Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

Tormenta (Tránsitos)


i.

Nunca había tenido un despertar tan hermoso. O al menos eso fue lo que pensó Victoria cuando los rayos del sol se colaron por las cortinas mal cerradas, interrumpiendo sus sueños, pero despertándola a una realidad aún mejor: su cabeza reposando en el pecho de Yuuri, su mejilla sintiendo el calor de su cuerpo, sus oídos escuchando los latidos de su corazón, su nariz embriagándose con su aroma. Su cuerpo descansando en los brazos de Yuuri. 

Victoria sabía que ese momento no duraría mucho más, pero aún así se permitió sonreír y disfrutar quedamente el tiempo que restaba. 

Yuuri despertó casi treinta minutos después, sonrió al sentir el peso de Victoria sobre su pecho y comenzó a acariciar su espalda, trazando figuras imaginarias mientras su mente se debatía entre disfrutar ese momento o comenzar a pensar en el después. Cuando ella levantó su rostro y su mirada contactó a la suya se decidió por lo primero. 

Buenos días, Victoria le dijo con una sonrisa. 

Buenos días, Yuuri respondió con su voz cantarina mientras se acercaba a darle un corto beso—, ¿nos duchamos juntos? preguntó después. 

Está bien respondió con una sonrisa—, pero antes…

Yuuri giró su cuerpo, haciendo que Victoria quedara de espaldas contra el colchón. Sonrió y comenzó a repartir besos por su rostro y su cuello. Victoria reía, eran besos suaves y juguetones que la hacían sentir mimada y querida. El cabello de Yuuri le hacía cosquillas en el cuello mientras sus manos acariciaban su cintura de forma suave y lenta. Risas, cosquillas, besos y caricias. No había nada más que en esos momentos pudieran desear. 

ii.

Después de salir de la ducha, Victoria se sentó en la cama cubierta con una bata de baño, Yuuri se acercó un poco después, con una toalla en las manos, comenzó a secar amablemente el cabello platinado. 

¿En qué estás pensando? preguntó al notar que estaba algo distante.

En que tenemos que regresar contestó ella alzando su rostro. 

Victoria, ¿qué…? ¿Qué es lo que piensas hacer? preguntó Yuuri dejando caer la toalla y comenzando a jugar con sus dedos en señal de ansiedad. 

Quiero… Quiero ser valiente, Yuuri. Pero no puedo serlo sola. Por favor, quédate a mi lado. 

—Eso es todo lo que deseo —la voz de Yuuri sonó trémula, sin embargo, acunó el rostro de Victoria y se acercó para darle un suave beso, cargado de ternura—, seré valiente, por ti. No dejaré de sentir miedo, pero si estás a mi lado podré enfrentarme a él. 

—Seré valiente también, si sostienes mi mano podré serlo, Yuuri. 

Yuuri cayó en el hechizo de esos ojos azules que brillaban como estrellas y que parecían llamarlo en una melodía de seducción. Víctor se dejó cautivar por los ojos marrones que brillaban con un tinte rojizo lleno de pasión. 

Y cayeron sobre la cama, amándose con necesidad, con una necesidad casi primitiva del cuerpo ajeno, pero no sólo para encontrar placer. Lo que verdaderamente buscaban al intentar fundirse en la piel del contrario era calidez, amor, aceptación, seguridad y valentía. Valentía para enfrentar el mañana. Valentía para salir de esa habitación, para salir de los pequeños refugios que Yuuri había construido, para dejarse ver tras esa gran actuación que se llamaba Víctor, valentía para dejar que alguien entrara por completo en sus corazones, para arriesgarse a ser lastimados. Valentía para amar como quienes verdaderamente eran. 

iii.

Víctor y Yuuri llegaron cerca de las tres de la tarde a Yutopia. Víctor llevaba puesta la misma ropa con la que había salido hace ya dos días, pero sus manos se aferraban a las bolsas en las que ocultaba todo aquello que Yuuri le había obsequiado. Cuando entraron, los padres de Yuuri y Mari se les quedaron viendo con expresiones difíciles de descifrar. 

—Sara no ha salido de su cuarto —dijo Mari rompiendo el silencio en un mal pronunciado inglés.

