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El valor de tus deseos (Cuidaré de ti)


Era todavía temprano cuando llegaron a una casa de madera muy hermosa y grande en un sitio solitario y alejado de la ciudad, rodeado de enormes árboles que otorgaban mucha privacidad. Los policías quedaron sorprendidos por el esplendor de la vivienda y en cuanto bajaron del automóvil comenzaron a dar exclamaciones de asombro.

—Creo que quiero cambiar de rubro —dijo Christophe Giacometti con una sonrisa de medio lado—, seguro que teniendo un club BDSM obtengo mucho más dinero y de paso diversión.

—Ya lo creo —contestó Víctor sonriendo junto a su amigo—, tal vez podríamos ser socios y poner nuestro propio club.

—¿No sería demasiado encanto y sensualidad juntas? —preguntó Chris.

—Esa es la idea, ¿no?

—¡Ya cállense par de idiotas! —gritó Yurio con el ceño fruncido. 

—Cierra esa boquita, recuerda que aquí eres un sumiso —contestó Chris con burla. 

—Pero no el tuyo imbécil, así que deja de joder si no quieres ser tú quien reciba un par de azotes en el culo —dijo Yurio levantando el dedo de en medio y mirándolo desafiante. 

—Ya cálmense —dijo Víctor evitando que Chris siguiera molestando a Yurio y desordenando el cabello rubio de Plisetsky.

—Será mejor que entremos —dijo Otabek observando las actitudes de los policías.

Yurio fue el primero en caminar hacia la puerta de la casa, Víctor tomó la mano de Yuuri y caminaron juntos tras el rubio. Chris se metió las manos en los bolsillos y les siguió, Phichit guardó su móvil después de hacerse una selfie con la naturaleza de fondo y corrió para alcanzar al resto. 

Una vez adentro quedaron con la boca abierta, el espacio era amplio, con muebles de madera, una chimenea y una escalera color caoba que llevaba al segundo piso. No había demasiadas cosas, pero eran todas muy elegantes.

—La sala, el comedor y la cocina están en el primer piso —dijo Otabek—, las habitaciones y otras estancias que ya conocerán están arriba. 

—¿Y bien? ¿Qué haremos ahora? ¿De qué va esto? —preguntó Yurio mirando los ojos oscuros de Otabek. 

—En estos momentos vamos a entrar en una escena, así que los sumisos deben desnudarse y arrodillarse cerca de la puerta —dijo Otabek—, esperaran pacientemente las órdenes de sus dominantes, además se asegurarán de que nada interfiera en la la escena, ni teléfonos móviles ni ninguna otra cosa. Obedezcan. 

Los tres muchachos designados como sumisos se miraron entre sí, no esperaban que se les diera una orden tan pronto. Yurio fue el primero en reaccionar.

—Pues ya qué, si a eso vinimos —dijo para después apagar su teléfono móvil y meterlo dentro de su bolso. Luego comenzó a quitarse la ropa. 

Phichit al verlo levantó los hombros y lo imitó. Yuuri miró a Víctor y luego de una señal de asentimiento por parte del ruso comenzó a desnudarse también, lo hizo lentamente mientras su piel se coloreaba de un suave tono rojizo. 

Cuando los tres chicos cumplieron la orden, encontrándose ya desnudos y arrodillados Otabek comenzó a hablar nuevamente.

—Las sesiones empiezan cuando el dominante así lo decide y duran el tiempo que el dominante estime conveniente. A menos de que hayan llegado a un acuerdo anterior sobre la duración o el sumiso use su palabra de seguridad. ¿Saben lo que es una palabra de seguridad? 

—Sí —respondieron los tres al mismo tiempo. 

—Me gusta que mi sumiso me llame Amo durante una sesión. Los demás pueden decirme Señor, no seré su dominante, pero exijo respeto porque soy quien entrenará a los que en estos momentos serán sus dominantes. ¿Entendido?

—Sí, Señor —contestó Yuuri. 

