Corazones rotos (Flor de Agua)


El tiempo se detuvo para Víctor. Las palabras que acababa de leer se clavaban como agujas en su corazón y él no era capaz de reaccionar. Sintió que su cuarto daba vueltas y se tuvo que afirmar de su escritorio para no caer. 

Poco a poco sus ojos se fueron llenando de lágrimas, estás comenzaron a caer sin permiso aunque el rostro de Víctor no tenía ninguna expresión. 

No supo cuánto tiempo pasó en ese estado, pero de pronto, todos los dulces recuerdos que formó con Yuuri llegaron de golpe a su memoria. Su sonrisa tierna, sus ojos otoñales de mirada inocente, su rostro arrebolado, los suaves gemidos que emitía cuando lo hacía suyo, la belleza de su voz al pronunciar su nombre. Su cuerpo haciendo música. Su calidez, su amor. ¿Todo eso había perdido? No. De todo lo que tenía él era lo único que realmente le importaba. ¿Era tarde? No. Tenía que encontrar a Yuuri y a su hijo. 

Pero Yuuri no quería verlo. 

Las piernas de Víctor flaquearon, cayó de rodillas al suelo mientras sus sollozos comenzaron a ser audibles, cubrió su rostro y se dejó caer al descubrir por primera vez sus sentimientos. Él amaba a Yuuri.

Lo amaba, lo amaba.

—¡Yuuri! ¡Yuuri! —La voz de Víctor sonaba rota—. Mi pajarito brillante, mi lirio de fuego…

Lloró, lloró como nunca hasta dormirse de cansancio. 

♤♡◇♧

Por más que suplicó, la familia de Yuuri se negó a decirle el paradero del omega, y su padre lo fue a dejar al internado, pidiendo que le impidieran salir a menos de que él fuera a buscarlo. Encerrado, Víctor pasó el resto del semestre en su habitación, no le importaba perder el semestre, sólo quería que lo dejaran salir para ir a buscar a Yuuri. Pero cada vez que lo intentó se lo impidieron, y mientras los días avanzaban la tristeza del alfa aumentaba. A veces lloraba en los brazos de Yakov, a veces lloraba tocando el piano. El resto del tiempo se la pasaba leyendo y releyendo aquella carta. Una carta infinitamente triste, pero también repleta de una ironía que le traspasaba el alma. Yuuri, su Yuuri tal vez lo odiaba. 

El semestre terminó. El instituto quedó desierto, muy pocos alumnos pasaban sus vacaciones allí, Víctor fue uno de ellos. Desde que Yuuri se marchó él no asistió más a clases, por lo que perdió el año. Habían llamado a sus padres para encontrar alguna solución, pero Alexander, frío y aún enojado con su hijo, dijo que Víctor debía aprender a asumir las consecuencias de sus errores, por lo que dejó que repitiera el año y no le permitió volver a casa para las vacaciones. 

Encerrado y completamente solo, Víctor se sumió aún más en su tristeza. El nuevo año escolar comenzó y sin siquiera Yakov a su lado el encierro en su cuarto comenzó a consumirlo sin que a nadie pareciera importarle.

Fue la maestra Babicheva quien lo sacó del encierro, obligándolo a ir a sus clases de música. El piano fue un pequeño escape para la soledad y la tristeza de Víctor, aunque cada vez que lo tocaba su corazón latía recordando a Yuuri, también tocando, o bailando para él mientras tocaba. Aquella melodía de Bach salía como lágrimas, llenando el salón de una infinita tristeza. 

—Nunca esa melodía había sonado tan triste. 

—Es la que Yuuri bailó para mí —contestó casi en un susurró. 

—Ahora empezarán las clases con los niños del primer nivel. Quédate y ayúdame con ellos. 

—No creo servir de ayuda en estos momentos, profesora.

—Por supuesto que sí. Eres mi mejor alumno —la pelirroja le sonrió y le acarició suavemente el rostro y el cabello, lo miraba con cariño y preocupación, como una verdadera madre. Víctor se lo agradeció infinitamente, porque esa mujer había querido comprenderlo y consolarlo más que la misma Anastasia. La madre que ni siquiera se había presentado a verlo durante esos meses. Su única visita era Yakov, quien una vez graduado no pudo seguir viviendo ahí, pero que era bien recibido por haber sido siempre un excelente alumno. 

