Capítulo 19: En llamas


Sus manos temblaban mientras sujetaba el celular entre ellas. Dentro del taxi, veía las calles desvanecerse de su vista conforme el vehículo avanzaba. Yuuri deseaba gritarle al chófer que fuera más rápido, pero se creía incapaz de alzar la voz sin que esta se escuchara rota, resquebrajada. En realidad, no sabía cómo demonios podía estar respirando con normalidad en ese momento; cómo era capaz de mantenerse en el asiento, con un ligero temblor que sería imperceptible para cualquiera. Le sorprendía cómo es que aún no se desmoronaba, como es que no rompía en llanto o desesperación, a pesar de que sus pensamientos sí eran un lugar de desastre donde no quedaba nada claro, ni siquiera el temor.

El celular estaba apagado, lo hizo tras recibir las indicaciones del hombre que había secuestrado a Phichit. Parte de las condiciones era que fuera a solas a su departamento, sin decirle ni una palabra a Nikiforov. Lo apagó porque se imaginaba que Víctor seguiría insistiendo y Yuuri no tenía cabeza para fingir que estaba bien ni mucho menos recordar cuál era la razón por la que estaba furioso con él momentos antes.

Claro que era consciente de que todo eso podía ser una trampa, ¿pero qué podía hacer? ¿Dejar solo a Phichit? ¿Arriesgarse a comunicarse con Víctor y que Phichit muriera por su causa? Por lo menos, si iba bajo las condiciones dictadas, podría pedir que a Phichit lo dejaran en paz y lo tomaran a él en su lugar. 

Poco menos de media hora le tomó al vehículo entrar a su calle y detenerse frente al edificio donde vivía. Apenas recordó pagar al conductor antes de comenzar a correr hacia la entrada. Su departamento estaba en el piso tres de los cinco que conformaban el edificio; subió las escaleras con grandes brincos y más de alguna ocasión trastabilló con sus propios pies, pero no cayó. No lo hizo. 

Cuando estuvo finalmente frente a su puerta, se quedó en blanco durante algunos segundos: el hombre solo le había dicho que fuera ahí, pero nunca le comentó que encontraría a Phichit dentro. Yuuri lo supuso solo por relación, por obviedad, pero entonces varias preguntas saltaron en su mente como chispas de un artefacto que explotó: se supone que Phichit estaba en el bar, eso era seguro porque estuvo conversando con él durante casi una hora mientras esperaba a Víctor. No duró mucho tiempo dentro de Ladity Man, si acaso media hora contando el tiempo que vago por las calles sin rumbo. ¿En qué momento lo habían secuestrado? ¿Lo hicieron en el bar? ¿En las cercanías? ¿Cómo lo hicieron sin que nadie de la gente de Nikiforov lo notara? ¿No se supone que siempre había personas vigilando? ¿Cuidándolos?

¿Acaso…?


Había comenzado a rondar un rumor en Ladity Man desde hacía varios meses atrás: un hombre adinerado, pero no reconocido en el medio, daba propinas bastantes sustanciosas a las chicas a quienes solicitaba servicios privados. En un principio, fueron gestos sorprendentes y no tan habituales, por lo que de pronto, varias mujeres se habían interesado en servirle. Se volvió un cliente bastante cotizado. Pronto se hizo reconocible, no solo para quienes contrataba, sino para todos los trabajadores del lugar: sus generosas propinas ya no eran solo para las chicas, ahora se distribuían para todo trabajador con el que tuviera contacto: guardias, meseros, personas de mantenimiento y aseo, entre otros. Pronto se volvió bastante familiar para todos: lo recibían con una gran sonrisa, lo trataba casi como al mismo Nikiforov. La única con la que se había negado a tener contacto era con Lilia. 

A diferencia del resto de sus trabajadores, la mujer no se había dejado impresionar con sus ostentosos gastos; en realidad, estos mismos la habían puesto a sobreaviso. Lo vigilaba con atención, intentaba acercarse, pero el hombre —cuyo nombre hasta entonces seguía siendo un misterio— siempre lograba escabullirse. Había advertido a Víctor y a su gente sobre él; el primero lo desestimó, los segundos estaban demasiado encandilados como para escuchar razones.

