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Primera sesión: Otabek y Yuri (Cuidaré de ti)


Otabek se encontraba junto a Víctor y Christophe en su despacho. Ya era el quinto día de entrenamiento, los anteriores habían practicado con lo que ya Otabek les había enseñado y con algunos juguetes como pequeños vibradores y pinzas para pezones. Dentro de las pequeñas escenas que habían tenido aún no había una relación sexual completa ni se les había permitido el orgasmo a los tres sumisos que ahora se encontraban en sus habitaciones higienizando su cuerpo de manera muy minuciosa. Según los estándares del BDSM. 

Los dominantes se encontraban en una charla que giraba en torno a su rol y a aquello que esperaban encontrar en el BDSM: Víctor confirmando que de ahora en adelante su relación con Yuuri incluiría este tipo de juegos y Chris con ansias por aprender más del tema para luego explorar por su cuenta en los diferentes roles. 

—¿24/7? —preguntó Víctor frunciendo el ceño cuando Otabek les explicaba sobre las diferencias en las maneras de practicar el BDSM. 

—He conocido pocas parejas que practican el 24/7 —comenzó a explicar el experimentado dominante— porque requiere de un esfuerzo mental muy grande, tanto para el Dominante como para el sumiso. Estar todo el tiempo en el rol no es para nada sencillo. 

—Pero… —comenzó a decir Chris queriendo encontrar las palabras adecuadas para exponer sus dudas—. Si el BDSM es algo así como un juego de rol, aunque mucho más que eso, lo sé, ¿no sería ir contra ello el forzarse a estar siempre interpretando ese rol? No estoy seguro de explicarme bien, pero, jugar como estilo de vida es muy diferente a dejarte consumir por el juego. 

—Si dejamos de lado a aquellas personas que pueden interpretar ambos roles, que son pocas, un sumiso es siempre sumiso, así como el Dominante es siempre Dominante; esas características son parte de nuestra esencia, por decirlo de algún modo. No obstante, tenemos muchas características más, nuestro carácter individual, aspiraciones personales, sueños y metas que deseamos cumplir, entre otras cosas —comenzó su explicación—. Para quienes sesionamos, nuestras escenas dejan de lado aquellas otras cosas para centrarnos en la parte de nuestra personalidad que nos transforma, en mí caso, de una persona Dominante a un Amo. Un Amo no existe sin su sumiso, pero el Dominante siempre es Dominante. Para un Dominante, el 24/7 es llevar al límite su posición de dominio y transformarse en el Amo absoluto de su sumiso, lo cual implica un esfuerzo mental muy importante. Como comprenderán, es peligroso tener el control total de una persona. 

—Para el sumiso lo es más —afirmó Víctor. 

—Durante la sesión, un sumiso pasa a ser lo que el Amo decide que sea: un perro, un objeto, un juguete, una puta… es un esclavo que debe aceptar ser lo que su Amo decida. Pero esa esclavitud es un rol que se acaba cuando la sesión termina, y fuera de la escena el sumiso recobra su personalidad y puede hacer lo que desee. Sin embargo, la esclavitud como elección de vida es vista, por muchas personas, como la evolución deseable e ideal del ser sumiso. No obstante, hay enormes diferencias entre lo que es un sumiso y lo que es un esclavo a tiempo completo.

—¿Cómo cuáles? —preguntó Chris. 

