Cuenta regresiva


¡Hola!

Aquí de otra vez con un nuevo One-Shot. En esta ocasión es un pequeño especial por el cumpleaños de Yuuri que fue esta semana. ¡Nuestro niño crece tan rápido!

Número de palabras: 3187 palabras

Dedicado al hermoso Yuuri Katsuki. Gracias por darnos amor y vida.


– 25

Hasetsu, Japón.

Por el clima frío que azotaba el pueblo de Hasetsu, una prefectura de la isla de Kyushuu, Japón, podía adivinarse que el invierno se encontraba cerca. Las calles normalmente transitadas por personas realizando sus actividades diarias se antojaban extrañas y vacías, ya que pocos transeúntes eran los que se encontraban caminando por la acera. Eso sí, muy bien abrigados, pues el clima obligaba a los habitantes del lugar a usar más ropa de la habitual. Era 29 de noviembre y; por lo tanto, era poco el tiempo para que cayera la primera nevada de la temporada.

Una de las pocas personas que se encontraba fuera, corría presurosa apenas logró salir de la estación de tren ubicada en el centro del pueblo. Con maleta en mano, la alta y esbelta figura de una mujer se adelantaba a la pequeña conglomeración de gente que caminaba en búsqueda de un lugar más cálido. Mientras la maleta color marrón se sacudía conforme la mujer la arrastraba para acercarse a la parada de taxis, algunas personas la reconocían e incluso la saludaban o sonreían. Ella correspondía los gestos con un ligero asentimiento acompañado con una sonrisa. Si bien, Minako Okukawa siempre era atenta y amable con la gente, hoy un motivo mayor la impulsaba a dejar pasar formalidades para llegar lo más pronto posible a su destino.

—Buenas tardes, Okukawa-san —el responsable chofer de taxi sonrió mientras saludaba a Minako, ayudándole a meter su maleta dentro de la cajuela—. Tiempo que no la veíamos por aquí. ¿A dónde la llevo?

—Buenas tardes —respondió ella, acomodándose los lentes oscuros y abrochándose el abrigo largo que vestía—. A Yuutopia Katsuki, por favor.

El conductor sonrió y se inclinó levemente dando a entender que la orden había sido comprendida. Sin más que agregar, Minako se dirigió a la puerta para sentarse en los asientos traseros del pequeño automóvil.

Hasetsu era un pueblo pequeño, con una austera estación de tren, un pequeño mercado, una sencilla escuela e incluso un modesto acuario; todos ellos rodeados por muchas casitas de los habitantes del lugar. Naturalmente, al ser un pueblo pequeño, casi todos los habitantes suelen conocerse entre sí. No era de extrañarse que a estas alturas casi la mitad de Hasetsu supiera que la reconocida bailarina nacida en Hasetsu, Minako Okukawa se encontraba de visita express y se hospedaría, o al menos eso todos lo suponían, en el onsen de la familia Katsuki.

Al ser este su destino, la mayoría del pueblo también ya sabía la razón de su visita.

Yuutopia Katsuki era un onsen tradicional ubicado a las orillas de Hasetsu, muy cerca de unas cascadas. Nada se comparaba con darse un relajante baño en las aguas termales del lugar y comer la especialidad de la casa, katsudon. 

Aunque a simple vista el onsen parecía un lugar modesto comparado a las demás aguas termales de la zona, la hospitalidad de los Katsuki era un detalle que hacía de Yuutopia Katsuki un lugar memorable.

Desde hace pocos años, el único hijo de la familia, Toshiya Katsuki había tomado la administración del lugar junto a su esposa Hiroko, ambos eran personas honestas y amables que formaban una linda y amorosa familia junto a su pequeña hija, Mari.

Y precisamente desde hace un año esa familia había crecido.

Después de 15 minutos de viaje, Minako llegó a su destino. Pagó su taxi y tomó la maleta que el chofer le ayudó a sacar de la cajuela. De inmediato, y sin pedir permiso siquiera, la bailarina se introdujo a la casa estilo japonés que resguardaba la razón de su rápida visita al país del sol naciente. Había pasado un año desde el acontecimiento, ya no quería ella postergar más ese encuentro.