Y entonces, justamente esa noche, todo estalló. Desde hacía una semana, el hombre ya no era inspeccionado con la rigurosidad con la que sí hacían con otros. No importaba el grado social o el poderío que tuvieran, todo cliente que entrara a Ladity Man debía ser revisado a profundidad y debía dejar todas sus pertenencias justo en el vestíbulo, en una pequeña compuerta secreta al costado contrario de la mesa y el florero. Así se evitaba la intromisión secreta de policías, enemigos o ladrones que estuvieran interesados en causar disturbios. Hasta entonces, el método siempre había funcionado, pero nunca un cliente se había ganado la simpatía y la confianza de todos como este desconocido lo había hecho.

Así, pasó rápidamente tras algunos sencillos palpos en su cuerpo que no fueron capaces de descubrir la soga, la cinta y el arma que guardaba entre sus ropas. Así, logró llamar a una de las chicas más menudas a su servicio, misma que le fue muy sencillo amordazar y hacerla hablar como un pajarillo: preguntó sobre Nikiforov, sobre Lilia, sobre clientes importantes de estos, sobre cómo era el funcionamiento del lugar y si acaso había otras salidas —por supuesto que las había—. 

“Las putas son las mejores informantes”, comentó con una sonrisa antes de golpear a la chica hasta que esta quedara inconsciente. Sin embargo, después de eso, las cosas dejaron de resultar según sus planes. Una vez con la información, solo restaba escapar por la puerta de atrás antes de que fuera descubierto, pero tuvo la mala suerte de encontrarse con uno de los guardias que identificó la sangre en sus manos. 

Todo esto se desarrolló en el segundo piso del edificio, fuera de las miradas chismosas de clientes que pudieran escandalizarse con la pelea que comenzó arriba de sus cabezas. La música mitigó los disparos y, tras conocerse lo sucedido por los trabajadores, se hizo que todas las chicas y chicos salieran a servir a los clientes para distraerlos, mientras Lilia llamaba a Víctor para que se hiciera cargo del hombre, mismo que quedó atado en una de las habitaciones, con una bala enterrada en su brazo derecho y otro en el pie del mismo lado. 

La llegada de Nikiforov fue sutil. No había sido advertido con el desastre que se encontraría. Y costó, vaya que le costó hacer hablar al desconocido, pero finalmente pudo saber que se trataba de un enviado de su padre. ¿Por qué no le sorprendía?

Un tiro de gracia, lavar después un poco sus manos, limpiar por último la sangre de sus zapatos, y se sintió listo para salir y comenzar su cita con Yuuri. Pero Lilia tenía mucho que hablar: estaba furiosa de que a Víctor no le preocupara siquiera el hecho de que un hombre de su padre había logrado infiltrar en su negocio. Quería una solución en ese momento, quería sentirse protegida de nuevo.

Chris apareció en el campo de visión de Víctor mientras se dirigía al piso de abajo.

—¿Y Yuuri?

—¡Y todo por causa de ese chico! ¡Víctor, reacciona! ¡No puedes seguir haciéndote el idiota! ¡No quiero a nadie más causando destrozos aquí! —la voz furiosa de Lilia seguía a Víctor aún más de cerca, incluso cuando la música del primer piso ya llegaba a ellos con fuerza. 

—Lidia tiene razón, Víctor… —La sonrisa socarrona de Víctor se menguó cuando Chris lo miró también molesto: estaba claro que no tenía ganas de bromear—. No lo dejé solo, no te preocupes. Está en la barra con Lino. 

Víctor lució incómodo con la respuesta. Apresuró su paso, pero apenas salieron al gran salón, justo detrás del escenario, Lidia lo tuvo.
—¡No te vas de aquí sin darme una solución, Nikiforov! 