—Primero que todo, les recuerdo que toda relación BDSM, sea por sesiones o 24/7, se rige por tres normas: Seguro, sensato y consensuado. Cualquier relación que rompa esas reglas no es BDSM —afirmó con seguridad—.  Dicho esto, las diferencias entre sumiso y esclavo van desde el cómo piensan al cómo actúan, desde el cómo sienten al cómo se someten. Un esclavo, por ejemplo, piensa que es propiedad de su Amo, en cambio un sumiso piensa que se somete a él. Ser propiedad y someterse son cosas bastante diferentes —Otabek bebió un poco de agua y después continúo—. Un sumiso conserva un determinado monto de control, puede oponerse a determinadas prácticas, puede exigir determinadas cosas, tiene derecho a permitir o negar algo que el Amo desee, por ejemplo, si un Dominante desea incluir a una tercera persona dentro del juego el sumiso es libre de negociarlo y escoger. Un esclavo en cambio sólo puede aceptarlo aunque no esté de acuerdo, un esclavo no tiene derecho a expresar su disconformidad, y aunque pueda decir que no le agrada, si el Amo lo ordena lo aceptará de igual modo. Esto es así porque un sumiso piensa en sí mismo y un esclavo no, un ejemplo claro es lo que piensan sobre el placer; un sumiso desea el placer del Amo, pero también desea el propio placer y si no lo obtiene se sentirá frustrado aunque acepte que no siempre el Amo le permitirá experimentarlo completamente. Para un esclavo sólo importa el placer del Amo; se sentirá feliz si el amo obtiene placer aunque eso signifique su propio displacer. 

—Es una gran diferencia, no cabe duda —expresó Christophe.

—Tal vez la mayor diferencia entre un sumiso y un esclavo es que un esclavo no fija límites. Un esclavo confía plenamente en que su propietario no lo dañará física o mentalmente; y su esclavitud se basa en la entrega sin condiciones. En cambio, un sumiso es libre de poner los límites infranqueables que desee, también puede establecer límites blandos y conservar una palabra de seguridad. 

—Creo que es demasiado sencillo caer en el abuso en una relación de ese tipo —dijo Víctor.

—Estoy de acuerdo —contestó Otabek—, pero aunque un esclavo renuncia a su voluntad cuando se entrega al Amo, si considera que la relación se vuelve abusiva puede salir de ella. Aunque es cierto que decirlo es más fácil que llevarlo a cabo —puntualizó—. Además, un esclavo no considera como abuso prácticas que para cualquiera lo serían. Dormir en el suelo, por ejemplo, es algo que podemos ordenar a nuestro sumiso, pero no es algo que vayamos a sostener en el tiempo, es sólo una práctica más que podemos realizar mientras dura una sesión, sin embargo, un esclavo podría dormir toda su vida en el suelo y si alguna vez se le permite dormir en una cama considerarlo un lujo. 

Ante el silencio de los dominantes novatos, Otabek continuó. 

—Como les dije, no es algo que se vea muy a menudo, y mis ejemplos tal vez han sido extremos por el bien de la didáctica. Sin embargo, hay parejas D/s que practican una esclavitud parcial, por ejemplo, se ven los fines de semana y ese tiempo lo utilizan de este modo, pero el resto del tiempo no. 

—En ese caso serían como sesiones largas pactadas de antemano —comentó Víctor con duda.

—La diferencia radicaría en las otras características de las que hemos hablado; sin límites, sin palabra de seguridad, etc. A decir verdad, cuando construyes una relación larga, de conocimiento profundo y confianza mutua, la palabra de seguridad se vuelve una formalidad. El sumiso llega a confiar tanto en su Dominante que no se asusta cuando este intenta hacer cosas nuevas o traspasar sus límites blandos, el Dominante llega a conocer tanto a su sumiso que sabe exactamente el momento en el que debe detenerse. 

—La diferencia entonces radicaría en cómo se sienten con respecto a la sesión. Por mucha confianza que haya y por muy dispuesto que esté a mover sus límites, un sumiso conserva la idea de que sólo ha cedido el control temporalmente, y que puede recuperarlo cuando desee. En cambio un esclavo, sea 24/7 o de fin de semana, no —concluyó Víctor. 

—¿Qué opinas de ese tipo de relación? —preguntó Chris a Altin. 

—Personalmente no me gusta —contestó el dominante—. Como les he mencionado, pienso que es extenuante sostener una relación 24/7. Creo que debe ser agotador, para cualquier Dominante, el mantener el control absoluto sobre otra persona todo el tiempo, además, las fantasías sádicas pueden descontrolarse al tener a alguien que te entrega por completo su voluntad. Tampoco me agrada el que algunos de los que practican este modo de vida pretendan que su esclavo actúe libre de sentimientos y que lo disciplinen para que su personalidad desaparezca —reflexionó Otabek—. Soy Dominante, y en sesión un Amo estricto, espero de un sumiso que cumpla mis ordenes, satisfaga mis deseos y sirva mis necesidades. Si no lo hace no me sirve, y probablemente no vuelva a sesionar con ese sumiso. Sin embargo, también me gusta que dominar a alguien sea un reto, que fuera de sesión el sumiso sea alguien que me provoque querer someterlo, precisamente porque sé que no cualquiera podría disfrutar de esa sumisión. 

