El tiempo pasa (Dragón de Fuego)


Un año. 

Víctor llevaba más  de un año viviendo y compartiendo con los hombres del Shinsengumi, durante ese tiempo había llegado a desarrollar afecto por muchos de los integrantes de ese equipo de samuráis sin amo. El joven alfa pudo apreciar que aquellos rōnin eran despreciados por los integrantes del ejército del shogún por pertenecer a castas inferiores, no obstante, luego del asalto al Ikedaya donde capturaron y dieron muerte a varios de los integrantes del Ishin Shishi habían alcanzado un cierto prestigio que nadie podía ignorar. 

Pese a que sus sentimientos por las personas del Shinsengumi eran cálidos, Víctor tenía presente, demasiado presente, que él no había ido a ese lugar a unirse a ellos. Víctor sabía que los traicionaría, Víctor sabía que ya los traicionaba. Cada semana, en su día libre, el alfa visitaba a la familia Nishigori y le entregaba a Takeshi un informe detallado de todas las actividades del grupo. Víctor no había vuelto a saber de Katsura, ni de Himura, ni de ninguno de los otros integrantes del Ishin Shishi, por su propia seguridad Takeshi no le daba información y finalmente el menor sólo se enteraba de lo que el mismo Shinsengumi averiguaba; sublevaciones pequeñas que eran apaciguadas rápidamente. 

—Hasta parece que lo hacen a propósito —dijo en una de las reuniones en las que discutían un nuevo levantamiento cercano a Satsuma. 

—¿Qué quieres decir con eso? —interrogó uno de los capitanes del Shinsengumi.

—Creo que el Ishin Shishi está planeando algo más grande —dijo Víctor—, pienso que estos pequeños alzamientos que son detenidos sin mayores esfuerzos son para darnos la sensación de que están acabados. Sin embargo, aún no hemos sabido nada de Katsura, ni de Inoue Kaoru de Choshu, ni de Saigo Takamura de Satsuma. Tampoco hemos visto en acción al asesino al que Saito se enfrentó en el pasado y no pudo derrotar.

—Estoy de acuerdo con Plisetsky —dijo Saito mientras bebía un poco de sake—, es como si la tierra se hubiese tragado a Katsura y a ese peligroso asesino pelirrojo. Katsura es un hombre demasiado astuto, sin lugar a dudas perderlo de vista por tanto tiempo traerá consecuencias negativas para nosotros. 

Y no estaba equivocado en lo que decía. 

Katsura y Takamura estaban llevando a cabo conversaciones con comerciantes de armas extranjeros en busca de modernizar su armamento. Los líderes del Ishin Shishi venían de familias poderosas, hijos de la nobleza que habían decidido renunciar a sus privilegios en beneficio de Japón, o de su visión de un mejor Japón, por lo tanto, tenían el poder adquisitivo necesario para en silencio negociar con comerciantes y contrabandistas. El comerciante escocés, Thomas Blaker Glover, fue uno de los primeros en aceptar la negociación; abasteciéndolos con barcos de guerra y fusiles. 

Los líderes del Ishin Shishi también mantuvieron relaciones diplomáticas con políticos británicos, quienes finalmente inclinaron sus preferencias hacia los realistas, militares de alto rango colaboraron con los rebeldes en busca de lograr un Japón unificado bajo el poder del emperador. Despacio y silenciosamente, Choshu y Satsuma engrosaban su lista de colaboradores y con ello su poderío militar. 

♤♡◇♧

Víctor ingresó a la pequeña habitación que ocupaba, Saito entró tras él.

—Siempre me sorprendes —dijo el mayor—. No sólo tu técnica con la espada ha mejorado considerablemente, también tu manera de analizar situaciones y prever acontecimientos.

—Agradezco sus palabras, capitán —respondió Víctor alejándose un poco de la cercanía que el otro alfa propiciaba. 

Víctor sabía que algo más que amistad y camaradería sentían el uno por el otro, podía ver el deseo contenido en aquellos ojos ambarinos y el mismo tenía que controlarse a sí mismo cuando sentía el llamado en el aroma potente que desprendía el mayor. Muchas veces sintió que estaba a punto de caer en los brazos del alfa de alto rango. Saito hasta el momento había detenido sus avances, después de todo, Víctor había cumplido recién los dieciséis años y él ya tenía más de veinte, aunque ese no era un real problema, a los quince años un alfa era considerado adulto y muchos se enlazaban a esa edad. Sin embargo, Saito siempre había quedado a la espera de una señal del más joven. 