Oh…Que Lidia lo llamara por su apellido eran palabras mayores. Víctor se detuvo y le prometió que comenzaría a rotar a sus hombres entre quienes estaban ahí, en el On Ice Bar y en The King. Así nadie podría “encariñarse” con algún cliente de nuevo, no los conocerían y podrían mantener la rigurosidad de su vigilancia. 

Claro que mientras conversaban, fue imposible que no escuchara la presentación del bailarín que subiría a escena. Claro que pensó que Yuuri estaba ahí, que podría verlo, lo qué podría pensar… Maldijo en silencio que Chris lo hubiera llevado adentro, hubiera bastado con que lo dejara en el vestíbulo, ordenándole al guardia de la puerta que lo cuidara. 

Aprovechó que se acercó un hombre a ellos para poder dirigir su vista y tratar de localizar a Yuuri… pero esta se desvió hacia el escenario. Identificó a Alexis en él. Y sonrió al verlo… Lo hizo, pero su gesto fue en total desagrado. 

Lilia no sonaba convencida por la propuesta, pero Víctor logró zafarse finalmente de ella. Caminó hasta la barra, donde se supone que Chris había dejado a Yuuri…  pero no había nadie más que Lino recogiendo los cristales de un vaso roto.


Yuuri yacía en las escaleras, en un pequeño descanso que se encontraba entre el segundo y tercer piso. Lo último que había escuchado antes de desvanecerse fue un estruendo abrupto y las paredes de su departamento crujir hacia él. Lo último que sintió fue su cuerpo ser lanzado hacia las escaleras y rodar por estas hasta el descanso. Y lo que su cuerpo resentía en ese momento era un inmenso calor que se propagaba desde unas grandes llamas que ondean en el piso superior. Su departamento había explotado. Por supuesto, no había sido ningún accidente.

El departamento de Yuuri era el primero de ese piso. Las llamas cubrían la zona de la escalera, por lo que los habitantes del tercer al quinto piso no podían bajar por la zona, así que buscaron descender por las escaleras de incendios al exterior del edificio. Los del segundo ni siquiera miraron arriba, el estruendo había sido demasiado fuerte para siquiera dudar en salir de ahí. Nadie pasó por el lugar en el que Yuuri se encontraba aún inconsciente.

Las personas que lograron salir primero, así como vecinos que habían salido a la calle tras la explosión, no tardaron en llamar a los bomberos. En tan solo unos minutos, el camión rojo se había estacionado justo enfrente y, con ayuda de la policía que los había seguido de cerca, comenzaron a acordonar la zona.


Víctor había tenido dos posibilidades a elegir: Yuuri había ido al bar o había ido a su departamento. Claro que entendía perfectamente la molestia de este y, gracias a las palabras de Lino, sabía que Yuuri efectivamente había visto a Alexis. Entendía su enojo, podría llegar a comprender por qué no quería hablar en ese momento, pero estaba preocupado por él: Yuuri vagando solo por la calle era peligroso, en especial por lo que justo acababa de suceder en Ladity Man. Solo deseaba que le permitiera llevarlo a casa. Si no quería hablar en ese momento, no lo obligaría. Solo quería ponerlo a salvo. No obstante, el chico fue bastante terco ante su decisión de no verlo siquiera y apagó su celular, impidiéndole cualquier posibilidad de poder encontrarlo. Pero claro que Víctor no pensaba dejar la situación así. 

Por eso, tuvo que decidir entre esas dos posibilidades…  y escogió el departamento. Aunque su amigo Chulanont se encontraba en el bar y se imaginaba que tal vez con él sí querría conversar de lo ocurrido, alguna corazonada le hizo tomar la otra opción… y no se sintió arrepentido de la misma. Hizo que Chris condujera al sitio, pero a una velocidad moderada, tal vez con la esperanza de que pudiera ver a Yuuri en el camino.