—¡Mamá, una vieja se metió a la casa! —la voz de una pequeña se escuchó y Minako bajó la mirada. De inmediato reconoció a la niña, era Mari Katsuki y su habitual forma relajada y un tanto altanera de hablar.

—Yo no soy ninguna vieja, ¡tengo solo 28 años! —se defendió Minako.

—Eso es mucho, ¡ni siquiera sé contar hasta ahí! —concluyó la niña pequeña como si fuera la conclusión más natural. Solo los dioses sabían por qué la pequeña Mari se expresaba de esa manera, considerando la amabilidad innata de sus padres.

—¡Minako-senpai, qué sorpresa tenerte por aquí! —una joven mujer ligeramente rellenita se asomó a averiguar de qué iba el alboroto. Hiroko Katsuki dirigió su mirada color chocolate a los ojos perspicaces de la bailarina, quien dirigió su atención a la mayor, decidida a dejar pasar el mal momento.

¡Solo tiene 28 años, eso no es mucho!

—¡Ya no podía aguantarme las ansias de conocerlo! —comentó emocionada Minako una vez que ambas mujeres se saludaron debidamente.

—Iré por él, está con Toshiya— comentó Hiroko —Por favor, Mari, guía a Minako-senpai a la sala de huéspedes, ¿podrás?

Mari sonrió, asintió con la cabeza y corrió en dirección contraria a donde se dirigió Hiroko. Minako, por su parte, ya conocía ese lugar; así que sabía perfectamente donde estaba la sala de huéspedes.

Una vez llegaron al lugar, la bailarina se percató que no había ni un huésped en el onsen. Pensando eso estaba Minako cuando sintió que algo jalaba su abrigo. Bajó la mirada y corroboró, no era algo, era alguien.

—¿Sabías que hoy es el cumpleaños de mi hermanito?

Minako sonrió y se agachó para estar a la altura de la pequeña Mari.

—Sí, lo sé. Por eso vine desde muy lejos para felicitarlo.

Contrario al gesto de unos minutos atrás, la niña brincó contenta y sonriendo agregó:

—¡Es muy lindo cuando no llora o hace popó! ¿Lo vas a querer mucho, verdad?

Minako iba a responder cuando Hiroko apareció cargando un lío de cobijas seguida de su esposo, risueño como de costumbre. Hiroko le mostró al pequeño bebé que acunaba entre sus brazos, tan frágil aunque regordete, con las mejillas eternamente sonrojadas y una mata de cabello negro delgado y suavecito. Un bebé hermoso, en opinión de la bailarina.

—¿Quieres cargarlo? —le propuso Hiroko después de un minuto en el que la bailarina se limitó a contemplarlo. De inmediato su expresión cambió, como si Hiroko le hubiera propuesto tirar a su hijo de lo más alto del Castillo de Hasetsu.

—¡No, es decir… me gustaría pero no sé cargar bebés! —indicó ella negando rápidamente con las manos. La verdad era que le daba miedo cargar al pequeño.

—No es tan difícil, yo te enseño— Hiroko extendió sus brazos con el regalo más preciado entre ellos. Minako, no teniendo otra opción, tomó al pequeño entre sus brazos ante la mirada curiosa de Mari y el gesto divertido de Toshiya—. El brazo aquí evitará que baje su cabecita. ¡Listo!

La bailarina se mantuvo inmóvil por unos momentos temiendo despertar al bebé si se movía abruptamente. Si no sabía cargarlos menos sabría qué hacer si empezaba a llorar, ya que a su edad, la mujer no había pensado en tener hijos, eso eran planes de otras personas; para ella lo más importante en este momento era su carrera como bailarina. Sin embargo, sentir el peso del pequeño entre sus brazos y su calor a través de la cobija había despertado algo en ella que siempre pensó estaba dormido. No era un instinto maternal como tal y no por eso Minako saldría a la calle gritando a los cuatro vientos que quería un hijo; no, era algo más, como una pequeña conexión entre el pequeño entre sábanas y ella, un cariño que iba creciendo y le indicaba, a Minako, el querer y proteger a la personita que dormía en sus brazos.

