Capítulo extra: Cinco años después (Tránsitos)


Mari sentía que no podría pararse nunca más del sofá en el cual se encontraba recostada. Estar embarazada de ocho meses y de un par de gemelas no era nada sencillo. A decir verdad, lo odiaba. 

Odió los tres primeros meses en los cuales todo lo que comía le sentaba mal, odio las náuseas matutinas y los constantes vómitos que la hacían bajar de peso, cuando en realidad debía aumentar. El segundo trimestre fue más tranquilo, los malestares se habían calmado y comenzaba a aumentar poco a poco su peso. No obstante, con el pasar de los meses comenzó a sentirse pesada y fatigada. Su vientre aumentó drásticamente de tamaño y su movilidad se vio reducida notablemente. 

Mari odiaba estar embarazada. Aún así lo aceptaba con alegría al saber que hacía feliz a Yuuri y a Victoria. Porque Mari no estaba esperando hijas propias, Mari gestaba a las niñas que su amado hermano y su adorable cuñada esperaban con ansias y amor. 

Cinco años habían pasado desde que un exitoso ruso llegó Yutopia para conocer a Yuuri, haciendo que su mundo se pusiera de cabezas, haciendo que se reencontrara con lo que era verdaderamente, aceptándose finalmente como Victoria. Amándose por lo que era, pese a que no todos pudieron aceptar su cambio; el tránsito entre el personaje que había creado y la identidad que pujaba por ver la luz. 

El enamoramiento entre Victoria y Yuuri fue rápido; ambos corazones deseaban amar y ser amados. Se reconocieron entre tantas personas al vislumbrar que ambos cargaban sus propias máscaras y se entregaron mutuamente sin medir consecuencias. Cinco años después podían decir que lo que sentían ahora ya no era lo mismo que sintieron en ese momento. Un amor construído en el tiempo es algo mucho más sólido, más valioso, más profundo y verdadero. Y también mucho más apasionado que lo que fue en un primer momento. 

Victoria y Yuuri eran muy felices juntos. Es cierto que su historia estaba llena de encuentros y desencuentros, de momentos dulces y otros en los que la estupidez parecía ganar a ambos. Sin embargo, siempre hubo amor y el deseo de seguir amándose. Por eso nunca se lastimaron por muy enfadados que estuvieran; ambos sabían que incluso una palabra dicha en un momento de rabia podía clavarse en el corazón ajeno y dañarlo permanentemente. Por eso el propósito de ambos era jamás olvidar que la persona frente a sus ojos era a quien amaban, y que ninguna opinión diferente o actitud que no les gustara cambiaba eso.

La idea de tener bebés había surgido de Victoría. Ella adoraba a los niños y muchas veces se comportaba como una niña caprichosa a la que Yuuri debía consentir, pese a que él era menor que la rusa. 

Primero pensaron en la adopción, pero lamentablemente, al no estar casados, no podían adoptar como pareja y sólo uno de ellos podía hacerlo como soltero. La maternidad subrogada tampoco era legal en Japón, muchas parejas japonesas viajaban al extranjero para contratar vientres de alquiler y después llegaban con los niños que simplemente registraban como propios. Eso a ellos les parecía detestable. Después de todo, los países en los que eso se podía conseguir, como la India, facilitaban que mujeres pobres aceptaran gestar niños ajenos solamente para poder alimentar a los propios. No era una opción para ellas, era simplemente lo que la necesidad les obligaba a hacer, y eso no tenía más nombre que explotación. 

Mari les propuso una tercera opción: inseminarse artificialmente con espermatozoides de Victoria, quien había modificado su apariencia mas no su anatomía. Después de pensarlo por bastante tiempo aceptaron. Al tercer intento Mari quedó embarazada. 

Los embarazos múltiples eran comunes en caso de inseminación artificial, por lo que no fue sorpresa para nadie cuando se enteraron de que Mari esperaba gemelas. Dos lindas niñas que serían hijas biológicas de Victoria, pero que serían adoptadas por Yuuri como padre soltero. Lógicamente, para Mari esas niñas también serían seres especiales, biológicamente sus hijas y gestadas en su vientre. Pero Mari no deseaba ser madre, prefería tener un par de preciosas sobrinas a las que consentir. De educarlas, ya se encargarian sus hermanos. 

Desde los ocho meses, Mari sentía que en cualquier momento explotaría. Por eso, agradeció cuando a la semana 37 las contracciones le indicaron que debía ir al hospital. El parto estuvo lleno de emociones, Victoria y Yuuri entraron junto a Mari y presenciaron el nacimiento de las que eran sus hijas; Satoko y Hotaru Katsuki, las hermosas japonesas de ojos azules. 

Yuuri había escogido el nombre Satoko, que quería decir niña sabia, porque eso deseaba para su hija; la sabiduría de saber cómo vivir su vida, sin dejar que las opiniones del resto la hicieran esconderse en lugares seguros o modificar su verdadero ser para ser aceptada. 

Victoria escogió Hotaru. Yuuri pensó que escogería un nombre ruso, pero ella quedó maravillada con ese bonito nombre japonés. Hotaru significaba luciérnaga y su pequeña hija brillaría como ellas, incluso rodeada de oscuridad. 

Victoria y Yuuri habían comprado una casa, muy cerca del onsen de los Katsuki, cuando llevaron a sus hijas lloraron emocionados. Al fin tenían todo aquello con lo que habían soñado. 

—Durante mucho tiempo pensé que para mí la felicidad era imposible. Y ahora mírame, cargando a Hotaru en medio de la sala de nuestro hogar —dijo Victoria levantando su mirada, se encontraba sentada en el sofá con su pequeña dormida entre sus brazos, mirando a Yuuri de pie pasear a la inquieta Satoko—.  Me has hecho tan feliz. 

—El mérito es todo tuyo, Victoria —respondió Yuuri devolviendole la sonrisa—, de no ser por ti yo seguiría encerrado en el onsen de mis padres sin atreverme a luchar por nada. 

—Éramos un par de cobardes.

—Pero tú me hiciste valiente. Por ti yo podría enfrentarme a cualquier cosa. 

—Y de tu mano yo podría ir contra todo y seguir sintiéndome segura. 

Yuuri extendió su mano, Victoria la tomó y se puso de pie, acercándose al hombre que amaba, mirándolo a los ojos con aquella mirada cristalina que lo enamoraba. Reflejándose a su vez en los ojos castaños que la hacían sentir en calma. Prodigándose en aquella mirada el infinito amor que se profesaban.

Yuuri llevó la mano de Victoria hasta su labios besándola en el dorso. Se abrazaron y miraron a sus niñas, sus amadas niñas. Las pequeñas personitas que llegaban a completar la familia que hacía años habían decidido comenzar juntos. Entregándoles luz, pero también un desafío que aceptaban con amor. 

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