Esposos (El fin de amar)


La boda entre Víctor y Yuuri fue celebrada y festejada en cada rincón del Reino de Plata. El pueblo amaba a su rey, quien se había encargado de mejorar las condiciones de vida de los habitantes del reino desde su coronación, y estaban felices por él. 

La ceremonia que se celebró por la mañana en los balcones del palacio, fue vista por gran cantidad de personas, quienes guardaron silencio mientras esta se desarrollaba, pero vitorearon a todo pulmón cuando terminó y los recién casados saludaron sonrientes a la gente que había ido a observar aquel gran acontecimiento. Ambos se veían preciosos, Víctor vestía camisa y pantalón negros junto a una chaqueta morada con adornos dorados, una capa blanca cubría su traje y una corona de plata adornaba su cabeza. Yuuri vestía con un pantalón y un chaleco de tela azul, su camisa era celeste al igual que la capa que lo cubría, al llegar a la ceremonia llevaba una pequeña tiara que lo identificaba como príncipe del Reino de Cristal, pero al finalizar los ritos matrimoniales fue coronado como rey consorte, cambiando su corona de cristal por una de plata, muy similar a la de Víctor. 

Después de la ceremonia hubo una celebración íntima y ya por la tarde abrieron las puertas del palacio para recibir los obsequios enviados desde diferentes lugares. Los reyes agradecieron cada obsequio y compartieron palabras con todo aquel que entró al palacio a saludarlos por su enlace. Aunque fueran los pocos minutos permitidos por protocolo, para así poder recibir la mayor cantidad de personas posible. Personas de todo tipo eran admitidas a mostrar su alegría, y Yuuri vio con satisfacción lo amado que era Víctor, lo cercano que era a su gente, lo dispuesto que estaba a escuchar a quien quisiera hablar. Algo completamente opuesto a lo que observó en su padre en el Reino de Cristal.

La noche llegó rápidamente. Yuuri había dormido con su hijo desde su llegada al reino, pero sabía que esa noche era distinta a las anteriores, era íntima y debía compartirla únicamente con su esposo. Aún así fue hasta el cuarto de su hijo en compañía de Víctor, le dieron las buenas noches y luego se retiraron para hacer lo mismo en en la habitación de las niñas, dando las buenas noches a unas princesas alegres de ver a su padre feliz al lado de Yuuri. 

Víctor guió a Yuuri de la mano hasta sus aposentos, al entrar, el nuevo rey consorte comenzó a sentir los nervios que habían estado dormidos debido a los últimos acontecimientos. Por primera vez en aquellos días fue consciente de que Víctor lo tomaría como un alfa a un omega y eso hizo que su piel se erizara mientras un leve temblor recorría su cuerpo. Pero en ese temblor no solo había temor, también estaba teñido por la expectación y su propio deseo. 

—¿Estás nervioso? —preguntó Víctor mientras acariciaba su cabello.

—Sí —confesó sonrojado—, aunque sé que es tonto sentirme así, eres mi esposo y el hombre que amo, cualquier cosa que hagamos estará bien. 

—Yo también estoy nervioso —dijo Víctor sonriendo—, precisamente porque te amo y quiero que sea un recuerdo hermoso. 

Ambos rieron sintiéndose como un par de adolescentes inexpertos. Poco a poco las risas fueron menguando y se miraron a los ojos, frente a frente, alfa y omega, esposos, enamorados. 

Yuuri fue quien dió el siguiente paso despojándose de la capa que cubría su traje azul, la dejó caer al suelo y luego comenzó a desabotonar su chaleco sin mangas, el que pronto terminó en el suelo también. Con sus dedos temblorosos comenzó a desabrochar su camisa, exponiendo su piel a los ojos del alfa que lo observaba atentamente. 

—Eres hermoso —pronunció Víctor cuando Yuuri abrazó su propio torso desnudo, repentinamente avergonzado. Tomó las manos del omega para repartir besos sobre ellas, lentamente, sin ninguna prisa.

Poco a poco las manos de Víctor comenzaron a explorar esa delicada piel que se le ofrecía, poco a poco Yuuri comenzó a buscar que Víctor quedará en igualdad de condiciones. Se tocaban, se besaban, se miraban con la llama del amor danzando en sus ojos. Ese amor que los envolvía en su calidez, en su pasión, ese amor que los hacía entregarse mutuamente, sin reservas ni restricciones. 

