Caliente y frío: Víctor y Yuuri (Cuidaré de ti)


Mila se encontraba en la oficina de Jean Jacques Leroy, su secretaría la había hecho pasar pese a que el canadiense aún no se encontraba en el lugar. La pelirroja, miraba todo a su alrededor con suma atención, no podía negar que le agradaba encontrarse en un lugar cuyas paredes eran adornadas con cuadros de chicos y chicas en posiciones cargadas de erotismo, mostrando sumisión y obediencia. Paseaba sus ojos curiosos por el cuerpo pintado de una mujer de piel canela adornada con gruesas cadenas cuando la puerta del despacho fue abierta, Mila dirigió sus ojos azules hacia aquella entrada y pudo ver a un atractivo hombre de cabello negro y ojos azul grisáceo entrar mientras le sonreía. 

Mila se percató casi inmediatamente de la cadena que sostenía en sus manos, siguió el camino hacia el otro extremo y pudo ver detrás de ese hombre a una mujer desnuda que gateaba siguiendo a su amo. La mujer era hermosa, de cabello azabache y lechosa piel que parecía porcelana; la cadena finaliza en un grueso collar de plata con un brillante zafiro justo en medio, sin lugar a dudas era una joya costosa. Mila no pudo evitar mirar cada detalle de aquella mujer, llevaba unas tiernas orejas sobre su cabeza y un plug anal que simulaba la cola de un suave conejo.

—¿Le gusta mi mascota, oficial? —preguntó divertido el hombre de ojos claros, sacando a Mila de su trance. La pelirroja se ruborizó por su descarada actitud.

—Señor Leroy —dijo mirando ahora a Jean—, mi nombre es Mila Bavicheva y estoy aquí debido a algunas desapariciones que han ocurrido; sumisos han estado desapareciendo desde su club y desde otros de igual prestigio. 

—Estoy al corriente, hablé hace poco con Otabek Altin. Lamentablemente le tengo malas noticias —contestó Jean. 

—¿Malas noticias? 

—Por favor tome asiento —Jean le indicó unos sillones de cuero rojo que estaban en un extremo de la amplia estancia, cerca del ventanal. Mila se acercó a uno de los sillones y tomó asiento, el canadiense la imitó y se sentó frente a ella, Isabella se acomodó a los pies de Jean, quien comenzó a acariciar su brillante cabello negro. 

Mila iba a preguntar nuevamente, pero fue interrumpida por la secretaria, quien dejó sobre la mesa que separaba los asientos algunos refrescos y frutos secos. En cuanto la mujer se retiró, Jean tomó la palabra.

—Nos hemos percatado de que hay un tercer sumiso desaparecido en el club, esta vez extranjero. 

—Demonios —masculló Mila haciendo sonar los huesos de sus manos. 

—Era un muchacho bastante tímido que tuvo varios Dominantes, muchos más que el promedio de los chicos que vienen aquí. Por lástima, eso se debe a que le costaba decir que no cuando un dominante se le acercaba. Isabella se había encariñado con él —dijo finalmente dirigiéndose a la sumisa a sus pies—. Cariño, tal vez sea bueno que le cuentes a la oficial Bavicheva lo que sabías del chico.

La mujer de cabellos negros levantó su rostro hacia la pelirroja

—Últimamente estaba muy contento —comenzó a relatar la sumisa—, no me quiso dar detalles, pero sé que estaba conociendo a un Dominante. Un dominante que tiene un esclavo y que frecuenta varios clubes. Tian, ese es su nombre, no me quiso revelar de quién se trataba porque aún no era seguro que se uniera a esa relación. Sin embargo, no son tantos los Dominantes que tienen esclavos, la mayoría prefiere la sumisión ante la esclavitud. 

—¿Tienen alguna lista de Dominantes que mantengan relaciones de esclavitud? —preguntó la policía. 

—Sí, la tengo —respondió Jean poniéndose de pie. Se acercó a su escritorio y comenzó a buscar entre los archivos de su computador, luego imprimió una hoja que entregó en las manos de la policía. 

—Seung-gil Lee, Alexander Sokolov, Ivan Petrov, Leo de la Iglesia…

La lista que Mila leyó con atención contenía los nombres de diez Dominantes, siete rusos y tres extranjeros. 

