Los días tristes (Tránsitos)


Su fascinación por los vestidos y el maquillaje no había disminuido con los años, escondido, solía entrar al cuarto de su hermana mientras ella estaba en la universidad, abría su ropero de madera clara y paseaba sus manos por los coloridos atuendos que deseaba poder usar. Soltaba su cabello largo y lo cepillaba frente al tocador, ponía un poco de rubor en su palida piel y pintaba sus párpados con tonos pasteles, un poco de brillo rosa en sus labios y sonreía mirando con satisfacción su rostro delicado y hermoso.

Supuestamente aquel día todos llegarían tarde a casa, por lo que se atrevió a elegir uno de los vestidos de su hermana, escogió un hermoso vestido azul, bastante sencillo, ceñido en la parte de arriba y con una amplia falda que llegaba justo bajo las rodillas. Ayudado por sus dulces dieciséis años, realmente podía pasar por una chica.

No siempre tuvo el deseo de ser una chica, simplemente quería poder vestir con esa ropa tan linda que por ser un muchacho le estaba prohibido, deseaba también poder usar maquillaje o trenzarse el cabello adornándolo con flores. Pero desde niño le enseñaron que todo eso que él quería hacer eran cosas de mujer, en ese caso, pensó, él debería ser una mujer. La naturaleza se había equivocado.

Y aunque sabía que era algo que no podía decir en voz alta, esos pequeños momentos en los que pretendía que ese cuarto, esas ropas y ese maquillaje le pertenecían, hacían que se sintiera auténticamente feliz, eran pocos momentos, pero eran los únicos en los que no tenía que fingir.

Pero esa pequeña burbuja de felicidad explotó violentamente cuando su padre abrió la puerta. Los ojos del hombre mayor pasaron de la sorpresa a la decepción y posteriormente a la ira. Una ira ciega que dejó marcas permanentes en el frágil corazón adolescente; porque aunque las huellas en su cuerpo desaparecieron, aquellas que azotaron su alma fueron inolvidables.

Cortó su largo cabello y se esforzó por modificar cualquier gesto que pudiera ser considerado femenino. No deseaba convertirse en algo que su padre odiara, no deseaba que su madre lo mirara con asco, no deseaba que su hermana mayor se avergonzara de su existencia. Y aunque fue algo que nunca antes deseo, se esforzó por convertirse en eso que la gente denominaba todo un hombre.

i.

Víctor había despertado sintiéndose angustiado, le costó recordar donde se encontraba y orientarse en el espacio y el tiempo. Respiró profundamente intentando calmarse, pero al notar el cuerpo cálido que dormía plácidamente a su lado el malestar lo invadió. Las sábanas pegajosas y húmedas por la actividad reciente hicieron que su estómago se contrajera y sintiera asco, no de la mujer que soñaba a su lado, ella era la única inocente en todo, el asco era contra sí mismo. Aunque no sabía si lo que motivaba aquel asco era el haberse convertido en el hombre que era, o al contrario, tener esos deseos que tanto se había esforzado en acallar.

Se levantó con cuidado y se encerró en el cuarto de baño, intentó limpiar su cuerpo y su espíritu con agua fría, pero sentía que no servía. Se secó y se vistió con ropa limpia: un pantalón de pijama y una camiseta manga larga, sabía que ya no podría conciliar el sueño por lo que decidió salir al jardín.

Caminó por los oscuros pasillos de la posada y luego salió al frío nocturno, levantó su rostro dejándose acariciar por los pálidos rayos de luna y sin poder evitarlo lloró. Víctor hacía mucho tiempo que había dejado de llorar, pero bajo esa luna, bajo ese cielo desconocido lloró. No fue el llanto explosivo que tuvo cuando su madre le arrancó a jirones el vestido de su hermana cuando tan sólo era un infante, tampoco el llanto desconsolado que le provocó la paliza de su padre a los dieciséis, fue un llanto sereno, pero más triste que ninguno. 

Fue el llanto de quien se ha perdido a sí mismo.

Una tímida voz lo sacó de su ensimismamiento. Yuuri, el muchacho de ojos castaños lo miraba preocupado. Víctor secó sus lágrimas y esbozó esa sonrisa ensayada que se había transformado en su mejor máscara. Pero a Yuuri no lo podía engañar porque él japonés también conocía las sonrisas falsas, esas que muestras como escudo y que terminan dañándote tanto como aquello de lo que pretendes protegerte. Pero no dijo nada, en su lugar no lo querría. Simplemente le sonrió de vuelta y se sentó en una banca junto a un árbol de cerezos, Víctor lo imitó y se quedaron en silencio.

Y Víctor amó la noche, esa noche sin estrellas que brillaba bajo la luna. Esa noche silenciosa que lo envolvía en su calidez.

Y Yuuri amó la luna, amó sus suaves reflejos color plata que brillaban incluso rodeados de oscuridad.

ii.  

—Mari Onee-san

—¿Qué ocurre, Yuuri?

—¿Por qué las personas le dan tanta importancia al sexo de la persona a la que aman?

—No lo sé, pero creo que es una estupidez.

—Yo también, quisiera enamorarme de una persona por lo que es, no por lo que lleva entre sus piernas.

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