La opción (Kinjiki)


Poco después de cumplir los dieciocho años, Víctor comienza a trabajar en un cine que queda relativamente cerca de su hogar. El trabajo es sencillo y se lleva bien con sus compañeros, especialmente con Christophe Giacometti con quien comienza a formar una amistad. También puede ver películas gratis y eso le encanta. El único problema es que su salario es bastante bajo, aunque al menos le sirve para no molestar a su abuela con sus necesidades personales. 

Víctor limpia el mesón de la confitería con aire ausente, las funciones de la mañana han empezado y no tiene público que atender, tiene tiempo para pensar en su futuro, un tema que le preocupa desde que llegó a Santiago. Víctor quiere estudiar gastronomía, pero es una carrera bastante cara, además de la matrícula y el arancel anual tiene que comprar uniformes, cuchillos y una serie de materiales que no son baratos. Aunque consiguiera algún crédito, con el dinero que obtiene en el cine no podría cubrir todos sus gastos. Es impensable pedirle ayuda a su abuela. 

Suspira. Preso de sus propios pensamientos ignora a Christophe, su compañero ha estado intentado conversar con él sin éxito alguno. Víctor mira hacia adelante, aunque sus ojos no están viendo nada en particular, fijos en un punto lejano e invisible, preguntándose si debe dejar ir aquel sueño que ha tenido por tanto tiempo. De la nada, siente como es golpeado en su mejilla por un puñado de cabritas.

—¡Chris! —exclama al fin cambiando su expresión, viéndose sorprendido—, acabo de limpiar —se queja.

—Y yo intento hablarte desde hace mucho tiempo. Agradezco que las palomitas me ayuden a traerte desde tu profundo mundo interior —se burla. 

—Que molesto eres —reclama cruzando sus brazos.

—¡Aún así me quieres! —responde el rubio, quien se acerca y se apoya en el mesón—. ¿En qué pensabas?

—En que no podré estudiar este año —responde Víctor haciendo una mueca— y en que dudo poder ahorrar dinero suficiente para estudiar el próximo. 

—¿Y tienes muchas ganas? —pregunta entrecerrando los ojos, como si quisiera asegurarse de alguna cosa. 

—¡Claro! Siempre ha sido mi sueño y estaba seguro de que podría hacerlo, hasta que… —Víctor baja la vista, su tristeza se vuelve transparente. 

—Hasta que tus padres descubrieron que eres maricón —dice Chris con una sonrisa ladina, quitándole peso al asunto, aunque en el fondo entiende el dolor de Víctor.

—Esa palabra es horrible —Víctor arruga la frente.

—Da igual, yo también soy maricón. Si de todos modos nos van a decir así, mejor nos apropiamos de la palabra ¿no crees? —La ligereza de sus palabras se acompaña por un movimiento de hombros. 

—Prefiero gay —responde Víctor, luce molesto, después de todo, esa palabra siempre fue usada contra él como una ofensa.

—¡Claro! Como eres tan feliz —suelta una carcajada descarada. 

—No molestes —contesta Víctor acercándose a las cabritas para tomar un puñado y lanzarlas a Chris sin pizca de humor. 

—¡Guerra de palomitas! —exclama el rubio ignorando a propósito la molestia de Víctor y yendo por más cabritas para lanzar.

—Ya basta, nos regañarán —dice Víctor, finalmente ríe contagiado por el buen ánimo de Chris. 

—Está bien, pero yo gané —Chris le guiña un ojo declarándose vencedor. 

Víctor va por la escoba para limpiar el desastre antes de que su jefe decida salir de la oficina y se de cuenta de lo que han hecho. Chris, al sentirse ganador, simplemente observa cómo su compañero arregla el desastre. 

—Víctor —dice de pronto llamando la atención de su compañero—, hay maneras de ganar dinero rápidamente. 

—¿Vender un riñón? —pregunta alzando una ceja.

—Es una opción —responde risueño—, pero hay maneras menos extremas. Aunque también se llevan una parte de ti.

—Habla claro, sabes que no me gustan los rodeos —exige Víctor cruzándose de brazos.

—Prostitución de alto nivel, Víctor, dime ¿alguna vez has pensado en ofrecer servicios como escort? 

—Pero qué demonios… —murmura soltando la escoba. 

—Con la belleza que posees podrías cobrar bastante —continúa Chris sin prestar atención a la palidez que se ha apoderado del rostro de su amigo. 

—Supongo que estás bromeando —dice Víctor mirando los chispeantes ojos verde limón de su compañero, sin ser capaz de leer la expresión de Chris. 

—Claro que no, es una posibilidad. 

—¿Acaso tú…?

—Sí —responde esbozando una sonrisa—. No es algo que haga regularmente, o no estaría aquí, pero cuando necesito dinero le pido a un amigo que arregle una cita con algún cliente. 

—No podría —afirma Víctor. 

—Todos pueden —contesta Christophe—. En cuanto veas la cantidad de dinero que puedes ganar en una sola noche sabrás que puedes hacerlo. 

—¿De verdad es mucho dinero? —pregunta con cautela.

—Te aseguro que con un par de noches podrás pagar el arancel completo y todos los materiales que necesitas. Además de darle algo a tu querida abuelita —responde—. Los clientes que contacta mi amigo son hombres mayores con mucho dinero, maricones reprimidos que tienen esposa y familias de revista. Ya sabes, de lo que se follan a chicos lindos y luego van a misa a golpearse el pecho por sus pecados.

—Aunque sea mucho dinero, no me creo capaz de hacerlo —reflexiona mientras el rubor cubre su rostro de tan solo pensarlo.

—¡Vamos, Víctor! Le abriste las piernas a un idiota miserable que te dio la espalda cuando más lo necesitabas, ¿no crees que es mejor abrirlas para quien te puede dar el dinero que necesitas para estudiar? 

Víctor abre la boca buscando las palabras adecuadas para contestar a la provocación de Chris, pero no puede. Podría decir que aquello fue por amor, pero recuerda la última noche, cuando se entregó a Leonardo aún sabiendo que no era amado de la manera en que esperaba serlo y que al día siguiente lo abandonaría. Leonardo no lo amó, al menos no lo suficiente, ¿y él? ¿Qué era lo que él había sentido por Leonardo? Si lo hubiese amado, como creyó hacerlo, tal vez le habría costado más alejarse de él.

—No es necesario que respondas ahora —dice Chris—, pero piénsalo como una opción. Los clientes con los que trabaja mi amigo tienen dinero y no buscan cosas raras, solo follarse a lindos chicos. 

Víctor muerde su pulgar, realmente desea estudiar, tanto que la idea incluso empieza a parecerle atractiva. 

¿Será capaz de tomar el camino que su nuevo amigo le ofrece? Se pregunta. 

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