—¡Pues Yurio si que es un reto! —opinó Chris—. Ahora está tranquilo porque siempre le ha gustado realizar con perfección cualquier trabajo, pero cuando saque a relucir toda su personalidad endemoniada lo verás —Christophe y Víctor rieron, Otabek sólo esbozó una pequeña sonrisa y luego prosiguió. 

—En algunos lugares he leído que la esclavitud es la realización plena del sumiso como el ser inferior que es, personalmente yo estoy en desacuerdo con ver al sumiso como un ser inferior. Un sumiso es alguien que tiene la fantasía de se ser sometido, torturado o humillado y que accede libremente a explorar esas fantasías porque le produce placer; una gratificación mental que tiene que ver con el poder que otra persona ejerce sobre él, y una gratificación sexual porque en el BDSM conjugamos este dominio con lo erótico. El dominante, por el contrario, tiene fantasías de someter, de humillar o torturar y decide explorar estas fantasías en un ambiente seguro, sensato y consensuado para poder disfrutar de ellas sin dañar física o mentalmente a otra persona.

—Y también existe la gente como yo que fantasea con ambas cosas —soltó Chris, quien tenía la habilidad de relajar el ambiente. 

—Definitivamente no podría estar de acuerdo con vivir el 24/7 —dijo Víctor—. Admito que someter a Yuuri es lo más excitante que he vivido, y cada vez quiero llegar más lejos con él. Pero, ¡amo a Yuuri! No quisiera que su personalidad se apagara para convertirlo sólo en un autómata que obedece a cada capricho mío durante las 24 horas del día. Yuuri es dulce y su sumisión es un deleite, pero Yuuri también es testarudo cuando se le mete alguna idea en la cabeza, apasionado cuando encuentra algo que lo motiva, fuerte para sobreponerse a sus propias inseguridades, egoísta a la hora de tomar una decisión, cruel cuando quiere algo y no da su brazo a torcer. Yo amo todo eso en Yuuri —confesó con una sonrisa—. Aunque admito que sí me gusta la idea de que en sesión renuncie a cualquier restricción que pueda ponerme, que su sumisión y confianza sean absolutas por esos momentos. 

—Eso se da naturalmente con el tiempo, más cuando la relación traspasa el D/s y hay sentimientos amorosos —afirmó Otabek—. En una relación saludable, donde prima la confianza y el mutuo conocimiento se entra y sale de los roles de manera natural. La palabra de seguridad se vuelve obsoleta, se juega a gusto con los límites, traspasándolos sin forzarlos. El aftercare se profundiza y la relación se fortalece. 

—El aftercare es muy importante para lograr ese conocimiento mutuo y profundo —señaló Víctor. 

—Así es, y también es importante para prevenir cualquier daño hacia el sumiso —contestó Otabek—, después de todo azotamos y humillamos, aunque sea un juego es importante que el sumiso sienta que nos importa y que lo cuidaremos después de llevar a cabo esas prácticas. Tenemos que hacerle saber que nos interesa conocer cómo se sintió con cada cosa que sucedió durante la sesión y que revisaremos que su cuerpo esté en buenas condiciones —reflexionó—. El aftercare es una manera de cuidar psicológicamente a la persona que juega con nosotros, de reforzar su autoestima y brindarle un espacio de seguridad y confianza, donde pueda expresarse libremente. No es correcto humillar a alguien para luego dar la vuelta y dejarlo con todas esas emociones a flor de piel, porque aunque haya participado voluntariamente y se haya excitado al hacerlo, que te manden a comer en el suelo como un perro no es cualquier cosa. Es necesario que al terminar una sesión se trate con cariño y se cuide al sumiso; si azotaste pon crema. Si amarraste masajea. Si humillaste pregunta cómo se siente. Eso es mostrar respeto por tu compañero de juego, por su naturaleza sumisa y por su elección de convertirse en tu sumiso. 