Conforme iba acercándose a la calle de su destino, comenzó a notar cierto movimiento extraño que lo puso en alerta: un tráfico denso en una zona donde no era para nada común, más personas caminando por la calle de lo que era habitual, sirenas de policías y bomberos que acrecentaban su sonido conforme se acercaba… Y, en algún punto, una patrulla se encontraba atravesada a media calle, a la vez que un oficial, poco antes, se encargaba de desviar el tráfico hacia la derecha para que ningún vehículo pudiera pasar. Desde ese punto, ya podían visualizarse las llamas escapando desde un edificio cercano. La corazonada acrecentó en el pecho de Víctor, a pesar de que internamente deseaba convencerse que podía ser otro edificio el que escupía ese fuego y esa densa nube oscura y que no era el 415. Que Yuuri vivía rodeado de complejos muy parecidos al suyo, por lo que podía ser cualquiera…  menos ese, menos el 415. 

Víctor bajó sin siquiera anunciar a Chris que lo haría y logró escabullirse entre el primer filtro de policías hasta llegar a una aglomeración pequeña de gente —vecinos del lugar— que apreciaban las llamas viborear desde el tercer piso entre una extraña mezcla de fascinación, preocupación y miedo. Yuuri vivía en el tercer piso y, con cierto horror, Víctor había confirmado ya que el edificio que se incendiaba era efectivamente el 415. 

Víctor intentaba mirar a todos lados y observaba con detalle a las personas que tenía a su alrededor. Incluso se atrevió a acercarse a algunos preguntando si habían visto a un chico con rasgos japoneses, anteojos azules y cabello negro. También describió su atuendo, pero con todos recibía una respuesta negativa.

—Es mi vecino —respondió una mujer de cuarenta años—. Pero él generalmente no está de noche aquí, aunque parece que la explosión vino de su departamento. Espero que de verdad no estuviera ahí. 

Víctor intentaba procesar todo a la misma velocidad con la que veía avanzar el tiempo a su alrededor: como algunos bomberos comenzaban desenroscar la manguera de su camión y otros se colocaban sus trajes protectores y realizaban un plan en círculo para el momento en que entrasen a buscar personas atrapadas. La policía hacía que los curiosos se separaran cada vez más del edificio e incluso algunos les pedían a las personas que mejor se fueran del lugar. Era un momento caótico, un momento en que Víctor no sabía cómo actuar: ni siquiera entendía por qué estaba asustado si no sabía si Yuuri realmente había estado ahí o no… Hasta que recibió un mensaje de un número anónimo: “Katsuki a las brasas”.

Supo entonces que Yuuri sí estaba dentro cuando el incendio comenzó.


Las llamas se estaban extendiendo hacia los departamentos del tercer piso y las escaleras. Descendían poco a poco, como gusanos rastreros que acrecentaban su tamaño conforme consumían más pared y piso.

Yuuri comenzaba a reaccionar, a la vez que un zumbido atacaba sus oídos y una mirada borrosa no le permitía comprender la situación. Tampoco podía moverse, era incapaz de saber cuáles de sus huesos rotos se lo impedían en ese momento. Aunque el humo era denso, el hecho de que él estuviera en el suelo, un pedazo de escalera abajo de donde las llamas habían surgido, le daba algo de tiempo para que aún no se asfixiara con él. Pero eso no dudaría mucho, no si Yuuri no comenzaba a moverse de una vez. 

No sabía aún de donde provenía el mayor dolor en su cuerpo…  si era su rostro, sus piernas o el hombro derecho, pero sí supo intuir correctamente de que no sería capaz de levantarse. Por eso, trató de arrastrarse escaleras abajo y pedir ayuda, aunque tampoco fue capaz de gritar con fuerza: tuvo que cubrir su boca y nariz, ya que el humo había comenzado a picar sus ojos. 

Era obvio que la adrenalina que corría por sus venas en ese momento era lo que le permitía avanzar pese a todo. Sabía que debía huir si es que no quería morir quemado o asfixiado por el humo, pero descender cada peldaño era una verdadera tortura: solo le provocaba mayor dolor… agonía. De pronto, dejó escapar un fuerte grito cuando sintió como una de sus muñecas se doblaba y crujía. El esfuerzo había provocado que un hueso ya astillado terminara por romperse. 

—¡Yuuri! ¡Yuuri! ¡Háblame!

