Un momento perfecto (El fin de amar)


Yuuri había salido del Reino de Cristal escoltado por Otabek Altin. Al igual que la vez en que Yulia iba camino a contraer matrimonio, Otabek fue enviado a servir a su príncipe en el reino vecino. Tendría que separarse de Yurio. Y aunque ambos lo resintieron, estuvieron de acuerdo en hacerlo, en ese momento ambos deseaban asegurarse del bienestar y la felicidad de su hermano. La felicidad de ellos era algo que verían cómo resolver después. 

Yuuri se sentía sobrecogido por la mezcla de fuertes sentimientos que se arremolinaban en su interior; la ansiedad que le provocaba el giro que estaba dando en su vida, el temor de llegar a un lugar extranjero, la felicidad de estar junto al hombre que había escogido, el amor que brotaba al pensar en él, la esperanza de vivir una vida feliz y pacífica a su lado, la alegría de formar una familia. También la paz que le daba el alejarse de su padre, aunque los malos recuerdos y el vacío de no tener a su hijo lo persiguieran a donde fuera. 

El viaje fue largo y agotador, pero al bajar del carruaje y ver a su prometido todo el cansancio desapareció. Quiso correr a sus brazos y fundirse con él en un abrazo necesitado y un profundo beso, pero se contuvo, la guardia real se encontraba en actitud formal y junto a Víctor se encontraba la reina madre, Yuuri se sorprendió al ver lo hermosa que era, tan parecida a Víctor, pero con esa expresión de quien ha vivido mucho tiempo.

Yuuri caminó hacia ellos y los saludó con una leve inclinación de cabeza.

—Estoy muy feliz de volver a verlo, majestad —habló formal ante la presencia de la reina madre y la guardia real, pero mirando a Víctor con sus ojos marrones cargados de sinceridad. 

—Yo también estoy muy feliz —contestó Víctor tomando sus manos y dejando un suave beso sobre ellas. Luego sonrió y miró a la reina—. Madre —dijo—, él es el príncipe Yuuri, mi amado prometido —Yuuri se sonrojó ante las palabras de Víctor, pero fijó sus ojos en la mujer junto a él.

—Bienvenido al Reino de Plata, alteza —dijo la reina madre con su voz suave, pero decidida. 

Yuuri agradeció las palabras de la reina, pero le hubiese gustado poder adivinar en esa corta interacción lo que pensaba de él, vio aquellos ojos azules dirigir una mirada fría a Otabek, había en su mirada un resentimiento que le indicaba que conocía la verdad sobre lo ocurrido en el pasado. Se preguntó por las niñas, pero su duda quedó sin respuesta cuando la madre de Víctor lo invitó a conocer su cuarto para que descansara del viaje y se diera un reponedor baño caliente. Yuuri la siguió, aunque preferiría haber podido estar más tiempo con Víctor. 

El cuarto al que fue llevado era enorme, pintado en tonos pasteles y suaves. La ventana estaba abierta y entraba un cálido viento primaveral acompañado de los luminosos rayos solares. 

—Haz hecho un largo viaje, ojalá puedas descansar —dijo la reina aún sin mostrar algo que a Yuuri le ayudara a distinguir si la bienvenida era sincera o no. 

Yuuri la miró e imaginó que en su lugar tendría miedo de ver a su hijo sufrir nuevamente. Decidió que debía hacer algo para mitigar aquel temor. Inclinó su rostro y su espalda ante ella en una pronunciada reverencia y con sinceridad habló.

—Yo, como hermano, pido perdón por los errores que se cometieron cuando Yulia era esposa de su hijo. Al mismo tiempo, le aseguro que mis sentimientos por él son sinceros; estoy aquí porque decidí estarlo y porque he decidido dedicar mi vida a hacer de Víctor un hombre feliz. 

Hubo un largo momento en el que el silencio inundó la habitación, un silencio que para Yuuri fue pesado, sentía el vacío expandiéndose en su estómago, propiciado por el temor de no ser aceptado por la madre de Víctor. Deseaba que aquella mujer le diera una oportunidad.

Las manos de la reina sujetaron con suavidad su rostro, levantándolo, haciendo que volviera a la posición erguida de un príncipe. Lo miró a los ojos, aquellas lagunas azules ahora estaban teñidas de una profunda calidez, le sonrió.

—Víctor no se equivocó en su decisión —le dijo acariciando su cabello—, te acepto en nuestra familia, velaré por ti como una madre.

