Cuatro noches (Kinjiki)


Víctor no está seguro de cómo Christophe logró convencerlo de que su único camino era el de prestar servicios como escort, acompañantes se les llama a modo de eufemismo, prostitutos caros es una mejor definición. 

Lo que sí sabe Víctor, es que gran parte de los nervios que lo invadieron en un primer momento, desaparecieron cuando se dio cuenta de que tan solo cuatro noches bastaban para pagar la colegiatura completa y todos los materiales que necesita para comenzar a estudiar el próximo mes de marzo. Víctor muerde sus labios: es una tentadora manera de conseguir dinero, si accedía a tener tan solo un cliente al mes podría liberar a su abuela de vender pan amasado en las estaciones de metro. Víctor niega con la cabeza; sabe que no es algo que su abuela desee para él. Serán solo esas cuatro noches, lo acordado, algo puntual que hará por necesidad, pero que no piensa mantener en el tiempo. 

Su primer cliente, escogido por Chris, es un hombre mayor; un eyaculador precoz de miembro pequeño, un viudo que mantiene frente a sus hijos y todos quienes lo rodean, la máscara de hombre sufriente y devoto del recuerdo de su esposa. Pero esa máscara cae mientras está allí, follándose a Víctor, quien no obtiene ni un poco de placer mientras dura el encuentro, pero tampoco es lastimado y todo termina más pronto de lo que Víctor creyó posible.

El hombre, nervioso, pone sobre la cama un fajo de billetes y se despide con premura. Víctor se queda solo en aquel espacioso departamento que el amigo de Christophe le ha cedido para sus encuentros sexuales. Piensa, Víctor piensa en lo fácil que fue ponerse en cuatro y recibir las apresuradas estocadas en su interior, mientras su cabeza divagaba y pensaba en el próximo estreno de la cartelera del cine, preguntándose si su abuela se animaría a ver una película con él. Antes de responderse aquella interrogante, el cuerpo del desconocido ya se desplomaba sobre él, agitado, exhausto, respirando rápido debido al orgasmo alcanzado. 

Ni siquiera tuvo tiempo de fingir.

A su compañero sexual no pareció molestarle, después de todo, pagó por su placer, no por el de Víctor. 

Y Víctor piensa en lo fácil que es actuar como un juguete, como un consolador humano que solo debe ser bello, cerrar la boca y abrir las piernas: es mucho más fácil, incluso, que hacer el amor cuando te han roto el corazón. 

Y Víctor piensa, que es aún más fácil que apretar los labios en una sonrisa falsa para esconder los pecados que tus seres queridos no están -no estuvieron- dispuestos a escuchar. 

Una lágrima corre por las mejillas de Víctor mientras sus dedos acarician los billetes que desprenden el aroma de una promesa. 

Las siguientes noches no son muy distintas. 

El segundo hombre con el que comparte la cama es menos huraño, intercambian palabras y el sexo es menos impersonal, al menos Víctor logra sentir lo que hace. Con el tercero comparte un cigarrillo después del sexo y ríe de las bromas absurdas que el hombre hace mientras habla y habla de su vida; como si buscara un terapéuta y no solo un joven atractivo con el cual desfogar sus pecaminosos deseos. 

El cuarto hombre provoca un quiebre. 

Cincuenta años, casado, padre de tres hijos, poseedor de unos intensos ojos grises, atractivo pese a las bolsas violáceas bajos sus ojos y a las arrugas que surcan su rostro. Agradable; su cabello huele a shampoo y su cuello a perfume caro. Gentil; actúa con calma y se toma el tiempo necesario para preparar a Víctor en todos los sentidos, prepara su cuerpo y prepara su ánimo, buscando que sus palabras exciten su piel. 

Y Víctor disfruta, al fin disfruta, ya no son solo billetes lo que le regala aquella noche; también le obsequia un orgasmo como pocos, un orgasmo que lo hace desfallecer sobre la cama y gemir sin ser consciente de su voz. 

Al terminar, el hombre de ojos grises le entrega una tarjeta; Gabriel Larraín es su nombre. 

—Cuando necesites dinero llámame y repetimos —dice acariciando la barbilla del más joven, marcando de manera invisible aquella suave tez, solo con su tacto caliente. Aprecia la piel sonrosada de Víctor y la graba en su retina, la invitación que ha hecho es firme y desea transmitirlo a través de su mirada. 

Víctor sonríe, dispuesto a guardar con celo aquella tarjeta, no pretende contactarse con él, Gabriel, pero nunca se sabe y tal vez en el futuro necesite dinero con tanta urgencia como ahora. Víctor decide que es bueno prevenir, Víctor decide que es mejor repetir con él que buscar nuevos clientes; desconocidos.

Víctor guarda aquella tarjeta como si se tratase de un tesoro escondido, un tesoro envenenado al que teme acercarse demasiado para evitar beber de aquel vino peligroso. 

Víctor guarda los recuerdos de aquellas cuatro noches en el fondo de su alma, en un pozo silencioso al que nadie le está permitido adentrarse, no por vergüenza, por temor. Por temor a sí mismo y a las decisiones que pueda tomar. 

El sexo duele menos que el rechazo.

El sexo duele menos que el abandono.

Pero se siente igual de vacío y solitario.  

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