1 Señales – Al final del verano


Lo conocí con brisa tibia y espuma de mar al final del verano. Como cada mañana empecé mi rutina con estiramientos musculares para luego correr por la playa. Ese día en particular no quise escuchar mi música favorita, así que dejé el reproductor en casa y decidí disfrutar el sonido del mar.

Me resultó divertido y hasta relajante oír las voces lejanas de los bañistas. Sí lejanas, porque esa playa en particular es poco concurrida así que, a las nueve de la mañana, hora en la que por lo general comenzaba mi rutina diaria, no se hallaba tan poblada como otras playas y calas de la isla.

Habría estado ensimismado cerca de media hora trotando sin mirar a un punto en particular, cuando decidí ir hacia el lugar más lejano de la playa, allá donde están sus límites rocosos y el mar revienta con fuerza contra las peñas sin parar. Bajaba por las escaleras adosadas al acantilado cuando escuché un bullicio molesto. Dudé si quería proseguir escaleras abajo cuando algo dentro mío me hizo sentir un impulso extraño e inimaginable que me obligó a proseguir.

Al dar la vuelta por el último tramo de las escaleras observé un grupo de cuatro jóvenes que discutían a viva voz. No eran mayores que yo y se veían bastante furiosos. Contemplé la situación por unos segundos y me di cuenta que tres de ellos molestaban o tal vez asaltaban al más pequeño quien trataba de defenderse con una vara que seguramente encontró en la playa.

Era una situación difícil incluso para mí pues esos chicos no eran muy fuertes, pero se veían demasiado agresivos. Medité un par de segundos más, podría intervenir y evitar un asalto, podría ser asaltado junto con ese chiquillo o podría correr y pedir ayuda… y una vez más mi corazón me dijo que hiciera algo y que lo hiciera ya.

—¡Ey! ¡Qué sucede allí! —Bajé los últimos escalones y me acerqué lentamente al grupo.

─ ¡Lárgate imbécil! ¡No es tu asunto! —gritó uno de ellos. Los demás vociferaban palabras en un idioma que no podía entender.

—¡Cualquier problema que suceda en esta playa es asunto mío! —Seguí caminando en dirección a ellos— ¡Y de la policía! —Saqué mi celular y se los mostré— ¡Aplicación! ¡Policía!… ¡¿Me entienden tarados?!

Los tres jóvenes dijeron en su idioma algo que imaginé era un insulto y salieron corriendo, no sin antes tirar al suelo con todas sus fuerzas al jovencito a quien pretendían golpear.

Caminé hacia él y vi que seguía gritando a sus agresores en un idioma que se me hacía conocido y el cual entendía a medias.

—Oye, ¿te encuentras bien? —Él seguía sentado entre los guijarros y parecía no haberme escuchado pues continuaba hablando con mucha furia.

Entonces decidí darle una mano y levantarlo, lo toqué del hombro y con gran habilidad jaló mi mano y… la mordió.

—¡Eeeey! ¡Qué te pasaaaa! —Retiré la mano, tan rápido como pude— ¡Estás loco! ¡Fui yo quien te ayudó con esos desadaptados!

Se levantó mientras seguía profiriendo quién sabe qué clase de palabrotas, se sacudió la arena de la ropa y pude ver por completo su imagen. La remera con estampado de tigres de fondo color azul acero cubría en gran parte su delgado torso, bermudas rojas que le llegaban a las rodillas y lo hacían ver bastante infantil, sandalias negras de cuero que ajustaban a la perfección sus pies. Colgaba de su cuello una delgada cadena brillante. Observé con detenimiento la melena dorada que le cubría parte de los suaves ángulos de su rostro y detrás de ella, la mirada felina más agresiva que jamás había visto.

En ese instante el mundo se paralizó, mi corazón dio un vuelco repentino, parecía pulsar a un ritmo diferente y sentí que ese chico era el ser más hermoso de todo el mundo. Mi corazón estuvo a punto de gritárselo a mi mente, pero ésta reaccionó fría como siempre. Me dije a mí mismo que estaba exaltado por las circunstancias poco comunes para una mañana de verano y que ese chico, a pesar de su aparente actitud de desafío, se veía asustado y desprotegido.

