Nunca te haría daño (Cuidaré de ti)


La mañana del segundo día de entrenamiento, los tres sumisos estaban desnudos y postrados sobre una mesa redonda muy grande; sus pies se encontraba cerca del borde de la mesa, sus traseros descansando cerca de sus tobillos, sus espaldas exhibiendose completamente extendidas, las palmas de sus manos abiertas sobre la madera, juntas, sus frentes sobre ellas. La mesa era grande, ocupaba el centro de la habitación llena de diversos artilugios en la que se hallaban, por lo que los tres chicos se encontraban a una distancia considerable. Otabek estaba de pie junto a Yuri, Víctor y Chris junto a él. 

—Como ya lo saben —dijo Otabek— una de las prácticas BDSM más comunes es la de los azotes. ¿Por qué razones creen que un Amo azota a su sumiso? 

—¿Castigo? —Respondió dudoso Chris. 

—Puede ser como castigo —concedió Otabek—, pero la verdad es que no tiene que haber un motivo. Las acciones del Dominante no tienen porqué ser justificadas; se azota porque se quiere. Aunque a mí, por ejemplo, me parece que es muy erótico tener el culo de mi sumiso a mi entera disposición para azotarlo como me plazca. Me gusta hacerlo con las manos, me parece una buena manera de comenzar una sesión para ir calentando las cosas antes de pasar a prácticas más intensas. 

Mientras hablaba, Otabek acariciaba el blanco, redondo y pequeño trasero de Yuri. Lo hacía suavemente, acariciando con las llemas de los dedos, haciendo que la piel del rubio se erizara ante el contacto. Yuri, sentía como el toque suave de las manos grandes y fuertes de Otabek lo excitaba, su piel respondía a esas manos, su cuerpo entero respondía a ellas e incluso su mente respondía a ese toque, deseando someterse a él. De pronto, sintió como esa mano se alejaba y su corazón comenzó a latir con vigor, sabía que vendría un azote por parte de aquella mano que antes lo acariciaba, lo sabía y se preparó para recibirlo, lo esperaba, pero el tiempo pasaba y el azote no llegaba. Comenzó a desearlo y su respiración se volvió pesada, apretó los ojos y mordió sus labios intentando calmarse, agradecía que su rostro estuviera fuera del alcance de la visión de los demás porque lo sentía caliente, sonrojado. 

La sonora nalgada llegó y un gemido ahogado fue la respuesta de Yuri. Otra nalgada y su cuerpo temblaba. Otabek volvió a acariciar suavemente antes de seguir hablando. 

—Hay muchos objetos que también pueden ser usados para propinar estos azotes. Los más usados son las palas, fustas, flogger y látigos. Las palas son lo mejor para empezar, son ruidosas pero no causan mucho daño o dolor, tampoco dejan marcas más allá del enrojecimiento de la piel. Los látigos son sumamente difíciles de utilizar y no se los recomendaría, al menos no por el momento, son armas, y puedes llegar a lastimar muchísimo a un sumiso si no tienes dominio pleno de su utilización. 

Sobre la mesa había varios implementos de este estilo, Otabek tomó tres palas de cuero, entregó dos y se quedó con la tercera. 

—Las zonas más seguras para golpear son los brazos, la espalda, la cara externa de los muslos y, por supuesto, las nalgas —los dedos de la mano izquierda de Otabek recorrieron los muslos de Yuri—. En estos lugares se puede golpear con firmeza. —La mano derecha de Otabek, que sostenía la pala de cuero, se alzó para después dejar caer un fuerte golpe sobre las nalgas del ruso. Yuri sintió que su cuerpo se iba hacia delante por la fuerza empleada, pero las manos de Otabek en su cadera lo sostuvieron y volvieron a su posición inicial. El moreno acarició la piel enrojecida de Yuri, haciéndolo vibrar—. ¿Dolió, gatito? —preguntó. 

—Menos de lo que esperaba, Amo —respondió el rubio. 

—La fusta —dijo Otabek retomando la palabra—, es una vara flexible bastante fácil de utilizar. —Nuevamente tomó tres, eran de mango largo y lengüeta de cuero, entregó dos y se quedó con una, tomándola con ambas manos—. Podemos golpear la espalda con una fusta o un látigo, las marcas que dejaríamos serían notorias y duraderas, pero la zona permite intensidad al estar protegida por la columna vertebral, a diferencia del abdomen que es un lugar con el que debemos tomar precauciones debido a las vísceras que se encuentran allí. No les recomendaría golpearlo, tampoco el tórax, bajo la rodilla o los pies, son todos lugares sensibles con los que debemos ser cautos. Las articulaciones son zonas absolutamente prohibidas ya que las lesiones que se pueden provocar son severas y tardan en recuperarse. 