Se detuvo unos segundos jadeante y miró hacia abajo. Había escuchado su nombre, pero no estaba seguro si había sido real. Sus oídos aún zumbaban, el dolor y el sabor a sangre en su boca le hacían sentirse más confundido, perdido… Sentía que en cualquier momento volvería a desmayarse. Creyó que había escuchado a Víctor, pero no podía ser. Era imposible. 

—¡Yuuri! ¡Háblame! ¡Por favor, Yuuri! 

Ahí estaba de nuevo… Ahora se había escuchado más cerca, más real…  

—¡Víctor! —Solo alzó la voz una vez en un grito desesperado que retumbó entre los peldaños de la escalera. Fue lo único de lo que resultó capaz antes de sentirse sobrepasado por el dolor y la asfixia, pero también fue suficiente para que Víctor tomara el valor y subiera los peldaños restantes para encontrarlo.

Detrás de él corría un bombero que, al ver cómo Victor se había lanzado hacia el edificio para entrar, supo que debía seguirlo. Víctor no tuvo tiempo para aliviarse por encontrar a Yuuri vivo ni para escandalizarse por su estado, sencillamente lo abrazó con fuerza unos segundos para comprobar a tacto que sí, realmente era él: era su Yuuri y respiraba aún. Después lo alzó en brazos y se giró para comenzar a bajar de vuelta. El humo había descendido ya hasta donde se encontraban y las llamas los rondaban demasiado cerca. El calor era asfixiante, Víctor casi podía sentirlo friendo su piel.
—¡Demonios! ¡Salgan de aquí!

El bombero se hizo a un lado para que Víctor pudiera seguir bajando, sin embargo, un escombro en llamas descendió con rapidez hasta ellos y ninguno lo vio llegar. Golpeó a Víctor en un hombro. No había sido grande y no hubiera sido tampoco un problema de no ser por el fuego que comenzó a arder en su traje…  y en su cabello. Víctor estuvo a punto de dejar caer a Yuuri, presa un poco del pánico al sentir las llamas de verdad sobre él, deseosas de expandirse y consumirlo; sin embargo, hizo a bien en mantenerlo unos segundos aún entre sus brazos, los suficientes para el bombero tuviera tiempo de actuar y lanzara sobre Víctor la espuma que llevaba consigo para apaciguar las llamas. Una vez fuera de peligro, el bombero, furioso, le ordenó bajar. 

Solo tres escalones los separan del segundo piso y, de ahí, catorce más para llegar al lobby y finalmente salir.


Víctor escuchaba de fondo la voz del bombero que lo reprendía por la reverenda estupidez de haberse lanzado así al edificio, le externaba las consecuencias que pudo haber experimentado de no haber tenido suerte y le hacía notar cómo ahora en el hombro derecho de su traje se encontraba un agujero desigual, cuyas líneas negruzcas enmarcaban la parte donde debía haber una camisa blanca, pero, en cambio, mostraban solo un poco de piel quemada. También le hacía notar su cabello, la misma parte derecha, donde varios mechones que eran ahora casi la mitad del largo del resto de su cabello se encontraban enroscados, algo negros y expidiendo un olor demasiado desagradable a quemado. Pero Víctor no lo escuchaba…  no le prestaba atención, solo podía ver cómo Yuuri era atendido por los paramédicos, cómo lo habían puesto sobre una camilla y, mientras le colocaban una mascarilla con oxígeno, lo llevaban con prisa hacia una ambulancia. 

—¡Que tomes el oxígeno, carajo! —la voz de Christopher lo hizo reaccionar. Le había arrebatado a la paramédico que estaba a lado de Víctor la mascarilla que intentaba ofrecerle al hombre, pero que también este ignoraba olímpicamente. Víctor por fin la tomó y se la colocó, y la paramédico pudo acercarse para revisar sus quemaduras y su estado en general.

—¿Estás bien?

Víctor no estaba seguro… Aún se preguntaba por qué, por qué carajos se había lanzado a un edificio en llamas para salvar a Yuuri.


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