—Muchas gracias —respondió Yuuri visiblemente emocionado mientras recibía el abrazo de la reina.


Yuuri se encontraba mirando hacia los jardines, se había dado un baño, pero no había podido dormir, tenía deseos de estar con Víctor. Llevaba puesto un pantalón azul y una camisa blanca; un traje sencillo. Suspiró. 

Tocaron a la puerta pintada de blanco y creyendo que era alguien del servicio autorizó la entrada con un simple “adelante”, sin apartar la mirada del paisaje frente a sus ojos. La puerta se abrió y se cerró inmediatamente.

—Ya no podía esperar más —la voz de Víctor lo hizo girar—, deseaba tanto estar a solas contigo. 

Víctor se acercó, Yuuri también corrió hacia él. Se abrazaron como habían estado deseando hacerlo en todo momento, se fundieron en un beso profundo mientras las manos de Yuuri se enlazaban tras el cuello de Víctor y sus dedos se enredaban en su precioso cabello. Se robaron el aliento mientras las manos de Víctor se paseaba por la espalda de Yuuri, acariciando con suavidad, apretando con la fuerza de quien desea fundirse. 

—Víctor —pronunció Yuuri cuando el beso se rompió—, te extrañé tanto —confesó mientras lo miraba con sus ojos brillantes, cargados de múltiples sentimientos y deseos. 

—Este mes ha pasado tan lento sin ti, cariño —respondió Víctor tomando sus manos para luego besarlas con devoción—. Tengo una sorpresa para ti —dijo mirándolo a los ojos. 

—¿Una sorpresa? —preguntó con entusiasmo.

—Sí… —Víctor no sabía exactamente cómo darle aquella sorpresa, sabía que lo haría feliz, pero también estaba consciente de que muchos sentimientos se desbordarían dentro de Yuuri—. Ven conmigo, amor. 

Víctor y Yuuri salieron tomados de la mano, caminaron por un largo pasillo enmoquetado, bajaron por una amplia escalera de mármol y se acercaron a unas luminosas ventanas que miraban hacia el jardín trasero. Víctor se ubicó tras Yuuri y lo abrazó invitándole a mirar por las ventanas. 

Yuuri observó a Anastasia sentada en el pasto sonriendo, mientras Alena corría persiguiendo a un niño. 

—Tus hijas y…

—Mi amor, cuando me contaste sobre tu hijo yo me propuse encontrarlo y estoy feliz porque ahora puedes verlo, ahí, junto a mis hijas —el corazón de Yuuri comenzó a palpitar con fuerza, su respiración se volvió errática y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas— Yuuri —pronunció Víctor sin soltarlo mientras acariciaba sus manos—, tu hijo es muy parecido a ti, tiene tus preciosos ojos castaños. Es un niño adorable y dulce. 

—Debo ir con él —dijo Yuuri intentando soltarse del agarre de Víctor.

—Mi amor, espera —pidió Víctor negándose a soltarlo—. Yukio no sabe nada, yo creí que lo mejor era que tú mismo se lo dijeras. Debes calmarte para poder acercarnos. 

—Yukio… se llama Yukio —Yuuri no pudo contenerse más y comenzó a llorar. La mezcla de sentimientos era agotadora; tristeza por los recuerdos, alegría por saber que estaba bien, frente a él, y miedo de ser rechazado como padre. 

Víctor giró a Yuuri entre sus brazos, besó sus lágrimas mientras contenía esa angustia provocada por todo lo que estaba sintiendo.

—Amor, es un niño dulce. Te amará y podrás al fin entregarle tu amor.

—Víctor, gracias… yo… no hay nada que pueda darte que compense lo que haces por mí.

—Tu presencia compensa cualquier cosa Yuuri, solo ver tu sonrisa hace que valga la pena. 

Y la sonrisa en el rostro de Yuuri fue luminosa, aún lloraba, pero su sonrisa expresaba la felicidad y gratitud que en ese momento sentía. 

—Te amo, Víctor —pronunció Yuuri y un beso selló esos sentimientos, junto a la promesa de que serían eternos. 


Cuando se sintió tranquilo, Yuuri caminó junto a Víctor hacia el patio donde se encontraban las niñas junto a Yukio. Su corazón latía con fuerza, pero intentaba mostrarse en calma para no hacer algo que asustara a su hijo. 