La reunión entre la policía y aquella particular pareja se extendió por casi una hora. Aunque no hubo más datos que la pelirroja considerara realmente relevantes, de todos modos, estaba satisfecha con lo que Isabella le contó de ese sumiso chino llamado Tian. Si estaba en lo correcto, la lista de sospechosos podía reducirse a aquellos diez sujetos que gustaban de llevar la sumisión de sus parejas hasta el límite. 

—Les agradezco mucho la cooperación —dijo Mila poniéndose de pie— por favor, si recuerdan algo más acerca de los sumisos desaparecidos no duden en llamarme. —La pelirroja extendió su tarjeta de presentación—. Cualquier cosa podría ser importante. 

Jean tomó la tarjeta y mirando a Mila le dijo.

—He notado que sus ojos no se apartaban de Isabella, me preguntó si la razón es que le agrada ver a una mujer sumisa. 

—No puedo negar que me parece atractivo —respondió Mila. 

—Entonces le haré una invitación.

—¿Invitación?

—Mi Club pronto estará de aniversario

—En diez meses —susurró Isabella, como si aún le costará pensar que eso era pronto para su Amo y pareja.

—Y nos gusta celebrarlo en grande —continuó Jean con una sonrisa arrogante—, con todo el estilo de JJ. Este año celebraremos en una casona a las afueras de Moscú, la estoy acondicionando para que sea apta para nuestros juegos, este año habrá cacería de mascotas. 

—¿Cacería de mascotas?

—Ya sabe, Petplay. Tal vez pueda cazar a mi hermosa conejita, o a otra linda mascota —Leroy sonrió—. Además, ahí estarán la mayoría de los Dominantes de Moscú, será bastante interesante y puede ser ilustrativo para su investigación. 

—Que ojalá acabe antes que eso… —murmuró la sumisa.

—Está bien, aceptó la invitación —respondió Mila, divertida por la expresión de Isabella.

—Enviaré la información a su correo. Hay normas que deben ser respetadas para un juego de este estilo.

—Estaré esperando con ansias ese correo.

♤♤♤♤♤♤♤

Georgi Popovich se encontraba en otro lugar de Moscú, el ruso se sentía intimidado en esa habitación oscura que servía como despacho de Celestino Cialdini, dueño del club. El italiano resultó ser bastante parlanchín y Georgi no pudo evitar enterarse de cosas en las que no estaba interesado, sobre la industria pornográfica; la verdadera pasión de Cialdini. El club, no era más que la manera que tenía de obtener el dinero para poder producir sus películas. 

—El BDSM me da de comer, pero no es mi estilo de vida —dijo con franqueza—. Mi asesora es una dominante, y es ella quien realmente se encarga del funcionamiento del club. 

—¿Podría hablar con ella? —preguntó Popovich.

—Lamentablemente se encuentra de viaje, ella es japonesa y está de vacaciones con su familia —respondió Cialdini—. Llega en cinco días, le pediré que se contacte con ustedes, aunque en cuanto me enteré de la investigación hablé con ella y creo que no tiene más antecedentes de los que le he entregado hoy. 

—Muchísimas gracias por recibirme, señor Cialdini —dijo Georgi poniéndose de pie—, de todos modos me gustaría que su asesora se pusiera en contacto con nosotros —recalcó entregando su tarjeta de presentación.

—Claro, claro, yo le diré que…

—¡Celestino Cialdini! —La puerta de la oficina fue abierta con brusquedad, dejando pasar a una mujer de largo cabello ondulado, de color marrón oscuro al igual que sus ojos—. ¡Prometiste que yo sería la actriz principal de tu próxima película! —gritó enfadada. 

—Anya, cariño, claro que lo serás —respondió el italiano haciendo gestos con las manos para que se tranquilizara. 

—Entonces, ¿por qué demonios esa noruega sin gracia está diciendo que le diste mi papel? —preguntó golpeando el escritorio de madera caoba, sin siquiera mirar al policía a su lado. 

—No hagas caso a Bera, ella tendrá un papel menor —respondió Celestino.

—Quiero ver el contrato ahora —exigió. 

—Querida, ahora estoy con el oficial Popovich —dijo apuntando a Georgi—. ¿Podrías venir por la tarde? Le diré a mi secretaria que tenga listo el contrato.

Anya miró a Georgi, quien tragó en seco al ver lo bonita que era la mujer de largas pestañas y gruesos labios pintados de rojos. 

◇◇◇◇◇◇◇◇

Yuuri estaba sobre la mesa, acostado boca abajo. Cada una de sus extremidades estaba amarrada a un extremo de aquel mueble de madera, haciendo que su cuerpo estuviera estirado en cruz. Era el octavo día de entrenamiento y estaban probando jugar con cera caliente. 

