Penitencia (Flor de Agua)


El sábado por la tarde Yakov ya se encontraba en Serguiév. Era un lugar pequeño y los visitantes que llegaban eran muy pocos, por lo que no le costó trabajo encontrar la posada en la que Víctor había alquilado una habitación.

La posadera, no obstante, le dijo que Víctor llegaba muy tarde en la noche y salía temprano cada mañana, por lo que pocas veces podía hablar con él. Yakov supuso que su amigo iba al monasterio cada día, por lo que después de alquilar una habitación y dejar el bolso con ropa que llevaba se dirigió hasta las puertas de la Trinidad y San Sergio. 

El día estaba frío, la noche anterior había nevado y pese a que Yakov se encontraba abrigado podía sentir el frío colándose por entre sus ropas. Yakov caminó sobre la nieve y entre los árboles que separaban el pequeño pueblo del monasterio con premura.

La esperanza de que Víctor se encontrara a buen resguardo dentro del monasterio desapareció abruptamente cuando lo vio de pie en medio de la nieve, a unos diez metros de la puerta de entrada. 

Le parecía una imagen tan irreal. Ya nada quedaba del Víctor arrogante y cínico que había sido en el pasado. Lo que sus ojos veían era a un alfa acabado. Su cabello plateado ya no brillaba, se había tornado de un gris opaco. Estaba demasiado delgado y su mirada lucía cansada. Las ojeras oscuras resaltaban más que sus preciosos zafiros apagados. 

Yakov se acercó a él.

—Víctor. 

Víctor desvió su mirada, que estaba fija en la puerta cruel que se interponía entre él y sus deseos, y miró a su amigo, recién percatandose de su presencia. 

—Yakov… creí que no nos veríamos hasta Kioto —dijo como si su mirada se dirigiera a tiempos y tierras lejanas. 

—¿De qué estás hablando? —preguntó el otro confundido. Viendo el color rojizo de la piel de Víctor, y sospechando que estaba delirando, se quitó los guantes negros que tenía puestos y puso sus manos sobre el rostro del alfa—. Por dios, estás ardiendo Víctor. 

Víctor pareció no escucharlo, y volvió su vista nuevamente a esa gran puerta de madera. 

—Víctor, debemos marcharnos. Necesitas descansar —dijo Yakov con urgencia.

—No puedo irme todavía. Yuuri aún puede cambiar de opinión. Debo esperar hasta que se duerma —respondió hablando lentamente, en voz baja. 

—No digas estupideces, tienes fiebre y lo más probable es que vuelva a nevar. Víctor vamos. 

—No. 

—Víctor por favor, ¿acaso quieres morir?

Una sonrisa triste se formó en los labios del alfa.

—Mi hijo murió —pronunció mientras sus ojos volvían a llorar—, lo bueno es que la muerte no es el fin. Sólo otro comienzo. Tal vez, yo necesite empezar de nuevo, Yakov. 

Yakov sintió infinita tristeza ante las palabras de su amigo. Le dio un abrazo fuerte y lo sintió llorar en su hombro hasta que la fiebre pudo más y se desvaneció. 

♤♡◇♧

Cuando Víctor abrió los ojos se encontraba recostado en la cama de la habitación que había alquilado en la posada. Yakov dormitaba en una incómoda posición, sentado a su lado en una vieja silla de madera.  

La fiebre había bajado, pero su cuerpo dolía y su consciencia era débil. Ya era de noche y el ruido del viento azotaba la pequeña ventana del cuarto. 

Nevaba con fuerza. Comenzó a nevar en cuanto Yakov llegó a la posada cargando a su amigo. Lo que le había impedido al beta ir por un médico y había tenido que ser él, con ayuda de la posadera, quien le bajara la fiebre a punta compresas frías e infusiones que el alfa bebió sin darse cuenta en medio de sus delirios. 

Víctor cerró los ojos nuevamente perdiéndose en la inconsciencia de extraños sueños en los que se veía a sí mismo bañándose en un río de aguas cristalinas. O corriendo por campos desiertos con un bebé rubio entre sus brazos. 

La mañana llegó y con ella la fiebre de Víctor volvió. 

—Yuuri —pronunciaba en medio de su delirio—, el zhar-ptitsa que me maldijo. 

En cuanto la nevazón se hizo más leve, Yakov decidió salir en búsqueda del médico. Lamentablemente tuvo que esperar porque estaba atendiendo a otras personas, sin embargo, cuarenta minutos después de haber ido a buscarlo entró con él a la posada. Fueron rápidamente al cuarto donde descansaba Víctor, pero él ya no se encontraba allí. 

♤♡◇♧

Cuando Yakov llegó frente a las puertas del monasterio, casi sin aliento por la prisa con la que se dirigió al lugar, encontró a Víctor tendido sobre la nieve. Se acercó a él preocupado, se agachó, lo giró dejando su cuerpo boca arriba. Su piel pálida estaba fría y tenía restos de nieve sobre sus cejas y sus labios, los que se encontraban amoratados. 

—Víctor —dijo Yakov sacudiendo su cuerpo—, Víctor reacciona —pero no reaccionaba—. ¡Víctor! 

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