—Sí, Señor —le siguió Phichit.

—Sí… Amo —dijo finalmente Yurio mientras apretaba sus puños enterrándose las uñas. En ese momento sentía que a solas era más sencillo dejarse llevar por sus íntimos deseos, pero le avergonzaba profundamente que sus compañeros de trabajo compartieran ese momento con él. 

—Gatito —dijo Otabek acariciando el cabello de Yurio como si fuera una mascota—, explícanos que es una palabra de seguridad. 

—La palabra de seguridad es aquella palabra que un sumiso debe usar si siente que la sesión ha sobrepasado sus límites, Amo.

—Exactamente, al decir la palabra de seguridad, un sumiso quita su consentimiento para continuar con la escena, por lo tanto, el dominante debe detenerse inmediatamente, sin excepción. Si el dominante no se detiene significa que está transgrediendo la voluntad de su contraparte, eso quiere decir que ya no es juego, es abuso. 

—¿Y si el sumiso está amordazado? —preguntó Chris.

—En esas ocasiones debe haber otro tipo de señal. Yo suelo darle al sumiso un juego de llaves para que sostenga con sus manos, en caso de que necesite que la sesión se detenga las suelta, el ruido es lo suficientemente fuerte para llamar mi atención y detenerme.  

—Ya veo —sonrió Chris.

—Lógicamente la palabra de seguridad no puede ser “no” o “detente”, esas palabras suelen ser usadas durante el juego. La palabra de seguridad debe ser una palabra que no tenga relación con lo que se está haciendo y que sea fácil de recordar. Puede ser una palabra negociada, pero prefiero que el mismo sumiso elija su palabra, una palabra que le sea familiar. Escojan sus palabras y díganlas en voz alta y clara. 

—Piroshki, mi palabra de seguridad será Piroshki, Amo.

—La mía será Katsudon, Señor —dijo Yuuri animandose a usar esa palabra ya que Yurio también había escogido comida. 

—Entonces elijo Pad Thai, para combinar con mis compañeros, Señor —respondió Phichit haciendo un esfuerzo por no reír. La verdad es que a él la situación le parecía bastante surreal y aún no lograba meterse en su personaje. 

—Muy bien —dijo Otabek sin cambiar en nada su expresión—, ahora quiero que me digan si han pensado en cuáles son sus límites.

—Es difícil que lo sepamos realmente, Señor —dijo Phichit—, después de todo este es nuestro primer acercamiento al BDSM, al ver algunos de los videos que nos dio pensé que casi nada de lo que veía me agradaría, pero también sé que experimentar ciertas cosas tal vez vaya haciendo que los límites se muevan. Supongo que los límites verdaderos sólo se encuentran después de ir experimentando, Señor. 

—Es cierto, es difícil saber cuáles son los límites a priori. Y esa es una de las cosas que buscaremos encontrar en estas semanas de entrenamiento, así serán capaces de negociar una sesión. —Otabek miró a los chicos con detención—.  Una última pregunta, para los tres, ¿por qué están aquí? 

—Porque tenemos que infiltrarnos como sumisos —dijo Yurio con un deje de irritación en su voz—, Amo. 

—Debemos entrenar para ello, Señor —completó Phichit. 

—Para convertirlos en personas que puedan llevar el rol de sumisos dentro del club Eros, Señor —concordó Yuuri. 

—Se equivocan —dijo Otabek—, y sólo cuando me den una respuesta adecuada permitiré que entren al club. 

Los muchachos se removieron inquietos, pero no dijeron nada. 

—Quédense allí, quietos y en silencio, debo hablar con Víctor y Christophe en privado. —Otabek dio la vuelta y fue seguido por Víctor y Chris hasta el segundo piso

—Chicos, ¿qué creen que les estará diciendo? —preguntó Phichit en voz baja. 

—No podemos hablar —contestó Yuuri en un susurro.