Otabek comenzó a acariciar la espalda de Yuri, lentamente, provocando el estremecimiento de su cuerpo. Dejó la fusta sobre la mesa y utilizó sus dos manos abiertas para recorrer la espalda del joven policía, ejerciendo una moderada presión mientras recorría lentamente la extensión de su piel. A Yuri le encantaban esas manos grandes y fuertes tocándolo con fuerza, estaba excitado y no pudo contener un jadeo cuando sintió los dedos del dominante enredarse en su cabello para luego jalarlo con fuerza, levantándolo, para luego bajarlo de aquella mesa, dejándolo de pie junto a él. 

—Este lugar es muy erógeno —dijo el moreno sin soltar el cabello de Yuri, mientras con su otra mano tocaba los pezones rosados del menor—, golpearlos suavemente con la lengüeta de la fusta puede causar un suplicio delicioso. —Tomó nuevamente la fusta, acercó la lengüeta a los pezones de Yuri, tocandolos suavemente, provocando que se endurecieran. La expectación hacía que la excitación de Yuri aumentara. El primer golpecito lo hizo gemir, al segundo mordió sus labios, al tercero cerró los ojos. 

Otabek dejó la fusta y nuevamente acarició con sus dedos el lugar que había castigado. 

—Voltéate —ordenó poco después. Yuri se dio la vuelta—, las manos sobre la mesa —obedeció—. Ahora les mostraré lo que es un flogger —dijo el dominante entregando dos pequeños látigos multicolas—, los látigos se dividen en dos grandes grupos, los unicolas y los multicolas. Los unicolas son peligros, pesados, de alta intensidad, difíciles de maniobrar. Podrían llegar a usarlos, en tal caso recomiendo usar uno pequeño, pero no se los recomendaría antes de que practiquen mucho y estén seguros de que golpeará en el lugar que quieren golpear y con la intensidad que desean que lo haga —advirtió—. Por otro lado están los multicolas, que se dividen en floggers y cats. Los floggers pueden dividirse en dos tipos dependiendo del tipo de cuero con el que se hayan confeccionado. Si es cuero liviano es ideal para sumisos novatos, que no resisten tanto el dolor o que no desean marcas en su piel. Si es de cuero pesado dejará moretones y el dolor será un poco más intenso, pero aún así creo que sigue siendo un dolor bastante moderado. Para un castigo duro jamás escogería este tipo de juguete, pero es bueno usarlo para comenzar a visualizar cuánto dolor es capaz de soportar tu sumiso —reflexionó—, estos que les he dado son de cuero liviano, son un buen comienzo, calientan la zona azotada y provocan un leve ardor. 

Otabek levantó la mano y dejó caer el golpe sobre la espalda de Yuri, levantó nuevamente la mano y otro azote algo más abajo que el primero. Otabek soltó el flogger y acarició la zona enrojecida, luego se inclinó un poco y pasó su lengua húmeda sobre la piel azotada. Yuri se sentía sobrecogido por aquellas sensaciones, el dolor alternado con caricias le resultaba un juego erótico y sensual, sentir ahora los labios de Otabek rozando su cuerpo y su lengua lamiendo su piel lo hacía estremecer. 

—Por último —dijo el experimentado dominante después de besar la espalda de Yuri—, les daré algo que deben utilizar con cuidado, les recuerdo que no deben forzar la resistencia de sus sumisos, poco a poco irán tolerando cosas más intensas, pero sean pacientes —Otabek les entregó una vara larga de bambú—. Una vara puede provocar un dolor intenso, similar al de un corte, además deja marcas bastante notorias. Antes de usarlas les recomiendo practicar y usarlas únicamente en lugares seguros, las nalgas son el lugar adecuado para golpear con este implemento. Generalmente sólo utilizo la vara para castigar y con moderación, o cuando tengo un sumiso masoquista que soporta dolor intenso —los dedos de Otabek dibujaban círculos en la espalda de Yuri—. Sumisión y masoquismo no son lo mismo, sumisión es el gusto por ceder el control y masoquismo es el gusto por el dolor, es común que ambas características se mezclen o que con el tiempo y los juegos los sumisos aprenden a soportar más dolor y a disfrutar de él, pero les repito, no es algo que puedan forzar; imaginenselo como un límite blando. En el BDSM podemos hablar de dos tipos de límites, los blandos y los infranqueables. Los límites infranqueables son aquellas cosas a las que un sumiso dice no, un rotundo no, estos límites se anuncian en la negociación previa a una sesión y actúan como una barrera que el Dominante acepta no traspasar jamás. Los límites blandos son aquellas cosas que el sumiso no puede resistir aún, cómo podría ser el ser azotado con una vara, pero aún así está dispuesto a traspasar esos límites poco a poco. Aquí entran en juego la confianza que el sumiso tenga en su Dominante y el conocimiento que el Dominante tenga de su sumiso.