El amor se hizo carne, se hizo fuego entre sus dedos, lava ardiente corriendo por sus venas. El amor y el deseo se enredaron en magnífica comunión, dando origen a una pasión que los desbordaba y los guiaba mientras se amaban con la pureza de sus sentimientos. Entregando su corazón al mismo tiempo que entregaban sus cuerpos, entregando alma y sentimientos, promesas y esperanzas. 


La mañana siguiente los encontró desnudos y enredados en medio de la cama, el primero en despertar fue Víctor, quien sonrió al sentir el peso de Yuuri sobre su cuerpo. El omega dormía apoyado en su torso y Víctor sintió una felicidad desbordante al acariciar el cabello negro que se esparcía sobre su pecho, al comprobar que no había sido un sueño y confirmar que cada nuevo despertar, Yuuri estaría a su lado. 

—Amor —pronunció Yuuri al hacerse consciente de las caricias de Víctor—, ¿ya es de mañana? —preguntó incorporándose y abriendo los ojos para recibir la claridad proveniente de las ventanas—. Estoy cansado —confesó sonrojándose mientras miraba el rostro de su esposo. 

Víctor sonrió y llevó sus dedos a la nuca de Yuuri, acariciando suavemente la marca del lazo que habían sellado la noche anterior.

—¿Te ha dolido? —preguntó Víctor. 

—Un poco, al principio, pero después fue bastante placentero sentir tus colmillos encajados ahí. 

Víctor se acercó a Yuuri y besó la zona donde descansaba su marca. Provocando escalofríos en el cuerpo de su omega. Víctor subió dando besos por el cuello de Yuuri, llegó a sus mejillas y atrapó sus labios en un profundo y húmedo beso. 

El beso se rompió cuando tocaron a la puerta. Víctor se levantó de la cama y se cubrió con una bata blanca, Yuuri se tapó con las mantas. 

—Majestad —dijo una mujer del servicio—, la reina madre dice que en 30 minutos los espera a desayunar. 

—Está bien, ahí estaremos —contestó Víctor resignado. 

La muchacha ruborizada se despidió y desapareció lo antes posible del lugar. 

—Creo que mi querida madre acaba de arruinar mis planes —dijo Víctor con una pícara sonrisa, haciendo que Yuuri riera y saliera de la cama.

—Es mejor no hacer esperar a la reina, debo ganarme la simpatía de mi suegra.

—Te aseguro que ya la tienes. 

—No está de más asegurarse de ello.

Ambos se miraron sonrientes antes de comenzar a alistarse. 


Mientras en el Reino de Plata solo había felicidad, en el Reino de Cristal, Creonte explotaba de ira. Había recibido la noticia de que Jean se había comprometido con una mujer Beta de nombre Isabella.

—¿Tú lo sabías? —preguntó con rabia mirando a su hijo.

—Claro que no —contestó Yurio para luego mostrar un semblante lleno de indignación—, ese engreído solo quiso jugar conmigo. Probablemente mi atención solo hacía crecer su ego y por eso me dejó creer que le interesaba. 

—Te casarás con Seung, mi hermana había mostrado interés en este enlace y ya es tiempo de que te comprometas. Enviaré una carta invitándoles a venir lo antes posible. 

—Pero, Yuuri se dará cuenta…

—Eso no importa, aún tienes bastante tiempo e incluso después del matrimonio puedes dedicarte a convencer a Yuuri de que te ceda el trono. Le escribirás cada semana contándole de tu feliz vida de casado y de lo buen rey que sería Seung, ¿entendido?

—Sí, padre —Yurio sonrió mientras lo que verdaderamente deseaba era llorar, gritar y soltar la rabia que acumulaba contra su padre. 

Cuando al fin se vio libre de su presencia, corrió a su habitación para escribir una carta, después de finalizarla mandó a llamar a Yuko, la única persona en la que podía confiar. 

La mujer del servicio llegó pronto.

—¿Necesita pedirme algo, alteza? —preguntó al ingresar a la habitación.

—Sí, Yuko. Necesito que pongas esta carta en un sobre y la envíes como si fuera tuya —Yuko tomó con recelo la carta que entregaba el príncipe—. Es para Otabek Altin.

—¿Hará alguna tontería? —preguntó conocedora. 

—Haré lo que debo hacer, y tú me ayudarás. Hay algunas cosas que debes conseguir para mí. 

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