—Oye… ya está bien. Tranquilo, ya se fueron —Él estaba agitado y no cambiaba su actitud defensiva— ¿Me entiendes? ¿Hablas inglés?

Me miró de pies a cabeza, tragó un poco de saliva y comenzó a caminar.

—Por supuesto que hablo inglés y te entiendo, pero no confío en ti —dijo y yo pensé que eran palabras algo frías para un jovencito; sin embargo, comprendí que era una natural reacción a todo lo que había vivido hacía solo unos instantes.

—Te entiendo, pero no puedes retirarte así, debes reportar esta agresión con las autoridades…

Me dejó hablando solo y eso es algo que no tolero en la gente. Lo seguí a toda prisa porque tenía planeado decirle algunas cosas sobre su actitud arrogante. Lo tomé del brazo obligándole a detenerse, sin embargo, me quedé callado. Sus verdes ojos se clavaron en los míos expresando sorpresa lo que me obligó a suavizar el ajuste de mi mano pues no quería asustarlo y mucho menos hacerle daño.

—Estás herido —le dije señalando un rapón en la muñeca—. Déjame curarte esas raspaduras, podrían molestarte mucho si se infectan. Después puedes seguir tu camino. —No sé cómo sonreí ese momento—. ¿Te parece?

Accedió.

¡Accedió!

Mi corazón una vez más empezó a rebelarse allí adentro y una vez más con una prolongada inspiración de aire decidí ignorar esa señal.

Luego de curarle las heridas con las medicinas del botiquín que pedí a un rescatista y de ponerle un par de apósitos sobre ellas, le di algo de beber. Me senté frente a él en una silla playera con sombrilla y estiré mi mano.

─Hola, soy Otabek Altin, vivo aquí desde hace ya dos años, trabajo en una discoteca exclusiva de la zona Este. —Me sentía algo nervioso y no sabía por qué—. Así que no debes temerme, no te asaltaré o golpearé.

Me miró con recelo y siguió bebiendo de la botella. Cuando terminó me dijo con determinación. —No eres español, tu acento en el inglés es extraño y tu rostro me dice que vienes de muy lejos como yo.

—Soy de Kazajistán, aprendí el inglés desde pequeño, pero nunca logré tener un buen acento. —Comprobé que él me observaba con el rabillo del ojo mientras miraba el mar y a la gente que estaba comenzando a llegar en más cantidad a la playa— ¿De qué lejano lugar vienes tú?

—Rusia… —Volteó por completo hacia mí, la brisa de la playa tiró su suave cabellera hacia atrás y sus ojos me dieron el más bello de los espectáculos, comparable solo a la inmensidad del mar—. Vivo en Moscú.

—¿Y tu nombre es?…

—Yuri, Yuri Plisetsky. —Por fin se animó a estrechar mi mano.

—Es un gusto Yuri… —No dije nada más porque no entendí bien su apellido, no me arriesgué a pronunciarlo— ¿Dónde te alojas? ¿Dónde están tus padres o amigos? ¿Qué haces aquí en esta playa? Es algo lejana ¿no crees? —Demasiadas preguntas pensé.

—Estoy alojado en la habitación seiscientos tres de un hotel boutique en el centro de la ciudad, vine solo a este viaje, tomé un taxi, decidí parar en esta playa y caminar. —Tomó el último sorbo de agua y se limpió los labios con el torso de la mano—. Y si quieres saber algo más, no conozco Ibiza, nunca estuve aquí, significa que estoy perdido. Menos mal esos malditos bastardos no me quitaron la cartera, así que te pagaré bien si me llevas a un buen lugar donde pueda divertirme sin correr peligro.