—Otabek —dijo Víctor después de haber estado en silencio escuchando cada cosa que el dominante experimentado les había dicho—, creo que para ellos es bastante difícil saber qué tipo de prácticas calificar como un límite infranqueable, debido a su inexperiencia, y para nosotros es difícil explicar la amplia gama de prácticas BDSM para que ellos puedan decir “no”. Yurio y Yuuri están seguros, tú tienes experiencia y sabrás cuidar de Yurio, y yo por mi parte jamás querré dañar a Yuuri. Pero Phichit no estará con Chris dentro del club, él debe saber perfectamente cómo negociar una sesión. 

—Lo tengo claro, y hablaremos de cada una de las prácticas que pueden considerarse BDSM. Cuando acabemos el entrenamiento ellos serán capaces de negociar y ustedes de dirigir una escena —aseguró Otabek—. Ahora quisiera ver lo que han aprendido, Víctor empieza tú —Otabek acarició el cabello rubio de Yuri y se dirigió a él—: gatito, a mis pies —ordenó. 

Yuri se arrodilló a los pies de Otabek temblando por la excitación que aún sentía, deseaba rogar por su liberación como la primera vez que se entregó a su dominio, pero se contenía, prefería morderse la lengua antes de hacer algo así en frente de sus compañeros de trabajo, suficiente humillación había tenido ya; una humillación que sin lugar a dudas le excitaba y avergonzaba a partes iguales. Yuri sintió la mano grande y pesada de Otabek en su cabeza ejerciendo una leve presión que lo obligaba a inclinarse un poco más y le impedía ver algo más que el suelo y sus rodillas. Se sintió pequeño y vulnerable. Extrañamente, sentirse así le aliviaba, ya que siempre se había mostrado fuerte ante los demás y ante cada una de las cosas que le habían sucedido, pero a la vez tenía ganas de llorar. Respiró profundamente buscando poner su mente en blanco, dejar de pensar como aquella vez que aceptó totalmente el dominio de Otabek. 

Víctor se acercó a Yuuri, quien seguía en la posición inicial, postrado sobre la mesa de madera. Dejó los juguetes que ahora le pertenecían junto a él y acercó su mano derecha a las suaves, redondas y esponjosas nalgas del japonés. Acarició, apretó, llevó sus dedos entre ambas nalgas y tocó toda esa cálida extensión, acariciando sobre la entrada del ano, llegando después a los testículos, alcanzando el pene erecto y humedecido. 

—Te has puesto caliente sólo por escuchar como azotaban a otra persona —dijo Víctor en un tono suave y demandante, presionando ligeramente el glande de Yuuri, haciendo que el menor jadeara sonoramente—. ¿Acaso eres una puta masoquista?

—Su puta masoquista, Amo —respondió Yuuri con la voz entrecortada. 

—De pie —ordenó. 

Yuuri bajó de la mesa y se paró frente a Víctor con la cabeza inclinada, Víctor acercó su manos derecha al cabello de Yuuri, acariciándolo con cuidado por unos momentos, para después jalar su pelo con fuerza, obligándolo a mirarlo a la cara. Yuuri soltó un gemido de placer y sorpresa, Víctor sonrió al ver su rostro sonrojado y sus labios entreabiertos, sus ojos brillaban completando un cuadro erótico y completamente seductor. Víctor acercó su rostro al de Yuuri y con su lengua acarició esos carnosos labios haciendo suspirar al menor.

—Amo —dijo con voz cargada de deseo cuando Víctor se alejó. 

—Voy a probar mis juguetes nuevos contigo.

—Gracias, amo. 

—Gírate y pon tus manos sobre la mesa —Yuuri obedeció—, las piernas más atrás y algo abiertas —ordenó. Cuando estuvo conforme con la posición, tomó la pala de cuero con la mano derecha y la fusta con la izquierda. 

Víctor utilizaba la lengüeta de la fusta para acariciar la entrepierna de Yuuri, lo hizo temblar cuando esta acarició sus testículos y soltar un jadeo cuando se movió por toda la extensión de su pene, para descansar en el glande al tiempo que recibía el primer azote en las nalgas con la pala de cuero. Víctor movió la fusta, acariciando la pelvis y el abdomen con delicadeza hasta llegar a los pezones y restregar la lengüeta en ellos, haciéndolos endurecer y provocando que Yuuri vocalizara su placer. El segundo azote en las nalgas fue más fuerte que el primero. 