Obviando la situación, en unos cuantos minutos, y debido a su falta de práctica, Minako, cansada de estar en la misma posición, acomodó sus brazos con un movimiento que causó que el pequeño se despertara de a poco. Minako abrió los ojos de par en par, pues unos grandes orbes color chocolate le dirigían la mirada tratando de identificarla.

—¡Tiene tus ojos! —exclamó emocionada sonriendo, dirigiéndose a Hiroko, quien sonrió de vuelta.

Minako devolvió la mirada al pequeño que la observaba atento. Sin contenerse, la bailarina acarició sus mejillas y peinó su cabello negro hacia atrás, como hipnotizada por el tierno pequeño que reía y balbuceaba sin parar.

—¡Feliz primer cumpleaños, pequeño Yuuri! —sonrió Minako apretando al pequeño contra su pecho, como indicándole un lugar cercano a su corazón que, a partir de ahora, ocuparía para toda la vida.

– 21

—¡Mari, ayuda, ayuda! —una vocecita se escuchó en la casa —no sé ponerme la falda.

—No es una falda, Yuuri —indicó Mari, acercándose a su hermano y acomodando la prenda negra que el niño debía ponerse para la ceremonia sichi-go-san—. Se llama hakama.

—Es una falda —insistió el niño, quieto, mientras su hermana terminaba de acomodar el haori con el emblema familiar en él—. No quiero ir al santuario, ¡quiero pastel!

—Tendrás pastel después de que vayamos a la ceremonia —contestó Mari con simpleza.

—¡Entonces vamos a la go shi chan! —exclamó emocionado Yuuri, alzando sus manitas mientras Mari reía peinándolo hacia atrás.

—Es sichi-go-san, y aún no podemos irnos. Debemos esperar a Minako-sensei.

—¿Por qué? —preguntó curioso el niño ladeando la cabeza, sus grandes ojos cafés observaron atento a su hermana.

—Porque viene desde lejos solo para verte. Ella quiere estar presente en esta ceremonia.

Yuuri suspiró y se sentó en su cama, jugando con sus pies como el niño inquieto que era. En estos últimos días solo escuchaba a sus papás hablar de esa tal Minako. El no comprendía del todo la situación, solo sabía que era una persona que viajaba mucho y él no conocía. Lo que realmente le importaba a Yuuri era el pastel que su mamá estaba preparando en ese momento, pues era una fecha muy especial: su cumpleaños número cinco y, de acuerdo a las tradiciones, era el momento de Yuuri de asistir y agradecer por llegar con salud a su tierna edad y para eso, el más pequeño de la casa debía vestir esas ropas tan ostentosas y extrañas para él.

El pequeño no terminaba de comprender todo pero si había pastel como recompensa…

—¡Pero mira cómo has crecido, Yuuri! —el niño dirigió su mirada a la persona que acababa de entrar al salón principal (que era donde se encontraba). Una mujer alta y elegante lo miraba sonriendo con cariño. Yuuri se quedó inmóvil, esperando de esa forma que la mujer no notara que él se encontraba ahí.

—Creo que no te acuerdas de mi —observó Minako con tranquilidad. A continuación se agachó hasta quedar a la altura del pequeño y sonriendo extendió su mano para saludar—. Me llamo Minako Okukawa, mucho gusto, Yuuri-chan.

Yuuri parpadeó un par de veces observando a la mujer. Era muy bonita y amable, aunque, en su mente infantil el niño solo pudo relacionar el nombre de esa persona con una cosa, así que olvidándose de su timidez, el niño abrazó a la bailarina y exclamó emocionado:

—¡Llegó la hora del pastel!

Sin entender del todo la situación, Minako cerró sus brazos apretando al pequeño en un cariñoso abrazo.

– 18

—¡Feliz cumpleaños, Yuuri!