—Víctor —dijo Yuuri mirándolo—, cuidaré de tus cosas. —Con cuidado tomó las bolsas a las que el de ojos zarcos se aferraba—. Es necesario que hables con ella. Yo estaré aquí, esperando por ti —le acarició el rostro con cariño, sin importarle que su familia lo estuviera mirando. 

—Sí, yo… debo… ir con ella. —Un temblor que no pasó desapercibido para Yuuri recorrió el cuerpo de Víctor, pero se separó de él y comenzó a avanzar hasta el cuarto que compartía con su esposa. 

Cuando abrió la puerta, se encontró con Sara sentada junto a la ventana, con la mirada perdida y las marcas de lágrimas secas surcando sus mejillas. El corazón de Víctor se estrujó cuando su mirada se encontró con los ojos de su esposa, esas hermosas amatistas que siempre brillaban alegres ahora estaban opacas. 

—Sara —dijo en un susurro, para luego acercarse con timidez hasta sentarse frente a ella. Víctor inclinó su cabeza y comenzó a mirar sus manos, las que temblaban casi imperceptiblemente sobre sus rodillas. 

—Quiero saber por qué mi esposo me abandonó en nuestra luna de miel —dijo Sara con voz firme, tomo con sus manos el rostro de Víctor, levantandolo y obligándolo a mirarla a los ojos—, y quiero la verdad, Víctor. 

—He venido a contarte todo de mí, Sara —respondió mirándola con una expresión de culpa y cariño que Sara logró leer muy bien. 

iv. 

Yuuri no había dicho nada. Sus padres y Mari lo miraban con preocupación, pero él sólo se había quedado de pie mirando en la dirección en la que Víctor se había marchado. Para su familia, era imposible romper esa especie de aura que había alrededor de él, un aura que lo aislaba de cualquier cosa que pasara a su alrededor, sólo enfocado en lo que en ese momento le preocupaba. 

La tensión era palpable, la familia Katsuki tenía una idea bastante cercana a lo que realmente había pasado entre Yuuri y ese extranjero, Hiroko y Toshiya conocían bastante bien a su hijo como para haberse dado cuenta del modo de actuar que Yuuri tenía con él: Yuuri nunca había conversado tanto con un desconocido, nunca había aceptado que alguien fuera de su círculo lo acompañara a beber un café antes de que el sol saliera, nunca había mirado a alguien como lo miraba a él, nunca había compartido espacio con nadie más sobre la pista del hielo, sólo con Yuko y cuando aún eran unos niños. No era sorpresa para ellos que algo así sucediera, conocían a su hijo. 

Mari también se había percatado de todas las pequeñas concesiones que su hermano había hecho con aquel atractivo ruso, pero ella esperaba que sólo fuera una atracción física pasajera, y aunque no podía negar que parte de ella se alegraba de que al fin su pequeño hermano haya decidido correr riesgos en lugar de encerrarse cada día más en sí mismo, la situación no dejaba de parecerle desagradable. Ese ruso tenía esposa. 

v.

Y lo dijo todo. Víctor no apartó la mirada de Sara cuando le contó cada uno de sus secretos. Al finalizar el monólogo, que no había sido interrumpido en ningún momento, esperó en silencio cualquier cosa que su esposa quisiera decirle. Estaba dispuesto a aceptar cualquier insulto o reclamo de parte de ella, incluso si decidía golpearlo no se lo iba a impedir, pero nada de eso pasó. 

Silencio. 

Un pesado silencio se instaló entre ellos. Víctor se ponía más nervioso, mientras Sara parecía perdida en sus propios pensamientos, sopesando todo lo que Víctor le había contado. 

—Necesito estar sola —dijo al final poniéndose de pie y saliendo del cuarto con parsimonia. 

Sara caminó por el pasillo lentamente, se cruzó con Yuuri, pero pareció no verlo, simplemente se dirigió a la puerta de salida y caminó, caminó sin ningún rumbo, cada minuto caminaba más rápido, de pronto comenzó a correr. 

Yuuri por su parte pareció reaccionar cuando vio a Sara salir, corrió a donde se encontraba Víctor, quien aún no se movía del sitio que había estado ocupando cuando habló con Sara. Yuuri se inclinó junto a él, pero sus ojos azules estaban ensimismados.