Le sonreí y le prometí llevarlo hasta una playa que me parecía la más hermosa del lugar. Puede que otros no estén de acuerdo con mi opinión, pero a mí me encanta hasta hoy por el color de sus aguas, por la gente maravillosa que veía a diario en ella y por sus atardeceres.

Cala Conta.

Así que le pedí que esperase unos minutos para traer mi moto y llevarlo a ese lugar de ensueño. Me dirigí a toda prisa al departamento donde vivo a pocas cuadras de esa playa. Me mojé un minuto en la ducha, me vestí a toda prisa y pasé a recoger al interesante ruso de mirada asesina.

Él esperó.

Con los cascos puestos y las manos de Yuri sujetándose bien a mi cintura, hice rugir mi máquina y salí a toda prisa sintiendo cómo el viento acariciaba nuestra piel a través de la ropa.

Luego de recorrer un tramo largo, escuchando sus quejas en inglés y en ruso, por fin llegamos a un lugar que podía considerar el más placentero y cálido de la playa. Un pequeño paraíso donde los jugos exóticos, los cocteles suaves y la deliciosa comida reconfortaban a cualquier persona que se sentaba en sus mesas, el Topsy Top.

Particularmente creo que era un nombre bastante retro, pero es que sus dueños eran también muy retro y el ambiente del lugar te transportaba a los años ochenta; pero con estilo. Un juego de arcade, fotografías en blanco y negro de las bandas de rock más emblemáticas de aquellos tiempos que decoraban las paredes de techo a piso. Una guitarra eléctrica de color carmesí firmada por el mismísimo Steve Lukater y que era la joya más preciada del lugar. Carritos coleccionables en una vitrina y muchas botellas de colores en la barra.

En ese acogedor restaurante, fuente de soda, bar y no se me ocurre cómo más nombrarlo, trabajaban mis mejores amigos, los chicos con los que compartía el departamento desde que llegué a la isla persiguiendo mis sueños de adolescente. Dos divertidos chefs, baristas, bar tender, mozos y todo lo que uno pueda imaginar que hacen los jóvenes para trabajar durante el día y pagar sus noches de locura y diversión en Ibiza.

Era cerca de medio día y en verdad estaba hambriento, además los gruñidos en el estómago de Yuri me decían que no era yo el único en desear llevarse algún sabroso bocado al paladar.

—Emil —Apreté la mano de mi amigo y él nos ofreció la carta, no sin antes interrogarme con la mirada a cerca de mi extraño y enfadado acompañante—. ¿Dónde está Guang Hong?

—Peleándose con los pedidos en la cocina. —Sonriente sacó la tableta para tomar la orden—. Hoy ayuda al chef Mario. Rossane pidió licencia por estar agripada.

—Otra vez la gripe. —Reímos juntos porque sabíamos que esa era una excusa para ver a su novio el piloto. Yuri no nos prestó atención porque seguía revisando la carta.

—No sé qué pedir. ¿Qué me recomiendas? —Yuri lanzó un suspiro y nos quedó mirando con aire de indiferencia—. Que sea algo rápido de preparar porque muero de hambre.

En medio del pedido y la atención, el bullicio del lugar y el chef cantando a voz alta las órdenes en la cocina, no hubo tiempo para presentarle mis amigos a mi invitado.

Dos jugos sustanciosos de frutos exóticos, un rostizados de mariscos, dos porciones de patatas en almíbar, un pulpo al jengibre y una cerveza después, por fin la calma llegó a nuestros famélicos cuerpos. Por un instante el silencio reinó entre los dos, ese silencio incómodo que te pide a gritos decir cualquier cosa para no seguir con cara de tonto mirando la nada.

—Y…. ¿cómo es que estás de vacaciones solo en Ibiza, Yuri? —Fue una pregunta obvia—. Es decir un chico debería estar con su familia, con sus amigos o con su novia en un lugar como este.

—Salí de casa para alejarme de todo y de todos, quería un lugar y un tiempo a solas. —Yuri se mostraba despreocupado y yo no podía ver ni un pequeño atisbo de sonrisa en sus labios.