Jugar con cera no era cualquier cosa; si se utiliza cera equivocada el resultado probablemente sería un sumiso con quemaduras graves. Antes de comenzar, Otabek les explicó el punto de fusión de los distintos tipos de cera; la cera de abejas era la más peligrosa y la que el experimentado dominante jamás recomendaría. Habían variedades intermedias, cada Dominante y sumiso podían ir probando, pero la recomendada para principiantes era la cera que utilizaban en las velas blancas baratas, de parafina cruda, su punto de fusión no era alto y era seguro utilizarlas. Además, no tenían aditivos, perfumes o colorantes que pudieran subir su punto de fusión o causar reacciones adversas como sarpullido o alergia. Aún así, Altin había probado la cera en el dorso de la muñeca de los tres sumisos en entrenamiento, para confirmar que no tuvieran reacciones indeseadas, también para mostrarle a los Dominantes novatos la distancia adecuada para dejarla caer sobre la piel y así jugar con seguridad. 

Vientre, piernas, espalda y nalgas eran las zonas más apropiadas para comenzar a practicar este nuevo juego. Pezones y zona genital era mejor dejarlas para personas experimentadas, el rostro no era opción. 

Yuuri tenía una mordaza de bola en su boca y en su mano derecha sostenía un juego de llaves que reemplazaba a la palabra de seguridad. Sus ojos estaban vendados y su cuerpo completamente inmovilizado. Junto a la mesa donde se encontraba Yuuri, había otra mesa más pequeña con las cosas que Víctor utilizaría para aquella sesión; velas, fósforos, un balde lleno de cubos de hielo y algunos accesorios más. 

Víctor tomó algunos cubos de hielo y luego los puso sobre la espalda del japonés, quien tembló ante el frío contacto. El nuevo Dominante comenzó a acariciar la piel tibia del sumiso con los cubos de hielo, dejando una estela húmeda sobre el cuerpo de Yuuri, quien se removía sin éxito mientras dejaba escapar jadeos ahogados a través de la mordaza. Uno de los cubos de hielo fue guiado hacia la espalda baja, luego besó las nalgas redondas para posteriormente deslizarse en medio de ellas, Víctor lo llevó hasta la entrada de Yuuri y comenzó a jugar con el anillo de carne hasta que logró introducir el frío elemento dentro del cuerpo de su amante. El interior cálido de Yuuri se vio invadido por la baja temperatura, sus paredes apretaron el hielo y poco a poco el calor comenzó a derretirlo. 

Víctor tomó una de las velas que Otabek le había proporcionado, era gruesa, y esto permitía que más cera líquida se concentrara alrededor de la mecha. La encendió y se acercó a Yuuri, en su otra mano llevaba un cubo de hielo, esperó a que se juntara cera líquida y luego la dejó caer sobre la espalda de su sumiso, el cuerpo de Yuuri se tensó al recibir ese golpe de calor sobre su piel; si no fuera por la mordaza su gemido se habría escuchado con fuerza. 

Víctor comenzó a dejar que la cera fuera cayendo en distintas partes de la espalda de Yuuri y al mismo tiempo comenzó a acariciar las nalgas del japonés con el cubo de hielo, provocando reacciones involuntarias en el cuerpo del sumiso, quien se veía inundado por sensaciones intensas y contradictorias. 

Yuuri sentía el calor sobre la piel de su espalda y sentía el frío húmedo en sus nalgas, su cuerpo temblaba por aquellas sensaciones disímiles que aumentaban sus ansias sexuales, endureciendo su pene y haciendo latir el anillo de su ano, que fue estimulado por el hielo hasta ingresar en su interior. 

Yuuri quería gritar, gemir con fuerza, pero la bola en su boca lo impedía; mordía con desesperación la silicona suave que mantenía su boca abierta mientras la saliva escurría por las comisuras de sus labios. Respiraba agitadamente mientras el calor lo hacía experimentar un placentero dolor en cada rincón de su espalda, la que poco a poco quedaba cubierta de una delgada capa de cera blanca endurecida.

Los cubos de hielo seguían entrando en su ano; después de besar sus nalgas se derretían en su interior caliente para brotar nuevamente líquidos desde su interior. 