☆☆☆☆☆☆☆

Los seis se encontraban ahora en la sala que estaba llena de artilugios que podrían ser utilizados para dar placer o torturar. Los sumisos desnudos y arrodillados, en estado y posición de espera,  los dominantes de pie con pantalones de cuero negro y camisas semi traslucidas del mismo color.

—Lo que hemos hecho anteriormente no califica como una escena BDSM —dijo Otabek—, son sólo momentos que hemos utilizado como práctica. Sin embargo, con lo que conocen pueden llevar a cabo una escena sencilla. Hoy nos dedicaremos a eso, poner en acción en una escena seria lo que hemos ensayado en estos días. Comenzaré yo y ustedes serán espectadores. 

Víctor y Christophe se sentaron cómodamente en unos sillones de cuero, Yuuri y Phichit se acomodaron a sus pies. 

Otabek se puso frente a Yuri.

—¿Hiciste lo que te ordené, gatito? —preguntó el dominante.

—Sí, Amo —respondió el policía.

—Dilo.

—Rasure mi cuerpo, tomé un largo baño y… utilicé un enema con agua tibia para limpiarme por dentro, Amo —contestó sin poder evitar un sonrojo en su blanca piel. 

—Averiguaremos qué tan limpio has quedado, gatito —dijo con la voz ligeramente más grave, haciendo temblar el cuerpo de Yuri —. Sube a la mesa y ponte en cuatro, con las piernas separadas y la vista baja.

Yuri obedeció y se quedó en silencio esperando, después de unos momentos, Yuri sintió como los dedos de Otabek se enredaban en su cabello, jaló de él levantando su rostro y mostrándole un dildo de cristal transparente, de cabeza suave y curvada, pero de tronco venoso.

—Con esto sabremos enseguida si es cierto que te limpiaste o no eres más que un sucio gatito —lo acercó a sus labios—, lame —ordenó. 

Yuri abrió su boca y sacó su cálida lengua, con movimientos envolventes humedeció la cabeza pronunciada y curva del juguete, luego comenzó a acariciar el eje venoso y duro, que buscaba dar una estimulación realista. Yuri cerró los ojos dejándose llevar, lamiendo como si de un frío helado se tratara, dejando que su saliva escurriera y mojara. 

Los ojos de Otabek se oscurecieron aún más ante la erótica escena. Tenía deseos de follarlo con violencia en ese mismo instante, de hacerle experimentar el dolor y el placer de ser tomado con rudeza y sin consideración, como si de un simple juguete se tratara. Pero Otabek tenía claro que un dominante debía ser capaz de dominarse a sí mismo si quería dominar a alguien más. 

Cuando Otabek estimó que era suficiente, alejó el dildo de su boca y acarició su cuerpo hasta encajar sus dedos en sus pequeñas y redondas nalgas. Tomó un pote de lubricante y dejó caer suficiente en el ya semi lubricado juguete, posteriormente lo llevó entre las nalgas del ruso enfrentándolo a ese anillo de carne que palpitaba expectante. 

Otabek comenzó a realizar movimientos ondulantes, provocando que la cabeza comenzara a ejercer fuerza para abrir aún más ese pequeño orificio, dilatando poco a poco y con paciencia. Yuri sentía su cuerpo estremecerse a medida que ese duro objeto iba ejerciendo presión para entrar. Ayudado por el lubricante, el enema de agua tibia que ya había relajado la zona y la excitación del ruso, el cristal comenzó a deslizarse abriendo las paredes estrechas y cálidas que envolvían entre jadeos y temblores. 