—¡Pero si ellos no están! —exclamó Phichit elevando un poco su voz y ganándose las miradas de desaprobación de sus compañeros—. Estoy cansado de estar en esta posición —se quejó.

—Será mejor que te calles —dijo Yurio—, estoy seguro de que se darán cuenta de que hemos hablado y de que te mueves como perro con pulgas. 

—Estoy de acuerdo con Yurio —dijo Yuuri.

—Está bien, está bien —dijo Phichit ante la mirada de sus compañeros—, que exagerados.  

Otabek llevó a Víctor y Chris a su despacho. Era un lugar amplio en el que estaba su escritorio y una biblioteca, pero también unos sillones de cuero y una pantalla de 60 pulgadas. Otabek encendió la pantalla y pudieron ver las imágenes de Yuuri, Yurio y Phichit.

—¡Vaya! —exclamó Víctor sorprendido—, no esperaba que tuvieras cámaras. 

—Sólo en el primer piso —contestó Otabek—, ahora observen cómo se comportan los sumisos. 

Después de observarlos por un tiempo, Christophe rio.

—Phichit no está para nada en el personaje —dijo el de ojos verdes. 

—Posiblemente por eso es el escogido para ser sumiso sin pareja —contestó Otabek—, si se dejara llevar demasiado tal vez terminaría como sumiso de alguien en lugar de tratar de investigar alguna cosa. 

—Supongo que es cierto —aceptó el suizo. 

—Ninguno de los tres cumplió con la orden que les di, tendrán que recibir su primer castigo —sentenció Otabek apagando la pantalla—. Víctor, ¿hasta dónde has llegado con Yuuri? 

—¿Qué? 

—No sé qué tanto hayan hecho, pero es seguro que algo de Dominación/sumisión han practicado. 

—¿Cómo te diste cuenta? —preguntó un sorprendido platinado. 

—Cuando di la orden de desnudarse y arrodillarse él pidió tu permiso antes de hacerlo.

—La verdad es que no hemos hecho muchas cosas —contestó Víctor—, creo que ambos hemos tenido este tipo de fantasías por largo tiempo, pero sólo ahora, y debido a que hemos estado leyendo sobre el tema y mirando vídeos, es que nos hemos atrevido a exteriorizar esas fantasías. 

—¿Y cómo se ha comportado Yuuri cuando han jugado? 

—Ha sido muy obediente. Disfruta mucho complaciendome y confía en mí. 

—Eso está muy bien, después de todo, ustedes tienen que mostrar en el club la confianza que sólo se logra después de mucho tiempo juntos —concluyó Otabek—. Ahora hablaremos sobre algunas cosas que deben tener presente. 

—Te escuchamos —dijo Chris. 

—En primer lugar, sobre la palabra de seguridad. 

—Respetarla es ley —dijo el suizo. 

—Sí, pero tienen que tener en cuenta que la palabra de seguridad es para tranquilidad del sumiso, no del Dominante. No se pueden fiar de ella. 

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Víctor. 

—Hay momentos en los que el sumiso no dirá la palabra de seguridad aunque necesite que la sesión finalice para no ser lastimado. Es por eso que un dominante debe conocer los límites de su sumiso y debe estar siempre atento a las reacciones que tenga. Un Dominante que daña a un sumiso no puede excusarse diciendo «no dijo su palabra de seguridad» o «no me di cuenta» porque hay momentos, cuando se juega fuerte, en los que el sumiso no está lo suficientemente consciente como para saber que debe detener el juego o siquiera para poder hablar. Es por eso que es importante que sumiso y Dominante se conozcan y vayan poco a poco subiendo la intensidad del juego, que los sumisos pasen por un entrenamiento que los haga conocer sus límites y sean capaces de decirlos al negociar una sesión, que los Dominantes sean conscientes de que no pueden exigir lo mismo a un sumiso novato que a uno experimentado. Cuándo un sumiso se entrega a un Dominante está depositando toda su confianza en él, y el Dominante debe estar a la altura y cuidar del sumiso, es decir, no sobrepasar sus límites. 