El cuerpo de Yuuri se tensó, estaba cerca del orgasmo y Víctor lo notó. Se alejó, dejó los juguetes sobre la mesa y luego acercó su boca al oído de Yuuri, quien se estremeció al sentir su aliento cálido sobre su piel.

—No tienes mi permiso para correrte.

—Por favor, Amo. 

—No. Si te corres me voy a enfadar. 

Víctor se alejó de Yuuri y observó como el japonés comenzaba a controlar su respiración para bajar un poco la excitación que sentía, cuando notó que sus músculos se relajaban volvió a acercarse a él.

—Tu obediencia me complace, Yuuri, ¿quieres complacer a tu amo? 

—Sí, Amo. Más que nada en el mundo. 

—Así me gusta. 

Víctor comenzó a acariciar el cuerpo de Yuuri, su mano derecha recorría la piel rojiza producto de los azotes en las nalgas, su mano izquierda acariciaba sus pezones, los apretaba y jalaba con fuerza. Después de unos momentos tomó el flogger, movió las tiras de cuero sobre el cuerpo de Yuuri, acariciando su espalda, sus nalgas, sus muslos. Levantó su mano y dejó caer el golpe con fuerza sobre la espalda de Yuuri, arrancándole un grito sonoro que mezclaba el dolor y el placer, repitió el castigo dos veces más y luego acarició. Los dedos de Víctor se movían con suavidad, el cuerpo de Yuuri temblaba.

—Lo has hecho muy bien —dijo Víctor en su oído mientras acariciaba su rostro caliente, para después lamer las pequeñas lágrimas que habían escapado de los ojos marrones—, ahora, a mis pies —ordenó. Yuuri se arrodilló pegando su cuerpo a las piernas de Víctor, deseando el contacto, Víctor acarició su cabello en respuesta.

—Estoy excitado —dijo Chris—, y la verdad no sé si me excita más el imaginarme en el rol de Dominante o en el de sumiso. 

—Los Switch son personas capaces de transitar por ambos roles —dijo Otabek—, es una habilidad que hace que puedan escoger el rol que adoptarán antes de sesionar. 

—¿Crees que yo pueda ser eso? —preguntó el suizo. 

—No puedo asegurarlo, pero es una posibilidad.

—Bueno, de todos modos por ahora debo ser el Dominante —dijo finalmente con una sonrisa mientras dirigía sus ojos al moreno. 

Phichit no estaba nada feliz después de tener que esperar tanto tiempo en esa posición, que ya se le hacía incómoda. Phichit hubiese preferido estar recostado cómodamente mientras revisaba sus redes sociales, pero estaba ahí por una razón, aunque en ese momento, estaba seguro de que era el único de entre los policías que recordaba el motivo por el cual habían comenzado el entrenamiento. Suspiro cuando escuchó los pasos de Chris aproximarse a él, era su turno. 

Phichit y Chris no eran pareja, sin embargo, habían tenido algunos encuentros sexuales en el pasado, el moreno se sentía cómodo con el suizo y además sentía por él la confianza de quien pone la vida en las manos de un compañero cuando se enfrentan a difíciles misiones. Al tailandés no le llamaban particularmente la atención los juegos de Dominación/sumisión, muchos menos los de sadismo/masoquismo, sin embargo, tampoco era algo que se cuestionara demasiado. Durante su trayectoria como policía había tenido que hacer todo tipo de cosas, desde representar el papel de un servicial mesero, hasta el de hacerse pasar por un caprichoso gigoló. Convertirse en un dulce sumiso era sólo un desafío más. 

—Ponte de pié —la voz de Chris lo sacó de sus ensoñaciones. Agradeció la orden ya que sus piernas clamaban por estirarse, se bajó inmediatamente de la mesa y se puso frente al suizo. 

Christophe se acercó más a él y comenzó a tocarlo. Acarició su cuello, sus hombros, sus brazos. Estaban tan cerca que Phichit podía aspirar el aroma del suizo. Chris recorrió su espalda, masajeando lugares que sabía agradaban al moreno, el joven policía tailandés no pudo evitar comenzar a sentirse excitado, Chris era un hombre que sexualmente le atraía, en el pasado varías veces había compartido su cama, y aunque jamás se enamoraron, sabían muy bien cómo pasar un buen rato juntos. 