—Veo que a mi lindo cerdito le gusta que juegue de este modo con su cuerpo —dijo Víctor acercando su boca al cuello de Yuuri, dejando que su aliento cálido lo tocara, haciéndolo estremecer mientras guiaba su mano fría, a causa del hielo, al pene erecto de Yuuri, que se frotaba contra la mesa. 

Un grito que moría en su garganta y su cabeza levantada hacia atrás, esa fue la respuesta de Yuuri cuando sintió la suave masturbación que Víctor le regalaba mientras seguía cubriendo su espalda con la suave capa de cera blanca.  

Yuuri se sentía completamente dominado por los deseos de Víctor, reconociendo que su voluntad era pertenecerle por completo. Víctor se sentía poderoso; absolutamente dueño de ese cuerpo que se le ofrecía vulnerable y sumiso. Ambos se excitaban ante ese juego de poder que los envolvía, que los atrapaba y los hacía desear someter y someterse cada vez un poco más; explorando límites y sintiendo el vértigo que las nuevas experiencias provocaban en sus cuerpos y sus conciencias. 

Minutos después, Víctor se alejó de Yuuri, dejándolo al borde del orgasmo. Dejó el pequeño trozo de vela que aún le quedaba y tomó la fusta, nuevamente se acercó a su sumiso y utilizó sus dedos para tocar la capa de cera que se había formado en gran parte de su espalda, sin previo aviso dejó caer un golpe que hizo que el cuerpo de Yuuri se sacudiera y la cera ya fría se resquebrajara; golpe tras golpe la capa sobre la espalda de Yuuri se hacía trizas, golpe tras golpe los párpados de Yuuri temblaban y sus ojos se aguaban mojando la tela que impedía su visión. 

Cuando la cera estaba hecha añicos, Víctor cambió la fusta por el flogger, utilizó las colas de cuero para limpiar la piel de Yuuri, removiendo los trozos de cera y maravillándose con el color rojizo de su piel y las marcas de la fusta dibujadas en su cuerpo. Las tocó con suavidad y luego tomó más hielo, refrescando la zona para después besarla con delicadeza. 

El dominante desató las extremidades de Yuuri y lo ayudó a bajar de la mesa, le quitó la venda y liberó su boca, disfrutando así de la expresión extasiada y la mirada suplicante que el sumiso le dirigía; rogaba en silencio por alcanzar el orgasmo. 

Víctor se sentó en uno de los sillones de cuero que había en la habitación, desabrochó su pantalón y liberó su miembro, que también estaba erecto y goteante, esperando por su liberación. 

—Ven aquí —ordenó. 

Yuuri comenzó a acercarse lentamente. Sus piernas temblaban, su corazón latía con fuerza haciendo que su pecho vibrara, llegó junto a su dominante y se sentó en sus piernas, restregó sus nalgas en el falo duro de su amante y luego comenzó a introducirlo lentamente dentro de su cuerpo, pudiendo al fin vocalizar libremente todo el placer que sentía al hacerlo. Para Víctor, aquellos gemidos fueron el canto de una sirena; hipnóticos y cautivantes.

Yuuri movía sus caderas, penetrándose gozosamente mientras se masturbaba apretando los ojos. 

—¿A quién le perteneces? —preguntó Víctor tomando con fuerza los cabellos azabaches, provocando que Yuuri soltara un jadeo de dolor y sorpresa.

—Soy suyo, Amo —respondió de inmediato—. Soy su esclavo, su mascota, su juguete. No soy nada y soy todo lo que su voluntad desee. 

—Mío —declaró Víctor para luego tomar con fuerza las caderas de Yuuri, comenzando a embestir con rudeza y fuerza el cálido interior del azabache. 

—Amo… Amo… no puedo más —apenas logró decir Yuuri con la voz entrecortada. 

—Tienes mi permiso —respondió Víctor, quien después mordió los labios hinchados de Yuuri e introdujo su lengua en aquella dulce cavidad, acallando los feroces gemidos de un Yuuri que estaba apunto de alcanzar el orgasmo. 

Segundos después el esperado clímax se presentó arrebatador, haciendo que el cuerpo de Yuuri se remeciera en espasmos que aprisionaron con ímpetu el pene de Víctor, quien luego de un par de embestidas más también culminó, lo hizo dentro de Yuuri, aferrándose con fuerza a ese cuerpo delicado, apretándolo mientras se dejaba caer sobre el respaldo blando del sillón.  

Ambos respiraban agitados, completamente exhaustos e íntimamente abrazados. 

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