Otabek no se detuvo hasta que la base del dildo chocó con la piel trémula de Yuri, arrancándole un sonoro gemido. Otabek jaló el cabello del policía obligándolo a levantar su cuerpo. El dominante acarició los pezones del rubio, entibiándolos con su tacto, endureciéndolos para luego tomar un juego de pinzas y encajarlas sin compasión en aquellos botones rosados. El cuerpo de Yuri fue empujado hacia adelante, su cabeza quedó apoyada en la mesa, sus manos fueron esposadas en su espalda. 

—Alza tus caderas —ordenó y fue obedecido. Sus manos se dirigieron al objeto dentro de Yuri, comenzó a quitarlo para luego hundirlo nuevamente, una y otra vez, haciendo que los gemidos de Yuri inundaran la estancia, mostrándole a los voyeristas presenten la imagen del rubio gimiendo con el cabello pegado a su rostro enrojecido y con sus ojos nublados de lágrimas y placer. 

Entraba y salía, cada vez más rápido, cada vez más duro. El pene de Yuri palpitaba y goteaba. Otabek se detuvo quitando por completo aquel objeto. Lo observó y sonrió. 

—Al parecer la limpieza fue bastante minuciosa —halagó acariciando los cabellos rubios— abre la boca, gatito. —Yuri obedeció y sin previo aviso se vio sosteniendo entre sus labios aquel objeto que antes le regaló placer—. No lo dejes caer. 

Yuri respiraba con algo de dificultad al ver su boca llena con ese objeto de cristal duro que tenía sabor a lubricante. Otabek se movió por el lugar y pronto regresó junto a Yuri con un flogger y una fusta entre sus manos, dejó la fusta en la mesa y acarició el cuerpo de Yuri con las colas de cuero que poseía el flogger. 

—Este flogger es diferente al que hemos usado antes, gatito —dijo con voz gruesa y profunda—, dolerá más y dejaré unas bellas marcas en tu trasero. 

La mano izquierda de Otabek sostuvo el abdomen de Yuri, su mano derecha comenzó a azotar su trasero. Uno, dos, tres duros golpes que luego fueron reemplazados por una caricia. Dejó el flogger en la mesa y quitó el dildo de la boca de Yuri escuchando como este respiraba sonoramente. Lo dejó descansar un minuto y luego volvió a poner lubricante sobre el juguete de cristal, esta vez lo introdujo rápido y hasta el fondo, provocando que el cuerpo de Yuri temblara y de su boca salieran sonidos ininteligibles. Comenzó movimientos suaves de entrada y salida, acompañados de ondulaciones placenteras. Sin dejar el juguete, Otabek tomó la fusta, dirigiendo su lengua de cuero sobre los pezones de Yuri, restregándola sobre las pinzas. 

—Duele —dijo el joven sumiso con la voz entrecortada—. No, por favor. 

Otabek alejó su mano del dildo de cristal y sosteniendo con sus dedos en el cabello de Yuri, jalando con fuerza, lo obligó a sentarse sobre sus talones.

—Las mascotas no hablan sin el permiso de su Amo —dijo en tono duro sobre su oído, haciéndolo estremecer; por lo dicho, por el tono que utilizó y por su aliento sobre su piel. 

Con la fusta comenzó a golpear más duro los pezones atrapados de Yuri, quien estaba recibiendo un cúmulo de sensaciones que le costaba resistir. Sus caderas se movían queriendo sentir aún más el juguete en su interior, su pene suplicaba por atención, goteante y palpitante, sus pezones dolían y querían verse libres, aunque sabía que esa era la peor parte de utilizar esas pinzas; la sangre llenandolos nuevamente con fuerza. Excitación y dolor, placer y deseo de goce.

Yuri apretó sus ojos mientras que comenzó a sentir como el placer se concentraba en su miembro erecto, sus músculos se tensaron y el orgasmo sacudió con fuerza, al verse al fin liberado después de tantos días de frustración. En ese mismo instante Otabek quitó las pinzas haciendo que el goce se mezclara con aquella sensación dolorosa, y también poderosa. El cuerpo de Yuri tuvo que ser sostenido por Otabek, quien posteriormente comenzó a masajear sus rozados pezones disminuyendo la sensación desagradable. 

Otabek retiró el dildo con cuidado y luego tomó a Yuri entre sus brazos sólo para hacerlo quedar de pie junto a la mesa. 