La primera en notar la presencia de Yuuri fue Anastasia, quien miró al príncipe acercarse junto a su padre, la niña se puso de pie y comenzó a acercarse a ellos. De pronto, Alena cogió la mano de Yukio y corrió hacia Yuuri, llegando antes que su hermana, entusiasmada por saludarlo. 

—¡Yuuri! —exclamó entusiasmada al llegar junto a él—. Estoy contenta de verte, ¡mira a Yukio! —dijo emocionada. Yukio se ruborizó al ser presentado con tanto ímpetu y bajó la mirada sintiéndose repentinamente tímido. 

Yuuri miró a su hijo deseando decir tantas cosas. Se inclinó junto al menor y puso sus manos sobre los hombros del niño.

—Estoy muy feliz de conocerte, Yukio —dijo con voz dulce, logrando contener el temblor que quería escaparse en sus palabras. El niño levantó la mirada y sus ojos castaños se encontraron con la mirada amorosa del omega que le habían dicho sería también su padre. 

—Gracias —dijo Yukio queriendo expresar lo que sentía por quienes le darían una familia—, prometo que seré un buen hijo —las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Yuuri, alertando al menor que llevó sus manos al rostro del omega—. ¿Por qué llora? —preguntó asustado. 

—Son lágrimas de felicidad —respondió Yuuri tomando las pequeñas manos de su hijo y regando sus besos en ellas—. Al fin tengo frente a mí a la persona que creí perdida, mi hijo. 

Yuuri abrazó a Yukio, fue un abrazo cálido y entrañable que transmitía todo su amor sin tener que decir palabras. Yukio lo sintió, pudo empaparse del amor que los cálidos brazos que lo sostenían le entregaban, pudo aspirar en aquel suave aroma a lirios la incondicionalidad del afecto que le entregaba, y su corazón pudo aceptar y comprender aquellas palabras dichas entre lágrimas. 


Yukio dormía en su cuarto, Yuuri reposaba junto a él en aquella cama grande y cómoda que ahora pertenecía a su hijo, acariciaba su cabello mientras sus ojos se negaban a dejar de contemplarlo pese al sueño. Habían hablado y Yuuri fue sincero, contándole una versión menos cruel de lo que había acontecido. De todo lo que se dijeron, lo único que a Yukio le importó verdaderamente fue saber que era amado por su padre omega, y que formarían una familia junto al Rey Víctor, su madre y sus hijas.

Víctor le aseguró que lo amaría tanto como a sus hijas, porque había escogido ser su padre, Anastasia y Alena lo trataban como a un hermano, se divertía con ellas y la reina madre lo miraba con afecto; la familia que soñó estaba al alcance de su mano. Se durmió en los brazos de Yuuri sintiéndose seguro de la nueva vida que le ofrecían, protegido por el calor de personas que deseaban otorgarle un lugar en su vida, amado como nunca antes se sintió. 

Y Yuuri acariciaba sus hebras azabache, delineaba su rostro redondeado y sus facciones infantiles, definitivamente no podía ni quería dejar de mirarlo, ¿cómo podría despegar sus ojos del hijo que jamás pudo ver? 

—Yuuri —su nombre fue pronunciado con suavidad, Víctor recién entraba al cuarto de Yukio—, debes descansar amor, el viaje fue largo. 

—No podría —contestó absorto en el rostro infantil—, mi hijo es un niño precioso, ¿verdad?

—Claro, es un mini Yuuri después de todo —sonrió Víctor. 

Yuuri también esbozó una sonrisa mientras seguía mirando a su hijo, quien se acomodaba cerca de su cuerpo, sujetando su camisa mientras reía en sueños. Víctor se quitó los zapatos y se acomodó al otro lado de Yukio, recostándose también.

—Ya que mi Yuuri no se quiere mover de aquí y nuestro hijo tampoco desea soltarlo, pasaré la noche con ustedes. 

Yuuri observó los ojos azules de Víctor mirándolo con amor y su corazón palpitó lleno de alegría al saber que ese era el hombre al que uniría su vida. Solo faltaban dos días para dejar de ser Yuuri, príncipe del Reino de Cristal, para pasar a ser Yuuri, rey consorte del Reino de Plata. Y aunque deseaba la llegada de ese día, por un instante pensó que lo estaba viviendo era perfecto y deseo que el tiempo se detuviera ahí, en el momento exacto en el que las dos personas que más amaba compartían ese silencioso y cálido momento con él. 

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