Y mientras Víctor intentaba ayudar a su maestra de música su cabeza se perdía en sus pensamientos. ¿Hace cuánto tiempo que no ve a Yuuri? Ha perdido un poco la noción del tiempo, pero saca cuentas y son ya siete meses. Debe verse precioso con su pancita de embarazo. Y él se siente una basura por no estar a su lado. Se siente un inútil por no poder huir e impotente por no tener idea de dónde puede estar. 

Las lágrimas comienzan a embargar sus ojos y tiene que salir. Correr a su habitación, encerrarse y llorar por haber perdido lo que tanto amó. Lo que aún ama, lo que no quiere dejar de amar.

—Yuuri, mi pajarito brillante, mi lirio de fuego… algún día te encontraré. 

♤♡◇♧

A la orilla del río Neva se situaba el convento Smolny. Yuuri pidió asilo a la abadesa, una mujer ya mayor y de bondadoso corazón. Fue acogido con mucho amor y se respetó su decisión de no volver a tener contacto con las personas del mundo externo. Yuuri le contó a la abadesa que se encontraba embarazado, sin embargo, no fue un inconveniente ya que en el convento se recibían niños huérfanos que criaban y educaban con mucho amor. El bebé de Yuuri crecería en compañía de más niños, con su madre y con personas bondadosas que poco a poco fueron conociendo a Yuuri, encariñandose con él y el bebé que pronto vendría. 

Yuuri fue puesto al cuidado de Mila Babicheva, una de las religiosas más jóvenes, de cálida sonrisa y preciosos ojos azules. Tan distintos a los de Víctor, pensó Yuuri al verlos. Mila inmediatamente quiso al omega japonés, ella era una beta muy alegre que le ayudó a mantenerse sereno, a no perderse en el dolor que sentía cada vez que pensaba en Víctor. A centrarse en su bebé y en ayudar con los quehaceres del convento, en el cual había monjas y monjes: mujeres betas y omegas de ambos sexos, aunque los varones eran escasos. 

Pese a sus esfuerzos, Yuuri lloró en brazos de Mila cuando sintió que necesitaba a Víctor a su lado. Yuuri pasó noches en vela extrañando los brazos de Víctor. Yuuri soñó con las veces en que sus cuerpos se unieron. 

Pero Yuuri ya había decidido no verlo nunca más. 

—Víctor, mi hermoso príncipe de nieve, mi flor de agua… nunca volveré a ser para ti. —Y las lágrimas se derramaban por esos hermosos ojos castaños que contenían el otoño en ellos. 

Los días pasaban calmos y tranquilos en ese convento. Hasta que el parto de Yuuri se adelantó en al menos tres semanas. 

♤♡◇♧

—Maestra Babicheva —pronunció sorprendido el alfa de ojos zarcos al ver a su profesora a las once de la noche en la puerta de su habitación. 

—Acompáñame, tienes visitas. 

—¿A esta hora? Yakov no vendría tan tarde y la verdad no estoy interesado en ver a nadie más. 

—Es de parte de Yuuri. 

—Yuuri —los ojos del ruso brillaron por primera vez en meses, esperanzado. 

Salió rápido tras su profesora, quien lo llevó hasta la sala en donde solían reunirse los profesores, pero que a esa hora estaría desierta. Cuando llegaron, Víctor vio a una joven religiosa de ojos azules y piel blanca. 

—Ella es mi hija, Mila —dijo la maestra—, según me contó hace unos momentos, Yuuri, se encuentra viviendo en el mismo convento de ella. 

—¿Yuuri, él quiere verme? —preguntó Víctor fijando sus ojos en los azules de Mila.

La muchacha miró a su madre angustiada, Víctor no había reparado en el pequeño bulto que la Babicheva más joven llevaba entre sus brazos. 

—No —respondió Mila—, Yuuri me ha dicho que te diga que no quiere verte más, que ahora ya no tienen nada que los una. 

—Pero él… 

—Víctor —pronunció Mila acercándose a él mientras sus ojos comenzaban a derramar cristalinas lágrimas—, Yuuri ha dicho que tú, como su padre, debes encargarte del resto. Me pidió que te lo entregara. 

Mila descubrió el bulto que traía en sus manos y Víctor pudo verlo, un bebé pálido como la luna, de pelusa plateada en sus cabecita y ojos cerrados. Mila extendió sus brazos y Víctor lo tomó. 

Y en ese momento su corazón se rompió. 

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