—Mira —le dijo indicando la mancha de semen—, tengo una sucia mascota que no es capaz de contenerse. Usa tu lengua para limpiar lo que has ensuciado. 

Aún con las piernas temblorosas y sintiendo una sensación profunda de placer recorriendo su piel, Yuri obedeció la orden que se le dio, pasando su lengua por la madera y tragando su propia esencia viscosa. Cuando terminó, la mano izquierda de Otabek en su vientre parecía quemarlo deliciosamente.

—Dije que dejaría marcas en ese bonito trasero y lo cumpliré —afirmó con el flogger ya en su mano derecha. Sin perder tiempo las colas de cuero acariciaron con fuerza las nalgas de Yuri—. ¿Te gusta que tu amo te azote? —preguntó, no obstante otro latigazo hizo que el rubio sólo pudiera emitir un jadeo ahogado —responde—, ordenó dando un tercer azote.

—Sí, A-amo —respondió apenas, sin tener plena consciencia de lo que decía. Sus músculos se encontraban completamente relajados y ya no sentía ningún tipo de dolor, sólo el placer prolongado que lo hacía sentir rodeado de nubes. Y que hacía sentir su piel ardiendo ante el contacto. Dos azotes más y el rostro de Yuri reflejaba la extrema complacencia que sentía recorrer su cuerpo. 

—De rodillas —ordenó Otabek ayudándolo a deslizarse hasta quedar a sus pies—. Ahora usarás esa boca como la puta complaciente que eres —le dijo Otabek entregando al sumiso el envoltorio de un condón. Luego bajó el cierre de su pantalón y liberó su dura excitación. 

Yuri quitó la envoltura del condón y lo puso entre sus labios, acercándose sin dudar a ese pene palpitante que se erguía frente a él. Lentamente deslizó el preservativo hasta cubrir completamente el miembro de su Amo, el condón tenía sabor y olor a vainilla, un sabor que a Yuri le agradaba y lo hizo lamer y relamer de buen gusto. 

Después de recibir con satisfacción el sexo oral que el ruso le obsequiaba introduciendo su excitación hasta tocar su garganta, Otabek lo sujetó de la barbilla para ayudarlo a ponerse de pié, lo giró, hizo que abriera sus piernas e inclinó su cuerpo hacía adelante. Quedando con la perfecta visión de las nalgas enrojecidas y el ano húmedo de su sumiso. Guió su miembro erecto hacia aquella entrada, sujetó sus caderas con fuerza, enterrando sus dedos con la intención de dejar su marca, y penetró. 

De una estocada se clavó profundamente en el interior de Yuri. Una de sus manos recorrió el cuerpo pálido hasta llegar a la garganta del ruso, obligándole a levantar la mirada hacia sus compañeros de trabajo, quienes miraban en silencio y extasiados todo lo que acontecía.

—Quiero que ellos disfruten de tu expresión de puta —dijo Otabek comenzando a mover sus caderas, penetrando con fuerza mientras las piernas de Yuri temblaban y un hilo de saliva escurría por la comisura de sus labios, Yuri sabía lo que sucedía, pero no sentía vergüenza ni incomodidad, tan sólo el goce sin límites que recorría cada rincón de su cuerpo. 

Envuelto en aquella bruma, gritó con fuerza cuando alcanzó un segundo orgasmo, apretando sus paredes y facilitando el de Otabek, quien a pesar de correrse sostuvo con fuerza el cuerpo lánguido de Yuri. 

Yuri no supo de sí hasta que el frío lo trajo de regreso. Se encontraba recostado en un sofá de cuero y su cabeza reposaba en las piernas de Otabek mientras que él hacía que un cubo de hielo recorriera la piel caliente del ruso.  

Cuando el moreno vio los ojos verdes mirarlo le dedicó una pequeña sonrisa. 

—¿Qué me pasó? —preguntó Yuri pestañeando. 

—Al parecer tuviste una pequeña visita al subspace —respondió Otabek acariciando con gentileza el cabello del policía. 

—¿Subspace? 

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