Regalando arte (Flor de Agua)


—Creo que he perdido —dijo Víctor retirándose la careta de esgrima y dejando que su largo cabello plateado cayera en cascada sobre el traje blanco que portaba para la ejecución de tal deporte—, que tristeza —agregó para luego bostezar sin vergüenza alguna. 

—Víctor Nikiforov, es usted un… —El maestro de esgrima apretaba su florete con fuerza mientras miraba con furia a su alumno mientras él se desperezaba, como si hubiese despertado recién. 

—¿Un qué? —preguntó Víctor posando sus afilados ojos azules sobre los ojos grises de su maestro. 

—Un inútil para este deporte —respondió el maestro algo intimidado. Después de todo estaba frente a un Nikiforov, y aunque esa familia jamás había intervenido en los asuntos escolares, ningún profesor se atrevería a desafiar a Víctor Nikiforov más allá de algunos simples llamados de atención. 

—Siempre lo he sabido —respondió Víctor con desinterés. 

—Aún así, he decidido aprobarlo. Después de todo se ha esforzado mucho —dijo el maestro sin mirarlo a la cara.

—Oh, claro… me he esforzado tanto —respondió Víctor en tono burlón—, si me disculpan ahora debo retirarme. 

Tras esbozar una sonrisa salió del lugar, dejando a un indignado profesor tragándose el orgullo y a unos compañeros que cuchicheaban, algunos riéndose y otros suspirando por esa actitud del alfa. 

—Idiota —mascullaba Víctor por los pasillos del instituto—, si me hubieras reprobado te tendría más respeto.

—¿A quién se dirigen tus alegatos ahora, Nikiforov? —la voz de una mujer algo mayor lo sacó de su ensimismamiento.

—Maestra Babicheva —dijo el Alfa sonriendo, miró a la mujer de cabellos color fuego y ojos azules—. Me alegra verla, pensé que ya se había hartado de dar clases a tantos muchachos estupidos. 

—Tú nunca cambias, Nikiforov —soltó una risotada—, y no, no me he cansado aún, todavía creo que hay esperanzas para algunos —sonrió con cariño—. Estuve fuera de la ciudad por dos semanas, mi hija Mila ha tomado los hábitos y estuve presente en la ceremonia. 

—¿Monja? ¿Tiene una hija monja? Sinceramente no creí que su familia fuera religiosa. 

—Yo soy atea, pero ya ves, cometí muchos errores en la educación de esa mocosa. 

—¡Oh! Ya lo creo. Debieron ser terribles para tener que ir a verla a un convento. Es una lástima, con lo bonita que debe ser si se parece aunque sea un poco a usted. 

—Sabes bien que conmigo los halagos no tienen efecto. No quiero que sigas saltándote las clases de música, el maestro que me sustituyó estas semanas dijo que te largaste a mitad de la primera clase que dio y después no ha visto ni uno solo de tus lindos cabellos. 

—Es que ese maestro es un idiota, como todos en este lugar, exceptuandola a usted. Sabe que yo amo la música y siempre estoy encantado de asistir a sus clases. ¿O puede quejarse usted de mí?

—No. Eres mi mejor alumno, de eso no hay ninguna duda. 

—Lo ve. Es culpa de ese inepto que yo haya tenido la obligación de faltar a sus clases mientras lloraba amargamente su ausencia. 

La cara de falsa tristeza en el rostro de Víctor sacó nuevas carcajadas en la mujer pelirroja. Ella había sido su maestra de música desde que Víctor era un niño. Y Víctor siempre recordaría que tras el primer mes de clases ella lo apartó del grupo y le dijo:

“— Me importa un jodido pimiento que tu apellido sea Nikiforov, si no te veo esforzarte en mis clases me aseguraré de hacer de tu vida un infierno.”

Desde ese día se convirtió en su maestra favorita. Y gracias a ella comenzó a amar la música y el arte en general.

♧◇♡♤

—Si te sigues comportando así, al pobre profesor de esgrima le dará un infarto —dijo Yakov después de entrar a la habitación que compartía con Víctor. 

El alfa lo miró desinteresado y volvió sus ojos a los libros que había sobre su cama. Como decidiendo cual tomar. 

—Había esto pegado a la puerta —dijo Yakov entregándole un sobre color rosado a Víctor. 

El alfa lo abrió y después de leer dijo:

—Por dios, ésta estúpida criatura no ha leído un libro en su vida, mucho menos poesía —dijo Víctor con expresión de fastidio—. Escucha esto: Me he enamorado de un ángel plateado, de un ángel azul. De un ángel multicolor que llena mi vida de color. 

—Lo peor de todo eso es que te llama ángel. 

—¡Pero claro que yo lo soy! —rio el alfa. 

—¿Te cita en alguna parte? ¿Irás? 

—Me cita en quince minutos en el jardín de rosas que hay detrás del salón de música. Claro que no pienso ir, tengo cosas mejores que hacer —Víctor arrugó la carta y la lanzó al bote de basura.

—¿Estás eligiendo un libro para leer? —dijo Yakov mirando lo que Víctor veía con tanta atención—. Creo que esos ya los has leído todos.

—Estoy escogiendo un libro para regalarle a mi japonés. 

—¿A tu japonés?

—Sí, decidí que ese bonito y dulce omega es mío. 

—¿Y él está de acuerdo?

—Claro, él fue quien se entregó a mí. 

—Y al parecer te gustó mucho.

—Para qué lo voy a negar. 

—Eso quiere decir que ya desististe de tus intenciones de convertirlo sólo en un juguete. 