Víctor sabía que todo dependía de él, y no podía negar que le excitaba la idea de que un alfa tan apuesto y fuerte tuviera los ojos puestos en él. Saito nunca le había sido indiferente y el trato diario solo acrecentó su atracción, su admiración y su afecto hacia él. Relaciones entre alfas eran comunes en lugares como ese, donde finalmente la admiración por la fortaleza ajena era más importante que los sentimientos de protección que los omegas solían despertar en ellos. Alfas guerreros preferían un guerrero a su lado, un compañero al que pudieras confiarle tu vida sin dudas ni temores. Precisamente esto detenía a Víctor; Saito podía adueñarse de su cuerpo, de sus pensamientos, incluso de sus sentimientos, pero no se adueñaría jamás de su lealtad, él ya había jurado lealtad a la causa realista y no estaba en sus planes retractarse de aquella promesa. 

—Mañana iré a ver a los Nishigori —dijo Víctor intentando distraerse de sus pensamientos—, el señor Maekawa ha estado enfermo por lo que Takeshi ha asumido la mayor responsabilidad en el dojo. Su bebé, el pequeño Yuuri, ya camina y hace travesuras, es tan tierno y lindo, ver su sonrisa me hace verdaderamente feliz. 

—Siempre que te pones nervioso comienzas a hablar de ese bebé —dijo Saito avanzando hacia él.

—¿Nervioso? ¿Por qué estaría nervioso? —contestó Víctor retrocediendo, hasta chocar contra la pared.

—Tal vez por esto —contestó el Shinsengumi encerrándolo entre la pared y su cuerpo.

—Saito… —dijo Víctor al sentir el aliento del mayor cerca de su cuello, acariciando su piel.

—Pídemelo y saldré de tu habitación —dijo Saito—, pero ¿no crees que estás dudando demasiado? Siento el deseo en tu aroma, lo veo en tus ojos. 

—Yo…

—He estado esperando por una señal de tu parte, pero creo que tengo que ser más agresivo…

—No, Saito…

—No te preocupes, no haré nada sin tu permiso —los ojos brillantes del lobo de mibu se acercaron a los titilantes ojos azules de Víctor, la punta de su nariz rozó la mejilla del alfa más joven, sus alientos chocaron—. Entonces Víctor, ¿quieres que me vaya?

Víctor no podía pensar con claridad ante esa situación. El calor proveniente del cuerpo de Saito lo arrullaba, su aroma lo embriagaba, su aliento lo acariciaba, sus ojos lo condenaban. Sus manos actuaron por sí solas al buscar el pecho del mayor, tocando su cuerpo firme bajo la tela que lo cubría, cediendo a lo prohibido, dejando de oír su propia voz advirtiéndole que jugaba con fuego y entregándose a los deseos que el alfa había despertado en él. 

Víctor acortó el espacio que los separaba y sus labios se encontraron con la boca tibia de Saito, el mayor lo rodeó con sus brazos mientras profundizaba el contacto que había iniciado el de cabellera platinada. El beso comenzó suave, pero pronto la pasión tomó control de sus movimientos, el beso se volvió exigente mientras ambos luchaban por tomar el control de este, al mismo tiempo sus manos recorrían el cuerpo del contrario. 

Toda clase de jadeos y sonidos lujuriosos comenzaron a escucharse entre esas cuatro paredes, sus bocas se buscaban con desesperación, sus manos se desvestían con premura, después de tanto tiempo reprimiendo ese deseo mutuo lo único que querían era perderse en la excitación que el cuerpo ajeno les provocaba hasta alcanzar el desfogue. 

Víctor empujó a Saito sobre el suelo, su futón aún estaba guardado y ninguno quería perder el tiempo, ambos ya estaban desnudos y Víctor quedó entre las piernas del mayor; besos, abrazos y sus crecientes erecciones rozándose llenaban el ambiente de aroma y sabor a sexo. En un rápido movimiento Saito se puso sobre el cuerpo de Víctor, quien respondió empujándolo para volver a estar sobre él, no dejaban de besarse y tocarse, pero la lucha de poder se hacía presente haciéndolos rodar sobre el tatami.