—Es complejo —dijo Chris. 

—Por supuesto que lo es, el bienestar de otro depende exclusivamente de tus decisiones. 

Hubo un silencio bastante prolongado, un sumiso entregaba su voluntad y a cambió merecía recibir el cuidado necesario. Otabek entonces continuó:

—¿Cuál es la respuesta que debieron darme los sumisos a la última pregunta que les hice? 

Víctor y Chris se miraron intentando encontrar alguna buena respuesta para aquello, pero ninguno de los dos logró contestar.

—Hay una respuesta larga y una corta —dijo Otabek—, la larga es discutible y la opinión que tengas al respecto depende de cómo tomes el juego. Cada día nos reuniremos los tres, les hablaré de los detalles de la respuesta larga y otras cosas de BDSM para que vayan obteniendo sus propias respuestas como Dominantes y sean capaces de transmitir a sus sumisos lo que esperan de ellos. Otras cosas las hablaremos los seis. 

—¿Y cuál es la respuesta corta? —preguntó Víctor. 

—“Estoy aquí para obedecer” —respondió Otabek—. Es cierto que ustedes están ingresando a este mundo por razones diferentes a las de la mayoría, pero yo los trataré como a cualquier sumiso o Dominante que empieza su entrenamiento, y esa es la respuesta que espero como Dominante cuando un sumiso se arrodilla a mis pies y le pregunto para qué ha venido a mí.

Después de una pausa en la que Víctor y Chris pensaban sobre esas palabras, Otabek prosiguió.

—Muchos sumisos tienen la estúpida idea de que vienen para obtener placer a través de la sumisión o el dolor, pero no es así, el placer es algo secundario. La razón de un verdadero sumiso es la obediencia, el dolor puede ser la razón de un masoquista que obtiene placer a través del sufrimiento, y los sumisos suelen ser masoquistas o volverse masoquistas a través del tiempo, pero no es eso lo que buscan en primera instancia. Los sumisos desean obedecer a su amo y punto. 

—Pero de todos modos esa obediencia le otorga una gratificación —acotó Víctor.

—Por supuesto que sí, es porque están respondiendo a su propio deseo de someterse. Pero esa gratificación no tiene por qué convertirse en una gratificación sexual. Por ejemplo, un Dominante puede prohibir que su sumiso llegue al orgasmo y el sumiso no puede enfadarse por esa decisión. Lógicamente, y sobre todo cuando la relación con el sumiso involucra sentimientos, el Dominante también querrá el placer para su sumiso, pero puede negárselo, sobre todo para dejarle en claro que su placer no es prioritario, que es un obsequio que el Dominante otorga cuando quiere, o también para premiar.

—Entiendo eso —dijo Víctor—, pero la verdad yo deseo que Yuuri disfrute de lo que hacemos, que obtenga todo el placer posible. 

—Claro —dijo Otabek—, porque tienes sentimientos amorosos por él, y está bien que sea así porque esos sentimientos también te harán cuidarlo adecuadamente cuando estén en sesión, pero hay cosas que él tiene que aprender para que su naturaleza sumisa se exprese completamente, y renunciar a su placer es una de ellas. 

—Supongo que querrás que lo aprendan en estas semanas —dijo Chis. 

—Así es, por eso los orgasmos de los sumisos quedan prohibidos, al menos, durante los primeros cinco días. 

—Eso será difícil, para ambos —dijo Víctor soltando un suspiro. 

—Ahora les mostraré sus dormitorios, quiero que vean algunas cosas y juguetes que hay ahí, además de darles algunas instrucciones para sus sesiones privadas —dijo Otabek poniéndose de pie. 

—En serio ya no aguanto más en esta posición —se quejó Phichit.

—Es porque no has dejado de moverte —dijo Yuuri.