—¿Escapaste de casa? —Me parecía demasiado osado huir hacia el paraíso de la diversión sin límites.

—Tsc. —Chasqueó los dientes, muy molesto—. ¿Cómo crees, no podría estar aquí con tanta libertad si hubiera huido de mi familia? —Yuri me miró como diciendo “sí que eres estúpido”—. De ser así no estaría alojado en buen hotel, ni tendría esta tarjeta ilimitada para pagar mis gastos.

La siguiente pregunta solo se la hice con los ojos y un pequeño movimiento de los hombros: “¿Y…?”

—Estoy aquí para divertirme mucho, se vienen para mí días muy complicados por eso mi abuelo y mi madre entendieron que necesito estar solo y hacer ciertas cosas. Aunque a esta hora ya deben estar esperando noticias mías… ─Se quedó pensativo mirando la playa.

—Llámalos y diles que estas bien, que estuviste a punto de ser asaltado, pero que alguien vino a rescatarte de los ladrones. —En vano quise devolverle esa actitud de suficiencia con mi comentario, él ni me miró.

—A propósito, kazajo, voy a pagar la cuenta para agradecerte que espantaras esas malditas moscas de mi camino. —Sonrió y el cielo pareció iluminar más. Otra señal que decidí dejar de lado y que me expliqué diciendo que era bueno ver que Yuri ya se sentía bien.

—¿Qué harás más tarde? —Me atreví a preguntar y no sé por qué sentí que desde lo más profundo mi pecho partía hacia el resto de mi cuerpo una extraña y agradable corriente cálida.

—No lo sé. ¿Qué me sugieres? —Su mirada una vez más atrapaba la mía.

Emil se acercó y le sugirió que vayamos de paseo por los monumentos de la isla. Por su parte Guang Hong ya desocupado de su ardua actividad se unió a la mesa, por fin podría almorzar; su turno no había terminado, pero el restaurant tenía muy pocos clientes y así estaría hasta las cuatro o cinco de la tarde en que todos los viajeros comienzan a llegar de sus aventuras playeras. Decidí presentar a Yuri formalmente con mis dos amigos. Ellos levantaron la mano y mostraron la mejor de sus sonrisas, Yuri contestó con un menudo movimiento de cabeza.

—Las noches de Ibiza son las mejores. —Guang Hong podía hablar a pesar de estar con la boca llena de ensalada, no sé cómo lo hacía y cómo se dejaba entender—. ¿Por qué no lo llevas al Templo?

—No, yo no me llevo bien con tonterías religiosas … —Yuri no termino su comentario cuando todos reímos a su costa sin parar. Él cambió su gesto y nos fulminó con una sola mirada.

—No chico, El Templo es una discoteca muy especial. No es la más grande ni la más concurrida de Ibiza, pero sí la más exclusiva, en ella solo tocan los dioses de la electrónica, por eso el nombre. —La voz de Emil sonaba como la de un locutor de radio.

—¿El Templo…? —Yuri quedó en silencio y casi fascinado cuando mis dos amigos haciendo uso de los mejores recursos de publicidad le contaron cómo era la discoteca y qué hacía yo en ella.

Por momentos Emil comenzaba a decir una frase y Guang Hong era quien la terminaba, por momentos ambos comentaban algo al unísono. Básicamente dijeron que El Templo era el lugar donde las mejores estrellas de la electrónica mundial se presentaban todas las noches. La discoteca no tenía la espectacularidad del Privilege o del Ushuaia, tampoco veías en ella a gogos desnudas bailando en jaulas y mucho menos arlequines haciendo malabares al ritmo de la música.

El ambiente de El Templo era muy sencillo, con decoración minimalista que lo convertía en un lugar muy sobrio, solo destacaban los candelabros de plata, los altares menores que contenían las estatuillas en bronce de los mejores disc jockeys del planeta y el escenario en forma de altar mayor. Lo que hacía que la discoteca fuera la preferida de muchas figuras de la música electrónica era el ambiente lleno de gente que no solo iba a divertirse, si no que sí  eran personas que sí conocían de música, al igual que sus propietarios, quienes apostaban por tener en el escenario a los mejores tocando para los mejores y dejaban participar a los aspirantes con potencial.