Giacometti sabía que a Phichit no le atraían los juegos que estaban practicando, por eso decidió excitarlo con sus manos. Tocar aquellos puntos de su cuerpo que eran sensibles, como su cuello y la parte alta de su espalda, para que posteriormente recibir una azote fuera algo erótico y no doloroso. Al suizo le gustaba el color oscuro de la piel de Phichit, su suavidad, su firmeza, realmente era un placer para él tocarlo. Bajó lentamente por la espalda y llegó a las nalgas suaves para luego dar una sonora nalgada que arrancó un jadeo de la boca del más joven. 

Chris tomó la fusta y comenzó a dar pequeños golpecitos en los pezones del moreno mientras con los dedos de su mano izquierda acariciaba el glande húmedo de Phichit, quien no podía evitar acezar y temblar mientras apretaba los ojos. Olvidando por el momento la razón por la que se encontraba ahí y disfrutando de las atenciones que el suizo tenía con su cuerpo. 

Chris llevó sus dedos humedecidos con el líquido preseminal de Phichit junto a los labios del más joven, obligándolo a abrir su boca para hacerlo sentir ese sabor agridulce de su propio cuerpo. Mientras sus dedos jugaban con la lengua del moreno, Chris dejó la fusta en la mesa y tomó la pala de cuero. Sin sacar sus dedos de la boca del tailandés, Chris comenzó a azotar su pequeño trasero. Phichit se encontraba excitado por lo que aquellas nalgadas se sentían como una caricia brusca que lo hacía gemir, gemidos dulces que quedaban atrapados en su boca invadida, que salivaba y escurría saliva por sus comisuras.

Al tercer azote Chris dejó la pala de cuero para acariciar las nalgas enrojecidas, quitó sus dedos de la boca de Phichit y su respiración agitada se volvió audible. 

—Lo hiciste muy bien —dijo Chris en el oído del moreno, luego mordió el lóbulo de su oreja haciendo que se escuchara un fuerte gemido que el menor trató de contener apretando sus labios. 

Chris se alejó de Phichit con una gran sonrisa en el rostro. 

—Muy bien —dijo Otabek—, ahora pueden retirarse a sus cuartos hasta la hora de comer. Después me reuniré con Christophe y Víctor, los demás pueden salir fuera si lo desean. El lugar es muy bonito.

Chris junto a Phichit y Víctor junto a Yuuri salieron del lugar, dejando a Otabek junto a Yuri. 

—Levántate —ordenó el dominante, Yuri se puso de pie sin levantar la cabeza. El moreno tomó el rostro del más joven, obligándolo a mirarle. Los ojos de Yuri estaban enrojecidos y húmedos. Otabek acarició con delicadeza la parte inferior de sus ojos, quitando la humedad—. ¿Qué ocurre, Yuri? —preguntó. 

—No ocurre nada, Amo —respondió con algo de brusquedad. 

—No me gusta que me mientan —advirtió Otabek—, menos aún mi sumiso. La confianza mutua es fundamental, sin ella cualquier tipo de relación está destinada al fracaso y esto es especialmente cierto cuando hablamos de relaciones entre un Dominante y un sumiso. Preguntaré de nuevo, ¿qué te ocurre, Yuri? 

Yuri bajó la mirada, no respondió. 

—Esta es la última oportunidad que te doy, estoy siendo paciente porque eres novato, pero esta es una orden; responde a mi pregunta, Yuri. 

—¡Ya he dicho que no me pasa nada! —gritó el policía mirando a Otabek con rabia. El dominante le devolvió una mirada severa que lo hizo estremecer y tragar en seco. 

—Muy bien, lo haremos de otra forma —dijo el moreno sin perder la expresión de tranquilidad y seriedad que lo caracterizaba. Se acercó a la mesa y luego de observar los implementos que ahí tenía tomó la fusta—. Te castigaré por tres cosas; mentirme, levantar la voz y faltarme al respeto. Sígueme. 

Otabek caminó hasta uno de los extremos de la habitación, Yuri lo siguió sin protestar, pero con su corazón latiendo con tanta fuerza que sentía que se le incrustaba en la garganta. Llegaron junto a una cruz de madera acolchada en forma de aspa.

—Se llama cruz de san Andrés —dijo Otabek guiando a Yuri con sus manos para poder atarlo de espaldas a él. El rubio temblaba y sudaba ansiedad. Después de atar sus muñecas y tobillos, el dominante se acercó a un mueble que había a un costado de la cruz, después de buscar algunas cosas se acercó nuevamente al rubio. Otabek vendó los ojos del policía, quien al verse privado de ese sentido comenzó a ponerse aún más ansioso—. Yuri —dijo Otabek con la voz ligeramente más ronca, tocándolo delicadamente, masajeando su espalda, dejándolo sentir su aliento cerca de su cuello, sumergiendo al más jóven en un mar de sensaciones que lo hacían olvidar la ansiedad que segundos antes estaba experimentando—. ¿Recuerdas tu palabra de seguridad? —preguntó.