Yurio simplemente bufó, él tampoco estaba cómodo. No pudo evitar recordar la vez anterior, también estaba incómodo, pero se relajó completamente al dejar de pensar, cosa que esta vez no logró por culpa de Phichit, sus quejas y su constante movimiento. 

—¿Cuánto tiempo llevan allá arriba? ¿Piensan dejarnos toda la mañana aquí? —cuestionó Phichit haciendo caso omiso a las quejas de sus compañeros. 

Minutos después, los tres pudieron escuchar las voces de los demás acercarse, se quedaron quietos y en silencio como antes había ordenado Otabek. 

—De pie —ordenó Otabek, haciendo que los chicos se levantaran inmediatamente, no pudieron evitar dar exclamaciones de alivio, no sabían cuánto tiempo había pasado con exactitud, pero sabían que había sido bastante. 

Otabek se ubicó junto a Yurio y dijo:

—Hay varias maneras de transportar a los sumisos, tirar de ellos por una cadena es la más común, pero ellos aún no ganan su collar así que les enseñaré una bastante práctica. Aunque primero… —Otabek mostró unas esposas de cuero negro, Víctor y Chris también sujetaban un par. Altín tomó los brazos de Yurio y los llevó hacia su espalda para luego poner las esposas en sus muñecas. 

El corazón de Yurio comenzó a latir con fuerza cuando sintió las manos grandes de Otabek acariciar la piel de sus brazos y luego masajear sus muñecas antes de ponerle esas esposas que limitaban su movimiento y lo hacían sentirse en esa posición de desventaja que le provocaba sentimientos contrapuestos. 

Otabek puso su mano en la nuca de Yurio: 

—Inclínate —le susurró en el oído para después empujar su cabeza hacia adelante, provocando que su espalda se arqueara hacia adelante y su cabeza quedara a la altura de la cintura del Dominante.

Cuando Yurio escuchó esa voz varonil y demandante en sus oídos, junto al aliento tibio y la respiración pausada, se erizó su piel y obedeció. Esa voz era la que se le aparecía en sueños, la única a la que podía rendirse. 

Otabek comenzó a caminar junto a Yurio, quien de pronto fue consciente de su desnudez y su posición, mordió su labio y su piel se tiñó de rojo, pero no dijo nada. 

—Bueno, creo que comienza el juego —le dijo Chris sugerente a Phichit, quien asintió y dejó que el suizo le pusiera las esposas y lo llevara tras Otabek y Yurio. 

Victor se acercó a Yuuri y acarició su rostro, mirándolo con ternura. Luego se puso tras él para ponerle las esposas.

—Te quiero, ¿lo sabes? —le susurró en el oído. 

—Lo sé, y yo también, Amo. 

Víctor beso el cabello de Yuuri mientras acariciaba su espalda, subiendo sus manos hasta llegar a su nuca. Se ubicó a su lado y empujó con cuidado la cabeza de Yuuri para proceder a caminar hacia el segundo piso. 

En el despacho de Otabek, Victor, Chris y el mismo Altin, se encontraban sentados en tres amplios sofás de cuero, cada uno ocupaba un sofá diferente, Yuuri y Phichit se encontraban sentados a los pies de los otros policías, sobre cojines de raso violeta. Yuri estaba arrodillado frente a Otabek.

—Sé que no obedeciste mi orden —le dijo—: guardar silencio y esperar es fundamental para un sumiso. ¿Entiendes que debo castigarte por tu desobediencia? 

Yuri tragó en seco, y tuvo que morderse la lengua cuando se le ocurrió responder algo así como: “acaso mostrarles a esos idiotas mi trasero no es suficiente castigo y humillación” o “tal vez deberíamos cambiar de roles a ver si tu aguantas, imbécil”. 

—Te he preguntado algo —dijo Otabek con el timbre de voz algo más seco de lo habitual. 

—Entiendo, Amo —respondió Yuri casi por inercia. 

—Como este es tu primer castigo seré suave, cada vez que deba castigarte aumentaré la intensidad del castigo, ¿entendido?

—Entendido, Amo.