—Víctor…. Víctor…  —llamó Yuuri, pero nada—. Victoria —pronunció acariciando su rostro, logrando que al fin lo mirara.

—Fui valiente, Yuuri. 

—Mucho, más de lo que cualquier persona podría serlo, amor.

Se besaron y se abrazaron mientras la lagrimas de ambos corrían en una extraña mezcla de emociones que era difícil de identificar. 

vi. 

Habían pasado varias horas desde que Sara salió de Yutopia. No había derramado ninguna lágrima, y no es que lo estuviera evitando, era simplemente que no sentía ganas de llorar, en verdad, no sentía nada. Era como si todo lo que Víctor le había contado pasara frente a sus ojos como el relato de un cuento, como si no le afectara, como si no fuera sobre su esposo. 

Lo único que había sentido eran esas imperiosas ganas de caminar, de correr, de alejarse. Hasta que llegó a la playa y decidió sentarse cerca del mar. 

—El hombre al que amo no existe —dijo de pronto, en voz alta, como si se tratara de una revelación. Y la extraña sensación de estar viviendo un absurdo la sobrecogió. Y no pudo evitar reir, reir a carcajadas como hace tiempo no lo hacía, rio hasta que su abdomen dolió, hasta que su garganta punzó, hasta que su cuerpo no dio más, y entonces, sintió el vacío—. Victor… el hombre que amo, no existe. 

Sara miró el mar, siempre había pensado que perderse en los ojos de Víctor era como sumergirse en el mar. Un mar cálido y tranquilo, que portaba diferentes tonalidades dependiendo de la luz y las emociones que deseaba expresar. Sí, el mar, el mar era lo que más se asemejaba a Víctor, al Víctor que ella amaba. Y nueva sonrisa, ahora algo triste, se instaló en sus labios. 

—¿Por qué no? —se dijo a sí misma, frenando el torbellino de pensamientos que acudían a su cabeza y que no lograría, aunque quisiera, poner en orden. Se puso de pie y comenzó a quitarse la ropa, una vez en ropa interior comenzó a avanzar.  Quería estar dentro del mar. 

vii. 

Víctor y Yuuri salieron de Yutopia, el ruso estaba preocupado por Sara. Definitivamente habría preferido una buena bofetada que esa actitud tan indiferente con la que ella actúo. Le asustaba, y un mal presentimiento se había asentado en su pecho. 

Caminaban por la avenida junto a la playa cuando Víctor divisó a su esposa, al principio sintió alivio, pero cuando la vio entrar en el mar el desasosiego lo invadió. 

—¡Oh! Por dios, Sara… —Sin pensarlo se lanzó a la arena y comenzó a correr mientras que paraba brevemente deshaciéndose de sus zapatos y su pantalón. Yuuri corría también, solo unos metros detrás. 

Llegó a tiempo, la sacó del agua antes de que realmente hubiera pasado algo más grave.

Sara tosía sin control aún entre los brazos de su esposo, quien la cargó hasta que la escuchó respirar con algo más de normalidad. La sentó en la arena y Yuuri le ofreció una botella de agua para que pasara el mal sabor que seguramente debía tener por el agua salada. 

El silencio nuevamente se instaló. 

—Sara. —Cuando el silencio se hizo insoportable, Víctor habló—. Yo…

—¡Cállate! —gritó Sara—. No quiero oirte, ya escuché suficiente. Eres un cobarde, me has usado, me has mentido, me has engañado. ¡Me hiciste amar a alguien que no existe! ¡Víctor Nikiforov no existe! ¡Es sólo un maldito personaje! ¡Te odio! —gritó Sara, ahora ya sin poder contener las lágrimas, lágrimas amargas que amenazaban con continuar por mucho tiempo. 

Víctor no sabía qué debía hacer, no sabía si debía decir algo. Tampoco sabía si abrazarla era lo correcto, pero lo hizo. La abrazó y Sara no lo apartó. Ella simplemente lloró entre los brazos de su esposo, ese hombre que tanto amaba, pero al que sabía, debía dejar partir.

 

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: