Comencemos con esto (Cuidaré de ti)


Yuri Plisetsky no había podido dormir. El viernes la había pasado junto a sus compañeros de trabajo viendo vídeos porno. Incómodo al percibir que que los ánimos en ellos cambiaban mientras las escenas BDSM pasaban frente a ellos. 

Le pareció que los ojos de Víctor brillaban mientras que Yuuri se esforzaba por cubrir su rostro con ayuda de la bufanda que traía puesta, totalmente sonrojado y nervioso. Phichit ponía atención, pero a la vez era capaz de seguir concentrado en sus redes sociales y su mirada fluctuaba entre la pantalla del televisor y la de su móvil. Chris se veía encantado, su rostro era de total satisfacción y por un momento Yuri sintió un poco de miedo de que el suizo se viniera ahí mismo. Sería asqueroso, pensó.  

Yuri por su parte estaba indignado. ¿Cómo es posible que Yakov le hubiese dado el papel de sumiso? No es que él no lo pudiera actuar, Yuri Plisetsky podía hacer cualquier cosa que se propusiera, pero el sólo mirar la actitud de esos sumisos le daba asco. Un estremecimiento lo recorrió al imaginarse a él mismo arrodillado, listo y dispuesto para la satisfacción de alguien más. ¡Mierda! Yuri Plisetsky tendría que morderse la lengua para no soltar su basto conocimiento de insultos a ese tal Otabek Altin. 

Después de ese día de aprendizaje en compañía de sus colegas, Yuri prácticamente no pudo dormir, ¿cómo iba a dormir si todas esas imágenes lo perseguían? No pudo evitar ponerse duro como piedra, no es que el BDSM lo excitara, pero después de todas esas escenas sexuales que vio era comprensible, Yuri no era de fierro. Después de ayudarse con sus propias manos al fin se sintió relajado y pudo conciliar el sueño, pero pocas horas después despertó, sudado, agitado, manchado… ¡Malditos sueños húmedos! Maldito Otabek Altin que se colaba en ellos con su autoritaria voz para obligarlo a hacer ese tipo de cosas, tan denigrantes, tan sucias, tan reñidas con su naturaleza. 

El día sábado estuvo toda la mañana maldiciendo y recitando insultos como si se trataran de un mantra. Lo peor, es que sabía que ese estado en el que se encontraba no se le pasaría durante todo el fin de semana, y no podía aguardar a esta el lunes o destrozaría su pequeño departamento. 

—Bien, de todos modos no quiero comenzar con esto frente al degenerado de Chris o el molesto de Víctor. —Se mordió las uñas—. Tampoco quiero llegar en las mismas condiciones que el cerdo o el hámster. Definitivamente tengo que probarlo en privado primero. 

El club Eros comenzaba a recibir a sus clientes a las ocho de la noche, Yuuri llegó a las seis. Tenía la impresión de que Otabek Altin se encontraría allí, y no se equivocó. El moreno no pareció sorprendido al verlo ahí, o al menos no lo demostró. 

—Quiero empezar con esto de una maldita vez —dijo Yuri con voz demandante.

—¿Ah sí? ¿Por qué? —respondió Otabek tranquilo, estaba en su oficina, sentado en su escritorio, mientras eI ruso rubio, de pie, golpeaba su pie derecho contra el suelo.

—Porque me provoca ansiedad estar pensando en esto todo el tiempo. Además, no quiero que la primera vez que me someta a esta estupidez sea frente a ese cuarteto de idiotas. 

—Ya veo.

—¿Qué dices? 

—El lunes le explicaré a todos en detalle en qué consiste el contrato BDSM, sin embargo, creo que está bien que avancemos un poco en privado. Por el momento está bien que tengas dos cosas en consideración. Primero, debes tener una palabra de seguridad, si la dices el juego se acaba. 

—Pirozhki, quiero que sea pirozhki. Es familiar para mí.

—Está bien, será Pirozhki. 

—¿Cuál es la segunda cosa?

—Cuando estemos en una escena me llamarás Amo, ¿de acuerdo?

El rubio tragó saliva y apretando sus manos en puño contestó:

—Sí.

—¿Sí, qué?

—Sí, Amo —finalmente pronunció.

—Muy bien gatito, desnúdate para mí —dijo sin despegar la mirada del rubio, una mirada seria, autoritaria, pero también deseosa y demandante. 

Yuri sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo, cerró los ojos y respiró profundo. Si tenía que representar el papel de un sumiso, pues sería el mejor sumiso del puto país. 

Comenzó por quitarse la camisa, desabotonó uno a uno los botones empezando con el de más abajo, luego, sin mayores preámbulos lanzó la prenda al suelo. Desabrochó su cinturón y luego su pantalón, pero antes de sacarlo se agachó y retiró sus zapatillas negras y los calcetines de animal print que traía puestos. Finalmente sacó su pantalón y se llevó los calzoncillos con él. No pensaba perder el tiempo a sabiendas de que Otabek le ordenaría quitarselos de todos modos. 

