Un nuevo lobo (Dragón de Fuego)


Víctor cayó con fuerza sobre el piso, golpeándose los brazos contra el suelo de tierra, en medio del jardín de aquella gran casa que servía como refugio de los shinsengumi. El joven alfa respiraba agitado por el esfuerzo mientras el sudor perlaba su rostro y su fino cuello. Apretó la katana entre sus manos y se puso de pie nuevamente; su ropa estaba llena de polvo al igual que su desordenado cabello, debido a las tantas veces que había caído. Probablemente, después, su blanca piel se vería adornada por infinidad de moretones y una que otra herida. 

—¿Ya es suficiente? —preguntó Saito con una sonrisa socarrona.

—Aún no me has vencido —respondió Víctor con seriedad. El muchacho no estaba acostumbrado a perder, su talento innato siempre lo hizo destacar y encontrar un contrincante como Saito hería su orgullo más de lo que estaba dispuesto a admitir. Víctor sabía de antemano que Saito era mejor y más experimentado en el arte de la katana, pero jamás espero que la diferencia de habilidades fuera tan abismal. Realmente el lobo de mibu era un prodigio y Himura debía serlo también si sobrevivió a un enfrentamiento con ese hombre. 

Por primera vez, Víctor se sintió insignificante y débil. 

—¡El nuevo no sabe cuándo rendirse! —exclamó uno de los shinsengumi que observaba el duelo amistoso, el hombre no intentó ocultar su sonora carcajada, contagiando al resto. Los curiosos observadores apostaban sobre el tiempo que Víctor resistiría el ataque de Saito antes de caer inconsciente, algunos, los más optimistas, se atrevían a apostar que al menos un golpe el joven hijo de rusos alcanzaría a propinar antes de desfallecer. 

El sonido seco de las espadas chocando precedió a una estocada que el alfa de ojos implacables dió en el brazo izquierdo de Víctor, dejando un corte poco profundo, pero doloroso. El adolescente no parecía amilanarse ante más fuerte, quien decidió terminar con el duelo, más por el bienestar del platinado que por cansancio: en cuanto Víctor estuvo lo suficientemente cerca, utilizó la vaina de su katana para propinarle un fuerte golpe en el abdomen, arrebatándole el aire y dejándolo en el suelo sin posibilidad de levantarse. 

Cuentas alegres sacaron algunos de los shinsengumis apostantes. 

♤♡◇♧

Poco después, el mismo Saito curaba las heridas del cuerpo de Víctor.

—Me gusta tu espíritu combativo —expresó mientras envolvía su brazo con una fina gasa luego de limpiar y desinfectar la herida que su propia katana le había hecho—, pero aún tienes muchas cosas que aprender —los ojos ambarinos recorrieron el el rostro del menor y sus manos grandes rozaban la suave piel desnuda mientras continuaba atendiendo las heridas—. Eres demasiado impulsivo al atacar y eso es una enorme falencia cuando te enfrentas a un buen rival; le dejas adivinar tus próximos movimientos. —Su mirada quedó fija en los ojos azul cielo—. Tampoco debes sobreexigirte como lo has hecho hoy, cuidar de ti mismo y de tu cuerpo es importante para enfrentarte a los enemigos en la mejor condición posible.

—Agradezco las recomendaciones —rezongó Víctor sin lograr ocultar su insatisfacción, se encontraba contrariado con el resultado del duelo. Anteriormente había perdido contra Himura y sabía que el pelirrojo no había utilizado toda su fuerza para derrotarlo, pero ahora se daba cuenta de que en realidad aquella vez se había contenido demasiado, a diferencia de Saito, a quien no le importó destruir su orgullo en frente de sus compañeros. La diferencia entre él y esos hombres era abismal, y eso era algo que no le gustaba en lo absoluto. 

—Me gustan las personas orgullosas —dijo Saito tomando la barbilla de Víctor y acercándose un poco más a él— pero, en lugar de molestarte por perder frente a alguien más experimentado que tú, toma lo que necesitas para mejorar tu técnica. Eres bueno, sólo necesitas un mejor maestro. 

—¿Quieres ser mi maestro? —preguntó Víctor levantando una ceja, sin alejarse de Saito.

—Creo que eres el mejor alumno que podría desear. 

En el ambiente había una tensión extraña y Víctor se daba cuenta, aunque no sabía qué podía significar. Se miraban fijamente cuando el shoji de la habitación en la que se encontraban fue abierto.

—Comandante Hijikata —dijo Saito poniéndose de pie. Víctor lo imitó.

—Así que ese es el chico que has traído —contestó Hijikata mirando detalladamente a Víctor. 

—Es un muchacho muy hábil, me gustaría que lo aceptara como parte de mi tropa.

—Si es lo que quieres —contestó encogiéndose de hombros— bienvenido al Shinsengumi —dijo posteriormente clavando sus ojos oscuros en los de Víctor.

—Muchas gracias, comandante Hijikata —respondió Víctor haciendo una leve inclinación. 

♤♡◇♧

—No estoy de acuerdo con esto —dijo Takeshi mientras Víctor recogía sus cosas. Al ser aceptado como parte del Shinsengumi debía trasladarse al cuartel general—, una cosa es que te acerques a Saito y finjas amistad, otra muy distinta es que te conviertas en un maldito Shinsengumi; si descubren que eres parte del Ishin Shishi no tendrán piedad contigo. 

—No te preocupes, ellos no tienen cómo saberlo —respondió Víctor listo para marcharse. Takeshi lo miraba descontento y Yuko llena de preocupación. 

Víctor miró a Yuuri, quien comenzó a moverse inquieto en los brazos de la omega, se acercó al bebé y lo cargó por unos momentos; los ojos acaramelados del pequeño parecían mirarlo fijamente. 

—Te prometo que pronto nos volveremos a ver, Yuuri —Víctor besó la frente del pequeño y luego lo dejó nuevamente en brazos de Yuko para girarse y caminar hacia la puerta de salida.

Yuuri comenzó a llorar ante la lejanía del alfa, lloraba con fuerza y Víctor sintió que su corazón dudaba; tenía deseos de abrazar al pequeño niño, de cargarlo y consolarlo con bonitas canciones, realmente odiaba escucharlo llorar. Pero ignoró esas sensaciones que comenzaban a embargarlo y continúo sin mirar atrás. 

♤♡◇♧

Minami corría por el patio del dojo mientras era seguido por una pequeña niña, la hija de su maestro, quien llevaba una shinai que apenas podía sostener mientras intentaba alcanzar su objetivo. Minami era ágil y no se dejaba atrapar. Ambos reían mientras jugaban y eran observados por el maestro y por Katsura, quien acababa de llegar a Edo.  

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