—Ven aquí. 

Yuuri se puso de pie y Otabek lo acomodó sobre su regazo, el abdomen de Yuri quedó sobre las piernas de Otabek mientras su cabeza colgaba hacia el suelo. Altin puso su mano en los suaves y pequeños glúteos Yuri, eran blancos y redondos. Espero un momento, pendiente de la reacción del joven policía, al no notar ningún inconveniente dijo.

—Te daré 10 nalgadas. Quiero que las cuentes en orden decreciente, ¿entendido, gatito?

—Sí, Amo. 

La primera nalgada cayó directo en el centro, impactando ambas nalgas.

—Diez —dijo Yuri luego de haber apretado los dientes para no gritar debido al impacto. 

Otabek acarició nuevamente unos segundos y luego dio dos golpes rápidos en la nalga derecha, repitió lo mismo en la izquierda. Se detuvo unos momento y azotó nuevamente justo en medio. 

—Cinco —dijo con la voz trémula mientras sus ojos se humedecían. 

Eran muchas las emociones que Yuri estaba experimentando, dolían los golpes y él no era un amante del dolor. Se sentía humillado por estar en esa situación frente a sus compañeros de trabajo. Pero lo que más le avergonzaba es que estaba teniendo una erección, y esta se frotaba contra la pierna del mayor. 

—Uno —dijo finalmente y toda la tensión que había acumulado se desvaneció, su cuerpo laxo pesaba sobre las piernas del mayor. Beka tomó una sábana amarilla que tenía a su lado, cubrió a Yuri  y lo tomó en sus brazos y lo acomodó a su lado, dejando que su cabeza descansara sobre sus piernas. 

Comenzó a acariciar el cabello rubio con delicadeza mientras dirigió la mirada a Christophe. 

—Ya sabes lo que va a ocurrir, ¿verdad? —preguntó Chris a Phichit.

—Sí, Amo —respondió Phichit.

—Entonces, ven aquí. 

Phichit se acomodó sobre Chris. 

—¿Por qué te castigaré? —preguntó el policía.

—Porque no obedecí la orden que se me dio. 

—Los sumisos desobedientes deben ser castigados, también tendrás diez nalgadas, las que contarás comenzando en el diez. 

—Entendido, Amo. 

Chris puso su mano sobre el pequeño trasero de Phichit, la piel morena del tailandés era suave al tacto y lucía sin imperfecciones a la vista. Se entretuvo un rato pensando en lo cálida que era, hasta que decidió dar la primera nalgada causando un sobresalto y un leve grito por parte del moreno, quien reponiendose a la sorpresa logró pronunciar el número diez. 

—Nueve… ocho… siete —Phichit se sentía un poco incómodo recibiendo esas nalgadas. A pesar de que no le importaba estar con sus compañeros de trabajo, el hecho de estar siendo entrenado para su próxima misión le hacía aceptar aquello como parte de su trabajo. 

—Seis… cinco… cuatro… —Phichit no se cuestionaba si era humillante o vergonzoso, simplemente lo aceptaba para poder realizar un buen trabajo como agente encubierto. 

—Tres… dos… — Sin embargo, las nalgadas le dolían y aunque no era nada que no pudiera tolerar, había soportado dolores mayores debido a su trabajo, incluso un balazo que dejó cicatriz en su hombro derecho, era algo que habría preferido evitar. 

—Uno. 

—¿Te encuentras bien? —preguntó Chris.

—Sí, Amo —respondió Phichit poniéndose de pie, Chris lo cubrió con una sábana roja y lo ayudó a acomodarse en el sillón junto a él. El moreno terminó apoyado en el hombro de Chris mientras el mayor rodeaba su espalda con el brazo derecho. 

Había llegado el turno de Yuuri. 

