El calor de la llama apagada (Dragón de Fuego)


Víctor se encontraba sentado en el suelo de la sala de la casa de los Nishigori. Mientras su cuerpo se apoyaba en la pared, en sus brazos dormía el pequeño bebé que había decidido nombrar Yuuri. Algo bastante irracional lo hacía desear cuidar de él de una manera que ni siquiera su sobrino le había provocado, Víctor adoraba al más pequeño de los Plisetsky, pero el bebé que cargaba ahora en sus brazos había despertado en él un lado protector que no conocía.

Yakov tenía la esperanza de que fuera precisamente ese sentimiento de protección lo que hiciera cambiar de idea a Víctor. El ruso tenía miedo de volver a perder a su amigo, y una guerra civil le restaba las esperanzas de llevarlo con vida a Rusia. 

Yakov se acercó a Víctor y se sentó a su lado. Le dijo:

—Veo que te encariñaste pronto con ese bebé. 

—Sí, tal vez porque perdió a sus padres de manera cruel —respondió el joven alfa sin quitar sus ojos zarcos del rostro pequeño y pacífico del recién nacido—, tenemos cosas en común —prosiguió con una sonrisa triste—, yo también perdí a mi familia por culpa de la estupidez de las personas, aunque este bebé ni siquiera tendrá la posibilidad de sentir el calor de su madre. 

—¿Quieres compensarlo por eso? 

—¿Compensarlo?

—Cuidarlo, protegerlo, darle el cariño que todo niño necesita.

—Me gustaría.

—Víctor, lo mejor que podemos hacer es irnos a Rusia, allá podremos cuidar de ambos Yuris. 

—Yakov, ya te he dicho que…

—¿Acaso no quieres quedarte con este niño y darle lo que necesita para que crezca feliz? 

—Yo… —Víctor pareció titubear, no sabía qué era, pero una parte de él quería escoger a ese bebé, quería seguir a Yakov y dedicarse a cuidar de Yuuri, pero había algo más grande, algo nacido de su voluntad y de su idealismo que le impedía tomar esa decisión—. Lo siento, pero en estos momentos no puedo elegir a Yuuri —dijo poniéndose de pie. En ese momento Yuko entró a la sala para avisar que los hombres del Ishin Shishi se reunirían en la posada y que necesitaban la presencia de Víctor. 

—Víctor, por favor… —dijo Yakov colocando su mano sobre el hombro del muchacho, en un último intento por retenerlo. No obstante Víctor se alejó del mayor y se acercó a la joven de cabello castaño.

—Yuko —le dijo entregándole a Yuuri—, por favor, cuida de este niño como si fueras su madre.

Yuko recibió al pequeño bebé de finas hebras azabache, quien se removió en sus brazos en protesta por ser alejado del calor del cuerpo del alfa, sin embargo, la omega japonesa lo acunó con ternura y liberó sus feromonas logrando tranquilizarlo y haciendo que el pequeño se aferrara a la tela de su yukata. 

Víctor entonces salió de la sala sin mirar atrás, y Yakov, mirando su espalda, se dio cuenta de que aquel muchacho no era Víctor Nikiforov, era alguien que poseía su fragancia y su brillo, el calor de la llama apagada, pero su alma no era un calco de aquella alma que se dejó morir de amor. 

Y recordó un extraño sueño que tuvo mientras navegaba rumbo a Japón, un sueño en el que su mejor amigo se aparecía frente a él, luciendo como en aquella época en la que su encanto seducía y sus sonrisas ocultaban el desprecio que sentía por quienes lo rodeaban. 

—¿Sabías que los budistas no creen en el alma individual? —preguntó aquél Víctor  de sus sueños, haciendo que el Yakov que dormía frunciera el entrecejo. 

Víctor levantó el rostro hacia el cielo y dijo:

— Justo antes de su muerte le preguntaron a Buda “Más allá de la muerte ¿existirás?” y Buda respondió “¡No! No existiré. Desapareceré de la existencia igual que se extingue una llama”. ¿Qué pasa con una llama después de que se extingue, Yakov? — Preguntó, mas no esperó respuesta — Buda decía que el nirvana es precisamente eso, la extinción de la llama. Dijo “Esto es la liberación: extinguirse completamente. Existir es estar en alguna forma, en algún lugar, ser un esclavo”. 

—No entiendo lo que quieres decir. 

—¿Qué quieres encontrar en Japón, Yakov? Yo fui una llama que ya se extinguió. 

—Cuando una llama se extingue queda su calor. Cuando una persona se va queda su fragancia, y después, cuando hueles esa fragancia nuevamente, sientes la presencia de esa persona aunque ella ya no esté ahí. 

—¿Eso es lo que encontrarás en Japón? ¿Mi fragancia? 

—Tal vez —se respondió Yakov en un susurró, comprendiendo cruelmente que nunca volvería a encontrar al amigo que perdió, pero que amaba a ese nuevo Víctor de la misma manera. 

♤♡◇♧

Los alfas y betas del Ishin Shishi que estaban bajo las órdenes de Katsura, uno de los tres líderes de los autodenominados realistas, se encontraban sentados en uno de los salones más amplios de la posada. Los ánimos estaban caldeados por la información que su líder había compartido, y es que lo que pretendían los más radicales del Ishin Shishi era inimaginable para algunos de ellos. 

—Incendiar Kioto es una idea terrible —dijo un beta alzando su voz. 

—Pero es la forma más rápida que tenemos para asesinar a todas las figuras claves del shogunato. Estarán tan preocupados por controlar las llamas que no se darán cuenta hasta que sea demasiado tarde —argumento otro. 

Los murmullos y las voces de todos ellos hacían difícil seguir la conversación. La mayoría encontraba abominable la idea de incendiar la capital de Japón, otros decían que era necesario destruir para comenzar una nueva era, el precio por la revolución. 

Víctor sentía su corazón latir con vehemencia mientras escuchaba las opiniones y argumentos, a favor y en contra, que se daban mediante palabras apasionadas. Sin embargo, de pronto sólo hubo silencio. 

El pelirrojo contra el que anteriormente había luchado Víctor se puso de pie. Había aguardado en silencio junto a Katsura, pero tan solo el hecho de tomar su espada y levantarse causó que todos lo miraran sin atreverse a decir nada más. Víctor tragó en seco al ver aquella reacción, el pelirrojo era un hombre delgado y de baja estatura, pero ya todos sabían que sus ojos no mentían al delatar que era un experto asesino. 

—Me uní al Ishin Shishi para construir un mundo donde las personas puedan ser felices —dijo con voz clara—, si el precio para conseguirlo es mi alma la daré, si debo matar en nombre de la justicia del cielo, yo mataré. Pero no permitiré que se masacre indiscriminadamente, incendiar Kioto es condenar a muerte a personas inocentes, a niños, a ancianos. Ese no es un precio que esté dispuesto a pagar.  —El pelirrojo se abrió paso entre sus compañeros y salió del salón dejando un pesado silencio tras él. 

Víctor sonrió, ese Alfa sin lugar a dudas era una persona digna de su respeto y admiración. 

—Dentro de una semana —dijo Katsura ganándose la atención de todos los presentes—, me reuniré con los otros líderes del Ishin Shishi y defenderé mi posición; ni el asesinato de los más importantes del shogunato, ni el rescate del emperador se pueden conseguir a través de la destrucción de Kioto y la muerte de sus ciudadanos. —Los ojos castaños de Katsura refulgieron briosos, haciendo que el resto de los presentes vibraran emocionados ante su líder.

El corazón de Víctor también vibró. Ese era su lugar, esa su revolución.

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