4. Acompáñame – Al final del Verano


Nuestros pasos nos llevaron esa mañana a recorrer el casco monumental de Ibiza. Un mágico lugar amurallado donde convive la herencia de varias civilizaciones y que ofrece a cualquier persona experiencias diversas y coloridas.

Yuri quedó impresionado por la monumentalidad del lugar, Dalt Vila nos permitió disfrutar de sus construcciones, la impresionante muralla y las hermosas vistas de la ciudad y del mar.

Está de más decir que captamos cada lugar y cada momento disparando el obturador de nuestras cámaras y nuestros móviles como si se tratara de una cacería de imágenes bellas. No faltaron las selfies y tampoco la pose frente a cada monumento.

Para empezar el Portal Nou y la catedral. No pudimos ingresar a todos sus museos, pero sí pudimos hacerlo al centro de interpretación de Madina Yabisa. Seguimos los pasos de los turistas que caminaban detrás de algún guía y disfrutamos de cada instante y del bullicio en la Plaza de Vila o en la calle de la Virgen. Momentos que guardamos en imágenes, momentos que mi corazón atesora todo el tiempo.

Algo más de medio día llegamos al Puerto de Ibiza, un lugar lleno de negocios, hoteles, restaurantes, bares y de personas que como nosotros paseaban por la isla buscando diversión. Pero Yuri buscaba algo más.

—Que dices, ¿te gustan? —Me hizo probar unas gafas de sol que ofrecían en una tienda exclusiva del lugar, yo asentí —. Quédatelas son tuyas.

—Yuri, no es necesario… ­—No quería que me comprara cosas y, sobre todo, tan caras.

Volteó a mirarme con ojos amenazantes.

—Si no me complaces comprando todo lo que yo quiera, se terminó el paseo Beka —lo dijo tan serio que presentí que en verdad podría hacerlo.

Recorrimos muchos lugares, las tiendas exclusivas del Boulebard Outlet, ferias de artesanías y recuerdos con estilo hippie de los setentas, incluso se detuvo para comprar pequeños trabajos que ofrecían algunos jóvenes en las calles, unas pulseras y chaquiras multicolores. No sé cómo, pero en poco tiempo terminamos cargando muchos paquetes grandes y pequeños.

A punto de retirarnos hacia el barrio de la Marina, Yuri se detuvo de improviso y caminó dándome las espaldas. Se contrajo agachando el torso y soltó todos los paquetes que traía en las manos.

Me acerqué a ver qué le pasaba y observé unas gotas color carmesí tiñendo el pavimento de la acera. Yo también solté los paquetes que llevaba y solo atiné a sacarme el pañuelo que cubría mi cabeza. La hemorragia comenzó a aumentar. Unas chicas locales observaron nuestro apuro y de inmediato vinieron para ayudarnos. De pronto nos vimos rodeados de manos que nos ofrecían pañuelos desechables, papel sanitario, algodón, alcohol medicinal, un frasquito con un líquido extraño morado. Es increíble todo lo que las chicas pueden cargar en sus bolsos.

—Yuri ¿cómo te sientes? —La sangre seguía fluyendo imparable y comencé a asustarme.

Yuri hacía un gesto con las manos tratando de llamarme a la calma mientras yo tuve que brindarle mi apoyo y recostarlo de costado sobre la vereda. El tumulto que se formó atrajo a un par de policías que se acercaron y al notar el apuro en el que nos encontrábamos aplicaron presión sobre la fosa sangrante, luego le pusieron un spray medicado y volvieron a comprimir su nariz. Después de diez minutos la hemorragia paró y Yuri se sentó. Estaba algo mareado. Los policías se ofrecieron llevarnos hacia un centro médico, pero Yuri rechazó la oferta. Yo agradecí la ayuda, en especial a esas preocupadas y solícitas chicas.

—¿Ya estás mejor? —El rostro de Yuri lucía pálido—. Dijeron que debes descansar ¿quieres que te lleve al hotel?

—Beka, mírame. —Me miró más enojado que preocupado —. No soy una princesita que tiembla de miedo, soy un tigre ruso al que ningún sangrado de nariz va a molestar.

—¿Puedes pararte? —Le di la mano al cachorro de tigre, pero la rechazó.