El japonés sintió como su corazón latía desbocado. El anhelaba ser castigado por Víctor, lo deseo desde la primera vez en que se dejaron llevar por sus deseos, sin embargo, su deseo de obedecer era tal que Víctor no se vio en la necesidad de castigarlo. Ahora lo haría y la piel de Yuuri se erizaba de sólo pensarlo, ¿cómo era posible que deseara ser azotado por las manos de Víctor? ¿Cómo era posible que imaginara incluso castigos más fuertes? 

Cuando Yuuri tuvo la mano de Víctor sobre sus nalgas sintió una corriente eléctrica que envió un fuerte estímulo directamente a su pene, haciendo que comenzara a endurecerse, apretó su boca para evitar gemir. Yuuri sintió la suave risa de Víctor y luego en voz baja y grave le dijo.

—Esto es un castigo, no un premio, espero que lo tengas claro y no hagas travesuras. 

—Sí, Amo —respondió Yuuri, sonando su voz como terciopelo.

Un azote, dos azote, tres azotes. 

El cuerpo de Yuuri se calentaba, apretaba sus piernas y hacía un esfuerzo enorme para no restregar su hombría con la pierna de Víctor. 

Cuatro azotes, cinco azotes, seis azotes. 

La voz de Yuuri salía entrecortada, jadeante. 

Siete azotes, ocho azotes, nueve azotes.

Las uñas de Yuuri se enterraban en sus manos intentando controlar la excitación, los dedos de sus pies se encogian por la necesidad que sentía de acariciar su pene, si sus manos no estuvieran esposadas a su espalda tal vez no hubiese podido evitar hacerlo. 

Diez azotes.

Víctor dejó de golpear, Yuuri sintió el calor palpitando en sus nalgas y en su miembro goteante buscando atención.

Víctor tomó una sábana azul y mientras cubría a Yuuri, Otabek se puso de pie tomando a Yurio entre sus brazos. 

—Ahora vayan a sus habitaciones un momento, conversen sobre lo sucedido, hablen sobre lo que vendrá. Dentro de cincuenta minutos comeremos. 

—¿Y bien? ¿Qué opinas de todo esto? —preguntó Chris en tono coloquial y relajado mientras le quitaba las esposas al moreno. Phichit, entendiendo que ya no estaban jugando suspiró y dijo:

—Es lo que tenemos que hacer para poder comenzar con la investigación. No significa más para mí. Puedo soportar cosas como la de hoy y más, tal vez pueda disfrutar un poco el juego, pero no es lo mío. ¿Qué tal tú?

—Me gusta, y creo que ambos roles me atraen por igual. Creo que me divertiré probando cosas en el club… y contigo. ¿Quieres aprovechar estos cincuenta minutos en algo interesante? Ya sabes, para aumentar nuestra confianza mientras jugamos a que eres mi sumiso.

—No actúes como si nunca hubiéramos follado. Y me duele el trasero, no estoy para sexo. 

—En el baño hay una crema que te puedo poner. 

—Lo haré solo, ya has tenido tus manos sobre mi trasero por mucho tiempo.

Otabek dejó a Yuri sobre la cama, le quitó las esposas y luego se dirigió al baño, tomó una crema y comenzó a aplicarla sobre las doloridas nalgas del ruso.

—Me gustaría que me hablaras sobre lo que sentiste durante esta mañana, sobre todo en el momento del castigo —dijo Otabek al terminar de aplicar la crema—. Ahora puedes relajarte y llamarme Otabek, haremos una pausa en la sesión hasta después de comer.

—A diferencia de la vez que estuve en tu oficina —dijo Yuri acomodándose mejor y cubriéndose con la sábana amarilla—, esta vez no pude dejarme llevar por el papel. Al principio porque Phichit es un incordio que no se calla ni se queda quieto en ningún momento. Después porque me avergüenza y me irrita exponerme frente a esos idiotas. 

—En el club habrán muchas personas, es necesario que te acostumbres a exhibirte. 

—Lo sé, supongo que después de pasar estas semanas mostrando el culo esos idiotas no me va importar que un desconocido me mire las pelotas. 