Y uno de esos aspirantes con potencial era este modesto kazajo.

Guang Hong no dudó en lanzar todo tipo de halagos a mi música, aunque la mayor parte de las veces solo mezclo las creaciones de otros, tenía un par de temillas que me atreví a lanzar ese año para el público que asistía al lugar. Y eso hacía que mis amigos me considerasen todo un DJ.

No. No lo era, aún me falta mucho para llegar al lugar que ocupaba Van Buuren o Garrix y estaba muy lejos de ser tan grande como Cox o Guetta. Pero sabía que ellos fueron jóvenes con grandes aspiraciones como yo y un día triunfaron luego de pinchar noches enteras en fiestas, bares y discotecas.

Yuri se me quedaba mirando y se asombraba cada vez que mis dos camaradas hablaban de mis hazañas, de mis mezclas, de la gente a la que había conocido hasta entonces y de mis creaciones que aún las tenía bien guardadas en el ordenador esperando que lleguase el momento de sacarlas a la luz.

—¿Me llevas al Templo? —La mirada de Yuri era la de un niño que esperaba con ansias el sí para cumplir su deseo.

—¿Cuántos años tienes? —La pregunta estaba de más, era obvio que era solo un chiquillo.

—Dieci…ocho.—Estuve a punto de reír al escuchar esa duda en la voz de Yuri.

—Muéstrame tu identificación. —Fui cruel y fue necesario.

—Está bien cumplí dieciséis en marzo, pero… tú podrías ayudarme a entrar. —Yuri parecía un adolescente simple y sencillo, no la terrible fierita que me mordió por la mañana.

—Imposible Yuri, por más que quisiera no podría, tendría que pedir la autorización al mismo dueño y sé que él solo deja entrar a menores que son muy famosos o que llevan algún rédito a la imagen de la discoteca. —Mi aire de suficiencia sobrepasaba mis propias expectativas.

Entonces vi el rostro de Yuri y sus ojos ponerse muy tristes, no era la típica mirada de un niño que no había sido complacido en algún capricho, era una mirada de tristeza por no alcanzar un objetivo o un sueño. Sentí que sus ojos me mataban, mi corazón me reprochó una vez más y yo lo callé pensando que era solo la estrategia de un hábil niño mimado.

—Verás Yuri, no puedo llevarte al Templo, pero sí puedo llevarte a una fiesta en la que voy a trabajar dentro de dos días. —Cedí ante mi sentimiento de culpa y estuvo bien porque vi a un Yuri feliz e iluminado como el cielo.

—¿De verdad?… ¿Me lo prometes? —Parecía que estaba a punto de brincar de contento.

—Te lo prometo, pero tendrás que comportarte bien y no tomar alcohol. —Era menor y desde ese momento se convertiría en mi responsabilidad. Debía cuidarlo y protegerlo una vez más, como lo hice en la playa horas atrás.

Yuri asintió con la cabeza muy feliz y la conversación se extendió por varios minutos más. Cantantes, disc jockeys, personalidades, deportistas, actores de cine, socialité y todo aquel que pasó por El Templo. Luego la música y cuál era la que más me gustaba mezclar.

Valga decir que aún no había definido mi estilo, aunque tendía al electro house y pop. Pero quería salir de esa corriente que me haría uno más del montón así que por esos días estuve probando con el drum y bass; sin embargo, no dudaba en probar también algo de progresive house.

Yuri me miraba intrigado cuando hablaba de mi música, pero no quería darle una lección de electrónica así que le dije que mejor me escuchara el día de la fiesta. Esta vez su sonrisa se dibujó por completo en su hermoso rostro.