—¿Crees qué está bien que dejes todo tirado en el suelo, gatito? —preguntó Otabek con su calmada y masculina voz. 

—No. No, Amo —respondió Yuri, recogió su ropa, la dobló y la dejó sobre un sofá. 

—Muy bien gatito. Ahora quiero que vayas junto a la puerta de entrada y te arrodilles a esperar mis instrucciones. 

Yuri caminó y se colocó junto a la puerta, se arrodilló de la manera en que había visto hacer en esos videos; piernas ligeramente separadas, trasero apoyado en sus talones, espalda recta, cabeza inclinada y mirada en el suelo. Puso sus manos en la espalda y el cuadro de un hermoso sumiso quedó perfecto, o al menos eso pensó Otabek, quién no pudo evitar mirarlo y sentir verdaderas ganas de entrenarlo como su sumiso. 

Otabek tomó aire y se volvió a concentrar en sus asuntos. 

Yuri comenzó a sentirse inquieto. Sentía el ruido del reloj pasando los segundos y Otabek seguía sin dirigirle la palabra. Los dedos en su espalda comenzaban a moverse entrelazándose entre sí.

Cuando no pudo más con la ansiedad, Yuri dio una rápida mirada al reloj que colgaba en una de las paredes del despacho, quince minutos habían pasado y el seguía en la misma posición. Mordió su labio e intentó serenarse. Otabek lo estaba poniendo a prueba y él no se dejaría vencer tan fácilmente. Era Yuri Plisetsky, y si Yuri Plisetsky decidía ser el mejor sumiso del puto mundo, pues lo sería. 

Quince minutos después Yuri no podía estar tranquilo. Miraba de reojo a Otabek y este siempre estaba inmerso en sus papeles. Lo ignoraba totalmente, como si no estuviera, como si fuera invisible. La rabia comenzaba a inundar el cuerpo del joven rubio. Apretó la quijada con fuerza intentando contenerse, pronto estaría en su límite. 

Otabek parecía ignorar a Yuri, sin embargo, estaba absolutamente pendiente de él. Se había dado cuenta de sus furtivas miradas al reloj, también de que lo miraba de reojo, y por supuesto que se daba cuenta de la tensión que había en su delgado cuerpo. Pero era importante que el rubio fuera capaz de sobreponerse a todo eso, era la única manera de que su cuerpo y su mente acepten el control de otra persona. Otabek no quería forzarlo a obedecerlo sin más, Otabek quería que el mismo Yuri se entregara a su dominio. Cuando Yuri le entregue el control esa ansiedad desaparecerá y esa inquietud abandonará su cuerpo. 

Más de una hora llevaba arrodillado al lado de la maldita puerta y Otabek aún no le decía nada. La rabia estaba a punto de explotar. Pero decidió intentar tranquilizarse. Respiró hondo y se concentró en su papel: ¿Qué haría un sumiso en su lugar? ¿Qué pensaría un sumiso en su lugar? Respiró hasta que su cuerpo rígido comenzó a relajarse, un sumiso jamás tendría su cuerpo con semejante tensión. Probablemente un sumiso no pensaría en nada, simplemente se quedaría ahí el tiempo que su dominante considerara apropiado: no entraría en pánico pensando que se estaba burlando de él, tampoco miraría el reloj para saber exactamente cuánto tiempo había pasado. Respiró hondo; un sumiso no necesitaba pensar en nada, sólo confiar en las decisiones del dominante, simplemente entregar su voluntad y dejarse dominar. Respiró hondo. Debía actuar como un sumiso, debía ser un sumiso. 

Cerró sus ojos y su mente quedó en blanco. Ya no pensó, ya no peleó. 

Otabek miró a Yuri y sonrió. El insolente rubio había logrado deshacerse de pensamientos innecesarios y eso lo complacía más de lo que le gustaba admitir. 

El tiempo siguió pasando y treinta minutos después tocaron a la puerta de la oficina. Yuri, pese a estar junto a ella, no pareció darse cuenta, sin embargo, sí reaccionó a la voz de Otabek cuando con un “adelante” hizo pasar a la persona que tocaba. 

Era uno de los guardias del local, quien ignoró a Yuri y se dirigió a su jefe sin hacer comentarios al respecto. Estuvo sólo cinco minutos y se retiró. Los siguientes quince minutos Otabek se la pasó mirando a Yuri, quien si bien había reaccionado a su voz, siguió estando en ese estado de sumisión y no se movió de su lugar. 

Otabek se puso de pie y caminó en dirección al muchacho, quedando frente a él.