Las voces de sus padres, Mari, Minako y algunos huéspedes se escucharon apenas el chico entró a la sala principal del onsen. Sonriendo con su acostumbrada timidez, ocultándose un poco detrás de sus recién estrenados lentes, Yuuri Katsuki, que hoy cumplía 8 años fue abrazado por todos los miembros de su familia incluida Minako. Hacía dos años que la mujer residía en Hasetsu; ahora daba clases de ballet y entre sus alumnos se encontraba el pequeño Yuuri.

Después de comer pastel y platicar un rato, llegó el turno de entregar los regalos. Minako tomó una gran caja que estaba al lado de ella y la extendió hacía su alumno favorito.

—Vi cómo te emocionaste cuando fuimos al Ice Castle por un mandado el otro día. ¿Por qué no intentas tomar clases de patinaje?

Yuuri abrió la caja y encontró su regalo: un par de sencillos patines de su talla. Yuuri sonrió, radiante y no pudo más que agradecer a su maestra por tan hermoso detalle.

– 13

—Yuuri-kun, ¿podrías venir un momento, por favor? —la voz de Yuuko interrumpió el hilo de los pensamientos de Yuuri, quien concentrado estaba deslizándose con calma por la pista, la siguiente semana tendría una de sus primeras competencias y debía estar listo para participar en ella.

Decir que se encontraba nervioso era quedarse corto.

Yuuri se acercó a la orilla, y después de realizar las acciones correspondientes para quitarse sus patines y no dañarlos en el proceso, acompañó a su amiga a la pequeña y fría cafetería dentro de las instalaciones del Ice Castle. Un grupo de niños, más o menos de su edad lo recibió con alegría, al lado de su instructora de patinaje y, por supuesto, Minako-sensei.

—¡Feliz cumpleaños, Yuuri-kun!

¿Cumpleaños? Después de un momento de confusión Yuuri se sorprendió, ¡por los nervios de la competencia había olvidado su propio cumpleaños! Eso explicaba por qué su familia estaba comportándose tan extraño por la mañana.

—Como me di cuenta que el otro día te gustó mucho ver patinar a Víctor Nikiforov me pareció adecuado regalarte esta revista —Yuuko abrió la revista y señaló una foto donde un joven de cabello largo de tono platinado miraba sonriente a la cámara abrazando con amor a un enorme y esponjoso caniche color café—. ¡Espero que te guste!

Yuuri tomó la revista y agradeció el regalo de su amiga así como los demás detalles que sus compañeros tuvieron para con él. Al final del día, el niño partió a casa junto a su maestra Minako, emocionado por la competencia. Este sería el primer paso para patinar en el mismo hielo que su ídolo.

– 8

Segunda semana de enero.

—Usar traje es demasiado incómodo —argumentó Yuuri intentando aflojar su corbata azul. ¿Cómo era que las personas usaban esa ropa todos los días?

—Deja de tocar la corbata, la vas a arrugar —Minako se acercó al joven, de 18 años recién cumplidos en noviembre—. Debes verte presentable para la ceremonia.

—No lo entiendo —comenzó Yuuri frunciendo el ceño—. No he cumplido la mayoría de edad, ¿por qué debo asistir a la ceremonia?

Minako siguió arreglando el traje negro del jovencito, debía verse bien y no tener ninguna arruga.

—Si te seleccionan para esa beca deportiva en Detroit seguramente no podrás asistir a la ceremonia de mayoría de edad cuando cumplas los 20 años. Me gustaría que Hiroko y Toshiya vean a su único hijo varón asistir a la ceremonia.

Yuuri guardó silencio, pues muy bien sabía que eso era cierto. Si la suerte estaba de su lado en un año Japón dejaría de ser su lugar de residencia. Debía aprovechar el tiempo que le quedaba con su familia.

—Gracias, Minako-sensei— agradeció con una suave sonrisa, correspondida con ternura por su maestra.

– 4

Minako apagó la tele y se preparó para ir a la cama. No sabía qué hacer, si era correcto hablarle o quizá dejar que pasaran algunas horas para que la situación se tranquilizara. Quería estar con Yuuri y ser su apoyo en estos momentos difíciles.

Si tan solo le estuviera yendo mejor con el estudio de ballet.