­—Sí puedo y puedo correr, saltar, nadar y hacer cualquier cosa —La molestia se le reflejaba su mirada felina, entendí que estaba muy fastidiado con la situación, no conmigo.

—Entonces… ¿qué quieres hacer? —Tomé de nuevo los paquetes que alguien acomodó al costado de una banca.

—Tengo hambre… qué te parece ese lugar. —Señaló un pequeño restaurante que estaba frente a nosotros.

Agradecí la elección porque disfrutamos de un almuerzo marino ibicenco muy tradicional que recuperó nuestras fuerzas, nos animó el espíritu y permitió que gozáramos una vez más de los paisajes más bonitos del puerto.

—¿Qué fue eso Yuri? —A mí no me pareció cualquier hemorragia.

—El sol —lo dijo con firmeza mientras revisaba la carta —cada vez que me expongo mucho tiempo al sol de mediodía me sangra la nariz.

Le creí, muchas personas son muy sensibles al calor. Conocí una instructora en la secundaria que en las épocas de verano solía tener problemas serios a causa del calor y entre ellos también los sangrados nasales. Yuri podría ser una de esas personas.

Pasado el susto fuimos hacia el hotel para dejar todos los paquetes de compras. Ingresé a la suite seiscientos tres. Un lugar acogedor, lujoso, algo grande para ser ocupado por una persona y con todas las comodidades que un viajero puede imaginar. Es decir, aparatos electrónicos, muebles muy cómodos, una nevera llena, un balcón con vista a una de las calas cercanas a la ciudad. Dos camas inmensas donde te pierdes por la suavidad. Me eché sobre una de ellas para relajarme un poco.

—Espérame unos minutos, Beka — Yuri se acercó abriendo una lata de cerveza helada alemana—. Voy a darme un baño para bajar mi temperatura y mientras vas pensando qué haremos luego.

Mi mente comenzó a divagar cuando observaba la gran pantalla de cristal que colgaba al centro de la habitación. ¿Qué estaba haciendo yo en el cuarto de hotel de un chiquillo? ¿Por qué este deseo incontrolable de compartir conversación y momentos junto a él? Yo tenía varios amigos, ninguno de ellos me hizo sentir de esa manera. Ilusionado, esperanzado, ansioso, entusiasmado, embobado…

Recordé a Michele Crispino diciendo la noche anterior que embobado es sinónimo de estar enamorado.

No.

No, era imposible. Yuri y yo… «es una locura»,  me dije, «él es un chico o un tigre ruso, no una princesita». Me asusté cuando descubrí que en el rincón más apartado de mi mente una idea extraña tomaba forma «y si en verdad…podría ser que… Yuri me…». Cerré los ojos tratando de apartar esos pensamientos. Por unos segundos todo quedó en silencio y yo comencé a batallar contra las palabras que se formaban, las imágenes que se dibujaban tras esas palabras y sobre todo las emociones que empezaban a ingresar en mi corazón.

Sentí entonces el golpe brusco de alguien tendiéndose junto a mí. Era Yuri y su manera peculiar de comprobar si estaba despierto o dormido. Abrí los ojos y me topé con su mirada esmeralda. Estaba allí junto a mí, con los brazos extendido por sobre su cabeza, con la expresión de un niño curioso frente a un juguete nuevo. Noté algo de malicia en su mirada. Arqueó las cejas y fue directo.

—¿Ya pensaste qué haremos ahora? —Yuri quería una respuesta inmediata.

Dudé dos segundos, al tercero ya sabía que íbamos a hacer el resto de la tarde. Me incorporé de un solo golpe y no pude evitar sonreír frente a la idea.

—Acompáñame.

Llegamos cerca de las cinco de la tarde a la playa donde nos conocimos, es una cala maravillosa, llena de arena fina. Bajamos hasta la orilla y recorrimos la frontera que dejaban las olas sobre la arena. Con las manos en los bolsillos, sin prisa, mirando el horizonte, caminamos en silencio.

Esta vez el silencio no era molesto, no pedía preguntas ni respuestas, el silencio se mostraba reconfortante, nos unía. Cada cierto tiempo nos deteníamos a contemplar el horizonte y observar cómo el sol descendía lentamente y empezaba a dibujar esos tonos naranja y dorados sobre el azul infinito.