Tras la improvisada sobremesa salimos a caminar por la playa hablando de todo un poco, mi vida, mi familia, mis amigos. Cuando le tocó su turno supe que vivía con su madre y su abuelo a quien tanto admiraba. Era hijo único; estudiaba arte, aunque no quiso decirme en qué especialidad. Respeté su privacidad. Lo que sí me dijo fue que tenía a alguien muy importante en su vida además de su familia. Me acercó su móvil al rostro y observé la figura de un gato, un pequeño, peludo y lindo gato. Puma Tiger Scorpion. Un nombre muy peculiar pensé.

Hablando de bobadas y de cómo estarían esos tres rufianes de la mañana nos capturó el atardecer. Nuestro primer atardecer juntos, sentados en una barda de piedra cercana a la orilla del océano. Fue mágico, el mar parecía cantar en un tono más grave, la brisa bañaba con suavidad nuestra piel y los ojos de Yuri se hundían en la lejanía de las aguas. Por unos segundos lo miré fijamente y mi corazón volvió a saltar. Ese instante, ese corto momento me sentí el hombre más afortunado del mundo. No que lo pensara de esa forma, solo sentía una gran felicidad y calma. Ambas provenían de Yuri.

Ya de noche, lo llevé a su hotel. Comprobé que, aunque pequeño, era de esos sitios super lujosos, además de ser un lugar bonito y lleno de tradición. En él trabajaba como administrador Santiago, uno de los vecinos del lugar donde compartía vivienda con mis amigos. Lo conocía bien, me conocía bien. Nos saludábamos todos los días. Santiago me reconoció y se dirigió a Yuri muy respetuoso, pero con algo de severidad.

—Joven, su madre llamó muy preocupada al hotel, dijo que usted bloqueó sus números y le pide que por favor se comunique de inmediato. —Santiago debía velar por la comodidad y la seguridad de sus clientes y eso lo demostró amonestando con mucho respeto a Yuri.

—Está bueno… siñor —Yuri respondió en un español muy mal pronunciado. Yo sonreí.

Estiré la mano para despedirme de ese insufrible muchachito enfadado. Mi ritmo cardiaco acelerado una vez más se convertía en una señal urgente, así que de inmediato me vino a la mente una pregunta que hasta hacía un segundo no había pensado hacerla

—¿Qué harás mañana? —le dije casi sin querer.

—No tengo un tour contratado y tampoco un itinerario propio. —Yuri me miró como esperando algo.

—¿Te parece si te paso a recoger como a las nueve y treinta? —Las palabras solo salían de mi boca.

—¿No es algo tarde kazajo? —Yuri arrugó el entrecejo.

—Bueno… yo trabajo generalmente hasta las dos de la madrugada en El Templo y me es imposible despertarme antes de las ocho. —Fue mi explicación sincera con la que pedía comprensión.

—Bueno a las nueve y treinta será. —Estiró los cansados brazos y caminó hacia el ascensor, yo lo seguía de cerca y casi choqué con él cuando se detuvo de improviso, dio media vuelta y sentenció muy serio—. Ni un minuto más.

­—Ok no tienes que ser tan estricto. —Intenté bromear, pero él me lanzó una mirada amenazadora.

—Escúchame bien kazajo. —Me tomó por la solapa de la chamarra sin contemplación alguna­­—. Si no eres puntual te olvidas de mí.

Volteó y entró al ascensor, me dio la espalda hasta que las puertas se cerraron y yo me quedé con la sensación de haber conocido a un ser maravilloso.

¿Ángel o demonio? Tal vez los dos.

Era el chico más interesante y bello que vi en mi vida como me decía el corazón desde el primer momento en que lo conocí.

Pero esa fue una señal que por el momento decidí ignorar.

Nota de autor: Hola fans lectoras de Yuri on Ice. Después de un buen tiempo subo otro fic. Un Otayuri que tendrá mucho romance, mucho verano y mucho drama. Espero que les guste y que acompañen al gato ruso y al héroe kazajo en esta aventura de amor.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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