Minako repasó varias veces la presentación de Yuuri en el GPF, sus fallas y sus aciertos y ella, conociéndolo de toda la vida, intuía la actitud que el patinador de Hasetsu tenía en ese momento. Patinó con nerviosismo al ser su primera final internacional, patinó con dolor al saber de la pérdida de su mascota y con añoranza al sentirse lejos de casa. Yuuri necesitaba nuevos aires y un ambiente más amigable. Tal vez no había sido buena idea aplicar para ese intercambio.

¿Pero qué más podían hacer si el sueño al que Yuuri aspiraba parecía inalcanzable en Japón?

Minako miró un rato la ventana admirando el cielo estrellado. Deseando que apareciera una estrella fugaz y le concediera un deseo, solo uno necesitaba, no más.

Ver a Yuuri feliz era una de las cosas que más anhelaba la ex bailarina en esos momentos.

– 3

El saber que Víctor Nikiforov había viajado desde Rusia para entrenar a Yuuri en su natal Japón había sido francamente toda una sorpresa.

El afirmar que Víctor, efectivamente, sería el entrenador y coreógrafo de Yuuri y además viviría en Yuutopia Katsuki se antojaba inaudito.

Pero el darse cuenta, que el ruso sexy de cabello color plata estaba interesado en su Yuuri a niveles más allá de una amistad, encendió los focos rojos de la vena sobre protectora de Minako, ahora ella debía averiguar las verdaderas intenciones de Nikiforov para con su alumno.

—Sé que no soy la madre de Yuuri, pero al menos yo lo he cuidado por mucho tiempo. Estuve con él en prácticamente todas sus competencias nacionales, y ahora que está tratando de calificar una vez más al GPF, espero acompañarlos en la mayoría de sus presentaciones.

—Eso sería un honor, Minako— contestó Víctor con amabilidad. Sin embargo, Minako lo interrumpió con un gesto en la mano, indicándole que no había terminado.

—No me iré con más rodeos— Minako cambió su semblante a uno más serio y observó con cuidado las reacciones del atractivo ruso frente a ella—. ¿Cuáles son tus intenciones para con Yuuri?

Al ver el ligero sonrojo de parte del ruso mientras trataba de explicarle, Minako se dio cuenta que al fin, parecía que para Yuuri había llegado la persona correcta.

0

29 de noviembre.

Minako se apresuró a contestar con rapidez una vez que el tono de llamada en Skype sonó. De inmediato, el guapo rostro de Víctor Nikiforov apareció detrás de la pantalla sonriendo, como de costumbre.

—Quisiera agradecerle, Minako, por los consejos que me dio para celebrar el cumpleaños de Yuuri— dijo Víctor con sinceridad—. Sé que debe ser difícil para usted y la familia de Yuuri el no acompañarlo en su cumpleaños, pero él debe prepararse adecuadamente si es que quiere conservar su título.

—No te preocupes, todos lo entendemos —respondió Minako restándole importancia—. ¿Yuuri ya habló con sus padres?

—Sí, hace cinco minutos —contestó Víctor—. Ahora los dejo para que hablen a solas.

Víctor se retiró, no sin antes darle un fuerte abrazó a Yuuri y un sonoro beso en la mejilla. Cuando Yuuri tomó su lugar frente a la laptop para contestar la llamada, se adivinaba un adorable sonrojo en sus mejillas y una sonrisa que Minako supo reconocer como la de una persona feliz y enamorada.

Platicaron bastante tiempo, entre bromas y felicitaciones. Minako no se cansaba de ver esa chispa de vida en los ojos cafés del niño que vio crecer y ahora era un adulto que estaba cumpliendo sus sueños. Una persona admirable que no solo repartía amor, sino que también lo recibía con creces.

—Muchas gracias por todo, Minako-sensei. Gracias, por siempre estar conmigo.

Minako, al escuchar el agradecimiento de su pupilo, con lágrimas en los ojos recordó la pregunta que Mari le había hecho muchos años atrás.

“¿Lo vas a querer mucho?”

La respuesta era: sí, con todo el corazón.

FIN

¡Muchas gracias por leer!

Sam.

xoxo

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

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