—Sí, Amo. 

—Perfecto. 

Otabek introdujo unos tapones auditivos en los oídos de Yuri y se alejó de él

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—Quién diría que puedes ser tan pervertido, Yuuri. Eres como una zorra calenturienta y mojada —dijo Víctor acariciando el glande de húmedo del sumiso, estando ya en el cuarto que compartían—. ¿Te excita oír cómo azotan a tus compañeros?

—Me excita, Amo.

—¿Te excita imaginar que te azoto con fuerza? —preguntó apretando levemente el erguido miembro de Yuuri.

—Mucho, Amo —contestó con la voz entrecortada. 

—¿Te gusta exhibirte? —preguntó acariciando ahora los testículos.

—No lo sé, amo —respondió—, me avergüenza —suspiró—, pero esa vergüenza me excita aún más —confesó. 

Víctor rió suavemente.

—Así que te gusta ser avergonzado frente a otras personas. Quién lo diría de un chico tan tímido. 

Víctor se ubicó tras Yuuri y comenzó a masturbarlo mientras respiraba cerca de su oído.

—Recuerda que no tienes permiso para eyacular —le dijo el demandante.

—Amo, no sé si podré resistir —dijo Yuuri mientras las sensaciones lo recorrían con fuerza.

—Claro que resistirás, quieres complacer a tu Amo después de todo. 

—Por favor… amo —la voz de Yuuri era una súplica que excitaba a Víctor, estaba duro y su dureza rozaba entre las nalgas del menor. 

—¿Deseas que te humille frente a otras personas, Yuuri? —preguntó Víctor volviendo al tema anterior.

—Sí, Amo. Me excita pensar en eso, pero también me da miedo —contestó Yuuri intentando concentrarse en la pregunta y no en el placer que recorría su cuerpo.

—¿Miedo? 

—¿Es enfermo desear ser maltratado por la persona que amas? —preguntó—. ¿Es enfermo que la vergüenza y la humillación me exciten? ¿Es enfermo desear que usted controle mi cuerpo y mi mente?

—Yuuri —dijo Víctor sin dejar de acariciar el pene de Yuuri con su mano derecha mientras la izquierda subía por sus costados y comenzaba a jugar con el pezón del menor—, ¿cuál es tu comida favorita?

—¿Qué?

—Responde, Yuuri, ¿cuál es tu comida favorita?

—El katsudon.

—Es cierto, katsudon —dijo Víctor tomando a Yuuri entre sus brazos para luego darle un beso profundo en los labios—. Te amo, Yuuri —pronunció en cuanto se separaron mientras se miraban a los ojos. 

—Víctor, te amo también. 

Víctor llevó a Yuuri hasta la cama, lo recostó de espaldas sobre ella y se quitó los zapatos y la camisa, luego se puso sobre Yuuri, quien abrió sus piernas y lo recibió con un abrazo. Se besaron por largos minutos, en medio de tiernas caricias y suspiros ahogados. 

—Víctor —susurró Yuuri cuando los labios del mayor acariciaron su quijada y bajaron besando su fino cuello.

Pronto, la habitación estaba llena de gemidos y eróticos sonidos de placer, Víctor usaba su boca y su lengua para provocar toda clase de sensaciones en el cuerpo de su novio, dejando rosadas marcas en su pecho y en su abdomen. 

Víctor llegó hasta la entrepierna de Yuuri y engulló sin demora el pene palpitante del menor. Poco esfuerzo le costó hacer que el japonés alcanzara el orgasmo mientras gritaba su nombre. 

—Lo siento —dijo Yuuri avergonzado por correrse tan pronto.

Víctor sólo sonrió y dejó caer el semén caliente sobre su mano.

—Es natural, ayer no te corriste y hoy llevabas bastante tiempo con deseos de hacerlo, cariño.

El ruso levantó la cadera de Yuuri y acercó sus dedos con semen a la estrecha apertura del cuerpo del menor, acariciando mientras hundía uno de sus dedos en su interior. 

—Víc…

—¿Te gusta, cariño? —preguntó el mayor mientras abría el espacio para que el segundo de sus dedos entrara también.

—Sí —susurró el japonés para luego gemir más alto debido a la caricia que Víctor dio a su prostrata.

Cuando ya era capaz de mover tres dedos dentro del cuerpo de Yuuri, Víctor se quitó rápidamente el pantalón y la ropa interior, para inmediatamente después volver a besar los labios sabrosos del menor mientras ingresaba suavemente a su cuerpo. 