Yuri, la suave espuma del mar, la blanda arena bajo nuestros pies descalzos, la brisa fresca de la tarde, una que otra caracola sobre la playa, los gritos y la risa de los bañistas, el canto de las aves, el cálido abrazo del sol que declinaba, nuestros pasos acompasados en un mismo ritmo, el perfume de su delgado cuerpo, todo me parecía una compleja melodía que solo podía escucharla mi alma. Entonces en ese instante comprendí lo que es la felicidad.

Al parecer Yuri también disfrutaba de ese momento porque me seguía, su rostro lucía fresco y sus ojos maravillados ante tanta belleza. Al llegar al límite de la playa, nos sentamos sobre un tronco seco, a contemplar el paisaje, y recrear la mente en cada detalle. Las islas que se levantaban frente a la cala, los barcos y yates deslizándose suavemente por el mar, algunas aves que volaban rumbo a sus nidos.

Mi mente se perdió por varios minutos y voló junto con esas aves marinas sin rumbo fijo, hacia un lugar desconocido. Entonces volteé a ver a Yuri, él estaba más perdido que yo, sentí un poco de dolor en la expresión de su mirada. Expresión que cambió de inmediato cuando se dio cuenta que lo observaba.

—El sol se pondrá en una hora más — me levanté y estiré un poco mis entumecidas piernas — ¿Quieres escuchar algo de mi colección privada?

Su sonrisa me dijo que sí.

Ocupaba una de las habitaciones de un departamento pequeño en un edificio no muy alto cercano a la playa. Compartía ese lugar con Emile y Guang Hong, aunque a estas horas ellos no solían llegar, es más ellos no solían llegar a veces hasta entrada la madrugada. Esos dos sí que se divierten a lo grande. La sala era pequeña, pero con muebles cómodos, un televisor curvo de última generación que fue nuestra última adquisición, allí disfrutaríamos de una de nuestras pasiones domingueras, los partidos de las ligas de futbol. En un espacio especial habíamos armado nuestro centro gamer con tres computadoras compatibles y por supuesto eso incluía las bocinas de sonido más espectaculares que conseguí de un amigo que dejó la isla en enero.

Y claro por la estrechez del espacio no contábamos con un bar, pero el congelador estaba lleno de todo tipo de bebidas.

—¿Qué deseas tomar? —Abrí la puerta del aparato, Yuri rápidamente sacó un reconocidísimo vodka y de inmediato lo sirvió en un par de copas también heladas, el efecto fue impactante.

Estuve tentado de prender los ordenadores y mesclar algo de música, pero me ganó el deseo que Yuri escuchara algo que en verdad atesoro con toda el alma. Así que fui a mi habitación y regresé con un maletín especial donde guardo una gran colección de álbumes de rock y blues que un vecino y amigo íntimo de mis padres me regaló en Canadá hacía ya casi seis años.

─¿De dónde sacaste esto? ─Yuri comenzó a curiosear entre los vinilos viejos.

─Cuando llegamos a Canadá mi familia y yo nos sentimos muy solitarios y durante unos tres meses no hablábamos casi con nadie a excepción de un vecino que siempre nos saludaba atento, una tarde de sábado el hombre estaba tocando nuestra puerta y se presentó, Terence Wallace, era alto como de unos cuarenta y cinco, gordo y con barba, trajo unas bebidas y algo de comer y bajo el brazo trajo algunas de estas reliquias ─ Yuri escuchaba muy atento la historia ─ en pocas horas tras escuchar estos sonidos mi padre y él formaron la amistad más sólida que yo haya podido recordar. Y todos los sábados y a veces los domingos ellos escuchaban todos estos legendarios temas.

─¿Y tú qué hacías? ─Yuri seguía revisando las carátulas de los discos.

─ Yo jugaba o charlaba por teléfono o les daba a los videojuegos, pero siempre escuchaba esa música y las historias de ese hombre ligado a la música y los espectáculos. Pasé mi adolescencia en medio del blues, rock y soul. Fue una época muy linda ─ suspiré con emoción al recordar esos días.

─¿Y cómo terminó esto en tus manos? ─Yuri alzó su copa y la sostuvo en alto.

─Un día la esposa de Terence, Abigail enfermó de improviso y falleció en muy pocos días, dijeron que fue un virus, el hombre quedó destrozado. Ya no fue el mismo. Así que una tarde de sábado trajo toda su colección a casa de mi padre, escuchó música con él como siempre y cuando se despidió me dijo, “Otabek cuida mis tesoros hasta que regrese” … nunca lo hizo. Se pegó un tiro. ─ alcé mi copa y vi a Yuri con el rostro demasiado serio con el comentario.

Él también alzó su copa y con mucha convicción brindó.

─Por tu loco vecino.

─Por Terence ─ repliqué.

Yuri miró esas reliquias con admiración y repasó con cuidado los bordes y las tapas de la colección. Yo prendí un tornamesa antiguo que había comprado en el mercado de pulgas de Barcelona el año anterior.

Busqué entre los de treinta y tres revoluciones y mi primera elección fue sin dudarlo BB King, puse el vinilo sobre el plato, probé al azar uno de los tracks y los primeros tonos de Sweet Little Angel comenzaron a sonar.

I’ve got a sweet little angel

I love the way she spread her wings

Yuri comenzaba a mover la cabeza de un lado a otro ante los primeros acordes que invitaban a bailar todo el tiempo.

Yes got a sweet little angel

I love the way she spread her wings

Con gran placer observé cómo su cuerpo empezaba a coger el ritmo y como no pudo contener el deseo de moverse por toda la habitación, con los brazos caídos a ambos lados y chasqueando los dedos de ambas manos, avanzaba de costado con ligeros pasos.

Yes, when she spreads her wings around me

I get joy, and everything

Se acercó al sofá de nuevo y alzó su copa y con un gesto audaz en la mirada la chocó contra la mía. Yo dejé seguir la música que nos envolvía con sensualidad.

Oh, if my baby should quit me

I believe I would die

Oh if my baby should quit me

Lord I do believe I would die

Yuri tenía un brillo especial en sus ojos. Sin dejar de mirarme tomó un sorbo de vodka, dejó el vaso en la mesa y la música poseyó todo su ser obligándolo a cerrar los ojos y mover sus caderas de un lado al otro, hipnotizando a este kazajo.

Yes if you don’t love me little angel

Please tell me the reason why

La grave voz del rey del blues siguió sonando y mi mirada se perdió en el movimiento de su cuerpo, acompasado y sensual, como la misma música. Su cabello pegándole en el rostro, sus labios delgados que mordía por ratos, el gesto de su rostro cuando cerraba los ojos al escuchar los dulces gemidos de la guitarra, Yuri destilaba sensualidad por donde lo viese y yo, allí sentado, solo movía mis pies acompasándolos con mi el latido de mi corazón embobado.

Cuando el tema llegó a su gran final, abrió los ojos y mordiendo su pulgar me regalo la más provocadora sonrisa. Yo casi no respiraba. Corrió al sillón se tumbó sobre mi espalda, escudriñó entre los vinilos y señaló uno especial, la potente voz de Janis Joplin.

Casi sin querer se inició un juego muy especial entre los dos. Yuri sacaba un vinilo y apuntaba a algún tema de la portada con su fino índice. Yo lo ponía sin dudar y el rock, blues o soul se apoderaban de nuestros oídos, calentaban nuestra sangre y provocaban un goce sin igual. Algún comentario no estaba de más, pero básicamente la música reinó dos horas más.

Después de un momento tan especial con las voces de Joplin, Rose, Charles, Milton, Jhonson, Plant, Clapton, Chapman, Mercury, Dylan, Hendrix, Morrison y otros dioses del olimpo rockero era tiempo de volver a pisar tierra.

El evidente cansancio en los ojos de Yuri anunciaba que había llegado el tiempo de regresar al hotel. El confortable asiento del taxi que nos transportaba fue el culpable que ese tigre ruso cayera rendido y se acurrucara sobre mi hombro como si fuera un pequeño gatito.

