¿Por qué? —preguntó Víctor—. ¿Por qué dudas de mi cariño?

—Por qué en sus ojos solo veo culpa y dolor —Yuuri tomó con las manos las mejillas de Víctor y acercó sus rostros hasta topar la frente de ambos—. Tienes unos ojos muy bonitos. No quiero verlos llenos de esos tristes sentimientos.

Víctor no supo qué decir, ni cómo actuar, hasta que sintió que Yuuri se desvaneció y dio con bruces en la mesa para dormir plácidamente sobre la fría superficie de madera.

Un dolor agudo e intenso en el costado izquierdo despertó de su largo sueño al oficial Nikiforov, la luz de frente, intensa y molesta mandó un fuerte dolor de cabeza, la extraña pesadez de su cuerpo le impedían moverse como él deseara en ese momento. Respiró profundo esperando mitigar el dolor, sin embargo, este lo abordó con más intensidad y agudeza, ¿qué había ocurrido?

—Afortunadamente, la bala no atravesó ningún órgano. El oficial Nikiforov se encuentra ahora estable, pueden pasar a visitarlo en unos momentos.

Víctor escuchó esa voz desconocida, y aunque intentó abrir los ojos, estos se negaron a obedecer. Pasó un poco más de tiempo, y escuchó unos pasos conocidos, una mano que con delicadeza tomó la suya y un beso tierno en su frente, seguido de las siguientes palabras:

—Ya estoy aquí, amor, despierta cuando te sientas listo.

Con esas tiernas palabras, Víctor decidió dormir tranquilo unas cuantas horas más. Sabía que la presencia reconfortante a su lado no se iba a separar de él; por lo tanto, Víctor tendría todo el tiempo del mundo para recuperarse, ya que al abrir los ojos, esa persona lo estará esperando y le dará una cálida bienvenida.

Yuuri, su Yuuri. Ese muchacho terco y obstinado que sin pensarlo se robó su corazón. Ese chico decidido y alegre que le arrancó más de un suspiro y se volvió parte importante de su vida. El pequeño que salvó e impulsó, sin querer, en una carrera similar a la suya. El oficial responsable y correcto, que amaba hacer cumplir la justicia. El amigo que le ayudó a deshacerse de las culpas. El compañero de borrachera que no sabía lidiar con el alcohol. El amante que día a día le mostraba un nuevo significado de placer. Yuuri. El nombre que se volvió sinónimo de amor y vida.

Al abrir los ojos, lo primero que observó Víctor fue a Yuuri dormido en una incómoda posición en la que intentaba equilibrarse y la vez seguir tomando su mano. Adorable fue la primera palabra que saltó a la mente del oficial, pero no queriendo ver a Yuuri con una torcedura de cuello, Víctor movió un poco su mano para despertarlo.

Su cometido funcionó: un sobresaltado Yuuri abrió los ojos y ligeramente enojado le habló a su novio como si no fuera consciente del lugar donde se encontraban.

—¡Ya te he dicho que no me despiertes así, casi me provocas un infarto, Víctor!

El oficial rió aún con la molestia de la herida a su costado, con voz ronca y débil agregó:

—Toco madera, si algo te pasa, yo me muero.

—Pues lo mismo puedo decirte, Víctor, ¿sabes lo difícil que es verte aquí postrado y herido en esta cama de hospital? —continuó Yuuri, en su intento de despertar.

—Puedo imaginarlo —dijo Víctor con debilidad—. Pero agradezco que te quedes conmigo.

—Nunca te dejaré, lo prometí, por eso necesito que despiertes para decirte lo mucho que te amo y…

Víctor observó las expresiones de los ojos tan expresivos y transparentes de Yuuri, tristeza, temor, sorpresa, alivio y felicidad, fueron las emociones que el ruso descifró detrás de los lentes de montura azul. Aún despeinado, desaliñado, y con expresión de sueño, Yuuri Katsuki sería, para Víctor Nikiforov, la persona más hermosa en la faz de tierra, ese alguien especial que le brindaba cariño y alegría, amor y felicidad. Quien ahora lo besaba con cuidado en los labios y le ofrecía la mejor de sus sonrisas al despertar.

Víctor deseó ver esa sonrisa todos los días de su vida.    

¡Muchas gracias por leer!

xoxo

Sam.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

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