—Uhm… —Víctor levantó su mirada y sus ojos azules se fijaron en los de Yakov—, eso ya se verá —respondió—, supongo que no he abandonado completamente la idea, hay cosas que me desagradan de ese pequeño japonés, pero también me gusta, he descubierto cosas de él que son fascinantes. 

—Que alguien te guste es bastante raro. 

—El retrato de Dorian Gray —dijo Víctor de pronto—, es perfecto —sonrió tomando el libro entre sus manos.  

♧◇♡♤

El viernes por la noche Víctor se encontraba sentado fuera de su cabaña esperando por Yuuri, el omega apareció cerca de la media noche envuelto en un abrigo y algo pálido. 

—Estás muy pálido, Zhar-Ptitsa —dijo Víctor rodeando el cuerpo del omega en un abrazó. 

—Creo que me dio miedo hacer el camino solo, estaba muy oscuro. 

—Pero ya estás aquí —le susurró Víctor para luego besar sus labios—. Entremos, tengo chocolate caliente —sonrió. 

Yuuri sonrió en respuesta. Fueron directamente a la cocina y Víctor sirvió el chocolate, lo bebieron en silencio, el omega se ruborizaba cada vez que sus ojos y los del alfa entraban en contacto, Víctor no quitaba sus ojos del omega que parecía más tímido que el fin de semana anterior. 

Cuando terminaron el chocolate caliente, Víctor tomó a Yuuri de las manos y lo guió hasta la sala. Se sentó en el banquillo del piano y acomodó a Yuuri en su regazo. Sobre el piano había un paquete pequeño, se lo entregó.

—Es para ti, dulce zhar-ptitsa.

Yuuri sonrió, su rostro se iluminó y sus ojos brillaron. Desenvolvió con cuidado su regalo y un par de tímidas lágrimas corrieron por sus mejillas al ver el libro. 

—Muchas gracias, Víctor —dijo apoyando su rostro en el hombro del alfa mientras abrazaba su regalo. 

—Pero tienes que ver la dedicatoria, zhar-ptitsa —dijo Víctor indicando el libro. 

Yuuri abrió el libro y pasó sus dedos sobre la caligrafía perfecta del ruso

—Para quien enciende fuego en mi alma —susurró el ruso cerca del oído de Yuuri mientras el omega leía esas mismas palabras escritas para él. 

Yuuri miró con sus expresivos ojos marrones los azules de Víctor y después le dió un suave beso en los labios.

—Muchas gracias, Víctor. Pero aún no he bailado para ti —dijo ruborizándose mientras bajaba la vista. 

—Este regalo no es a cambio del baile. Es como muestra de gratitud por haber leído, y porque seguirás leyendo, tus libros japoneses para mí. 

—Entonces…

—Así es precioso zhar-ptitsa, tengo un regalo más para ti —Víctor sonrió mientras le acariciaba las mejillas—, pero si lo quieres tienes que danzar para mí. 

—Lo haré, porque tú tocarás para mí mientras lo hago. 

—Por supuesto. 

Yuuri se puso de pie y Víctor se acomodó en el piano. Descubrió las teclas y gentilmente comenzó a tocar música de Bach. 

Yuuri respiró hondo y dejó que su cuerpo se fundiera con la música, su cuerpo delgado comenzó a moverse mientras una sonrisa iluminaba su rostro. Víctor podía asegurar que jamás había visto algo más hermoso que el cuerpo de Yuuri interpretando la música; la música se podía ver entre los sutiles movimientos de sus piernas y sus brazos. 

El cuerpo de Yuuri era completamente expresivo; desde la mirada de sus ojos otoñales, la sonrisa limpia de sus labios rosados y cada uno de los movimientos que ejecutaba con la gracia de las mariposas. Sentía la música y la música se colaba a través de su piel, para después fluir como un sentimiento que ansiaba ser descubierto. 

Yuuri terminó con un delicado cambré inclinando su tronco hacia atrás haciendo gala de su flexibilidad, con la cabeza ligeramente girada hacia Víctor y sus brazos elevados. Parecía un pájaro a punto de emprender el vuelo. 

La música paró y lentamente Yuuri volvió a su posición inicial, sus mejillas arreboladas mostraban un poco de pudor, pero también esfuerzo por el ejercicio realizado. 

—¿Te gustó? —preguntó temeroso el omega.

—Me ha dejado sin palabras. Fue hermoso —dijo Víctor poniéndose de pie. Se acercó a Yuuri y le dió un beso suave en los labios.

—Me hace feliz que te haya gustado —dijo el omega escondiendo su rostro en el pecho del alfa. 

—Ahora soy yo quien te mostrará su arte —dijo Víctor alejando a Yuuri de su cuerpo—, cierra los ojos, zhar-ptitsa.

Yuuri obedeció la petición de Víctor y cerró los ojos. El alfa fue hasta el caballete y lo giró, luego guió a Yuuri y lo dejó frente a él.

—Ya puedes abrir los ojos.

Yuuri abrió sus ojos castaños, y si recibir un libro de Víctor lo emocionó, esto realmente lo dejaba sin aliento. 

—Es, es… es precioso. Gracias, Víctor, gracias — dijo abrazándolo mientras lloraba abiertamente. 

Víctor respondió al abrazo acariciando la espalda de Yuuri. Cuando el omega se tranquilizó volvió a mirar el cuadro; era él frente al piano, tocando y cantando. 

Esa noche no tuvieron sexo. Víctor simplemente se durmió sobre el regazo de Yuuri mientras él le leía un poco más de Makura no soshi. 

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