—Estoy muy satisfecho contigo, gatito —le dijo poniendo su mano sobre su cabeza. 

Cuando Yuri sintió la mano de Otabek sobre él, le pareció grande, pesada y cálida. Otabek acarició su cabello y él se sintió feliz de haberlo complacido. Probablemente, Yuri después lo negaría o sentiría que eso no estaba bien, pero en esos momentos, Yuri no estaba pensando en nada, sólo sentía la caricia de su Amo y eso lo hacía feliz. 

—Te mostraré uno de mis juguetes. Espero que lo disfrutes, gatito. 

Otabek caminó hacia una puerta que estaba detrás de su escritorio, entró y luego volvió junto a Yuri. Puso una silla frente a él. La silla era de cuero y tenía varias amarras, para los pies, el cuello y los brazos, pero lo más interesante estaba en el asiento, un dildo negro esperaba por el trasero de quien se sentara. 

—Párate junto a la silla. Pero no te sientes, aún. 

Yuri obedeció inmediatamente y Otabek se inclinó para amarrar sus tobillos a las patas de la silla. Luego colocó bastante lubricante en el dildo negro.

—Siéntate, pero no es necesario que lo hagas deprisa, tomate tu tiempo y ayúdate con las manos. Poco a poco, hasta que puedas introducir completamente el dildo dentro de ti. ¿Entendido?

—Sí, Amo —respondió inmediatamente, sin pensarlo.

Yuri tomó sus nalgas con las manos y luego puso la entrada de su ano sobre el dildo negro. Cómo Otabek le indicó no se apresuró, comenzó a bajar poco a poco, haciendo movimientos ondulantes con su cadera para facilitar la dilatación. No pudo evitar que unos pequeños jadeos escaparan de su boca a medida que el juguete entraba en su cuerpo. 

Cuando finalmente todo el dildo estuvo dentro de Yuri, Otabek sonrió y le mostró un pequeño control remoto. Yuri comenzó a sentir como ese dildo se movía dentro de él, extendiendo sus paredes y acariciando su próstata. Las manos de Yuri apretaron los brazos de la silla de cuero y su cadera comenzó a moverse instintivamente en busca de satisfacción. Se sentía malditamente bien tener ese juguete dentro de él mientras Otabek lo observaba con su mirada intensa y oscura. Pero de pronto el movimiento paró, Yuri miró a Otabek y él le sonrió.

—Ponte de pie, gatito —ordenó—, muéstrame que mereces que te permita alcanzar el orgasmo. 

Yuri se puso de pie, sus rodillas temblaban, su ano se contraía, su pene destilaba líquido preseminal, sus labios entreabiertos invitaban a la lascivia, sus ojos brillaban pidiendo placer. 

—Siéntate, gatito.

Yuri volvió a introducir el juguete en su cuerpo, esta vez fue rápido, brusco. Deseaba volver a sentir el delicioso movimiento dentro de él. Otabek no lo hizo esperar y Yuri no pudo evitar que obscenos gemidos escaparan de su boca, estaba a punto de liberarse cuando nuevamente el juguete paró.

—De pie, gatito. 

Yuri obedeció. Por cinco minutos Otabek lo observó. Yuri era perfecto. 

—Siéntate. 

Por tercera vez Yuri experimentaba el placer de sus paredes friccionando con el juguete. Poco a poco la tensión se acumulaba, deseaba liberarse, deseaba dejarse ir. 

—¿Deseas el orgasmo, gatito? —preguntó Otabek con su voz grave. 

—Sí, Amo. Por favor. 

—Está bien, gatito. Quiero ver tu lindo rostro deformado de placer —Otabek levantó el rostro de Yuri y luego aumentó la potencia del juguete. El orgasmo no se hizo esperar y Otabek vio como la boca de yuri se abría dejando escapar un sonoro gemido, como sus ojos se apretaban y su rostro quedaba surcado con líneas que deformaban su bonita piel, pero que mostraban el intenso placer que el ruso acababa de sentir. 

Yuri se dejó caer en el respaldo de la silla. Con los ojos cerrados y la respiración agitada. 

Otabek fue a su escritorio y sacó del cajón algunas toallas húmedas, limpió el abdomen de Yuri que había quedado con semen, luego retiró las correas que sujetaban sus tobillos y con delicadeza lo tomó en sus brazos, limpió su trasero de los restos de lubricante y luego lo dejó acostado sobre el sofá. Retiró la silla y de la misma habitación sacó una manta con la que cubrió el cansado cuerpo de Yuri. 

Una pequeña sonrisa se formó en los labios de Altin, que miraba al joven ruso sin poder evitar pensar en su perfección —te haré el sumiso perfecto para mí—, pensó sin despegar sus ojos de él. 

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