—Te amo, Yuuri —le dijo mientras se movía lenta y profundamente dentro de él—, te amo y nunca te haría daño.

—Víctor…

Se besaron nuevamente y luego se miraron a los ojos mientras Víctor comenzaba a aumentar el ritmo de las embestidas, cada vez más fuerte, más rápido, sin perder profundidad, sin perder el contacto visual que usaban para decirse sin palabras lo mucho que se amaban. 

Víctor finalmente alcanzó el orgasmo derramando su semen dentro del cuerpo de Yuuri para luego caer sobre él, fue recibido amorosamente por ese cuerpo cálido que lo cobijó mientras regularizaba su respiración. 

Estuvieron abrazados por largos minutos, el tiempo pasaba lento y placentero para ambos.

—Yuuri —dijo Víctor acomodándose al lado de su novio, ambos se miraron extendidos en la cama, frente a frente—, ¿qué opinas de mí? 

—Eres el hombre más maravilloso que he conocido —respondió lleno de amor.

—¿Estás seguro? ¿No piensas acaso que es enfermo lo que deseo? Te estabas haciendo esa pregunta respecto a tus propios deseos, pero los míos ¿acaso no son peores? —Víctor acarició la piel de Yuuri, comenzó en su mejilla y fue bajando poco a poco, recorriendo sus brazos y su espalda, hasta llegar a sus nalgas redondas—. Cuando Otabek me entregó la vara me imaginé golpeando tu culo, quiero dejar una marca con ella aquí, quiero que dure días, semanas, quiero verla y recordar cómo se siente azotarte con ella. 

—Víctor —dijo Yuuri tragando en seco.

—Deseo exhibirte ante mucha gente y quiero que todos ellos te vean suplicar por un orgasmo. Deseo referirme a ti con palabras humillantes y anhelo que te sometas completamente a mi palabra, quiero lograr que tu obediencia hacia mí se vuelva tan natural que cada vez que te ordene algo obedezcas automáticamente, sin que tu voluntad entre en juego. 

—Yo… yo deseo que hagas esas cosas conmigo. Quiero que marques mi cuerpo, que me hagas suplicar y que mi voluntad desaparezca cada vez que me someta a ti. Deseo servirte, deseo ser tratado como en tus fantasías. 

—Pero antes que mis fantasías está mi amor por ti. Por Yuuri, mi Yuuri y su maravillosa personalidad. El resto es sólo un juego que nos permitirá explorar otra faceta de nosotros mismos, pero sin perder lo que tenemos y el respeto que siempre ha habido entre los dos. Mientras tengamos eso claro, creo que podemos jugar y redescubrir nuestros límites y fantasías. 

—Quiero todo de ti Víctor. Tu amor y tu ternura, momentos dulces e íntimos como este —dijo Yuuri abrazando el cuello de Víctor—. También quiero sacar a flote tu parte más dominante, quiero conocer aún más al Víctor de tus fantasías, y mis fantasías, al Víctor que es capaz de someterme, de marcar mi piel y hablarme sucio. 

Víctor abrazó a Yuuri con fuerza y se fundieron en un húmedo, profundo, amoroso e íntimo beso. 

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Phichit se encontraba esposado al dosel de la cama, y su expresión no era de alegría cuando un suizo recién duchado salía del baño.

—Lo siento pequeño esclavo —dijo el suizo con diversión al ver la expresión del moreno—, pero correrse está prohibido.

—Para mí, porque fui perfectamente capaz de oírlo en la ducha, Amo —respondió Phichit con sorna en la voz.

—Bueno, te quedarás ahí atado hasta que se te baje la erección, te recomiendo respirar profundo y pensar en algo diferente al sexo —contesto con burla—, yo saldré de la habitación, pero estaré cerca, si gritas tu palabra de seguridad oiré… aunque no creo que te pase nada malo si te quedas ahí. 

Chris salió de la habitación y Phichit exhaló pesadamente.

—Esto no va a resultar —dijo con expresión derrotada. 

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La ansiedad de Yuri comenzaba aumentar, privado de la vista y la audición no era capaz de determinar dónde se encontraba Otabek. El tiempo pasaba y no ocurría nada, él esperaba ser azotado, pero sólo la soledad se hacía presente mientras su cuerpo inmovilizado y sus sentidos robados lo hacían incapaz de escapar de sí mismo y sus sensaciones. 

—Amo —llamó cuando no fue capaz de esperar más—. ¿Este es su castigo?

