Juntos otra vez (El fin de amar)


Otabek había llegado al punto de encuentro antes de la salida del sol. El palacio de Plata estaba a tres días galopando sin descanso, más que los absolutamente necesarios para comer y dormir, y él minimizó al máximo las horas de sueño. Estaba cansado, al igual que su caballo, pero el ansia por llegar a encontrar a su amado lo hizo correr como nunca antes. Ya habría tiempo de descansar cuando se asegurara de que Yurio cruzara la frontera sano y salvo. Altin dormitó un poco apoyado en su caballo, ambos tumbados en el suelo, esperando que amaneciera, y que junto a la llegada del sol, llegara él, su propia luz. 

El galope de un caballo despertó a Otabek, quien se puso de pie inmediatamente mientras su corazón latía con brío debido a la expectación. El caballo se detuvo cerca de él y dos personas bajaron rápidamente, Otabek lo reconoció de inmediato, Yurio corrió a su encuentro con el anhelo devorando su cuerpo. Chocaron en un abrazo ansioso y un beso hambriento mientras sus manos se aferraban con fuerza al cuerpo ajeno, se extrañaron, se necesitaron, incluso temieron no volver a encontrarse. 

Yurio había sentido tanto miedo de que su padre sospechara y arruinara sus planes. Otabek había cargado con el terror de imaginar que el príncipe no pudiera llegar al encuentro marcado. Pero al estar ahí, juntos, tocándose y sintiendo el calor recorrer sus cuerpos debido a la proximidad del ser amado, todo el temor desaparecía. 

Yuko desvió la mirada algo avergonzada por el pasional encuentro, pero después de unos minutos decidió toser para que no olvidaran su presencia. No quería presenciar más de aquella pasión que esos dos se mostraban, temiendo que realmente no recordaran que ella estaba ahí.

Yurio rio cuando separó sus labios de los de Otabek, aún saboreando aquella miel que tanto había extrañado.

—Traje a Yuko, no quería arriesgarme a que mi padre la lastimara —dijo Yurio mientras la beta saludaba a Otabek.

—Bien, es mejor que nos alejemos cuanto antes de la frontera. En un par de horas llegaremos al primer pueblo, alí podremos descansar y comer. Conozco una pareja que nos puede recibir en su casa para no ser vistos por los lugareños. 

Los tres volvieron a montar y Otabek los llevó hasta la casa de Leo de la Iglesia, un ex-militar que anteriormente había servido al Rey de Plata y que se retiró debido a una lesión en una de sus piernas, lesión que le impedía caminar sin el uso de un bastón. Al retirarse se fue a vivir a su pueblo natal junto a su omega. Leo recibió a Otabek cuando Víctor lo expulsó del reino y lo hospedó unos días antes de que el alfa se diera el valor de cruzar esa frontera que pensó jamás volvería a traspasar. 

Leo los recibió sin mayores preguntas y accedió a mantener la confidencialidad. Cuando llegaron era aún temprano y no fueron vistos, el ex-militar les sugirió partir al anochecer para que nadie supiera de la presencia de forasteros. Guang les dio de comer y luego les mostró dónde dormir para reponer fuerzas. Otabek y Yurio se durmieron abrazados, tranquilos y felices por volver a estar juntos, sintiendo que el lugar perfecto de cada uno era en los brazos del otro. 

Mientras Yurio dormía plácidamente en los brazos de su amado, Creonte explotaba furioso contra los guardias reales que no sabían dar razones del paradero del príncipe. Con el correr de las horas Yuko tampoco aparecía y las habladurías comenzaron a propagarse, llegando a oídos del mismo rey, quien ordenó encontrarlos amenazando con cortar cabezas si no aparecían pronto. 

Nadie relacionó la desaparición del príncipe con Otabek, la historia que Yuko inventó como parte de un juego resultó la única explicación que encontraron de la fuga. La amenaza de muerte que el rey profirió en contra de la criada llegó a oídos del pueblo y su gente comenzó a tomarla como una heroína romántica que escapaba con el amor de su vida pese a las circunstancias y el peligro. El amor entre el príncipe omega y la sirvienta beta se transformó en el cuento preferido de las almas románticas que aspiraban a encontrar un amor capaz de superar cualquier obstáculo.

Pero en ese momento, Yurio y Yuko no tenían idea de lo que su fuga significaría en el futuro. Ellos simplemente dormían en casa de la pareja que los hospedaría hasta el anochecer. 


Tardaron cuatro días en llegar al palacio. No quisieron descansar en otros pueblos y apuraron la marcha para sentirse protegidos por los reyes en su hogar. Cuando llegaron ya anochecía, pero fueron recibidos inmediatamente en el despacho de Víctor, quien les dio la bienvenida y les pidió que descansaran sin preocuparse de nada.