—Te tengo —dijo Saito cuando logró poner a Víctor boca abajo, aprisionándolo con su cuerpo de tal forma que el menor no tuvo más remedio que rendirse. En señal de sumisión mostró su cuello, admitiendo el dominio de un alfa más fuerte. Saito dejó una delicada mordida mientras comenzaba a restregar su hombría entre las nalgas de Víctor, el lobo estaba impaciente, pero sabía que el menor necesitaba ayuda extra para estar listo, al no ser omega no lubricaba naturalmente y podía resultar una experiencia dolorosa si Saito no tenía cuidado.— Déjame ver tu rostro —ordenó Saito liberando el cuerpo de Víctor. 

El alfa obedeció girando sobre su cuerpo, sus ojos brillaban nublados de deseo, su pecho subía y bajaba velozmente, sus labios estaban hinchados y su cabello se pegaba a su rostro debido al sudor que perlaba su piel. 

—Eres hermoso —dijo Saito abriendo las piernas del menor para ubicarse entre ellas. 

El Shinsengumi tomó ambas erecciones con su mano derecha y comenzó a frotarlas haciendo que ambos liberaran bastante líquido preseminal, empapó sus dedos con ese líquido transparente y luego los acercó a la palpitante entrada de Víctor. El joven alfa se tensó, pero Saito volvió a masturbarlo usando su mano izquierda, lo masturbaba con fuerza mientras sus dedos se abrían paso en la estrechez de Víctor. Cuando sus dedos alcanzaron el punto de mayor placer, Víctor dejó escapar un gemido profundo, lo que motivó a Saito para seguir en su afanosa tarea de dar placer al más joven usando sus manos con maestría. Víctor cerró los ojos dejándose arrobar por aquellas fuertes y placenteras sensaciones que recorrían su cuerpo. 

No hizo falta mucho tiempo para que el cosquilleo placentero se concentrara entre sus piernas y la presencia de un orgasmo hiciera vibrar su miembro para luego derramarse entre los dedos de Saito. El alfa mayor retiró sus dedos del interior de Víctor y acercó su miembro hinchado hasta esa abertura dilatada, aprovechando el estado de relajación en el que se encontraba el menor comenzó a entrar en medio de esas apretadas paredes, entró despacio, tomando los labios entreabiertos de Víctor en un beso delicado mientras su pene era rodeado por el calor del cuerpo joven. 

—Víctor —jadeó Saito con la voz entrecortada—, eres delicioso. 

—Y tú eres grande —respondió el menor con un deje de diversión en la voz, pero sintiendo sus paredes internas forzadas a estirarse.

Saito detuvo sus movimientos para darle tiempo a Víctor de acostumbrarse a tenerlo dentro de su cuerpo, mientras tanto, se entretuvo acariciando las largas hebras plateadas que se esparcían desordenadamente sobre el tatami, sin prisa, mientras sus ojos ambarinos no se apartaban de los ópalos zarcos. 

Fue Víctor quien comenzó un movimiento de caderas volviendo a encender con fuerza el fuego de Saito, el alfa contuvo su ímpetu y comenzó con un lento vaivén que fue bien recibido por el menor. Víctor rodeó la cadera de Saito con sus piernas y levantó sus caderas para profundizar aún más el contacto, el lobo de mibu enterró sus dedos en la suave piel de su amante, sosteniendo sus caderas para comenzar a moverse con fuerza. 

El choque de sus pieles se transformó en la música que los elevaba al éxtasis en medio de jadeos involuntarios y gemidos profundos, no podían despegar sus miradas mientras se acercaban a su liberación; Víctor sentía su interior arder debido a la fricción y a que era golpeado en el punto exacto que lo hacía ver luces y lo llevaba nuevamente a perderse en un profundo orgasmo, su interior se contrajo presionando deliciosamente a Saito quien se hundió profundamente en cuerpo de Víctor mientras lo llenaba con su esencia para luego salir con delicadeza impidiendo la anudación. 

Saito cayó junto a Víctor y lo abrazó con fuerza, buscando aspirar su aroma a sexo y sudor, Victor enredó sus piernas con las del mayor, demasiado débil para levantarse a asearse, demasiado cómodo entre aquellos brazos fuertes, buscando que la realidad aún no lo golpee, ignorando a propósito el hecho de haberse entregado a un alfa del Shinsengumi. 

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