Yuri sintió que su pregunta no había llegado a nadie y la sensación de soledad lo embargo completamente. Respiró profundo, se aferró al recuerdo de la primera vez que se entregó al control de Otabek, intentó dejar de pensar, meterse completamente en la piel de un sumiso, en su rol de sumiso en espera… pero no lo consiguió. Las circunstancias eran diferentes, ahora sentía que Otabek lo estaba castigando, que lo estaba dejando solo. 

¿Estaba bien si usaba la palabra de seguridad?

Yuri se lo preguntaba, sabía que no estaba en peligro, pero no le agradaban las sensaciones que experimentaba. Se sentía solo, pequeño, vulnerable. No quería sentirse así, quería que Otabek estuviera allí, deseaba que lo tocara, deseaba que lo azotara. Deseaba que lo hiciera sentir suyo, deseaba pertenecer.

—Amo, por favor —su voz se quebró—, no quiero sentirme solo otra vez —dijo sollozando. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. 

Yuri sintió de pronto unas manos fuertes posarse en sus caderas. Subir lentamente por sus costados, acariciar sus hombros y su cuello, llegar cerca de sus oídos y quitar los tapones.

—No tienes por qué estar sólo. Cuidaré de ti si es lo que deseas, pero para eso tienes que ser honesto conmigo y decirme lo que sientes. En sesión eso es muy importante si no quieres que te lastime. 

Otabek llevó sus manos al pecho de Yuri y encerró entre sus dedos a sus dos pequeños y rosados pezones. Comenzó a estimularlos con suaves caricias, sintiendo cómo poco a poco comenzaban a endurecerse. 

—¿Por qué lloraste después que te azoté? 

—Yo… —Yuri parecía dudar. Otabek apretó sus pezones y los jaló con fuerza, el policía gritó—. Me sentí pequeño y vulnerable ante lo que me había hecho, Amo —confesó. 

—Lo eres —respondió Otabek—. Pequeño, vulnerable, a mi disposición, a mi servicio, mi puta, mi esclavo. ¿Acaso no es eso lo que deseas?

—Yo… 

—Eres un pequeño gatito solitario y vulnerable que aprendió a ser arisco para no ser lastimado, pero yo te permitiré volver a ser vulnerable en un espacio seguro —Otabek torturaba los pezones de Yuri mientras hablaba—. Te haré disfrutar el sentirte pequeño y mío, te haré gozar la libertad que significa el no tener miedo a mostrar tu naturaleza vulnerable y sumisa, te mostraré lo que es sentir pertenencia hacia un lugar y una persona. 

—Amo —Yuri jadeaba y respiraba agitadamente mientras los dedos de Otabek no se detenían en el delicioso suplicio que imponía a sus pezones maltratados; apretando, golpeando, jalando con fuerza. 

—Te sentiste pequeño y vulnerable ¿qué más?

—Sentirme así me provocó una sensación de libertad que me agradó, pero también un malestar que me hizo tener ganas de llorar. 

—Eso es miedo, gatito. 

—Miedo…

—¿A qué le tienes miedo? —preguntó Otabek alejándose un poco y tomando la pala de cuero—. Quiero una respuesta —ordenó con firmeza para luego azotar las nalgas de Yuri, provocando su estremecimiento y más lágrimas corriendo sin control.

—Tengo miedo a… tengo miedo a ser vulnerable. Desde muy joven siempre he sido fuerte y he tenido el control de mi vida, he estado solo y bien. 

—¿Solo y bien? —Yuri mordió sus labios sin contestar, otro azote le advirtió que esperaba por la respuesta. 

—No lo sé, Amo. Estaba bien sin involucrarme con nadie hasta que el calvo idiota y el cerdo inútil se metieron en mi vida diciendo que querían ser amigos míos. Ahora tengo miedo de estar solo otra vez, por culpa de ellos. 

—¿Qué más? 

—Yo… Tengo miedo a que después de someterme a ti me abandones. Las personas siempre terminan yéndose. 

Otabek desató los tobillos de Yuri y luego comenzó a desatar sus muñecas.

—¿Quienes se han ido? —preguntó mientras liberaba la muñeca izquierda y se dirigía a la derecha.

—Papá, mamá, el abuelo… —la voz de Yuri se quebró nuevamente.

La venda de los ojos de Yuri fue retirada y se encontró de frente con Otabek. Al moreno le pareció que Yuri lucía más joven de lo que en realidad era, sus hermosos ojos color jade estaban enrojecidos y su expresión de fragilidad era completamente nueva en él. Otabek deseó a Yuri como su sumiso desde la primera vez que lo vio, pero ahora estaba descubriendo que lo deseaba como algo más que eso. 

Un comentario en “Nunca te haría daño (Cuidaré de ti)

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