Yuuri acompañó a Yurio a su cuarto, se acostó junto a él y le relató todo lo que había vivido desde su llegada al Reino de Plata, acarició el cabello tinturado de su hermano y no pudo contener las lágrimas cuando le habló de su hijo. Ambos hablaron hasta que el sueño los venció y se durmieron abrazados entre lágrimas y risas. 

Yuuri despertó muy temprano, se levantó de la cama sin despertar a su hermano y caminó ligero hasta la habitación que compartía con Víctor, se metió a la cama, se apegó al cuerpo tibio de Víctor, quien al sentirlo junto a él lo abrazó con fuerza.

—Te eché de menos esta noche —dijo sin abrir los ojos, pero haciendo un puchero gracioso.

—Lo siento, no me di cuenta cuando me dormí. 

—No importa, al menos desperté contigo aquí —dijo abriendo los ojos y mirando el rostro de su esposo—, eres lo primero que quiero ver cada mañana antes de levantarme. 

—Te amo —pronunció el omega sonrojado.

—Y yo a ti mi hermoso esposo —respondió acariciando el cabello de su consorte. 

Se abrazaron cálidamente y cerraron los ojos, disfrutando ese momento de intimidad y comodidad que les otorgaba el sentirse cerca. Pero el cómodo silencio fue roto por Yuuri.

—¿Qué planeas hacer con Otabek y Yurio? —preguntó.

—Creo que sería peligroso mantener a Yurio en el palacio, alguien podría sospechar. Pienso que lo mejor es enviar a Otabek a alguna otra ciudad del reino y que Yurio lo acompañe como su omega. 

—Opino lo mismo. Cuando la noticia de la desaparición de Yurio y Yuko se extienda, más de alguien podría sospechar. Lo mejor es que Otabek llegue trasladado a un lugar en el que no lo conozcan junto a su omega. 

—Sí, había pensado en enviarlos a alguna ciudad portuaria, son lugares interesantes donde ver caras nuevas no es extraño. 

—Me parece perfecto. Y Yuko puede ser la tutora de Yukio, estoy seguro de que a mi niño le agradará mucho. 

Víctor besó la frente de Yuuri en acuerdo con sus palabras y después Yuuri se dejó mimar por las manos cariñosas de Víctor que lo acariciaban mientras lo llenaba de besos y palabras de amor. 


Mientras los días transcurrían en calma en el Reino de Plata, la furia de Creonte tenía sobresaltados a los habitantes del palacio del Reino de Cristal. El capitán de la guardia real, que había asumido sus funciones tras la partida de Otabek, fue degradado a soldado raso. Las criadas y sirvientes tenían temor y temblaban cada vez que debían acercarse a su rey, cada día más malhumorado y fúrico que el anterior. 

En medio de toda esa furia el recuerdo de la fallecida reina sonriendo junto a sus hijos comenzó a perseguirlo en sueños, recordándole cada noche que él había tenido una familia; una esposa hermosa que los primeros años de matrimonio intentó acercarse a él, deseando agradarle y formar un lazo más fuerte que el de un matrimonio arreglado. Recordaba la frialdad con la que la trató, haciéndole ver que su lugar era el de una sombra silenciosa y obediente. Recordaba a Yulia, la hija que lo miraba con temor y acataba sus órdenes aunque no fueran de su agrado, recordó las lágrimas que ella derramó al marcharse del reino, sola, a contraer matrimonio con alguien que no conocía. Recordó a Yuuri, la dulzura que siempre lo caracterizó y también el odio que le declaró cuando él mismo se encargó de romperlo, quitándole aquello que más amaba; su hijo. Recordó a Yurio, su espontaneidad y su astucia, la manera en la que lo embaucó para huir lejos de él. Y por primera vez fue consciente de lo solo que ahora estaba. 

Pero ser consciente de esa soledad no cambiaba las cosas. Él tampoco haría nada por cambiar, lo creía demasiado tarde, demasiado hipócrita, demasiado débil. Él seguiría siendo el mismo Creonte de siempre, aunque eso significara que ya nadie más lo amara. 


Dos semanas después de llegar al palacio del Reino de Plata, Yurio emprendió otro viaje, ahora como el omega de Otabek, quien era enviado por el Rey a hacerse cargo del puerto de Argenteria, cerca de la frontera con el principado de Alejandrita. Yurio cambió su nombre, eligió llamarse Joan. 

Otabek y Joan, su hermoso omega de cabello negro, fueron despedidos con afecto en el palacio y recibidos con alegría en Argentería. Y Yurio, o Joan, sonrió feliz cuando la brisa marina del puerto acarició su piel; ya no era un príncipe, ahora sólo era un omega joven con deseos de vivir y ser feliz junto al hombre que amaba en las tierras gobernadas por una pareja de reyes bondadosos y justos. 

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