Otoño (Kinjiki)


Víctor limpia el mesón de la confitería, está cansado, el turno de la tarde es el más pesado. La última función de la noche comenzó hace treinta minutos y ya no hay clientes que atender. Comienza a contar el dinero de su caja cuando Christophe llega a su lado con la escoba en la mano, dispuesto a barrer las cabritas que se esparcen olvidadas en el piso. Pero antes de hacerlo, mira a su amigo y se acerca confidente:

—Gabriel Larraín ha estado preguntando por ti —dice Chris, Víctor levanta su rostro y mira confuso a su amigo—. Quedó fascinado contigo.

—No me interesa —responde seco—, te agradecería que no me dijeras este tipo de cosas, sabes perfectamente bien que lo que hice fue solo ocasional. No pienso dedicar mi vida a la prostitución. 

—No tienes por qué enojarte, solo te cuento lo que mi amigo me dijo —contesta Chris levantando los hombros—. El dinero siempre hace falta y tal vez ese hombre quiera hacerte su amante. 

—Y esa es una mejor opción, ¿verdad? —pregunta Víctor hablando con ironía y expresando fastidio. 

—No lo sé, solo pienso que no está mal tener a alguien con una billetera abultada interesado en ti —Chris ríe ante el dramático gesto de falso enfado que hace Víctor con su rostro. Víctor ríe también, después de todo, la tarjeta que ese hombre le dio está escondida entre sus pertenencias. 

Christophe comienza al fin a barrer y Víctor vuelve a centrar su atención en la caja;  le parece ridícula la cantidad de dinero que gasta la gente en cosas que tienen tanto sobreprecio, solo para llenarse la boca con algo durante momentos en los que la atención debería estar centrada en la pantalla y no en masticar comida ruidosa.

Víctor hace una mueca inconforme, pero inmediatamente después se ríe, pese a ser una persona amable y abierta tiene esos rasgos caprichosos que lo hacen rabiar por tonterías. Lo sabe y se burla de sí mismo. 

Los minutos se suceden uno a otro, los días mueren y las nuevas semanas nacen. La mitad de marzo se hace presente y Víctor finalmente está frente a las puertas del aula en la que tendrá su primera clase. Tiembla, no sabe si es por el temor o la emoción de saber que su sueño está un paso más cerca, es tan solo un pequeño paso, pero es el paso que inicia una larga caminata de pasos y más pasos, los pasos que construirán el sendero que persigue y crea. 

Camina, ya no está dispuesto a detenerse, no tiene dudas; ese es el camino que escoge, el camino por el cual tomó decisiones cuestionables de las que no está dispuesto a arrepentirse. No, no lo hace y no lo hará porque su objetivo sigue siendo el mismo. Porque no quiere la vida fácil que el dinero puede brindar, lo único que quiere es estar ahí, vivir el momento presente y comenzar a caminar. 

Sin detenerse. 

Y sin detenerse los días cobran forma, ya no mueren, simplemente nacen uno tras otro; traen colores cálidos, conocimientos nuevos y personas igual de soñadoras. Mila es la primera en ofrecer su risa sincera y el compañerismo que comienza a tejer una honesta amistad.  

Y finalmente, el otoño llega. 

Víctor camina distraído por los pasillos del instituto mientras sus oídos absorben los melodiosos sonidos que salen de sus audífonos. La voz bella, única, grave, de David Sylvian lo transporta a un lugar mágico donde solo hay música. 

Y es en medio de esa música donde sus pasos se enredan con los pasos de otra persona. Donde sus senderos colisionan por primera vez. 

Víctor trastabilla pero logra recuperar el equilibrio. En cambio, él cae al suelo junto a los libros que sus brazos sostenían. 

—Lo siento —dice Víctor inclinándose para ayudar al muchacho.

—No hay problema, andaba distraído —responde con suave voz mientras le obsequia su primera mirada. 

El otoño llegó de la mano de esos ojos que Víctor imaginó fundiéndose como vino caliente, dulce y embriagante. 

Víctor toma la mano del muchacho y lo ayuda a levantarse mientras lo observa con atención, los rasgos asiáticos son marcados en el rostro de mejillas llenas, también en su actitud pudorosa que lo lleva a apartar rápidamente su mano una vez que está nuevamente de pie. 

—¿Vas a la biblioteca? —pregunta Víctor al ver que el muchacho se inclina a recoger los libros que habían sido olvidados en el suelo, él asiente— ¿puedo acompañarte?

El muchacho lo mira algo confuso, sin embargo, asiente mientras el rubor pinta su piel. Víctor sonríe. Su sonrisa es sincera y luminosa como un rayo de sol que irrumpe entre las nubes que cubren el cielo otoñal. 

El cielo de un otoño que llegó para quedarse. 

FIN

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