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro siempre serio del dominante, le agradaba mucho el carácter de Yuri, tanto como le agradaba someterlo. 

—¿Y qué dices de las nalgadas? ¿Duelen mucho?

—Sí, me dolieron, y francamente no soy un amante del dolor. También me sentí humillado por estar recibiendo un castigo, y avergonzado porque ellos lo estaban mirando. Pero aún así…

—¿Aún así te gustó? 

—¿Por qué? ¿Por qué algo tan desagradable provoca que me excite? 

—Porque es tu deseo ser sometido. 

—¡Eso no es cierto! Yo no soy una persona sumisa, nunca lo he sido. 

—Yo creo que toda tu agresividad es precisamente para ocultar que deseas dejar tu voluntad en otras manos y entregarte a su dominio. En mis manos y a mí dominio. 

—Yo no entiendo por qué querría eso. 

—¿Por qué cuestionar tus deseos? ¿No es mejor aceptarse tal y como uno es? La vez anterior, cuando estuvimos a solas, parecías aceptarlo muy bien. 

—Aquella vez sentí que me liberé.

—La verdadera libertad es aceptarse. Y en tu caso lo que deseas es liberarte del estrés que te provoca el pensar demasiado las cosas, de la agresividad que tienes acumulada, de tener que tomar decisiones en todo momento. 

—Yo…

—Entregate a mi disciplina, olvida que estás aquí por una misión y conviértete en mi sumiso. Te aseguro que sabré guiarte por el camino que te haga descubrirte totalmente y aceptar tu naturaleza. ¿Quieres intentarlo? ¿O no?

—Amo, por favor… —dijo Yuuri apenas entraron en la habitación. Víctor lo llevaba en brazos y él se aferraba a su cuello—, necesito… 

—Silencio, Yuuri —ordenó Víctor—, aquí el que decide las cosas soy yo, ¿entendido? 

—Sí, Amo.

—Recuerda que era un castigo, no te estaba premiando, no mereces llegar al orgasmo. 

—Pero, Amo…

—¿Me estás cuestionando?

—No, Amo. 

Víctor dejó a Yuuri de pie en el suelo y comenzó a quitarle las esposas. Luego fue al baño y volvió con una crema que colocó suavemente en las nalgas de Yuuri. Víctor notaba la tensión en el cuerpo del japonés, su mandíbula apretada, sus uñas enterrándose en las palmas de su mano. Estaba enojado. 

Víctor decidió esperar sin decir o hacer nada, poco a poco fue notando como la tensión que había en el cuerpo de Yuuri finalmente fue cediendo, cuando lo notó relajado lo tomó de la mano y lo llevó hasta la cama, donde se recontaron juntos. Víctor estaba semisentado y Yuuri apoyado en su pecho. 

—Mi amor, ahora que estamos más tranquilos hablemos de la sesión. Quiero que dejemos el juego un momento y me digas que has sentido. 

—Ha sido raro porque estamos con otras personas. 

—¿Has sentido deseos de abandonar?

—No, la verdad es que siento muchos deseos de hacer esto, porque quiero… yo quiero ser un buen sumiso para ti. Ahora, por ejemplo, sentí que estaba a punto de explotar de rabia porque no me permitiste tener un orgasmo cuando estaba tan excitado. 

—¿Y qué hiciste para que se te pasara la rabia?

—Dejé de pensar en mi necesidad de satisfacción y pensé en mi deseo de obedecerte. 

—Eso es algo que tendrás que hacer permanentemente durante este entrenamiento, Yuuri. 

—Lo sé, y estoy dispuesto a hacerlo. 

—Te amo, Yuuri. 

—Y yo a ti, Víctor. 

Victor acarició el cabello de Yuuri y luego levantó su rostro con suavidad, sus ojos color cielo hicieron contacto con aquellos ojos que parecían chocolate fundido mezclado con vino, poco a poco ambos pares de ojos se cerraron y se entregaron al contacto de un suave beso. 

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