No me incomodó sostener su cálido cuerpo y acomodar su cabeza sobre mi regazo. Sus delgados y lustrosos cabellos caían desordenados sobre sus pálidas mejillas. Viéndolo dormir nadie podría imaginar lo enérgicos que resultan sus mandatos, la fuerza de su mirada y la gravedad de su voz. Bello por donde se lo mire.

El viaje me resultó corto, entrando por la avenida donde se ubicaba su hotel intenté despertarlo sin mucho éxito.

—Yuri, estamos a punto de llegar.

Moví suavemente sus hombros y no respondió.

—Yuri, vamos, despierta te ayudaré a llegar a tu habitación.

Tapó su oído con la palma de la mano.

—Venga Yuri, levántate ya.

La situación se salía de mi control, este cachorro no tenía la menor intención de abrir un solo ojo. Movió su cabeza en dirección a mi estómago y ocultó el rostro entre mi ropa.

Lo llamé un par de veces más, lo moví otras tres, pero el resultado fue el mismo.

Me di por vencido.

Pedí al chofer que por favor me abriera la portezuela del vehículo, mientras el hombre se daba la vuelta por delante de su taxi tomé en brazos a Yuri y lo cargué hasta la puerta del hotel. Pensé ingenuamente que este acto lo haría despertar y se bajaría de mis brazos protestando. No fue así, el gato perezoso se aferró a mis hombros.

El botones se encargó de abrir la puerta y con algo de sorpresa el administrador del hotel nos miró ingresar. Creo que estaba a punto de amonestarme, cuando Yuri bostezó y reacomodó su cabeza en mi pecho. El administrador desistió y personalmente nos guio hacia el ascensor y luego hasta la suite de Yuri.

Adentro acomodé al joven tigre Plisetsky sobre una de las camas, descalcé sus pies y desajusté el cinturón de su pantalón. Con cuidado intenté cubrirlo con los cobertores de la cama y acomodé la almohada que me parecía demasiado alta.

Parecía que estaba a punto de despertar, pero solo se movió buscando algo más de comodidad.

Tenía que despedirme de Yuri, ese día fue intenso y mi noche de trabajo recién estaba por empezar. Lo contemplé por un minuto más, sus delicadas y perfectas facciones me hacían imaginar que estaba frente a un pequeño ángel, un ángel que tenía las alas contraídas por el sueño y el cansancio. Entonces me agaché para decirle al oído un “hasta mañana”. Sentí su calor y su perfume entrelazados con el aroma del mar.

Todo mi ser se estremeció. Sentí como cada poro de mi cuerpo reaccionó ante esa cercanía y cómo desde mi vientre una gran llamarada se extendía hacia todos los rincones de mi cuerpo. La respiración suave y pausada de Yuri me invitaba a tocarlo. Mi rostro estaba muy cerca al suyo a escasos milímetros de su mejilla. Me moví instintivamente y sin pensarlo dos veces rocé sus labios con los míos.

No fue un beso, fue solo un simple toque, el más suave y ligero. Mi boca sintió el calor y la suave presión de sus labios, mi aliento se juntó con el fino resuello que escapaba por un mínimo espacio de su boca, el aroma a vodka y caramelo de menta conquistó mi olfato y mis ojos se extasiaron contemplando la serena expresión de ese hermoso rostro.

De pronto como si alguien halara de mí con fuerza, me levanté en un solo tirón.

¿Qué estaba haciendo en ese instante? ¿Había besado a Yuri? No, no, ese no era un beso. ¿Qué me estaba pasando, realmente Yuri me gusta? Es un chico tan malhumorado, un gato engreído que solo quiere que lo consientan en todo. Hace lo que quiere y habla malas palabras. Y cuando quiere sacarme de mis casillas me habla en ruso. Argumentos válidos para alejarme de él de inmediato. Sin embargo, no quería hacerlo solo deseaba seguir contemplando su rostro toda la noche.

Pero no podía hacerlo y con el corazón pulsando sin control miré mi reloj. Ya llevaba cierto retraso. Con cuidado y algo de prisa salí de la habitación, al cerrar las puertas vi las luces automáticas apagarse.

Jalé lentamente de la cerradura y corrí con todas mis fuerzas hacia el ascensor, hacia la recepción, hacia la calle, hacia El Templo.

Tal vez allí encontraría un poco de paz.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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